Alma vinculada al juego - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 La ciudad que no debía caer
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7: La ciudad que no debía caer 7: La ciudad que no debía caer El caos me rodeaba.
No había interfaz.
No había misiones.
Solo gritos, acero y fuego.
—¿Dónde… estoy?
—pensé, tratando de mantener la respiración estable.
La voz volvió a resonar en mi cabeza.
La misma de antes.
—En mi territorio.
—Y ahora mismo… en peligro.
No sonaba arrogante.
Sonaba tensa.
—¿Fuiste tú quien me trajo?
—pensé con dureza—.
¿Por qué yo?
—No te traje.
—Abrí un llamado.
—Tu presencia respondió.
No era una mentira.
Tampoco era toda la verdad.
Un estruendo sacudió la calle frente a mí.
Una criatura enorme embistió una barricada improvisada.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Instinto del Depredador.
Todo se volvió claro.
Movimientos.
Ritmos.
Aperturas.
No era perfecto… Pero era suficiente.
Y peleé.
No como un jugador.
No como un héroe.
Como alguien que no quería que la gente detrás de mí muriera.
No era una guerra de ejércitos infinitos.
Era una invasión desesperada.
Criaturas deformes.
Mercenarios.
Algo los guiaba… pero no importaba ahora.
Cada minuto ganado salvaba vidas.
La voz volvió a hablar entre combates: —No estás obligado a quedarte.
—Si caes, no volverás.
—Ya lo sé —respondí mentalmente, esquivando un ataque—.
Por eso no pienso caer.
Horas después… El último enemigo cayó.
El silencio fue brutal.
La ciudad seguía en pie.
Dañada.
Humeante.
Pero viva.
Las personas salieron poco a poco de sus refugios.
Algunos lloraban.
Otros rezaban.
Yo me dejé caer de rodillas.
—…Gracias.
—susurró la voz.
El aire frente a mí comenzó a distorsionarse.
Símbolos complejos se formaron en el espacio, iguales a los que me rodearon cuando llegué.
El espacio se plegó.
Y ella apareció.
Alta.
Imponente.
Una presencia que hacía que el mundo pareciera inclinarse levemente.
Cabello oscuro.
Ojos que no parecían humanos.
—Arthur Nervael —dijo en voz alta por primera vez—.
Gracias por responder a mi llamado.
Me puse en guardia de inmediato.
—¿Quién eres?
Ella me observó con calma.
—Soy la soberana de estas tierras.
—Un Rey Demonio.
No lo dijo con orgullo.
Lo dijo como un hecho.
—¿Entonces por qué no estuviste aquí peleando?
—pregunté.
Ella alzó la mirada hacia la ciudad.
—Porque si intervenía directamente… esto habría escalado.
—Mis enemigos habrían venido.
—Y entonces… nadie habría sobrevivido.
Silencio.
—Necesitaba una fuerza externa.
—Alguien que no estuviera marcado por este conflicto.
Yo.
—Te debo una —dijo—.
Ven.
Descansa en mis tierras.
Mi territorio no está en guerra.
No confiaba del todo.
Pero estaba agotado.
Acepté.
Sus dominios eran distintos.
Tranquilos.
Hermosos, incluso.
Pasaron días.
Comida.
Silencio.
Cielo limpio.
Por primera vez desde que todo comenzó… Pude respirar.
Hasta que la recordé.
Akira.
Su voz.
Su grito.
Su mano extendida.
Me levanté de golpe.
—Tengo que volver —dije—.
No importa cómo.
El Rey Demonio me observó en silencio.
—Lo harás —respondió—.
Pero cuando regreses… ya no serás el mismo.
Y Arthur lo sabía.
Porque el mundo ya había comenzado a moverse.
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