Alma vinculada al juego - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - Capítulo 43: CAPÍTULO 42 — El nombre que sostiene las riendas
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Capítulo 43: CAPÍTULO 42 — El nombre que sostiene las riendas
Arthur avanzó más profundo de lo que cualquier mapa marcaba.
No porque no existieran registros…
sino porque nadie había querido conservarlos.
El terreno bajo sus pies se volvió irregular. Las rocas estaban ennegrecidas, como si hubieran sido quemadas desde dentro, y el aire tenía una densidad incómoda, opresiva. No era corrupción demoníaca. Tampoco magia residual común.
Sophia lo confirmó casi al instante.
—Anomalía detectada.
—Registro histórico incompatible con el sistema actual.
—Advertencia: este lugar fue excluido deliberadamente.
Arthur se detuvo.
—Entonces no es solo un dominio abandonado —murmuró—.
—Es un recuerdo que alguien quiso enterrar.
Al centro del valle, parcialmente hundida en la tierra, estaba la estructura.
Un círculo de piedra antigua, cubierto por símbolos que no pertenecían a ninguna raza conocida. No eran demoníacos. No eran humanos.
Eran órdenes.
Mandatos grabados contra algo que había querido entrar.
Arthur sintió un escalofrío.
—Aquí fue —dijo en voz baja—.
—Donde todo empezó.
Sophia tardó unos segundos más de lo normal en responder.
—Confirmación parcial.
—Este lugar coincide con el primer evento registrado de encarnación externa.
—Entidad clasificada: Jinete del Caos.
—Designación: Guerra.
Arthur apretó los dientes.
La ciudad…
mi ciudad…
había sido fundada sobre el primer pecado del mundo.
Entonces la sintió.
Una presencia.
No hostil.
No benigna.
Sellada.
Arthur avanzó hasta el centro del círculo. Allí, suspendida entre fragmentos de sellos rotos y cadenas de energía conceptual, estaba ella.
Una mujer.
Cabello oscuro, largo, flotando suavemente como si el tiempo no la tocara. Su cuerpo estaba cubierto por marcas de invocación, cicatrices que no eran heridas, sino decisiones grabadas en carne.
Estaba inconsciente.
Pero viva.
Sophia reaccionó con urgencia.
—Advertencia crítica.
—Entidad humana.
—Rol confirmado: invocadora primaria.
—Responsable de la encarnación del Jinete de la Guerra.
Arthur cerró los puños.
—Así que tú fuiste…
Una grieta recorrió uno de los sellos, y los ojos de la mujer se abrieron lentamente.
No gritó.
No se agitó.
Lo miró.
—Entonces… el mundo aún sigue en pie —dijo con voz ronca—.
—Eso significa que fallé.
Arthur no retrocedió.
—Trajiste al Jinete del Caos.
—Eso no es un error pequeño.
Ella sonrió con amargura.
—No lo hice por destrucción.
—Lo hice por necesidad.
Arthur la observó con atención.
—¿Tu nombre?
Ella dudó un instante.
—Astraea Varnyx.
El nombre resonó en el aire, como si el lugar mismo lo recordara.
—Yo abrí la puerta.
—Yo le di un cuerpo a la Guerra.
—Y yo acepté el castigo.
Arthur miró los sellos.
—Esto no es solo un castigo —dijo—.
—Es borrado lento.
Astraea cerró los ojos.
—Porque lo que traje… no debía existir bajo ningún sistema.
—Y ahora alguien más intenta hacer lo mismo.
Arthur frunció el ceño.
—¿Alguien más?
Ella lo miró directamente.
Y por primera vez… hubo miedo real en su expresión.
—El que mueve a los reyes demonio como piezas.
—El que convirtió a Nyssara en una corona con cadenas.
—El que no invoca jinetes… porque no los necesita.
Arthur sintió una presión en el pecho.
—Dime su nombre.
Astraea respiró hondo.
—Eiren Valcross.
El aire se tensó.
Sophia reaccionó de inmediato.
—Nombre registrado.
—Entidad no clasificada.
—Autoridad externa detectada en múltiples eventos históricos reprimidos.
Arthur sintió que algo encajaba… y al mismo tiempo se rompía.
—¿Qué es él?
Astraea negó lentamente.
—No es un rey.
—No es un dios.
—Es alguien que cree que el caos debe ser dirigido… no liberado.
Arthur miró los sellos otra vez.
—Puedo liberarte —dijo—.
—Pero no sin costo.
Astraea lo entendió de inmediato.
—Tu habilidad —susurró—.
—El vacío que devora todo.
Sophia interrumpió, seria.
—Advertencia extrema.
—El Gormand Void eliminará los sellos.
—Pero también consumirá capas de contención histórica.
—Riesgo de liberación residual del concepto Guerra.
Arthur apretó los dientes.
—No la voy a dejar aquí.
Extendió la mano.
El vacío respondió.
No como hambre desatada…
sino como una marea silenciosa.
Los sellos comenzaron a desaparecer.
No romperse.
No colapsar.
Ser devorados.
Astraea gritó, no de dolor, sino de liberación abrupta. Las cadenas conceptuales se deshicieron una por una, y el aire tembló cuando el último mandato desapareció.
Arthur cayó de rodillas.
Respirando con dificultad.
El vacío reclamó su parte.
Sophia habló con urgencia.
—Advertencia.
—Costo interno elevado.
—Fragmentos conceptuales residuales detectados.
Astraea cayó al suelo… libre.
Se incorporó lentamente y miró a Arthur con algo cercano a reverencia.
—Si Eiren Valcross está moviéndose…
—entonces los jinetes volverán a ser relevantes.
Arthur levantó la mirada.
—No lo permitiré.
Astraea sonrió, cansada.
—Entonces llegaste tarde…
—y justo a tiempo.
A lo lejos, el aire volvió a moverse.
Arthur lo sintió.
Nyssara.
No presente.
Pero atenta.
Y por primera vez desde que dejó la ciudad, Arthur entendió algo con claridad absoluta:
Esto ya no era una investigación.
Era una guerra por quién tenía derecho a decidir qué debía existir.
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