Alma vinculada al juego - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 CAPÍTULO 32 — Los que vienen a hablar
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33: CAPÍTULO 32 — Los que vienen a hablar 33: CAPÍTULO 32 — Los que vienen a hablar El aviso llegó antes que los visitantes.
No como alarma, sino como rumor: tres estandartes acercándose desde el sur, sin escolta visible, avanzando despacio, como quien no quiere parecer una amenaza… ni débil.
Arthur escuchó el informe sin interrumpir.
—No entraron en formación —dijo Darían—.
Caminan como enviados, no como ejército.
—Pero tampoco como comerciantes —añadió Mora—.
No traen carros.
Arthur asintió.
—¿Nombres?
—Dijeron representar a la Liga de Valenreach —respondió Lyse—.
Una confederación de ciudades-mercado.
Kael cruzó los brazos.
—Vienen a medirnos.
Arthur suspiró.
—Entonces no los hagamos esperar.
El encuentro se dio en campo abierto, cerca de los límites visibles del asentamiento.
No había murallas aún, solo construcciones bajas, caminos marcados y gente trabajando sin detenerse.
Eso era deliberado.
Los enviados eran tres.
La primera en hablar fue una mujer de cabello plateado recogido con precisión casi ceremonial.
—Soy Maelis Thorne —dijo—.
Portavoz de Valenreach.
A su lado, un hombre alto, de mirada dura, apoyaba el peso sobre una lanza ceremonial.
—Hadrik Voss, garante de seguridad.
El tercero, más joven, observaba todo con excesivo interés.
—Elian Kross —sonrió—.
Registrador y… curioso profesional.
Arthur dio un paso al frente.
—Arthur.
Represento este asentamiento.
Maelis inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces es cierto —dijo—.
Ya tienen una voz definida.
—La necesaria —respondió Arthur.
Elian tomó nota de inmediato.
—Interesante elección de palabras.
Hadrik fue directo.
—Este territorio nunca ha sido reclamado.
Su crecimiento altera rutas establecidas.
—No bloqueamos caminos —respondió Arthur—.
Los acortamos.
Maelis sonrió, apenas.
—Eso depende de quién controle el paso.
Silencio breve.
—No cobramos peaje —dijo Arthur—.
Tampoco exigimos lealtad.
—Todavía —añadió Elian, casi en broma.
Arthur lo miró.
—Si vinieron a advertirnos, ya lo hicieron.
—Si vinieron a negociar, escuchen esto: no buscamos conflicto, pero no aceptaremos tutela.
Hadrik tensó la mandíbula.
—Valenreach protege el equilibrio regional.
—El equilibrio —respondió Arthur— suele favorecer a quien ya tiene poder.
Maelis lo observó con atención real, no fingida.
—Eres directo.
—Soy claro.
Ella asintió.
—Entonces seré igual.
Algunas ciudades verán tu presencia como… una anomalía peligrosa.
—Eso no es diplomacia —dijo Arthur.
—No —aceptó—.
Es honestidad.
Tras unos segundos, Maelis dio un paso atrás.
—Valenreach no intervendrá… por ahora.
—Pero observaremos.
Arthur sostuvo su mirada.
—Eso también es honesto.
Los enviados se retiraron sin amenazas ni promesas.
Pero todos sabían lo mismo: el mundo acababa de reconocerlos.
El enemigo invisible.
Arthur no esperaba esto.
Planos.
Listas.
Solicitudes.
Registros de comercio.
Turnos de trabajo.
Disputas menores que, inexplicablemente, siempre terminaban en su mesa.
—¿Por qué… —murmuró, rodeado de papeles— por qué todo necesita mi firma?
Akira apoyó los codos en la mesa.
—Porque eres “la voz necesaria”.
—Odio esa frase.
Mora dejó otro montón de documentos.
—Esto es solo la mitad.
Arthur la miró como si lo hubiera traicionado.
—Me dijiste que liderar no era sentarse en un escritorio.
—No lo es —sonrió—.
Es morir lentamente sobre uno.
Kael observaba desde un rincón, divertido.
—Has sobrevivido a reyes demonio —dijo—.
—Pero el papeleo… pocos lo logran.
Arthur se dejó caer en la silla.
—Esto es una emboscada.
Sophia habló en su mente, con un tono inusualmente ligero: —Así que… ¿era por esto que no querías gobernar?
Arthur cerró los ojos.
—No te burles.
—No lo hago —respondió ella—.
Estoy registrando una ironía histórica.
—Sophia… —Arthur —replicó—.
Has enfrentado conceptos, voluntades y muerte.
—Pero un formulario mal llenado casi te derrota.
Akira rió.
—Admite que esto no estaba en tus cálculos.
Arthur tomó una pluma como si fuera un arma.
—Si sobrevivo a esto… nada podrá detenerme.
Sophia añadió, divertida: —Confirmado.
El verdadero enemigo no era el poder.
—Era la administración.
Arthur resopló, derrotado.
—La próxima vez que alguien me pida fundar algo… voy a huir.
—Anotado —respondió Sophia—.
—Pero no prometo dejarte.
Y por primera vez en días, Arthur rió también.
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