Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 11 El silencio de la ausencia
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13: 11 | El silencio de la ausencia 13: 11 | El silencio de la ausencia El día era gris.
No era una tormenta ni una tragedia climática.
Era ese tipo de cielo bajo que parece haberse acercado demasiado a la tierra, como si también él cargara algo que no sabe dónde poner.
Ámbar lo notó apenas bajó del auto.
El cementerio estaba en silencio, interrumpido solo por pasos lejanos, por el roce del viento entre los árboles y por algún murmullo contenido que se apagaba rápido, casi con culpa.
Todo era demasiado real.
Demasiado definitivo.
Simón bajó detrás de ella.
No dijo nada.
Se limitó a apoyar una mano firme en la parte baja de su espalda, como si ese contacto fuera lo único que la mantenía de pie.
Ámbar estaba vestida de negro.
No un negro elegante ni pensado.
Un negro simple, casi austero.
Como si no quisiera llamar la atención ni siquiera en el día en que enterraban a su madre.
Mi madre.
La palabra todavía no le entraba del todo en el cuerpo.
Unos metros más adelante estaban Luna y Matteo.
Luna tenía los hombros rígidos, la mirada fija en un punto que no parecía pertenecerle al presente.
Matteo se mantenía apenas a su lado, sin tocarla, respetando ese espacio extraño que a veces deja el duelo cuando todavía está acomodándose.
Miguel y Mónica llegaron juntos, tomados de la mano.
Mónica tenía los ojos hinchados, rojos, pero el gesto sereno.
Miguel caminaba despacio, como si cada paso fuera una decisión consciente.
Jazmín y Emilia estaban un poco más atrás.
No hablaban.
Jazmín tenía las manos entrelazadas, apretadas con fuerza.
Emilia miraba al frente, el rostro tenso, los labios cerrados, como si cualquier palabra fuera un riesgo innecesario.
No era un funeral multitudinario.
No había discursos largos.
No había flores exageradas.
Sharon Benson nunca había sido una mujer de escenas grandes.
Había sido intensidad contenida.
Control.
Silencio.
El ataúd estaba ahí.
Cerrado.
Imposible.
Ámbar lo miró y sintió que el aire se le volvía espeso.
Ahí estás, pensó.
Ahí terminaste.
Simón apretó un poco más su mano.
───Estoy acá ───murmuró, apenas audible.
Ámbar asintió.
No pudo responder.
El sacerdote habló.
Dijo palabras que Ámbar escuchó como a través del agua: descanso, memoria, amor eterno, despedida.
Frases correctas.
Necesarias.
Pero ajenas.
Ella no necesitaba que le explicaran la muerte.
La había sentido entrar en su cuerpo la noche anterior, cuando el monitor se apagó.
Miró a Luna.
Luna le devolvió la mirada apenas un segundo.
No sonrió.
No lloró.
Pero en ese cruce hubo algo parecido a un acuerdo silencioso: sobrevivimos.
Aunque doliera.
Miguel apoyó una mano sobre el hombro de Ámbar cuando pasó cerca.
───Sharon fue…
una mujer compleja ───dijo en voz baja───.
Pero te amó.
Eso era innegable.
Ámbar tragó saliva.
───Lo sé ───respondió.
Mónica no dijo nada.
Solo la abrazó.
Un abrazo cálido, firme, maternal.
De esos que no preguntan.
Jazmín se acercó después.
Dudó un segundo antes de hablar.
───No sé qué decir ───admitió───.
Así que…
solo voy a quedarme.
Ámbar la miró, agradecida.
───Eso alcanza ───dijo.
Emilia asintió desde atrás.
───Estamos aquí ───agregó───.
Cuando todo lo demás se apague.
El ataúd empezó a descender.
Ese fue el momento exacto en que algo dentro de Ámbar cedió.
No lloró como la noche anterior.
No gritó.
Fue distinto.
Más hondo.
Más silencioso.
Simón la rodeó con ambos brazos.
Ella apoyó la frente contra su pecho, respirando su olor, su calor, su presencia viva.
───Te tengo ───le susurró él───.
Siempre.
Y entonces, Ámbar sintió algo más.
Una mirada.
No cerca.
No invadiendo.
Desde lejos, casi mezclada con las sombras de los árboles, estaba Sylvana.
No vestía de negro estricto.
Llevaba ropa oscura, sencilla.
El cabello recogido.
Las manos cruzadas frente al cuerpo.
No se acercó.
No interrumpió.
No buscó ser vista.
Pero Ámbar la vio.
Y Sylvana también la vio.
No hubo gesto.
No hubo saludo.
No hubo palabras.
Solo esa presencia incómoda, inevitable.
Como una pregunta que todavía no estaba lista para hacerse.
Sylvana bajó la mirada primero.
Y se fue.
Ámbar cerró los ojos un segundo.
Después, pensó.
Todavía no.
El funeral terminó sin aplausos, sin música, sin dramatismos.
Las personas empezaron a dispersarse de a poco.
Luna se acercó a Ámbar antes de irse.
───Gracias ───dijo───.
Por llamarme.
Ámbar la miró.
───Gracias por venir.
No se abrazaron.
No fue necesario.
Matteo le apoyó una mano en la espalda a Luna y la guio con suavidad hacia el auto.
Miguel y Mónica se quedaron un momento más, hasta que Ámbar asintió, indicando que estaba bien.
O lo más parecido a estarlo.
Jazmín y Emilia se fueron juntas.
En silencio.
Como habían llegado.
Delfina no estaba ahí.
Pero el teléfono de Ámbar vibró.
───No pude ir.
Pero estoy con vos.
Siempre.
Ámbar cerró el mensaje sin responder.
No porque no quisiera, sino porque todavía no podía.
Cuando el cementerio quedó casi vacío, solo quedaron Ámbar y Simón.
El cielo estaba gris, pero no amenazaba lluvia.
Era ese tipo de calma que no consuela, pero tampoco lastima.
Simón se acercó sin decir nada.
No le preguntó si quería irse.
No le dijo todo va a estar bien.
Solo pasó un brazo alrededor de sus hombros y la atrajo despacio, como si temiera que el cuerpo de Ámbar pudiera quebrarse con un movimiento brusco.
Ella apoyó la frente contra su pecho.
No lloró de inmediato.
Respiró.
Una vez.
Dos.
Y entonces el llanto llegó, suave al principio, casi avergonzado.
Simón la sostuvo con más fuerza, una mano en su espalda, la otra en su cabello rubio, acariciándolo con movimientos lentos, repetidos, como si así pudiera decirle estoy acá sin pronunciarlo.
───Se fue…
───murmuró Ámbar───.
De verdad se fue.
Simón apoyó el mentón sobre su cabeza.
───Sí ───respondió───.
Y duele porque fue real.
Ámbar apretó la tela de su abrigo con los dedos.
───No sé quién soy ahora ───confesó───.
Todo lo que fui…
tenía que ver con ella.
Incluso lo que me dolía.
Simón no la soltó.
───Entonces ahora vamos a descubrirlo juntos ───dijo───.
Paso a paso.
Sin apuro.
Ámbar levantó la cara.
Tenía los ojos rojos, cansados, pero vivos.
───¿Y si me rompo muchas veces?
───preguntó.
Simón sonrió apenas, con una ternura honda.
───Entonces te voy a abrazar todas esas veces ───respondió───.
No me asusta.
Ella cerró los ojos y apoyó la mejilla contra su pecho otra vez.
───Gracias por quedarte ───susurró───.
Incluso cuando no sé qué necesito.
───Amor…
───dijo él, besándole el cabello───.
Yo no me quedo porque sepa qué hacer.
Me quedo porque te amo.
Ámbar dejó escapar un sollozo más profundo, pero esta vez no fue desesperado.
Fue humano.
Permitido.
───Mi reina ───agregó Simón, bajito───.
No estás sola.
Ella asintió contra su pecho.
Se quedaron así un largo rato, mientras el mundo seguía avanzando en otro lugar.
Sin Sharon.
Sin ruido.
Sin explicaciones.
Solo ellos dos.
Y aunque el dolor seguía ahí, intacto, Ámbar entendió algo nuevo y silencioso: había pérdidas que te dejaban sin piso…
y había amores que, incluso en medio del duelo, te enseñaban a volver a respirar.
Simón no la soltó.
Y por primera vez desde la muerte de Sharon Benson, Ámbar se permitió no ser fuerte.
Solo amada.
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