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Alma vinculada al juego - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 CAPÍTULO 30— La ciudad que no pidió permiso
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31: CAPÍTULO 30— La ciudad que no pidió permiso 31: CAPÍTULO 30— La ciudad que no pidió permiso La planicie seguía siendo hermosa.

Flores altas que se mecían con el viento, caminos de tierra ya marcados por pasos constantes, madera apilada, tiendas temporales que lentamente dejaban de serlo.

Nada grandioso aún.

Nada que pudiera llamarse imperio.

Pero tampoco era un campamento.

Arthur observaba desde una pequeña elevación natural.

Kael estaba a su lado, brazos cruzados.

Akira discutía más abajo con Darían sobre rutas de comercio.

Lyse y Mora organizaban provisiones.

—Esto ya no es improvisación —dijo Kael con calma—.

Aunque tú sigas llamándolo así.

Arthur no respondió de inmediato.

—No estamos reclamando territorio —dijo finalmente—.

No hemos levantado estandartes.

No cobramos tributos.

Kael giró la cabeza, mirándolo de reojo.

—Eso no importa.

Arthur suspiró.

—Explícate.

—En este mundo —continuó Kael—, vivir en un lugar es reclamarlo, aunque no lo digas.

Construir caminos es declarar rutas.

Permitir comercio es aceptar influencia.

—Hizo una pausa—.

Y permitir que otros pasen sin permiso… también es una decisión política.

Arthur frunció el ceño.

Ahí estaba.

La decisión.

Esa mañana, Arthur había dicho algo simple: Cualquiera podía cruzar la planicie mientras no causara problemas.

Nada de peajes.

Nada de juramentos.

Nada de pactos.

Libre tránsito.

Para Arthur, era lógico.

Para el mundo… no tanto.

La primera presión No tardó en llegar.

Un grupo de seis figuras apareció por el camino del sur.

No venían armados para la guerra, pero tampoco desprotegidos.

Ropas bien cuidadas.

Insignias discretas.

Sonrisas medidas.

—Una facción menor —murmuró Sophia en la mente de Arthur—.

Comerciales, pero con respaldo militar indirecto.

Arthur avanzó para recibirlos.

—Bienvenidos —dijo—.

¿Qué necesitan?

El hombre al frente inclinó la cabeza apenas.

No era una reverencia.

Era cálculo.

—Venimos en representación del Consorcio de Vathren —anunció—.

Hemos oído que este asentamiento permite el paso libre.

Arthur asintió.

—Así es.

La sonrisa del hombre se afiló.

—Entonces venimos a formalizarlo.

Arthur lo miró con atención.

—No hay nada que formalizar —respondió—.

No cobramos.

No exigimos.

Solo pedimos respeto.

Silencio breve.

Sophia habló, baja y precisa: —Cuidado.

Esto es una maniobra de autoridad blanda.

Si aceptas negociar, reconoces jerarquía.

El hombre juntó las manos.

—Por supuesto —dijo—.

El respeto es mutuo.

Pero el libre tránsito… suele administrarse.

—Miró alrededor—.

Especialmente en tierras que antes estaban… vacías.

Arthur sintió algo incómodo.

No rabia.

No miedo.

Fastidio.

—No estaban vacías —dijo—.

Estaban evitadas.

El hombre parpadeó.

Kael dio un paso al frente.

—Y seguirán estándolo —añadió—.

Para quienes confundan cortesía con debilidad.

La tensión subió apenas un grado.

Arthur levantó la mano.

—No habrá acuerdos exclusivos —dijo con firmeza—.

No ahora.

Tal vez nunca.

—Miró al emisario—.

Pueden comerciar.

O pueden rodear.

Es su decisión.

El hombre lo observó largo rato.

—Entiendo —dijo finalmente—.

Entonces… nos retiramos.

Se dio la vuelta.

Pero antes de irse, dejó caer la frase: —Otros no serán tan… pacientes.

Cuando se marcharon, Akira se acercó.

—Eso fue una amenaza.

Arthur negó.

—Fue un aviso.

Sophia añadió: —Y uno que ya está viajando más rápido que ellos.

En otro lugar Eiren Valcross observaba un mapa que no era físico.

No líneas, sino corrientes de influencia.

Pactos.

Miedos.

Ambiciones.

Nyssara estaba en algún punto de ese entramado.

Invisible.

Sonriente.

Pero no era su prioridad ahora.

—¿Libre tránsito?

—repitió Eiren con una risa suave—.

Qué idea tan peligrosa.

Nyssara operaba en pactos rotos.

Él, en estructuras que no podían romperse.

Regnum Inquebrantable no se construía con imposición directa.

Se construía dejando que otros dependieran.

—Interesante… —murmuró—.

Si no quiere gobernar… alguien lo hará alrededor de él.

Giró la mano.

Una orden silenciosa se propagó.

—No lo ataquen —dijo—.

Rodéenlo.

Los días siguientes fueron peores que un ataque directo.

Caravanas que evitaban la planicie “por precaución”.

Rumores de que el lugar atraía desgracias.

Otros, contradictorios, decían que era demasiado seguro, lo cual también despertaba sospechas.

—Nos están aislando —dijo Akira una noche.

Arthur asintió.

—Sin tocar una sola espada.

Sophia intervino: —Alguien está moviendo facciones medianas.

No es Nyssara.

Ella prefiere contratos personales.

Esto es… estructural.

Kael apretó los dientes.

—Entonces ya empezó.

Arthur miró las luces de la ciudad naciente.

Pequeñas.

Frágiles.

—No quería esto —dijo.

—Nadie quiere la política —respondió Kael—.

Solo llega cuando existes lo suficiente.

En ese mismo momento, a cientos de kilómetros, Eiren cerró los ojos.

—Bien —susurró—.

Veamos qué tipo de rey decides no ser.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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