Alma vinculada al juego - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 CAPÍTULO 15 — Lo que arde no siempre quema
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16: CAPÍTULO 15 — Lo que arde no siempre quema 16: CAPÍTULO 15 — Lo que arde no siempre quema El hombre dio un paso atrás.
No fue por cansancio.
Fue por decisión.
Arthur lo notó antes de que Sophia hablara: el cambio no estaba en la postura, sino en el aire.
Algo se reorganizaba alrededor del desconocido, como si una capa invisible se hubiese tensado.
—Ahora empieza —dijo Sophia—.
Dejó de probarte.
El hombre apoyó la espada en el suelo.
Cerró los ojos.
Respiró.
El suelo bajo sus pies se oscureció lentamente, no por sombra, sino por calor.
Pequeñas grietas se abrieron en la tierra reseca, y de ellas surgieron hilos de luz anaranjada, pulsantes.
—No es fuego común —continuó Sophia—.
Es ignición interna.
Convierte su energía vital en combustión controlada.
Arthur se tensó.
El hombre abrió los ojos.
Y el calor golpeó.
No como una explosión, sino como una presión constante, sofocante.
Arthur sintió la piel arder, los pulmones protestar al aspirar.
—Los antiguos llamaban a esto Forja de Sangre —explicó Sophia—.
No es un hechizo.
Es una técnica de linaje.
Se refuerza mientras pelea.
El hombre avanzó.
Esta vez, cada paso dejaba una huella humeante.
El primer golpe no buscó cortar.
Buscó romper.
Arthur levantó su arma para bloquear.
Fue un error.
El impacto atravesó la guardia y lo lanzó contra el suelo con una violencia brutal.
El mundo giró.
La espada se le escapó de la mano.
—Arthur —dijo Sophia, con urgencia contenida—.
No vuelvas a bloquear así.
Su fuerza está amplificada por calor interno.
Cada choque directo te destroza los huesos.
Arthur intentó incorporarse.
El hombre ya estaba encima.
Un puñetazo descendió como un martillo.
Arthur rodó apenas a tiempo.
El golpe abrió un cráter donde había estado su cabeza.
—Levántate —ordenó el enemigo—.
No me obligues a terminar esto rápido.
Arthur se puso de pie con dificultad.
La respiración le ardía.
Los músculos le temblaban.
—Sophia… —pensó—.
Dame algo.
Lo que sea.
Silencio.
Un silencio distinto.
Luego: —No puedo darte una técnica —respondió—.
Pero puedo mostrarte cómo nacen.
Arthur esquivó otro ataque, por puro reflejo.
—Observa —continuó ella—.
No está lanzando fuego hacia afuera.
Todo ocurre dentro de él.
El calor no es el arma.
Es el medio.
Arthur retrocedió, midiendo distancia.
El hombre levantó la mano libre.
Un símbolo se formó en el aire, trazado con brasas flotantes.
No era complejo.
Era brutalmente simple.
—Refuerzo térmico externo —dijo Sophia—.
Está trasladando el exceso de calor a su entorno inmediato.
El símbolo se cerró.
El aire explotó.
Arthur fue lanzado hacia atrás, esta vez con quemaduras reales recorriéndole el brazo y el costado.
Cayó de espaldas, sin aire.
—Arthur —dijo Sophia—.
Estás entrando en shock térmico.
Si sigues así, tu cuerpo colapsará antes de que él se canse.
Arthur apretó los dientes.
—Entonces dime… —pensó, jadeando—.
¿Qué sí puedo hacer?
Pausa.
—Tú no conviertes energía en fuego —dijo finalmente—.
Pero tu mente… ya hace algo parecido.
Arthur parpadeó.
—Tu Instinto no crea poder —continuó—.
Reduce pérdida.
Elimina ruido.
Maximiza eficiencia.
El hombre volvió a avanzar, envuelto en calor ondulante.
—No intentes imitarlo —advirtió Sophia—.
Invierte el proceso.
Arthur se levantó lentamente.
No tomó la espada.
Extendió la mano vacía.
—Arthur, cuidado—.
Si fallas esto— —Lo sé —pensó—.
Pero ya no puedo seguir igual.
El enemigo atacó.
Arthur cerró los ojos por un instante.
No para huir.
Para escuchar.
No el bosque.
No el fuego.
Su propio pulso.
—No expulses —susurró Sophia—.
Absorbe.
Arthur abrió los ojos.
Y dio un paso adelante.
El golpe lo alcanzó de lleno.
Dolor.
Un dolor abrasador, profundo, como si algo intentara desgarrarlo desde dentro.
Arthur gritó.
Cayó de rodillas.
—¡Arthur!
—la voz de Sophia perdió por primera vez su tono neutro—.
¡Estás recibiendo más energía de la que tu cuerpo puede procesar!
El hombre retrocedió, sorprendido.
—¿Qué estás haciendo…?
Arthur temblaba.
La piel humeaba.
Pero algo más ocurría.
No expulsaba el calor.
No lo dejaba recorrerlo sin control.
Lo estaba concentrando.
—No lo distribuyas —dijo Sophia, ahora con precisión quirúrgica—.
Encápsulalo.
Entrañas.
Huesos.
Núcleo.
Arthur apretó los dientes hasta sangrar.
El dolor se volvió… soportable.
No menor.
Controlado.
El aire a su alrededor no ardía.
Se volvía denso.
—Está… estabilizando —murmuró el enemigo, incrédulo—.
¿Sin linaje?
Arthur alzó la mirada.
Sus ojos no brillaban.
Estaban quietos.
—Sophia —pensó—.
Esto… ¿qué es?
Silencio.
Luego, una respuesta distinta.
—No es una técnica registrada —dijo—.
Es una respuesta adaptativa.
—Si continúas… no habrá marcha atrás.
Arthur se puso de pie.
El dolor seguía ahí.
Pero ahora, obedecía.
El enemigo retrocedió un paso más.
Por primera vez.
—Interesante —dijo, serio—.
Muy interesante.
El calor volvió a intensificarse a su alrededor.
—Entonces veamos hasta dónde puedes llegar.
Arthur cerró el puño.
Dentro de él, algo nuevo se organizaba.
No como fuego.
Como hambre.
Y el combate… Aún no había alcanzado su verdadero punto final.
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