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Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 09 Donde quedarse
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11: 09 | Donde quedarse 11: 09 | Donde quedarse El Jam & Roller olía a café recién hecho y a piso limpio.

Ámbar lo notó apenas cruzó la puerta.

Ese olor siempre le había dado cierta calma.

Orden.

Rutina.

Algo que se podía controlar.

Ese día, no.

El Roller seguía vivo: música suave, ruedas deslizándose, una pareja riéndose cerca de la pista.

Todo funcionaba.

Demasiado normal para cómo se sentía por dentro.

───Ey…

───dijo Jazmín al verla───.

Volviste.

No fue una pregunta.

Fue un alivio.

Ámbar asintió, dejando su bolso detrás del mostrador.

───Un rato ───respondió───.

Necesitaba…

───buscó la palabra─── sentir que algo sigue igual.

Emilia apareció desde la barra con una taza en la mano.

───Te hice café ───dijo───.

No pregunté cómo lo tomás.

Asumí que hoy necesitás fuerte.

Ámbar sonrió apenas.

───Gracias.

Se apoyó un segundo en el mostrador.

El cuerpo todavía le pesaba como si no hubiera salido del hospital.

───Sharon sigue estable ───informó───.

Crítica, pero estable.

Jazmín y Emilia intercambiaron una mirada silenciosa.

No dijeron nada.

No hacía falta.

Ámbar respiró hondo y levantó la vista.

Y entonces la vio.

Sylvana estaba al fondo, trapeando cerca de los lockers.

De espaldas.

Con el uniforme del Roller.

Como si siempre hubiera pertenecido ahí.

El estómago se le cerró de golpe.

No era sorpresa.

Sabía que iba a pasar.

Pero una cosa era saberlo…

y otra, estar ahí.

Sylvana se dio vuelta.

Sus miradas se cruzaron apenas un segundo.

No hubo saludo, ni hubo palabras.

Solo ese reconocimiento incómodo de dos personas unidas por algo que todavía no sabían cómo nombrar.

Ámbar bajó la vista primero y se marchó.

Mientras caminaba, sintió algo claro y punzante: no estaba lista para hablar con Sylvana.

Pero tampoco podía seguir esquivándola.

Y eso, lo supo, era solo el principio.

Ámbar se quedó un momento detrás del mostrador, con las manos apoyadas sobre la madera gastada.

El Jam & Roller estaba abierto, lleno de movimiento, de ruedas deslizándose, de música y pedidos.

Todo seguía girando.

Y ella sentía que no.

Respiró hondo.

Desde la pista llegó la voz de Jazmín.

───¡Emilia!

¡Si alguien se cae con estos patines mal puestos, me hago cargo solo emocionalmente!

───Están bien puestos ───respondió Emilia, sin levantar la voz───.

El problema es que tú miras sin fijarte.

───¡Eso es exactamente lo que estaba diciendo!

───protestó Jazmín.

Ámbar esbozó una sonrisa mínima.

No alegría.

Pero sí algo parecido a sostén.

Jazmín y Emilia estaban ahí.

Funcionando.

Improvisando.

Aguantando.

Del otro lado del mostrador, Sylvana limpiaba una mesa.

Lo hacía despacio, con una concentración casi exagerada.

No miraba hacia Ámbar.

No se acercaba.

Pero su presencia pesaba.

Ámbar la vio de reojo.

La reconoció en gestos mínimos: la forma de doblar el trapo, de acomodar las sillas, de ocupar poco espacio.

Como si hubiera aprendido toda la vida a no molestar.

Simón apareció cerca de la pista, discreto.

No quiso interrumpir.

Esperó a que Ámbar lo viera.

Cuando sus miradas se cruzaron, él levantó apenas la mano.

Ámbar salió del mostrador y se acercó.

───¿Cómo estás?

───preguntó él, sin rodeos.

───Cansada ───respondió───.

Pero si me quedo quieta…

me hundo.

Simón asintió.

───Entonces moverte también es sobrevivir.

Se quedaron uno al lado del otro, mirando el lugar.

───La vi ───dijo Ámbar, sin mirarlo───.

A Sylvana.

Simón respiró hondo.

───¿Quieres hablar con ella?

Ámbar negó.

───No todavía.

No hoy.

Hoy ya tengo suficiente con una madre que puede irse…

y otra que volvió cuando no sé dónde ponerla.

Simón no discutió.

Le tomó la mano.

───No tenés que resolver todo ahora.

───Lo sé ───respondió───.

Pero el cuerpo no entiende de tiempos lógicos.

Del otro lado, Jazmín se acercó a Emilia con una bandeja.

───Esto iba sin azúcar ───dijo Emilia.

───Es azúcar con intención buena ───respondió Jazmín───.

Compensa.

Emilia la miró fijo.

───No existe eso.

───Bueno, existe hoy.

Emilia soltó una risa mínima.

Casi invisible.

Jazmín se quedó quieta un segundo, como si ese gesto la desarmara un poco.

───Gracias por quedarte ───dijo Jazmín, más baja───.

Por Ámbar.

───No lo dudé ───respondió Emilia───.

Ella necesita que esto funcione.

───Y yo también ───pensó Jazmín, pero no lo dijo.

El Jam & Roller seguía vivo.

Desordenado.

Imperfecto.

Y Ámbar, observando todo desde el centro de ese caos controlado, entendió algo nuevo: tal vez no podía elegir cuándo aparecían las heridas, pero sí podía decidir dónde quedarse mientras dolían.

Y hoy, ese lugar era acá.

La cocina de la mansión estaba en silencio, apenas interrumpido por el sonido del agua calentándose en la pava.

No era de noche, pero las cortinas corridas le daban al ambiente una luz suave, como si el día también hablara en voz baja.

Luna estaba sentada a la mesa, con las piernas recogidas contra la silla.

Tenía una taza entre las manos, pero no había tomado ni un sorbo.

Miraba el líquido como si esperara que le respondiera algo.

Mónica se movía despacio por la cocina, preparando café.

Miguel estaba apoyado contra la mesada, con los brazos cruzados, observando a su hija sin invadirla.

───¿Te habló Ámbar?

───preguntó Mónica, rompiendo el silencio.

Luna asintió.

───Sí…

───respondió───.

Sharon sigue igual.

Crítica y dormida.

Miguel suspiró hondo.

───Nunca pensé que llegaríamos a esto ───dijo───.

Sharon siempre parecía indestructible.

Luna levantó la vista.

───No lo era ───dijo, más firme de lo que esperaba───.

Solo era buena escondiéndose.

Mónica dejó la pava a un lado y se sentó frente a ella.

───¿Cómo estás tú, mi amor?

───preguntó───.

No cómo “deberías” estar.

Cómo estás de verdad.

Luna apretó la taza con más fuerza.

───Confundida ───admitió───.

Enojada.

Triste.

Todo junto.

Y…

───tragó saliva─── con culpa.

Miguel frunció el ceño.

───¿Culpa de qué?

───Del incendio ───dijo Luna, sin rodeos───.

De haber sobrevivido.

De no haberle hablado nunca más.

De haberla odiado tanto tiempo.

Mónica estiró la mano y la apoyó sobre la de su hija.

───Eso no fue tu culpa ───dijo con suavidad───.

Nada de eso.

───Pero ella sí tuvo culpa ───replicó Luna───.

Y aun así…

───se le quebró la voz─── sigue siendo mi tía.

Miguel se acercó y se sentó también.

───La sangre pesa ───dijo───.

Incluso cuando duele.

Luna respiró hondo.

───Anoche soñé con ella ───confesó───.

Estaba la mansión.

El fuego.

Y Sharon…

como si estuviera atrapada ahí para siempre.

Mónica cerró los ojos un segundo.

───Los dolores que no se hablan regresan así ───murmuró───.

En sueños.

───Tengo miedo ───continuó Luna───.

Miedo de que despierte y no le diga nada.

Y miedo de decirle todo.

Miguel la miró con seriedad.

───¿Y qué es lo que sentís que te falta decir?

Luna dudó.

───Que me dolió ───respondió───.

Que me falló.

Que me dejó sola.

Pero también…

que sigo siendo su sobrina.

Que no todo fue odio.

Mónica apretó su mano.

───Eso no es perdón ───dijo───.

Es verdad.

Y la verdad siempre libera un poco.

───¿Y si despierta?

───preguntó Luna───.

¿Y si me pide algo que no puedo darle?

Miguel habló entonces, con voz calma: ───No tienes que salvarla.

No es tu carga.

Solo puedes ser honesta.

Luna bajó la mirada.

───Ámbar está ahí todo el tiempo ───dijo───.

Y yo…

no sé si tengo derecho.

Mónica la miró con ternura firme.

───Ámbar es su hija ───dijo───.

Vos sos su sobrina.

No compiten.

El dolor no se mide.

───Además ───agregó Miguel───, hablar no es quitarle lugar a nadie.

Luna respiró hondo, como si algo se acomodara apenas.

───Si despierta…

───dijo─── quiero hablarle.

No para arreglar nada.

Solo para cerrar algo en mí.

Mónica sonrió apenas.

───Eso es crecer, hija.

Luna levantó la vista.

───¿Ustedes creen que…

ella sepa cuánto daño hizo?

Miguel negó despacio.

───Creo que lo sabe ───dijo───.

Y por eso nunca pudo enfrentarlo.

El silencio volvió a instalarse, pero ya no era pesado.

Mónica se levantó y apoyó un beso suave en la cabeza de Luna.

───Pase lo que pase ───dijo───, no estás sola.

Nunca.

Luna cerró los ojos un segundo, apoyándose en ese gesto.

Y por primera vez desde el incendio, entendió que hablar con Sharon no era volver al fuego.

Era decidir no quemarse más.

El hospital ya no estaba tan lleno.

La noche había avanzado sin que Ámbar se diera cuenta, y el pasillo de terapia intensiva parecía suspendido en una calma extraña, casi respetuosa.

Ámbar estaba sentada en una de las sillas, con la espalda apoyada contra la pared.

Simón se había sentado en el piso, frente a ella, con las piernas abiertas y la cabeza apoyada suavemente en sus rodillas.

Le sostenía las manos, acariciándole los dedos con movimientos lentos, constantes, como si así pudiera ordenar el caos.

───Amor…

───murmuró él───.

Estás agotada.

Ámbar sonrió apenas.

───No quiero dormirme ───respondió───.

Siento que si cierro los ojos, algo pasa.

Simón levantó la vista y la miró con ternura profunda.

───Mi reina ───dijo───, el mundo no se mueve cuando vos parpadeás.

Y aunque lo hiciera…

yo estoy aquí.

Le besó el dorso de la mano.

Un beso suave, cálido, lleno de promesas silenciosas.

───No sé cómo haces ───susurró Ámbar───.

Para estar tan firme cuando todo se cae.

Simón negó despacio.

───No soy firme ───dijo───.

Solo te amo.

Y cuando te amo, no me muevo.

Ámbar tragó saliva.

Los ojos se le llenaron, pero no lloró.

Se inclinó un poco hacia adelante y apoyó la frente contra la de él.

───Gracias por no soltarme ───dijo───.

Ni cuando me rompo.

───Menos ahora ───respondió Simón───.

Ahora te agarro más fuerte.

La rodeó con los brazos y la atrajo hacia él, apoyándola contra su pecho.

Ámbar cerró los ojos un instante, respirando su olor, su calma, su presencia.

───No quiero perderla ───confesó, con la voz quebrada───.

Aunque me haya lastimado.

Aunque me haya amado mal.

Simón apoyó el mentón sobre su cabeza.

───No la estás perdiendo sola ───dijo───.

Pase lo que pase, no vas a atravesarlo sola.

Ámbar levantó el rostro y lo miró con una tristeza serena.

───Sin vos…

───empezó.

Simón la interrumpió con un beso corto, lleno de cuidado.

───No digas eso ───susurró───.

Yo estoy.

Siempre.

Le besó la frente.

Después las mejillas.

Después la nariz.

───Sos mi vida ───agregó───.

Y yo voy a ser tu hogar cada vez que el mundo te quede grande.

Ámbar sonrió entre lágrimas.

───Te amo ───dijo, simple, absoluta.

───Yo más, mi reina.

Se quedaron abrazados, sin apuro, mientras el tiempo seguía pasando de alguna manera que ya no importaba tanto.

Dentro de la habitación, el sonido de los monitores seguía marcando el ritmo.

Bip.

Bip.

Bip.

Sharon estaba inmóvil, rodeada de máquinas, cables y luz blanca.

El cuerpo quieto.

El rostro pálido.

Como si estuviera detenida en un punto intermedio entre quedarse y partir.

Entonces, algo cambió.

Un movimiento mínimo.

Casi imperceptible.

Los párpados temblaron.

Una vez.

Dos.

Y, lentamente, con esfuerzo, con dolor, con toda la carga de lo que nunca terminó de arder…

Sharon Benson abrió los ojos.

El monitor emitió un sonido distinto.

El incendio del pasado no había terminado.

Solo acababa de volver a encenderse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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