Alma vinculada al juego - Capítulo 44
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Capítulo 44: CAPÍTULO 43—Jinetes
El silencio que quedó tras la liberación de Astraea no era natural.
El aire seguía temblando, como si el mundo dudara de aceptar lo que acababa de ocurrir. Arthur permanecía de rodillas, con una mano apoyada en el suelo agrietado, respirando con dificultad. El Gormand Void se había retraído, pero el vacío dejado atrás seguía ahí, invisible… atento.
Astraea fue la primera en moverse.
Se incorporó con lentitud, como alguien que despierta después de siglos sin sentir su propio peso. Miró sus manos, las cerró, las abrió otra vez.
—Sigo aquí… —susurró.
Arthur alzó la vista.
—No por completo —dijo—.
—Ese sello no solo te retenía. Te estaba borrando poco a poco.
Astraea asintió.
—Era el precio —respondió con calma—.
—Traer a un Jinete del Caos siempre lo es.
Arthur se levantó con esfuerzo.
—Entonces explícamelo —exigió—.
—Ahora.
—¿Qué son realmente los Jinetes del Caos?
Astraea lo miró largamente antes de responder. No como si evaluara su fuerza… sino su derecho a saber.
—No son armas —dijo finalmente—.
—Y tampoco son dioses.
Caminó unos pasos dentro del círculo ahora vacío, tocando las piedras antiguas.
—Antes del sistema… antes de los reyes demonio… el mundo no se sostenía sobre órdenes fijas.
—Existían fuerzas que corregían los extremos cuando el equilibrio se rompía.
Arthur frunció el ceño.
—Correctores.
—Exacto —confirmó Astraea—.
—Los Jinetes del Caos son manifestaciones del ajuste absoluto.
Sophia intervino, con un tono más bajo de lo habitual:
—Confirmación parcial.
—Los datos coinciden con anomalías previas a la estructuración del mundo.
Astraea continuó:
—Guerra. Hambre. Muerte. Conquista.
—No representan destrucción gratuita.
—Representan lo que ocurre cuando un mundo se niega a cambiar.
Arthur sintió un escalofrío.
—Entonces el Jinete de la Guerra…
—Respondió a un mundo estancado —completó ella—.
—A reyes que luchaban por poder sin propósito.
—A sistemas que protegían su propia existencia por encima de todo.
Arthur apretó los puños.
—¿Y tú decidiste traerlo?
Astraea bajó la mirada.
—Porque alguien tenía que hacerlo.
—Y porque creí… que después, podría controlarlo.
El viento cambió.
Sophia reaccionó de inmediato.
—Advertencia.
—Distorsión de autoridad demoníaca detectada.
—Firma conocida.
Arthur giró la cabeza lentamente.
El aire, a unos metros de distancia, comenzó a comprimirse. La presión no era violenta… era dominante. Como si el espacio aceptara obedecer sin resistencia.
Una figura emergió de la distorsión.
Elegante.
Imponente.
Coronada por una autoridad que ya no necesitaba demostrarse.
Nyssara.
Pero ya no era solo una intermediaria.
Sus ojos brillaban con un rojo profundo, estable. Su presencia pesaba como la de un trono invisible.
—Así que era verdad —dijo con voz serena—.
—Liberaste a la invocadora.
Arthur dio un paso al frente.
—Rey Demonio Nyssara —dijo—.
—O debería decir… propiedad de Eiren.
Una leve sonrisa curvó los labios de Nyssara.
—No soy su propiedad —respondió—.
—Soy su elección.
El suelo se resquebrajó bajo su paso.
—Eiren Valcross no quiere destruir este mundo, Arthur.
—Quiere que sea suyo.
Astraea sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eso no es orden —dijo—.
—Es usurpación.
Nyssara la miró con desdén.
—Tú trajiste a la Guerra para forzar un cambio.
—Él está haciendo lo mismo… pero sin caos innecesario.
Arthur activó Instinto de Depredador.
El mundo se afinó.
—¿Llamas “innecesario” a borrar reyes demonio? —preguntó.
Nyssara avanzó otro paso.
—Los reyes son obstáculos —respondió sin dudar—.
—Eiren no elimina lo que funciona.
—Solo se deshace de lo que estorba.
El combate estalló sin señal.
Nyssara se movió primero.
No velocidad bruta.
Autoridad.
El espacio intentó rechazar a Arthur, aplastarlo contra el suelo. Arthur resistió, los músculos tensándose al límite, y lanzó un golpe directo.
Nyssara bloqueó con una sola mano.
El impacto abrió un cráter.
—Has crecido —admitió—.
—Pero sigues reaccionando. No decides.
Arthur sonrió, tenso.
—Entonces mírame decidir.
El Gormand Void se activó parcialmente.
No devoró.
Interfirió.
La autoridad de Nyssara se desestabilizó por un instante. Suficiente para que Arthur conectara una patada directa al torso.
Nyssara retrocedió varios metros, incrustándose en una estructura derruida.
Por primera vez… frunció el ceño.
—Ese poder… —murmuró—.
—Eiren tenía razón contigo.
El aire se volvió pesado de repente.
No por Nyssara.
Por algo más.
Sophia habló, casi en susurro:
—Advertencia absoluta.
—Entidad superior aproximándose.
—Confirmación visual inminente.
El mundo se detuvo.
No ralentizado.
Detenido.
Arthur no podía moverse. Nyssara tampoco. Astraea sintió que el aire le faltaba.
Y entonces… alguien caminó entre ellos.
No apareció.
Llegó.
Un hombre de porte tranquilo, mirada clara, sin aura desbordante ni presión violenta. Vestía de forma simple, casi elegante.
Pero el mundo lo reconoció.
—Basta —dijo.
La autoridad de Nyssara se replegó de inmediato. Ella bajó la cabeza.
—Mi señor.
Arthur sintió un frío recorrerle la espalda.
—Así que tú eres… —murmuró.
El hombre lo miró directamente.
—Eiren Valcross —dijo—.
—Y tú eres mucho más interesante de lo que esperaba.
El tiempo volvió a fluir.
Eiren sonrió levemente.
—No temas, Arthur.
—Hoy no he venido a luchar.
Miró a Astraea.
—Ni a castigar errores antiguos.
Luego volvió su atención a Arthur.
—Solo quería conocerte.
—Porque los Jinetes…
—y el vacío que cargas…
—van a definir el mundo que estoy construyendo.
Dio media vuelta.
—Hablaremos pronto.
Y desapareció, como si nunca hubiera estado allí.
El silencio cayó otra vez.
Arthur respiraba con dificultad.
No por el combate.
Por la certeza.
Esto ya no era una guerra futura.
Había comenzado.
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