Alma vinculada al juego - Capítulo 50
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Capítulo 50: CAPÍTULO 48 Ecos que no pertenecen a este mundo
Ecos que no pertenecen a este mundo
I. Akira — Cuando no hay margen para dudar
El error fue pequeño.
Demasiado pequeño como para justificar una alarma general.
Una fluctuación breve en la barrera exterior, apenas perceptible, algo que en otros días habría pasado como una anomalía menor. Pero esta vez no.
Esta vez, algo la atravesó.
No era grande.
No era inteligente.
Pero era rápido.
Akira lo vio apenas cruzar el perímetro y supo, sin que nadie se lo dijera, que estaba demasiado cerca de la zona habitada. No gritó. No pidió refuerzos. Corrió.
La criatura se movía errática, como si el entorno no le resultara familiar. Chocó contra una estructura, se recompuso y se lanzó directo hacia ella con un chillido áspero.
Akira frenó en seco.
No por miedo.
Por cálculo.
—Bien… —murmuró—. Así que esto es real.
El ataque fue directo, sin técnica, sin estrategia. Pura intención de destruir.
Akira intentó moverse como siempre… y falló el primer paso.
No porque fuera lenta.
Sino porque algo en ella respondió antes.
El espacio frente a su cuerpo se volvió pesado, como si el aire hubiera decidido detenerse. El golpe de la criatura no la alcanzó; se deformó al chocar contra algo invisible, perdiendo el equilibrio.
Akira abrió los ojos, sorprendida.
—Otra vez…
No tuvo tiempo de analizarlo.
Avanzó.
Cada paso que daba parecía negar el movimiento del enemigo. No lo empujaba. No lo aplastaba. Simplemente hacía que sus ataques no funcionaran como debían.
La criatura intentó saltar.
Falló.
Intentó girar.
Tropezó.
Akira cerró la distancia y golpeó una sola vez, preciso, sin exceso de fuerza.
La criatura cayó.
Inconsciente.
Silencio.
Akira se quedó quieta, respirando con fuerza. Miró sus manos. No brillaban. No había aura. No había magia visible.
—No estoy imponiendo nada… —susurró—.
—Solo… decidiendo.
Y eso fue lo que la inquietó.
Porque no se sentía agotada.
Se sentía estable.
II. Arthur — Lo que regresa sin aviso
Arthur levantó la cabeza de golpe.
No había sonido.
No había alerta.
Pero algo había cambiado.
—Sophia.
Ella respondió de inmediato, esta vez solo para él.
—Lo sentiste.
Arthur asintió, aunque nadie podía verlo.
—Sí.
—Como una interferencia.
Se levantó de la mesa y caminó hacia una de las ventanas altas de la sala central. La ciudad seguía funcionando con normalidad. Demasiado normal.
—No fue aquí —continuó—.
—Pero vino… de ese lado.
Sophia tardó un segundo más de lo habitual.
—Confirmo alteración residual —dijo—.
—No es una invasión.
—Es una consecuencia.
Arthur frunció el ceño.
—¿Del Vacío?
—Probabilidad alta —respondió—.
—Cuando algo cruza, no todo se queda del otro lado.
Arthur cerró los ojos un instante.
No sintió amenaza.
Sintió eco.
Como si una puerta se hubiera abierto lo justo para que algo pasara… y luego se cerrara mal.
—Eiren… —murmuró.
Sophia bajó el tono, casi cuidadosa.
—No está aquí.
—Pero ya no está intacto.
Arthur apretó los dientes.
—Entonces no solo fue a mirar.
Abrió los ojos.
—Y eso significa que alguien más… también lo notó.
III. Eiren Valcross — Conquista
El Vacío no reaccionó cuando Eiren avanzó.
Eso era lo más inquietante.
No había resistencia directa. No había presión adicional. Solo esa sensación constante de estar siendo registrado, no observado.
Eiren caminó durante lo que podrían haber sido segundos o horas. El tiempo allí no tenía intención de ser medido.
Entonces lo vio.
Un trono.
No surgió.
Siempre estuvo ahí.
No flotaba. No descansaba sobre nada. Simplemente existía, imponiendo su presencia sin necesidad de forma exagerada.
Sobre él, una figura.
No gigantesca.
No monstruosa.
Humanoide, erguida, con una postura que no necesitaba demostrar autoridad para ejercerla.
El Jinete de la Conquista.
Eiren se detuvo.
No por miedo.
Por respeto consciente.
—Así que aquí estás —dijo, con voz firme.
El Jinete no se levantó.
Ni siquiera se movió.
—Has cruzado —respondió finalmente—.
—Eso ya es una declaración.
Eiren inclinó ligeramente la cabeza.
—No vine a conquistar nada —dijo—.
—Solo a entender qué espacio queda… cuando el mundo se queda pequeño.
El Jinete de la Conquista ladeó apenas el rostro.
—Todos dicen eso —replicó—.
—Antes de decidir que el mundo necesita un nuevo orden.
Eiren sonrió.
—Yo no quiero orden —contestó—.
—Quiero margen.
Silencio.
El Jinete lo observó con atención real por primera vez.
—Eres interesante —dijo—.
—No porque seas fuerte.
Eiren alzó una ceja.
—Ah, ¿no?
—No —continuó—.
—Sino porque entraste aquí forzando una entrada….
—y aun así no intentas imponer tu voluntad.
Eiren sostuvo la mirada.
—Todavía.
Por primera vez, el Jinete sonrió.
—Ten cuidado, humano —advirtió—.
—La Conquista no empieza tomando territorios.
Eiren esperó.
—Empieza —concluyó el Jinete— cuando decides qué ya no merece existir.
Eiren no respondió.
No porque no tuviera respuesta.
Sino porque entendió que esa conversación…
acababa de empezar.
Y muy lejos de allí, en otro punto del Vacío, algo más se acomodó en su trono.
La Guerra había notado el movimiento.
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