Almas En Línea: Ascensión Mítica - Capítulo 130
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130: La mentira que no fue 130: La mentira que no fue Penélope ‘Penny’ Samael lanzó el teléfono a la cama con asco.
Siempre había pensado que su tío más joven era diferente a los demás miembros de la familia de su padre.
Como la había criado su madre, Adán a menudo cenaba con ella mientras crecía.
Llegó al punto de que lo trataba más como a un hermano mayor que como a un tío, ya que él era apenas 2 años mayor que ella.
—¡Esta maldita familia!
¡Ojalá ardiera hasta los cimientos de una vez!
Siseó, con la voz bullendo de una ira desenfrenada, pero no había nada que pudiera hacer.
Como hija mayor del CEO interino, Anthony Samael, era incapaz de escapar de la sombra de la familia.
En lugar de preocuparse por lo que no podía cambiar, se centró en canalizar sus pasiones hacia diversas actividades artísticas.
Había incursionado en la pintura, el dibujo, la escultura, la escritura de poesía e incluso el diseño de moda, pero, de algún modo, seguía sintiéndose vacía.
Abrió una bolsa de patatas fritas y encendió el televisor para ver si había algo interesante que la ayudara a distraerse de su ira.
Clic
Lo primero que apareció fueron las noticias, con el titular «Noticias de última hora» en la parte inferior de la pantalla.
—En la noticia en desarrollo de hoy…
«Aburrido»
Sin el más mínimo interés en lo que fuera que estuvieran diciendo, cambió de canal.
—Hemos recibido una notificación de…
«Qué demo…»
Seguían siendo las noticias.
Empezó a cambiar rápidamente entre los distintos canales y todos eran cadenas de noticias informando sobre lo mismo.
—El Gobierno ha emitido una advertencia a los ciudadanos de que han tenido conocimiento de que algunos individuos que juegan al recién lanzado juego «Ascensión de Almas» han…
Penny se espabiló de inmediato al recordar las últimas palabras que su Tío le había dicho antes de colgarle.
—…sido asociados con un aumento de las mutaciones físicas.
Aunque el porcentaje exacto de personas afectadas aún no se ha determinado, el Gobierno implora a los ciudadanos que tomen las precauciones necesarias.
«¡¿Mutaciones?!
¡¿El Tío no estaba mintiendo…?!»
—Habrá un nuevo comunicado en las próximas horas.
Pedimos disculpas por interrumpir su día, su programa habitual se reanudará en breve.
El corazón le latía con fuerza.
Penny miraba la pantalla sin expresión, las risas enlatadas de la comedia recién reanudada chocaban horriblemente con el pavor helado que comenzaba a filtrarse en su pecho.
No le había creído a Adán.
Por supuesto que no; ¿quién creería que a una chica le habían crecido alas, de entre todas las cosas?
No se molestó en limpiarse las manos mientras se abalanzaba sobre su teléfono y metía en una bolsa un montón de ropa con la espalda descubierta de su armario.
«Mierda.
¡Mierda!
¡Mierdaaaa!»
Maldijo mientras salía corriendo por la puerta y se subía a su coche, el único regalo que le había hecho su padre que a ella le gustaba.
«¡Tío!
¡Ya voy en camino!»
Aria se quedó paralizada, con su faja compresora apenas aferrada a ella y sus alas contraiéndose a su espalda, como si no supieran si estirarse o plegarse.
Miró fijamente a Adán —no, a Aracne—, sin saber si volver a gritar, esconderse bajo una manta o exigir respuestas.
—¿Q-qué quieres decir con que me vas a hacer un vestido?
preguntó con voz chillona, una mano aferrada a los restos de su faja compresora y la otra apuntando al desconocido que tenía delante.
Aracne entró en la habitación con la lenta y elegante compostura de alguien acostumbrado a acaparar la atención.
Sus movimientos eran fluidos, de una forma inhumana, como la seda deslizándose por el aire.
—Necesitas algo para cubrirte el pecho que a la vez te permita usar las alas, ¿no?
Lanzó una mirada significativa a la camiseta desechada pero ajustada y a lo que quedaba de la prenda compresora, sonriendo con suficiencia.
Las alas de Aria se desplegaron instintivamente y casi tiran un marco de fotos de la pared.
—¡No voy a dejar que me vistas!
Aracne enarcó una ceja…
—¿Preferirías que lo hiciera Adán?
¿O debo ir a buscar a tu padre?
—¡NO!
Espetó Aria, inmediatamente a la defensiva.
—En absoluto.
El ambiente se cargó mientras Aracne se cruzaba de brazos con una expresión pétrea en su rostro.
Sus hombros se hundieron, y sus alas se enroscaron a su alrededor como cortinas de plumas.
Apartó la mirada, mordiéndose el labio.
—… Lo siento.
Es solo que… él no.
Aracne ladeó la cabeza, y su expresión se suavizó, de forma casi imperceptible.
—Entendido.
Aracne recogió la camiseta del suelo y la llevó a un escritorio cercano.
Rebuscando en él, encontró unas tijeras, pero ni hilo ni tela.
Lanzó una mirada a Aria, que se retorcía de la vergüenza.
—¿Qué clase de lugar no tiene materiales para crear ropa?
Este sitio es un desperdicio de espacio…
Se quejó mientras usaba las tijeras para cortar un gran trozo de la espalda de la camiseta, dejándola unida solo por una fina tira alrededor del cuello.
Aracne tenía una expresión de fastidio en el rostro mientras le devolvía la camiseta a Aria.
—Ponte esto por ahora, Niño.
Como mucho, es solo una medida temporal.
Aria guardó silencio mientras miraba alternativamente la camiseta y a Aracne.
—No sé si puedo ponerme esto…
Gimió de vergüenza, pero el tono de Aracne fue gélido cuando replicó
—¿Prefieres estar medio desnuda?
Tus alas te cubrirán la espalda.
Ante esa lógica, Aria no pudo más que aceptarlo y tomó con cuidado la camiseta de las manos de Aracne.
—No mires.
A su petición, Aracne puso en blanco sus ojos de rubí, pero aun así obedeció.
Tras unos breves instantes, Aria desplegó de nuevo sus alas, revelando que la camiseta se ajustaba firmemente a su cuerpo y que no sentía dolor por la opresión de las alas.
—Gracias, Aracne…
Aria le dio las gracias con una expresión de vergüenza en el rostro.
Aracne pareció desinteresada en su agradecimiento mientras se sentaba en un sofá, como si estuviera esperando algo.
—¿No deberíamos intentar irnos de aquí antes de que llegue alguien más?
preguntó Aria con inquietud.
Con la llegada de sus alas, este edificio le parecía sofocante e incómodo.
Quería respirar aire fresco.
Aracne no se inmutó, entornó los ojos y respondió:
—¿Sabes cómo salir de aquí?
—¿No…?
—Pues yo tampoco, tenemos que esperar a que la pequeña Serpiente se despierte.
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