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Alma vinculada al juego - Capítulo 72

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  4. Capítulo 72 - Capítulo 72: CAPÍTULO 70 La decisión que no querían tomar
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Capítulo 72: CAPÍTULO 70 La decisión que no querían tomar

La ciudad no volvió a temblar.

Eso fue lo que más inquietó a Arthur.

Al amanecer, los daños eran mínimos. Ningún edificio caído. Ningún muerto. Solo grietas finas en algunas paredes… y algo más difícil de reparar.

Miradas.

Kaelis observaba desde una torre de vigilancia. Abajo, los ciudadanos seguían con su rutina, pero ya no era igual. Había distancia. Cálculo.

—No fue un ataque —dijo—. Pero ya no importa.

Arthur se apoyó en la baranda.

—Importa.

Kaelis negó.

—Para nosotros, sí. Para el mundo, no.

En la sala estratégica, el ambiente estaba tenso. Ruhn trazaba símbolos defensivos sobre un mapa. Mora aparecía y desaparecía, trayendo información desde distintos puntos de la ciudad. Astraea permanecía en silencio, flotando apenas sobre el suelo, con los brazos cruzados.

—Tres reinos enviaron observadores —dijo Mora—. No emisarios. Observadores.

—Eso significa juicio —respondió Ruhn—. No diálogo.

Arthur cerró los ojos un segundo.

Sophia habló en su mente, clara y directa.

Esto es una fase previa.

Eiren no necesita atacar.

Está forzando una reacción.

—¿De nosotros? —pensó Arthur.

De ti.

Arthur abrió los ojos.

—Quiere que yo elija —dijo en voz alta.

Todos lo miraron.

—¿Elegir qué? —preguntó Akira.

Arthur no respondió de inmediato.

—Si esta ciudad es un refugio…

—O una amenaza —completó Ruhn.

Silencio.

Eryndor, que había permanecido sentado contra la pared, habló por primera vez.

—El mundo siempre hace lo mismo —dijo con calma—. Cuando algo no encaja, decide si lo rompe… o si lo convierte en ejemplo.

Nyxaria estaba de pie junto a una columna.

No había culpa en su expresión.

No había miedo.

Había paciencia peligrosa.

—No me arrepiento —dijo—.

Arthur la miró.

—No te lo pedí.

Nyxaria giró la cabeza hacia él lentamente.

—Ayer contuve mi poder —continuó—. No porque no pudiera borrar ese lugar.

—Sino porque decidí no hacerlo.

El aire pareció tensarse.

—Eso es lo que no entienden —dijo Astraea, finalmente—. La contención de un absoluto no es debilidad. Es una concesión.

Nyxaria sonrió apenas.

—Gracias.

Ruhn tragó saliva.

—El problema es que el mundo no sabe diferenciar.

Arthur caminó hasta el centro de la sala.

—Entonces dejamos de esperar que lo haga.

Todos lo miraron.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Akira.

Arthur respiró hondo.

—Que no vamos a escondernos.

—Que no vamos a expulsar a nadie.

—Y que tampoco vamos a atacar primero.

Sophia habló solo para él.

Eso no es una decisión cómoda.

—Nunca lo son —pensó Arthur.

—Vamos a mostrar límites —continuó en voz alta—. Claros. Visibles. Innegociables.

Kaelis frunció el ceño.

—Eso es una declaración de poder.

—No —corrigió Arthur—. Es una declaración de responsabilidad.

Nyxaria lo observó con atención renovada.

—¿Y si no lo aceptan?

Arthur la miró directo a los ojos.

—Entonces aprenderán que vivir cerca de la Muerte no significa morir.

—Significa entender cuándo detenerse.

Por primera vez, Nyxaria sonrió de verdad.

No era amable.

No era cruel.

Era letalmente honesta.

—Me gusta esa ciudad —dijo—.

—Pero no al punto de dejar que me usen como excusa.

Eryndor se levantó.

—Entonces será mejor que mis otros hermanos no aparezcan todavía.

Arthur levantó una ceja.

—¿Todavía?

—Uno de ellos ya se está moviendo —respondió Eryndor—. No hacia aquí.

—Hacia el mundo.

Muy lejos de la ciudad, en un trono definido por palabras y leyes, Eiren Valcross cerró un libro invisible.

—Bien —dijo, con una sonrisa tranquila—.

—Ya eligieron no romperse.

Se levantó.

—Ahora veamos si pueden sostenerlo.

No llegó con estandartes.

No anunció su nombre.

Ni siquiera cruzó las puertas.

Simplemente estuvo allí.

En el límite exterior de la ciudad, donde la piedra daba paso a tierra abierta, el aire se comprimió como si el mundo hubiese dudado un segundo antes de seguir existiendo.

Mora fue la primera en sentirlo.

Apareció frente a Arthur sin transición.

—No camina —dijo—.

—No vuela.

—No se mueve como nada que haya visto.

Arthur ya estaba de pie.

—¿Dónde?

—Allí donde termina la ciudad —respondió—.

—Y empieza la decisión.

Kaelis ya estaba dando órdenes. Las murallas no se cerraron. Las defensas no se activaron por completo. Ruhn mantuvo las barreras en estado latente, como una respiración contenida.

—Si esto es un mensaje —dijo Ruhn—, viene envuelto en presión conceptual.

Astraea alzó la mirada.

—No es un emisario común.

Nyxaria ya caminaba hacia la salida.

Arthur la siguió.

—No —dijo—.

—No esta vez.

Nyxaria se detuvo.

—Arthur.

—Si Eiren quiere hablar —continuó—, lo hará conmigo.

Nyxaria lo observó unos segundos largos.

Luego asintió.

—Entonces yo observaré —dijo—.

—Muy de cerca.

La figura esperaba sola.

No llevaba armadura.

No portaba arma.

No tenía aura visible.

Eso era lo inquietante.

Era humano.

Demasiado humano.

—Arthur —dijo, sin levantar la voz—.

Arthur no respondió de inmediato.

Sophia habló en su mente.

No está aquí para negociar.

Está aquí para definir un marco.

—No recuerdo haberte invitado —dijo Arthur al fin.

El hombre sonrió apenas.

—No vine por invitación.

—Vine porque el mundo empieza a reorganizarse.

Nyxaria inclinó la cabeza.

—¿Y tú qué eres? —preguntó—.

La figura la miró por primera vez.

Por una fracción mínima de segundo, la tierra murió bajo sus pies.

No se quebró.

No explotó.

Simplemente… perdió sentido.

Nyxaria sonrió.

—Ah —dijo—.

—Un intermediario que cree que puede mirarme.

Arthur dio un paso al frente.

—Habla —ordenó.

El hombre recuperó la compostura.

—Mi nombre no importa —dijo—.

—Represento una estructura que ya existe.

—Eso siempre dicen los cobardes —murmuró Akira desde atrás.

El mensajero no se giró.

—Eiren Valcross reconoce la ciudad —continuó—.

—Reconoce tu autoridad sobre ella.

Arthur entrecerró los ojos.

—Eso no es un favor.

—No —admitió el hombre—.

—Es una constatación.

Sophia intervino.

No solo en Arthur.

Su voz se proyectó, suave pero imposible de ignorar.

—Toda constatación implica un límite.

—Dilo.

El mensajero se tensó. No de miedo. De reconocimiento.

—Mientras los Jinetes del Caos permanezcan aquí —dijo—, esta ciudad será considerada un punto de excepción.

—¿Excepción a qué? —preguntó Kaelis.

—A la definición del mundo.

Silencio.

Nyxaria avanzó un paso.

El aire se volvió pesado.

El corazón del mensajero se detuvo… y volvió a latir solo porque ella lo permitió.

—Eso suena a amenaza —dijo—.

El hombre tragó saliva.

—No.

—Es una advertencia.

Arthur habló con calma.

—Entonces dile a Eiren esto.

El mensajero levantó la mirada.

—Aquí no se define a nadie por la fuerza.

—Ni por palabras bonitas.

—Ni por miedo.

Nyxaria añadió, con una sonrisa peligrosa:

—Y si vuelve a mandar a alguien que intente mirarme así…

—La próxima vez no voy a ser curiosa.

El mensajero asintió lentamente.

—Transmitiré el mensaje.

Se dio media vuelta.

Y antes de desaparecer, dijo una última cosa:

—Eiren no busca guerra aún.

—Busca coherencia.

Arthur respondió sin dudar:

—Entonces eligió el lugar equivocado.

La presencia se deshizo.

El campo volvió a respirar.

Durante varios segundos, nadie habló.

Eryndor rompió el silencio.

—Eso no fue un aviso final.

—No —dijo Arthur—.

—Fue la primera línea.

Sophia habló solo para él.

Ahora el mundo sabe dónde mirar.

Arthur cerró los puños.

—Entonces que mire bien.

Muy lejos de allí, Eiren sonrió.

—Interesante —susurró—.

—No huyeron. No atacaron.

Cerró los ojos.

—Entonces enviaré algo que no pueda quedarse quieto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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