Alma vinculada al juego - Capítulo 71
- Inicio
- Todas las novelas
- Alma vinculada al juego
- Capítulo 71 - Capítulo 71: Capítulo 69 Rumor
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 71: Capítulo 69 Rumor
La ciudad seguía viva.
Los mercados abrían, los niños corrían entre calles estrechas y los guardias mantenían su rutina como si nada hubiese cambiado. Pero algo distinto flotaba en el aire. No era miedo. No todavía. Era atención.
Arthur lo sintió antes de escucharlo.
No fue una visión ni una advertencia mágica. Fue más simple: la gente hablaba en voz baja cuando él pasaba. No se detenían, no huían… solo bajaban el tono.
—Ya empezó —murmuró Sophia a su lado.
Arthur no preguntó qué.
En la sala principal del consejo, Ruhn estaba de pie, con los brazos cruzados. Kaelis hojeaba un pergamino con gesto tenso. Eryndor permanecía apoyado contra una columna, observando sin decir nada.
—Llegaron noticias del sur —dijo Ruhn—. Iglesias. Reinos menores. Consejos mágicos.
Arthur se sentó despacio.
—¿Noticias de qué tipo?
Kaelis dejó el pergamino sobre la mesa.
—No hablan de guerra.
—Entonces no son buenas —respondió Arthur.
Kaelis asintió.
—Nos llaman anomalía.
—¿A nosotros? —preguntó Sophia.
—A la ciudad —corrigió Ruhn—. Y a lo que protege.
El silencio cayó.
Nyxaria estaba apoyada cerca de la entrada, los brazos relajados, la expresión neutra. No parecía sorprendida. Solo escuchaba.
—Dicen que aquí camina la Muerte —continuó Ruhn—. Que no tiene final. Que no obedece al ciclo.
—No están equivocados —murmuró Eryndor, sin burla.
Arthur apretó los dedos contra la mesa.
—¿Quién empezó esto?
Kaelis dudó un segundo.
—No hay un nombre claro. Eso es lo preocupante.
Sophia fue la que lo dijo en voz alta:
—Esto no es un ataque. Es una definición.
Arthur levantó la mirada.
—Eiren.
Nadie lo contradijo.
Nyxaria salió antes de que la reunión terminara.
No porque estuviera molesta.
No porque quisiera huir.
Salió porque necesitaba ver la ciudad.
Caminó por calles estrechas, observó rostros conocidos. Algunos la saludaron con naturalidad. Otros dudaron. Un niño la miró con fascinación y miedo al mismo tiempo.
Ella le devolvió una sonrisa pequeña, torpe.
—No muerdo —dijo en voz baja.
El niño rió y salió corriendo.
Nyxaria siguió caminando hasta llegar a una plaza. Se sentó en el borde de una fuente y dejó que el ruido de la ciudad la rodeara.
—Así que ahora soy un rumor.
—Siempre lo fuiste.
Ella no se giró. Reconocía esa voz.
—Hermano —dijo.
El otro Jinete se apoyó contra una pared cercana. Su presencia era más contenida, más discreta que la de Nyxaria, pero igual de real.
—Escuché cosas —continuó él—. Fuera de aquí.
—Yo también —respondió Nyxaria—. Dicen que no debería existir.
Él soltó una risa corta.
—Siempre dicen eso de nosotros.
Nyxaria bajó la mirada.
—Esta vez es distinto.
—¿Porque te importa?
—Porque… —dudó— quiero quedarme.
Su hermano la observó con atención.
—No por Arthur —aclaró ella rápido—. No por diversión.
—Lo sé —dijo él—. Te gusta este lugar.
Nyxaria asintió.
—Aquí no me miran como si fuera el final de algo. Solo… alguien más.
Hubo un silencio cómodo.
—Pero los rumores no se quedan en palabras —dijo él al final—. Alguien va a querer “probar” que son ciertos.
Nyxaria cerró los ojos un instante.
—Que lo intenten —murmuró.
Esa noche, el error ocurrió.
No fue un ejército.
No fue una orden de Eiren.
Fue un hombre.
Un predicador menor, acompañado de tres fanáticos armados con más fe que juicio. Entraron a una taberna cercana a la plaza, hablando demasiado alto.
—¡La Muerte camina entre ustedes! —gritó— ¡Y ustedes la aceptan!
La gente se tensó. Algunos se levantaron. Otros pidieron calma.
Nyxaria estaba ahí.
—Baja la voz —dijo, tranquila—. Estás alterando a la gente.
El predicador la señaló con el dedo.
—¡Demonio!
Ella suspiró.
—Eso no es exacto.
Uno de los fanáticos sacó un arma y la apuntó.
—Por el orden del mundo—
El suelo tembló.
No fue un ataque.
Fue un reflejo.
Las copas vibraron. Las mesas se sacudieron. Las paredes crujieron como si algo inmenso hubiese respirado debajo de la ciudad.
Nyxaria se puso de pie de golpe.
—¡Ya basta! —dijo, con los ojos brillando un segundo de más.
El predicador cayó al suelo. No muerto. Solo aterrorizado.
Nyxaria respiró hondo.
El temblor cesó.
Miró alrededor, alarmada.
—No… no quería—
Se llevó una mano al pecho.
—No me echen —murmuró, casi para sí—. Puedo controlarlo. En serio.
Arthur llegó segundos después.
Vio a la gente asustada. Vio a Nyxaria rígida, conteniéndose.
No preguntó nada.
—Todos fuera —ordenó—. Ahora.
Cuando quedaron solos, Arthur se acercó.
—No hiciste nada mal —dijo.
Nyxaria lo miró.
—Ellos ya decidieron lo que soy.
Arthur apretó la mandíbula.
—Entonces tendrán que aprender que decidir no es lo mismo que tener razón.
Muy lejos de allí, Eiren Valcross sonrió.
No porque la ciudad temblara.
Sino porque el mundo había empezado a hablar de ella.
Y una vez que el mundo habla…
la guerra solo es cuestión de tiempo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com