Alma vinculada al juego - Capítulo 81
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Capítulo 81: Capítulo 79 — El precio de volver
Arthur ya no contaba los golpes.
No porque no dolieran,
sino porque ya no importaban.
El arcángel estaba frente a él, con dos alas destrozadas, una rota desde la raíz, la armadura agrietada en múltiples puntos…
y aun así seguía intacto donde importaba.
Su núcleo no fluctuaba.
Su presencia no decayó.
Su postura no cedía.
Arthur respiró con dificultad.
Cada inhalación quemaba.
Cada exhalación llevaba sangre.
El brazo regenerado por Gormand Void no respondía del todo. Los dedos se movían tarde, mal, como si el mundo dudara antes de obedecerle.
Y entonces lo entendió.
No por lógica.
No por cálculo.
Por experiencia.
—No te voy a ganar… —murmuró.
El arcángel lo escuchó.
No se burló.
No se adelantó.
—Correcto —respondió—.
—No fuiste creado para eso.
Arthur levantó la vista.
—Entonces tampoco fuiste creado para detenerme.
El arcángel ladeó la cabeza apenas.
—No.
—Fui creado para eliminar errores persistentes.
Arthur sonrió con los labios rotos.
—Mala suerte —dijo—.
—Soy terco.
Se lanzó de nuevo.
No para matar.
Para probar límites.
Golpear para entender
Arthur atacó con todo lo que tenía.
No reservas.
No estrategia.
Solo fuerza directa.
Puño derecho.
Codo.
Rodilla.
Impacto con el hombro.
El arcángel bloqueó casi todo.
Casi.
Un golpe pasó.
No fue fuerte.
Pero fue suficiente para que Arthur sintiera algo.
No dolor.
Resistencia estructural.
No estaba peleando contra una criatura viva.
Estaba peleando contra una función.
—Ya veo… —susurró Arthur mientras retrocedía—.
—No eres un guerrero.
—Eres una cerradura.
El arcángel avanzó.
Cada paso resonaba como un martillo sobre una campana infinita.
—Fuiste traído aquí porque no debes regresar —dijo—.
—Este plano existe para contener.
Arthur escupió al suelo blanco.
—Entonces este lugar… —miró alrededor—
—no es una prisión.
El arcángel levantó la mano.
—Es un filtro.
El ataque cayó.
Arthur no lo bloqueó.
Se dejó golpear.
Su cuerpo atravesó una estructura completa y rodó hasta detenerse al borde del vacío luminoso.
Dolor absoluto.
Huesos triturados.
Órganos desplazados.
Conciencia al límite.
Y aun así…
Arthur rió.
Débil.
Ronco.
Pero rió.
—Gracias —dijo—.
—Ya entendí cómo salir.
Mientras tanto — la guerra cumple su función
En el mundo de la ciudad, la guerra seguía escalando.
No porque Eiren enviara más tropas.
Sino porque todos los demás lo hacían.
Reinos vecinos.
Órdenes mágicas.
Iglesias.
Entidades que nunca se habían pronunciado.
Todos mirando a la ciudad de Arthur como un punto de ruptura.
Y cada hechizo lanzado.
Cada muerte.
Cada barrera forzada.
Cada jinete liberando poder…
No desaparecía.
Se iba a otro lugar.
Muy lejos de allí.
Eiren estaba de pie frente a una estructura imposible.
No una dimensión.
No un vacío.
Un espacio entre mundos.
Frente a él flotaban fragmentos de energía recolectada.
No caótica.
No salvaje.
Clasificada.
—Así que así suena la guerra… —murmuró.
Levantó una mano.
Los fragmentos vibraron.
—Guerra real —continuó—.
—Decisiones reales.
—Miedo auténtico.
—Voluntad empujada hasta romperse.
La estructura respondió.
Un círculo se formó.
No brillaba.
Pesaba.
—No necesito dominar este mundo —dijo Eiren con calma—.
—Solo necesito que se destruya lo suficiente como para recordar el mío.
Nadie estaba allí para escucharlo.
—Arthur cree que defiende algo —añadió—.
—Y lo hace.
—Eso es lo que lo vuelve útil.
El círculo se expandió.
Un portal comenzó a existir, no a abrirse.
—Un poco más —susurró—.
—Solo un poco más de conflicto honesto.
De vuelta al plano del arcángel
Arthur se levantó como pudo.
Cada movimiento era un castigo.
Pero ahora miraba el lugar distinto.
No como enemigo.
Como estructura.
—No puedo romperte —dijo—.
—Pero tú tampoco puedes detenerme si no peleo.
El arcángel frunció el ceño por primera vez.
Arthur dio un paso atrás.
Luego otro.
—Este lugar responde a mí solo cuando lucho —continuó—.
—Cada golpe refuerza el filtro.
—Cada choque te da razón.
El arcángel avanzó.
—Detente.
Arthur levantó una mano.
No para atacar.
Para soltar.
Gormand Void dejó de rugir.
De empujar.
De devorar.
Se contrajo.
Se volvió silencioso.
—Yo no voy a ganar —dijo Arthur—.
—Pero tampoco voy a seguir jugando a tu juego.
El arcángel extendió ambas alas restantes.
—No puedes salir.
Arthur cerró los ojos.
—No.
—Pero puedo hacer algo peor.
Abrió los ojos.
Y se negó a existir allí.
No huyó.
No atacó.
No rompió.
Simplemente desalineó su presencia.
El plano tembló.
No colapsó.
Pero dudó.
—¿Qué hiciste? —preguntó el arcángel, por primera vez con tensión real.
Arthur cayó de rodillas.
Sangrando.
Roto.
Sonriendo.
—Dejé de ser un objetivo válido.
El plano lo expulsó.
No como una derrota.
Como un error no catalogado.
El retraso
Arthur no regresó a la ciudad.
No aún.
Fue lanzado entre mundos.
No a casa.
No a un lugar seguro.
A un espacio sin nombre, sin cielo, sin suelo.
Flotando.
Consciente.
Vivo.
—Mierda… —susurró.
Muy lejos, la ciudad seguía resistiendo.
Nyxaria sintió el vacío.
Astraea apretó los dientes.
Sophia, solo en la mente de Arthur, habló por primera vez en mucho tiempo sin respuesta.
Te estás demorando.
Arthur cerró los ojos.
—Lo sé.
Y en otro lado…
El portal de Eiren terminó de formarse.
La ciudad seguía en pie.
Eso, por sí solo, ya era extraño.
Las murallas estaban dañadas.
Las barreras de Ruhn mostraban grietas visibles.
Los canales mágicos ardían por sobreuso.
Pero el verdadero problema no era externo.
Era el vacío de mando.
Arthur no estaba.
Y el mundo lo sabía.
—Si vuelve a caer otra oleada así… —murmuró Kaelis, apoyándose en su lanza—
—no la detenemos.
Nadie lo contradijo.
Nyxaria estaba en el centro de la ciudad.
De pie.
Inmóvil.
No protegía.
No atacaba.
No imponía.
Observaba.
Cada latido acelerado.
Cada pensamiento de huida.
Cada duda no dicha.
Eryndor no estaba a su lado.
Y eso se sentía.
Akira fue la primera en notarlo.
—Nyxaria… —dijo con cautela—
—¿Dónde está tu hermano?
La Jinete de la Muerte tardó unos segundos en responder.
—Derrotado —dijo al fin.
Silencio inmediato.
—¿Derrotado cómo? —preguntó Ruhn, sin alzar la voz.
Nyxaria giró la cabeza hacia ellos.
Su expresión no era triste.
Ni furiosa.
Era solemne.
—Cuando un Jinete del Caos pierde contra otro… —explicó—
—no muere.
Alzó la mirada, como si pudiera ver más allá del cielo.
—Regresa a nuestra dimensión.
—Sin cuerpo.
—Sin forma.
—Como un residuo consciente.
Akira apretó los dientes.
—¿Puede volver?
Nyxaria negó lentamente.
—No pronto.
—Quizá nunca, en esta guerra.
Hizo una pausa.
—Khaeltar no solo lo venció.
—Lo expulsó del plano.
Las palabras cayeron con peso real.
Arthur no estaba.
Eryndor tampoco.
Y la ciudad lo sabía, incluso sin entenderlo.
Un nuevo impacto sacudió la cúpula.
Esta vez, una grieta real se abrió.
Un grito se escapó de la multitud.
No de dolor.
De pánico.
Ese fue el instante exacto.
Nyxaria lo sintió como un tirón interno.
—Ah… —susurró—.
—Aquí es.
Se giró completamente hacia la ciudad.
—Escuchen bien —dijo, sin alzar la voz—.
—No actué antes porque mientras una ciudad cree…
—todavía es humana.
Extendió la mano.
—Pero cuando empieza a quebrarse desde dentro…
—ya no es defensa.
—Es masacre anunciada.
El aire se detuvo.
—Por eso ahora —continuó—.
—Y no antes.
Sus ojos brillaron.
—Quien ataque esta ciudad a partir de este momento…
—ha elegido su final.
No fue un hechizo.
Fue una selección.
La Muerte decide
No hubo explosiones.
No hubo gritos.
Los atacantes simplemente dejaron de existir.
Magos canalizando a kilómetros de distancia se desplomaron, con la conexión rota, sin entender por qué.
Comandantes levantando órdenes se quedaron quietos… y cayeron.
Criaturas invocadas perdieron su ancla y se deshicieron como ceniza.
No todos.
Solo aquellos cuya voluntad había cruzado el límite de “seguir atacando”.
—No está exterminando ejércitos… —murmuró Ruhn—
—Está castigando decisiones.
Kaelis cayó de rodillas, exhausto.
—Nos salvó…
Nyxaria no lo miró.
—No.
—Les compré tiempo.
—Nada más.
La presión externa desapareció.
La guerra se detuvo.
No porque hubiese terminado.
Sino porque alguien más fuerte dijo basta.
El regreso incompleto
Arthur cayó entre mundos.
No con violencia.
Con desgaste.
Rodó, se apoyó en una rodilla y respiró hondo.
Algo en él estaba distinto.
No roto.
Endurecido.
Gormand Void seguía allí.
Pero ya no reaccionaba impulsivamente.
Esperaba órdenes.
—Volví… —dijo Arthur en voz baja—.
—Tarde.
Sophia habló en su mente.
Te sentí desaparecer durante un intervalo crítico.
—Lo sé.
Cambiaste.
Arthur no lo negó.
—Entendí algo.
—Esto no se gana siendo el más fuerte.
—Se gana sobreviviendo al desgaste.
Se puso de pie.
El mundo, literalmente, se apartó para dejarlo pasar.
—Eiren usó todo esto como acumulador —dijo—.
—Cada choque.
—Cada muerte.
—Cada liberación de poder.
Sophia confirmó.
Está abriendo portales entre mundos. No dimensiones. Orígenes.
Arthur cerró los ojos un segundo.
—Entonces ya dio el primer paso.
El paso de Eiren
El portal estaba completo.
No vibraba.
No brillaba.
Simplemente existía.
Del otro lado, un mundo distinto.
Ordenado.
Frío.
Definido.
Eiren Valcross avanzó sin prisa.
—Arthur sobrevivió —dijo—.
—Eryndor cayó.
—La Muerte actuó.
Sonrió apenas.
—Perfecto.
Cruzó el umbral.
Y el portal se cerró tras él.
El rey vuelve
Arthur apareció en la plaza central.
No hubo explosión.
No hubo luz.
Simplemente estuvo allí.
La ciudad lo vio.
Y guardó silencio.
Nyxaria estaba frente a él.
—Llegas tarde —dijo.
Arthur asintió.
—Lo sé.
Miró alrededor.
Las grietas.
Los restos.
La calma antinatural.
—Eryndor…
Nyxaria no esquivó la mirada.
—Fue vencido.
—Y no volverá en esta guerra.
Arthur cerró los ojos.
Solo un segundo.
—¿Y tú?
—Actué cuando hacerlo antes habría convertido esta ciudad en algo que no querías —respondió—.
—Esperé hasta que no había otra opción.
Arthur la observó.
Luego asintió.
—Hiciste bien.
Nyxaria parpadeó.
No sonrió.
Pero algo en ella se relajó.
Arthur dio un paso adelante.
—Esta guerra ya no es defensiva.
—Ya no reaccionamos.
Alzó la mirada.
—Ahora elegimos el ritmo.
—Y el lugar.
El mundo escuchó.
Y entendió una cosa clara:
Arthur había vuelto.
Pero ya no era el mismo rey.
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