Alma vinculada al juego - Capítulo 8
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8: Aprendizaje 8: Aprendizaje Aprendizaje bajo un Rey Demonio El territorio del Rey Demonio no se parecía a nada que Arthur hubiera imaginado.
No era un infierno.
No había ríos de lava ni cielos sangrientos.
Era… sereno.
Montañas negras cubiertas de vegetación oscura, lagos quietos como espejos y ciudades construidas con una arquitectura elegante, casi solemne.
Todo transmitía una sensación clara: Aquí nadie necesitaba demostrar poder.
Arthur estaba sentado frente a una terraza de piedra, observando el paisaje.
—No confíes en la calma —dijo la voz femenina a su espalda—.
Aquí existe porque puede hacerlo.
Arthur giró.
Ella estaba ahí, apoyada en una columna, con los brazos cruzados.
No llevaba armadura ahora, solo ropas sencillas, pero su presencia seguía siendo abrumadora.
—Aún no me has dicho tu nombre —dijo Arthur.
Ella lo observó unos segundos antes de responder.
—Porque un nombre pesa.
—Y no todos están preparados para cargarlo.
Arthur soltó una leve risa cansada.
—Después de todo lo que pasó, creo que puedo soportarlo.
Ella caminó hasta quedar frente a él.
—Soy uno de los Reyes Demonio —dijo finalmente—.
No la Rey Demonio.
Arthur frunció el ceño.
—¿Hay más?
—Cinco más —respondió con naturalidad—.
Seis en total.
Cada uno gobierna un territorio distinto.
Cada uno con su propio concepto de poder.
Arthur guardó silencio, asimilando.
—¿Todos tan fuertes como tú?
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Algunos más.
Otros menos.
El poder no es una línea recta.
Arthur sintió un escalofrío.
—Entonces… ¿este mundo siempre fue así?
Ella miró el horizonte.
—Este mundo no nació como tú lo ves.
—Fue moldeado.
—Una y otra vez.
Arthur apretó los puños.
—Yo pensé que estaba jugando —dijo—.
Todo parecía reglas, sistemas, misiones… Ella lo interrumpió.
—Las reglas son solo una forma de control.
—El poder verdadero no necesita interfaz.
Se giró hacia él.
—Y tú lo estás empezando a sentir.
Arthur activó su Instinto del Depredador sin darse cuenta.
Por un instante, todo se alineó: El viento, la distancia, los movimientos de ella.
Ella lo notó.
—Ahí está —dijo—.
Ese silencio interno.
Arthur respiró hondo.
—Cuando lo uso… no siento miedo.
—Porque el miedo es un lujo —respondió—.
—Y tú estás aprendiendo a dejar de darte lujos.
Ella dio un paso atrás.
—Levántate.
Arthur obedeció.
—No voy a entrenarte como a un soldado —continuó—.
—Ni como a un héroe.
Le sostuvo la mirada.
—Te entrenaré como a alguien que debe sobrevivir en un mundo que no te debe nada.
Arthur tragó saliva.
—Y cuando termine… —Decidirás qué hacer con ese poder —respondió—.
—Volver.
—Quedarte.
—O romper algo.
Arthur miró al cielo.
Akira cruzó su mente.
—Voy a volver —dijo con firmeza—.
—Tengo a alguien que buscar.
Ella asintió lentamente.
—Entonces aprende rápido.
Porque cuando regreses… El mundo no te va a esperar.
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