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Alma vinculada al juego - Capítulo 75

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  4. Capítulo 75 - Capítulo 75: CAPÍTULO 73 El error necesario
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Capítulo 75: CAPÍTULO 73 El error necesario

La delegación llegó al amanecer.

No con trompetas.

No con estandartes de guerra.

Llegó cantando.

Vestían túnicas claras, bordadas con símbolos de pureza y juicio. No eran soldados entrenados, pero sí disciplinados. Cada paso estaba medido. Cada mirada, convencida.

Arthur los observó desde la muralla.

—No vienen a negociar —dijo.

Ruhn asintió lentamente.

—Vienen a confirmar algo que ya decidieron creer.

Astraea apretó los labios.

—Si los rechazamos…

—Dirán que ocultamos monstruos —completó Akira—.

—Y si los dejamos entrar…

—Buscarán provocarlos.

Nyxaria escuchaba en silencio.

No parecía molesta.

Parecía… alerta.

—Ellos no quieren hablar conmigo —dijo al fin—.

—Quieren que yo exista de cierta manera.

Arthur la miró.

—No se los debes.

—Lo sé —respondió ella—.

—Pero me van a exigir igual.

Las puertas se abrieron.

No por debilidad.

Por coherencia.

El líder del grupo avanzó el primero. Un hombre de edad indefinida, con ojos encendidos por una fe que no admitía dudas.

—Venimos en nombre del Orden Luminar —dijo—.

—Y del equilibrio del mundo.

Arthur descendió para recibirlos.

—Están en una ciudad soberana —respondió—.

—Hablen claro.

El hombre inclinó apenas la cabeza.

—Se nos ha informado que aquí habita la Muerte.

—Encarnada.

—Libre.

Nyxaria dio un paso adelante.

El aire cambió.

No cayó presión.

No hubo amenaza.

Solo… silencio expectante.

—Soy yo —dijo ella—.

—Y no he matado a nadie desde que llegué.

El líder la observó.

No con miedo.

Con decepción.

—Eso es lo preocupante —respondió—.

—La Muerte no debe elegir.

Arthur sintió cómo algo se tensaba en el ambiente.

Sophia habló en su mente.

—Este es el punto de quiebre.

—No buscan seguridad.

—Buscan confirmación moral.

—No les debemos explicaciones —dijo Arthur con firmeza—.

—Váyanse.

El líder levantó una mano.

—No aún.

—Debemos verificar.

Detrás de él, uno de los acólitos dio un paso fuera de formación.

Demasiado rápido.

Demasiado nervioso.

Nyxaria lo sintió.

—Arthur… —murmuró.

El acólito alzó un artefacto.

Un sello antiguo.

Una reliquia diseñada para forzar reacciones conceptuales.

—¡En nombre del Orden! —gritó—.

El mundo se rompió.

No explotó.

No ardió.

Se detuvo.

El sello intentó definir a Nyxaria.

Falló.

Y al fallar…

la tocó.

Por primera vez desde que llegó a la ciudad, Nyxaria liberó poder.

No quiso.

No decidió.

Fue instinto.

La presión cayó como un océano invertido.

Las rodillas de todos cedieron.

Las murallas crujieron.

El cielo perdió color por un segundo eterno.

El acólito murió sin comprender qué había hecho.

No por castigo.

Por incompatibilidad.

Nyxaria retrocedió de inmediato.

—¡No! —dijo—.

—No quería—

Arthur ya estaba frente a ella.

—Está bien —le dijo—.

—Respira.

Ella temblaba.

—Me van a odiar —susurró—.

El líder del Orden, pálido pero vivo, levantó la vista.

Y sonrió.

—Lo vieron —dijo—.

—La Muerte no puede controlarse.

—Este lugar es una amenaza.

Arthur lo miró con frialdad absoluta.

—Fuiste tú quien provocó esto.

—No —respondió el hombre—.

—Fue la verdad revelándose.

Desde las murallas, Kaelis gritó:

—¡Retírense!

Pero ya era tarde.

Desde fuera de la ciudad, otros grupos observaban.

Mercaderes.

Enviados.

Espías.

Todos vieron el temblor.

Todos sintieron el juicio incompleto.

Nyxaria apretó los puños.

—Arthur…

—Dime que no me van a echar.

Arthur sostuvo su mirada.

—Esta es tu casa.

—Y si el mundo no lo acepta…

—entonces el mundo es el problema.

Sophia habló.

Solo una frase.

Solo para él.

—La justificación ha nacido.

Muy lejos de allí, en Nyssara, Eiren recibió los informes.

No sonrió de inmediato.

Leyó.

Analizó.

Confirmó.

—Un error humano —murmuró—.

—Perfecto.

Kaelthar rió suavemente.

—¿Damos la orden?

Eiren negó.

—No.

—Ahora vendrán solos.

Areskhan apretó los puños, impaciente.

—El mundo acaba de elegir bando —continuó Eiren—.

—Y no fue el mío.

Cerró los ojos.

—Ahora…

—la guerra puede existir sin que yo la declare.

En la ciudad de Arthur, las campanas sonaron.

Esta vez…

como alarma.

La guerra había comenzado.

Las campanas no volvieron a sonar.

No hacía falta.

La ciudad ya había entendido.

Arthur permaneció de pie en la plaza central mientras el eco del temblor anterior terminaba de disiparse. No miraba el cielo. Miraba a la gente. A los comerciantes que cerraban puestos sin que nadie se los pidiera. A los niños que eran tomados de la mano y llevados adentro. A los soldados que no esperaron órdenes para formar filas.

No había pánico.

Había aceptación.

—Cierren los accesos secundarios —ordenó Kaelis—.

—Pero mantengan las puertas principales visibles.

—No somos una fortaleza sitiada.

—Somos un punto firme.

La guardia se movió con precisión contenida. No corrían. No gritaban. Cada uno sabía su rol.

Arthur caminó hacia el centro de mando improvisado. Un mapa de la ciudad ya estaba extendido. Ruhn trazaba líneas de energía con los dedos, marcando zonas críticas.

—No vendrán todos a la vez —dijo el mago estratega—.

—Primero observarán.

—Luego probarán.

—Después justificarán.

Astraea asintió.

—Atacarán con “respuestas”.

—No con ejércitos.

Mora apareció junto a ellos.

—Ya hay ojos sobre nosotros —informó—.

—No espías comunes.

—Gente convencida de que hace lo correcto.

Arthur cerró los ojos un segundo.

Sophia habló en su mente.

—El conflicto ya no es territorial.

—Es narrativo.

—Si pierdes la historia, pierdes la ciudad incluso si resistes el asedio.

—Entonces no la perderemos —respondió Arthur en silencio—.

—La contaremos nosotros.

Abrió los ojos.

—Ruhn.

—Levanta barreras, pero que se vean.

—Quiero que sepan que estamos protegidos… no aislados.

—Entendido.

—Kaelis.

—Reorganiza la guardia.

—No quiero patrullas agresivas.

—Quiero presencia. Firme. Visible.

Kaelis sonrió con dureza.

—Como si estuviéramos diciendo “estamos aquí”.

—Sin pedir disculpas.

Arthur asintió.

Se giró hacia Astraea.

—Necesito que prepares círculos de contención.

—No para encerrar.

—Para resistir impactos que no entiendan reglas.

Astraea inhaló despacio.

—Eso implica aceptar que algo va a golpear.

—Lo sé.

Nyxaria permanecía un poco apartada.

No por orden.

Por elección.

Observaba a la ciudad con una atención casi dolorosa. Cada persona que pasaba, cada voz, cada gesto. Como si intentara memorizarlo todo antes de perderlo.

Eryndor se acercó a ella.

—No tienes que desaparecer —dijo—.

—No te lo han pedido.

—Aún —respondió Nyxaria—.

—Pero lo pensarán.

Eryndor se apoyó en una columna.

—Siempre piensan.

—Lo raro es cuando deciden.

Nyxaria apretó los labios.

—Yo no quiero decidir matar.

—Pero tampoco quiero irme.

Arthur se acercó.

—No te irás.

Ella lo miró, insegura.

—Ellos no van a entender eso.

—No —dijo Arthur—.

—Pero yo sí.

Se volvió hacia todos.

—Escuchen.

—No vamos a salir a “limpiar amenazas”.

—No vamos a demostrar poder.

—Vamos a existir.

Akira alzó una ceja.

—Eso suele enfurecer a la gente equivocada.

—Exacto.

Sophia intervino, proyectándose esta vez más allá de Arthur. Su voz no era fuerte. Era clara.

—Esta ciudad no será un arma.

—Será un límite.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue pesado.

Responsable.

Lira avanzó desde el fondo.

—Los refugios están listos.

—No para esconderse.

—Para aguantar.

Arthur asintió.

—Bien.

Mora reapareció, seria.

—Los caminos cambian.

—Algunos ya no llevan aquí.

—Otros llegan… demasiado fácil.

Ruhn levantó la vista.

—Eso significa que alguien está forzando probabilidades.

Arthur sonrió sin humor.

—Que lo intenten.

Miró la ciudad una vez más.

—No prometo que no sufriremos.

—No prometo que todos sobrevivirán.

Las miradas se clavaron en él.

—Pero prometo esto:

—Nadie aquí será sacrificado para que otros se sientan correctos.

Nyxaria sintió algo apretarle el pecho.

—Arthur… —murmuró—.

—Si me piden que me vaya…

—No te lo pediré.

Ella tragó saliva.

—Entonces me quedaré.

—Y si vienen…

—no destruiré esta ciudad.

Eryndor sonrió.

—Eso es más difícil que arrasarla.

—Bienvenida al verdadero caos.

En lo alto de una torre, una bandera fue izada.

No tenía símbolo divino.

No tenía emblema de conquista.

Solo un círculo incompleto.

Abajo, la ciudad respiraba.

Se organizaba.

Se endurecía.

Muy lejos de allí, alguien anotó:

“La ciudad no se rinde.”

Y en Nyssara, Eiren cerró el informe.

—Preparan defensas —dijo—.

—No ofensivas.

Kaelthar frunció el ceño.

—¿Eso no es un error?

Eiren negó lentamente.

—No.

—Es una declaración.

Apoyó la espalda en su trono.

—Cuando una ciudad decide no atacar…

—obliga al mundo a hacerlo.

Abrió los ojos, brillantes.

—Y el mundo nunca sabe hacerlo con cuidado.

La noche cayó sobre la ciudad de Arthur.

Y por primera vez…

nadie durmió creyendo que el mañana sería normal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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