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Alma vinculada al juego - Capítulo 77

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  4. Capítulo 77 - Capítulo 77: CAPÍTULO 75 El cielo que decidió hablar
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Capítulo 77: CAPÍTULO 75 El cielo que decidió hablar

La mañana llegó sin sol.

No porque no hubiera amanecer,

sino porque algo ocupaba el cielo.

Arthur fue el primero en sentirlo.

No era presión.

No era hostilidad directa.

Era… intención dirigida.

—Ruhn —dijo sin alzar la voz—.

—Activa el segundo anillo.

El mago estratega ya tenía las manos alzadas.

—Está listo —respondió—.

—Pero quien sea que viene no está tanteando.

—Está explicando.

El aire sobre la ciudad se dobló.

No se abrió un portal.

No descendió una figura.

El cielo habló.

Una estructura mágica gigantesca se manifestó a kilómetros de altura: círculos concéntricos, runas de juicio, símbolos de orden absoluto. No era un hechizo ofensivo inmediato. Era una declaración.

Una voz amplificada, clara, entrenada para ser obedecida, descendió sobre la ciudad.

—Habitantes de esta región

—Se les informa que albergan una anomalía ontológica de clase terminal

La barrera de Ruhn vibró, absorbiendo la onda conceptual como si el aire se hubiera vuelto agua.

—La entidad conocida como “Arthur” no posee definición válida dentro del orden existente

—Su mera continuidad representa un riesgo acumulativo para la coherencia del mundo

Akira apretó los puños.

—Hablan como si fuera una plaga.

Nyxaria levantó la mirada, molesta.

—No.

—Hablan como si fuera un error tipográfico.

La voz continuó.

—Se les ofrece una corrección pacífica

—Entreguen al portador del Vacío y a las entidades asociadas

—La ciudad será excluida del ajuste posterior

Arthur dio un paso adelante.

—¿Quién está lanzando eso? —preguntó.

Mora apareció a su lado, tensa.

—Un mago teocrático.

—De un país que se autodenomina custodio del equilibrio.

—Está fuera del rango visual… y bien protegido.

La voz descendió una última vez.

—Tienen tres minutos para aceptar

Silencio.

Arthur no gritó.

No respondió al cielo.

Se volvió hacia la ciudad.

—Kaelis.

—No disparen.

Kaelis abrió los ojos.

—Arthur…

—Quieren una reacción —continuó—.

—No se la vamos a dar.

Nyxaria dio un paso al frente.

—Déjame salir.

—Con un gesto puedo—

—No —dijo Arthur, firme—.

—No hoy.

El primer impacto llegó antes de que los tres minutos terminaran.

Un rayo de energía pura, comprimida por fe y matemática mágica, descendió desde el cielo y chocó contra la barrera.

La ciudad tembló.

No colapsó.

No cedió.

Pero el golpe fue real.

Ruhn gruñó.

—Eso no fue advertencia.

—Fue prueba de resistencia.

El segundo impacto llegó desde otro ángulo.

Luego otro.

Luego otro más.

No era un asedio caótico.

Era ensayo destructivo.

—Van a romperla —dijo Lira—.

—No rápido… pero lo intentan.

Arthur observó el cielo.

Sophia habló en su mente.

—No buscan entrar.

—Buscan forzarte a salir.

Arthur cerró los ojos un segundo.

—Entonces no esperemos.

Los abrió.

—Voy yo.

Akira dio un paso inmediato.

—No solo.

—No —respondió Arthur—.

—Justamente por eso.

Se giró hacia Ruhn.

—Ajusta la barrera para que no dependa de mí.

—Si me voy, debe aguantar.

Ruhn asintió, sudando.

—Dame diez segundos.

Arthur avanzó hacia la puerta principal.

Nyxaria lo tomó del brazo.

—Arthur.

—Esto huele a trampa.

Arthur la miró.

—Lo sé.

Ella apretó los dientes.

—Entonces—

—Entonces confía en mí —dijo él—.

—Y protege la ciudad.

Nyxaria soltó su brazo lentamente.

—Vuelve.

Arthur sonrió apenas.

—Siempre lo intento.

Salió.

El cielo pareció tensarse.

Arthur dio un paso fuera del perímetro…

y el mundo desapareció.

No hubo transición.

No hubo sensación de caída.

Solo corte.

La ciudad quedó atrás.

Arthur apareció de pie sobre una superficie imposible: ni suelo ni aire. Un espacio blanco, atravesado por geometrías doradas que no proyectaban sombra.

—Bienvenido —dijo una voz—.

—Fuera del error.

Arthur giró sobre sí mismo.

Frente a él, suspendida en el espacio, una figura alada lo observaba.

Seis alas.

No plumas: conceptos.

Un rostro perfecto, sin edad ni emoción.

Un arcángel.

—¿Tú eres el mago? —preguntó Arthur.

La entidad lo miró con una calma absoluta.

—No.

—Soy la consecuencia.

Arthur frunció el ceño.

—Entonces habla claro.

Las alas se desplegaron un poco.

—Arthur.

—Tu existencia no debería haber ocurrido.

—No por maldad.

—No por destino.

Se acercó un paso.

El espacio retrocedió para dejarlo pasar.

—Sino porque no hay lugar para ti en el plan.

Arthur sintió el Vacío agitarse.

—He escuchado eso antes.

—Lo sé —respondió el arcángel—.

—Yo estuve presente cada vez.

Arthur lo miró fijamente.

—¿Y ahora vienes a matarme?

Las alas se abrieron por completo.

—No.

—Vengo a corregirte.

El espacio se cerró.

Muy lejos, en la ciudad, Nyxaria se estremeció.

—Arthur… —susurró.

Eryndor levantó la cabeza, serio por primera vez.

—Esto ya no es una guerra de ciudades.

En la dimensión blanca, el arcángel habló una última vez:

—Prepárate.

—Porque no luchas contra mí.

Arthur sintió cómo el mundo se armaba para destruirlo.

—Luchas contra el hecho de que existes.

Y la batalla comenzó.

El instante en que Arthur desapareció fue imperceptible para la mayoría.

No hubo explosión.

No hubo grito.

No hubo señal visible.

Pero para quienes sabían mirar, el mundo parpadeó.

Nyxaria lo sintió como si le hubieran arrancado algo del pecho.

No dolor.

No miedo.

Ausencia.

—Arthur… —susurró.

La barrera de Ruhn resistía todavía, pero algo había cambiado. No en la estructura. En el aire. Como si la ciudad hubiera dejado de ser observada por una sola voluntad y ahora quedara expuesta a demasiadas.

Eryndor alzó la cabeza de inmediato.

No preguntó.

No dudó.

—Se lo llevaron —dijo—.

—Y no fue un mago.

Nyxaria apretó los dientes.

—Entonces esto ya estaba decidido.

Muy lejos de allí, en Nyssara, Eiren no se levantó de su trono.

No dio discursos.

No celebró.

Simplemente habló.

—Kaelthar.

El Jinete de la Conquista inclinó la cabeza apenas.

—Ve.

No hubo más instrucciones.

Kaelthar sonrió.

El cielo sobre la ciudad de Arthur se partió.

No como un portal.

No como una invocación.

Como una ruptura de jerarquía.

Las nubes se aplastaron unas contra otras. La luz se torció. El aire se volvió pesado, cargado de una presencia que no anunciaba destrucción inmediata, sino algo peor:

Dominio.

—¡Contacto! —gritó Kaelis desde la muralla—.

—¡Algo viene directo a la cúpula!

Ruhn palideció.

—No es un hechizo.

—Es un concepto en caída.

Nyxaria dio un paso adelante.

Y Eryndor se interpuso.

—Hermana —dijo con calma absoluta—.

—Déjame esto a mí.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Estás seguro?

Eryndor alzó la vista hacia el cielo que se desgarraba.

—Si impacta aquí…

—la ciudad deja de ser una ciudad.

—Se convierte en un trofeo.

El cielo cedió.

Kaelthar descendía como una lanza viva.

No envuelto en fuego.

No cubierto de aura.

Su sola existencia ordenaba el espacio a su alrededor. La barrera de Ruhn comenzó a crujir, no por fuerza, sino porque algo intentaba decirle que no tenía derecho a estar allí.

—Interesante —dijo Kaelthar, observando la cúpula mientras caía—.

—Un refugio sin dueño presente.

Nyxaria sintió la provocación como un golpe.

—¡Eryndor, apártate! —ordenó—.

Eryndor no se movió.

—Arthur confió en mí —respondió—.

—Y yo confío en el hambre.

Alzó una mano.

Y activó su habilidad.

No liberó poder.

No atacó.

Negó.

El espacio frente a la cúpula se volvió… incompleto.

No vacío.

No destruido.

Inacabado.

La habilidad única de Eryndor se desplegó:

Ayuno Conceptual

Todo lo que intentaba imponerse sobre un área definida

era forzado a consumirse a sí mismo primero.

La caída de Kaelthar se detuvo a centímetros de la barrera.

No por resistencia.

Sino porque su concepto de Conquista empezó a gastarse en existir.

El impacto nunca ocurrió.

El mundo tembló igual.

Kaelthar abrió los ojos con una sonrisa salvaje.

—Ah…

—Así que tú eres el que se quedó.

Eryndor apareció frente a él.

—No toques la ciudad —dijo con suavidad—.

—No mientras yo tenga hambre.

Kaelthar rió.

—¿Hambre?

—Yo domino mundos.

—Y yo hago que dominen menos —respondió Eryndor.

No hubo conteo.

No hubo señal.

Choque de puños.

El impacto fue silencioso.

El espacio se dobló hacia adentro.

La cúpula vibró.

Las murallas se agrietaron.

Nyxaria cayó de rodillas, conteniendo su propio poder con ambas manos.

—¡Eryndor! —gritó—.

En el mismo instante del impacto, Eryndor activó la segunda fase.

No fuerza.

No magia.

Desplazamiento por privación.

—No aquí —susurró.

El mundo alrededor de ambos desapareció.

No fue teletransporte clásico.

Fue que ese lugar dejó de tenerlos.

La ciudad quedó atrás.

El cielo volvió a cerrarse.

La cúpula resistió.

Silencio.

Durante varios segundos, nadie habló.

Nyxaria se puso de pie lentamente, temblando.

—…Se lo llevó.

Ruhn respiraba con dificultad.

—A otra dimensión.

—Una sin anclajes urbanos.

—Sin población.

Kaelis apretó la lanza.

—¿Eso lo detendrá?

Nyxaria cerró los ojos.

—No.

—Pero evitará que la ciudad pague el precio.

Muy lejos de allí, en un espacio sin nombre, dos Jinetes se separaron tras el choque.

Kaelthar sonreía, emocionado.

—Buen movimiento, Hambre.

—Arthur te enseñó bien.

Eryndor alzó la mirada.

—No.

—Esto lo aprendí solo.

El espacio alrededor comenzó a colapsar lentamente.

—Aquí no hay nada que conquistar —continuó—.

—Y eso te va a molestar.

Kaelthar levantó los puños.

—Entonces empecemos a crear algo.

En la ciudad, Nyxaria miró al cielo vacío.

Arthur no estaba.

Eryndor estaba luchando.

El mundo observaba.

Apretó los dientes.

—…Vuelve con vida —susurró—.

—Los dos.

La guerra ya no tenía frentes claros.

Ahora tenía dimensiones enteras como campo de batalla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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