Alma vinculada al juego - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 CAPÍTULO — El Rey que no negocia
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29: CAPÍTULO — El Rey que no negocia 29: CAPÍTULO — El Rey que no negocia El territorio de Nyssara era una mentira hecha mundo.
Bosques que cambiaban de lugar al parpadear.
Ríos que fluían hacia arriba.
Ruinas antiguas que aparecían intactas… solo para desmoronarse cuando alguien confiaba en ellas.
En el centro de ese caos, un trono de cristal feérico.
Nyssara descansaba allí, sonriendo.
—Así que tú eres el humano —dijo con voz suave—.
El que ignora advertencias.
Frente a ella, de pie sobre tierra que no dejaba huellas, estaba Eiren Valcross.
Su presencia no gritaba poder.
Lo oprimía.
—No vine a escuchar —respondió Eiren—.
Nyssara chasqueó los dedos.
El mundo atacó.
Raíces gigantes surgieron del suelo como lanzas, atravesando kilómetros en un instante.
Ilusiones se superpusieron: diez Eiren falsos, cada uno muriendo de forma distinta.
Nyssara observaba, tranquila.
Entonces— Las raíces se detuvieron en seco.
Eiren alzó una mano.
El aire frente a él se partió, como si algo invisible hubiera sido golpeado con demasiada fuerza.
Las ilusiones se rompieron como vidrio.
—¿Eso es todo?
—preguntó.
Nyssara perdió la sonrisa.
—Interesante.
El cielo se oscureció.
Cientos de símbolos brillaron sobre Eiren: contratos antiguos, juramentos rotos, pactos olvidados.
Cada uno cayó sobre él como una maldición distinta.
Su cuerpo fue lanzado contra el suelo.
Una montaña cercana desapareció por el impacto.
Nyssara se levantó del trono.
—Este mundo existe porque otros fallaron —dijo—.
Y tú fallarás igual.
Eiren se incorporó lentamente.
Su ropa estaba destruida.
Sangre caía por su frente.
Sonrió.
—Yo ya fallé antes.
Dio un paso.
El suelo se hundió bajo sus pies.
Dio otro.
El territorio entero tembló.
Nyssara frunció el ceño cuando sintió algo imposible: Su mundo… estaba cediendo.
—¿Qué estás haciendo?
—exigió.
Eiren avanzó.
Cada paso hacía colapsar ilusiones, romper estructuras, borrar símbolos feéricos del aire.
—Estoy imponiendo realidad.
Nyssara gritó.
Lanzó todo.
Tormentas de magia, bestias invocadas, distorsiones espaciales.
El cielo se rasgó mientras ataques capaces de borrar ciudades caían sobre Eiren.
Él no esquivó.
Atravesó el caos.
Un golpe.
Solo uno.
No fue una explosión.
Fue un impacto puro.
El aire fue empujado hacia afuera en un anillo gigantesco.
El trono se pulverizó.
El horizonte se borró.
Nyssara fue lanzada kilómetros atrás, estrellándose contra el suelo con tal fuerza que el territorio perdió color.
Silencio.
Eiren apareció frente a ella.
La tomó del cuello y la levantó como si no pesara nada.
Nyssara tosió, su esencia feérica parpadeando.
—Mátame… —susurró—.
Y heredarás mis pactos.
Eiren la miró, frío.
—Exacto.
La estrelló contra el suelo y levantó la mano.
Un sello colosal apareció bajo Nyssara, cubriendo kilómetros.
Runas antiguas, simples y absolutas.
—No te mato.
—Te reclamo.
El sello se cerró.
Nyssara gritó… y luego rió débilmente.
—Qué cruel eres, humano.
Eiren se dio la vuelta.
—No.
—Solo aprendí.
El territorio comenzó a estabilizarse.
La caída de un Rey Demonio fue ocultada, envuelta en engaños tan profundos que ni demonios ni ángeles sintieron la pérdida.
Solo un silencio extraño… Donde antes había sonrisas.
EPÍLOGO BREVE Lejos de allí, en la planicie.
Arthur se detuvo un segundo.
—¿Sentiste eso?
—preguntó Akira.
Arthur negó.
—No.
Y eso… Era exactamente lo que Eiren había querido.
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