Alma vinculada al juego - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 CAPÍTULO 31 — El peso de un nombre
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32: CAPÍTULO 31 — El peso de un nombre 32: CAPÍTULO 31 — El peso de un nombre La discusión no empezó como discusión.
Empezó como cansancio.
Arthur estaba sentado sobre una caja de madera, observando cómo descargaban provisiones que habían llegado desde el oeste.
No eran muchas.
Menos de las esperadas.
Otra caravana había rodeado la planicie en lugar de cruzarla.
—Otra ruta evitándonos —murmuró Mora, secándose las manos—.
La tercera esta semana.
Arthur asintió sin levantar la voz.
—No los culpo.
Lyse lo miró de frente.
—Yo sí.
Arthur alzó la vista.
—Lyse— —Arthur —interrumpió—.
Esto ya no es un campamento temporal.
Darían dejó una viga en el suelo y se acercó.
—La gente empieza a preguntar cosas —dijo—.
No en voz alta… pero preguntan.
—¿Qué cosas?
—preguntó Arthur.
—Quién manda.
—Quién responde si algo sale mal.
—Quién habla cuando otros vienen a “ofrecer ayuda”.
Arthur suspiró.
—No quiero que esto se convierta en eso.
—Ya lo es —respondió Mora—.
Solo que sin nombre.
Akira, que había estado escuchando en silencio, dio un paso adelante.
—Arthur… ya no estamos huyendo.
Eso le dolió más de lo que esperaba.
—No quiero gobernar —dijo, finalmente—.
No quiero títulos, ni jerarquías, ni que esto termine siendo otra versión de lo mismo que dejamos atrás.
—Nadie te está pidiendo un trono —dijo Darían—.
Te estamos pidiendo dirección.
Arthur negó con la cabeza.
—Eso siempre deriva en abuso.
Sophia habló en su mente, sin urgencia: —Evitar una estructura no impide que otros intenten imponerla desde fuera.
Arthur apretó la mandíbula.
—¿Desde fuera?
Kael, que hasta ese momento había permanecido en silencio, habló con calma.
—Este lugar es un cruce natural —dijo—.
Rutas, recursos, posición estratégica.
—Alzó la mirada—.
Si no se define qué es… otros lo harán.
—¿Quiénes?
—preguntó Arthur.
Kael no dio nombres.
—Facciones.
Casas.
Órdenes.
Gente que sonríe mientras mide cuánto puede tomar.
El silencio se volvió denso.
Lyse dio un paso adelante.
—Arthur… ahora mismo, para el mundo exterior, somos un grupo sin amo.
Arthur frunció el ceño.
—No somos propiedad de nadie.
—Exacto —respondió ella—.
Y eso nos vuelve reclamables.
Esa palabra cayó como una piedra.
Territorio.
Recurso.
Vacío de autoridad.
Arthur cerró los ojos.
—No quiero convertirme en algo que no soy.
Akira se puso frente a él.
—No te pedimos que cambies quién eres —dijo—.
Te pedimos que no nos dejes solos frente a lo que viene.
Arthur la miró.
No había miedo en sus ojos.
Había confianza.
Entonces ocurrió.
No fue un gesto ensayado.
No fue una orden.
Darían se arrodilló primero.
Luego Mora.
Luego Lyse.
Kael dudó apenas… y siguió.
Arthur se puso de pie de golpe.
—¡No!
—dijo—.
¡No hagan eso!
Pero el gesto ya había sido visto.
Los trabajadores.
Los comerciantes que habían decidido quedarse.
Los heridos.
Los cansados.
Uno a uno, imitaron el movimiento.
No fue inmediato.
Fue humano.
—Por favor… —Guíanos… Y entonces, como una sola voz, clara y temblorosa: —Por favor, guíanos, mi señor.
Arthur sintió que el aire le pesaba en el pecho.
No poder.
No orgullo.
Responsabilidad.
Sophia habló, firme: —Arthur.
Si no ocupas ese espacio… alguien más lo hará.
Y no tendrá tus límites.
Arthur respiró hondo.
—Levántense.
No gritó.
No imploró.
Ordenó.
Todos obedecieron.
Arthur pasó una mano por su rostro.
—No soy su rey —dijo—.
No soy su amo.
Algunos intercambiaron miradas.
—Pero sí soy responsable —continuó—.
—Alzó la voz lo justo—.
Mientras estén aquí, nadie los reclamará como peones, ni como mercancía, ni como territorio.
Kael asintió lentamente.
—Eso es autoridad suficiente.
Arthur apretó los puños.
—Desde hoy —dijo—, este lugar tiene voz.
—Miró alrededor—.
Y si alguien quiere tratar con nosotros… lo hará conmigo.
No hubo vítores.
Hubo alivio.
En algún lugar del mundo Una corriente invisible se desvió.
No fue una alarma.
Fue una resistencia inesperada.
Nyssara sonrió desde la penumbra.
—Interesante… Alguien, en otra parte, frunció el ceño.
Un asentamiento que debía fracturarse… acababa de solidificarse.
—Entonces —murmuró— habrá que actuar con más cuidado.
Cierre Arthur no fundó un imperio.
Pero dejó de ser un vacío.
Y en un mundo donde el poder fluye hacia donde hay estructura, eso era suficiente para cambiar los planes de más de uno.
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