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Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 12 Lo que nace cuando todo duele
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14: 12 | Lo que nace cuando todo duele 14: 12 | Lo que nace cuando todo duele El departamento estaba en silencio.

No era un silencio incómodo ni tenso.

Era otro.

Uno que llegaba después de haberlo dicho todo.

Después del cementerio, de los abrazos, de las despedidas que no alcanzaban.

Ámbar dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla.

El negro parecía seguirla incluso cuando ya no lo llevaba puesto.

Simón cerró la puerta con cuidado, como si temiera que un ruido brusco pudiera quebrar algo invisible que flotaba entre ellos.

───¿Quieres agua?

───preguntó él.

Ámbar asintió, sin mirarlo.

Se sentó en el sillón y apoyó los codos sobre las rodillas.

De pronto, el cuerpo le pesaba más que en todo el día.

No era solo cansancio físico.

Era el agotamiento de haber sostenido el dolor en público.

De haber sido fuerte cuando en realidad no quería serlo.

Simón volvió con el vaso y se lo alcanzó.

Sus dedos se rozaron apenas.

Ese contacto mínimo fue suficiente para que Ámbar sintiera un nudo en el pecho.

───Gracias ───murmuró.

Tomó un sorbo.

Después otro.

El agua estaba fría y le recorrió el cuerpo como un recordatorio simple: seguía viva.

Simón se sentó a su lado, sin invadir.

No la miró fijo.

No le preguntó nada.

Simplemente estuvo.

Y eso fue lo que terminó de romperla.

Ámbar apoyó la frente en su hombro y dejó escapar el aire que venía conteniendo desde la mañana.

No lloró de inmediato.

Primero fue una respiración temblorosa.

Después otra.

Hasta que el llanto apareció, silencioso, desarmado, sin urgencia.

Simón la rodeó con un brazo y la atrajo con suavidad.

Ella se dejó ir.

Se acomodó contra su pecho como si el cuerpo supiera exactamente dónde encajar.

───No quiero…

───empezó a decir, pero la voz se le quebró─── no quiero acostumbrarme a que no esté.

Simón apoyó la mejilla sobre su cabeza.

───No tienes que hacerlo ───respondió───.

No ahora.

Tal vez nunca.

Ámbar cerró los ojos.

───Siento culpa ───confesó───.

Por enojarme con ella tantas veces.

Por todo lo que no dije.

Por lo que sí dije.

Simón no la corrigió.

No le dijo que había hecho lo que pudo.

No intentó suavizar el dolor.

───El amor también duele ───dijo───.

Sobre todo cuando es verdadero.

Ella asintió despacio.

Pasaron varios minutos así.

Sin apuro.

Sin necesidad de llenar el espacio con palabras.

Cuando el llanto se fue apagando, Ámbar se separó apenas.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

───Hoy la vi ───dijo de pronto.

Simón la miró.

───¿A quién?

───A Sylvana.

Lo dijo sin énfasis, como si nombrarla todavía fuera algo ajeno.

───Estaba lejos ───continuó───.

No se acercó.

No hizo nada.

Solo…

estaba.

Simón no preguntó más.

Esperó.

───Y no sé qué sentir ───admitió Ámbar───.

Una parte de mí quiere ir corriendo.

Preguntarle todo.

Gritarle que apareció tarde.

Que Sharon murió el mismo día que ella volvió a mi vida.

Se pasó una mano por el rostro.

───Y otra parte…

se siente traidora solo de pensarlo.

Simón apoyó una mano sobre la de ella.

───No hay traición en querer saber quién eres ───dijo───.

Sharon no deja de ser tu madre porque hagas preguntas.

Ámbar bajó la mirada.

───¿Y si descubro cosas que no quiero saber?

───Entonces las vamos a atravesar ───respondió───.

Como todo lo demás.

Ella lo miró.

De verdad lo miró.

───¿No te cansa?

───preguntó───.

Estar siempre sosteniéndome.

Simón sonrió apenas.

───No te sostengo porque estés rota ───dijo───.

Te sostengo porque te amo.

Ese fue el momento en que algo cambió.

No de golpe.

No como una revelación.

Fue más bien un deslizamiento lento, casi imperceptible, desde el dolor hacia otra cosa.

Hacia la necesidad de cercanía.

De piel.

De calor.

Ámbar levantó la mano y la apoyó en la mejilla de Simón.

Lo hizo despacio, como pidiendo permiso incluso sin palabras.

───Quedate conmigo ───dijo───.

Nunca me dejes sola.

Simón apoyó su mano sobre la de ella.

───Nunca ───respondió.

Simón se inclinó apenas hacia ella.

No fue un movimiento brusco ni decidido.

Fue lento, medido, como si aún estuviera escuchando su respiración antes de acercarse más.

Ámbar no retrocedió.

Al contrario: cerró la distancia apoyando la frente contra la suya.

Sus narices se rozaron.

El aire entre ambos se volvió más denso, más cargado de algo que no necesitaba ser nombrado.

Simón la besó primero en la sien.

Después en el pómulo.

Recién al final, en los labios.

Fue un beso suave.

Largo.

Sin urgencia.

Un beso que no pedía nada, pero ofrecía todo.

Ámbar respondió despacio, acomodándose contra él, dejando que el cuerpo hablara donde las palabras ya no alcanzaban.

Sus manos buscaron la espalda de Simón, se aferraron a la tela de su camisa como si necesitara confirmar que estaba ahí, que era real.

Simón la rodeó con ambos brazos y la atrajo con cuidado, como si temiera romper algo frágil.

Ámbar se dejó llevar.

Se levantaron casi sin darse cuenta, como si el movimiento hubiera sido una decisión compartida que ninguno necesitó explicar.

Caminaron hasta la habitación sin prisa.

No encendieron la luz.

La penumbra fue suficiente.

Más amable.

Más honesta.

Simón se detuvo un momento antes de acercarse más.

Apoyó las manos en la cintura de Ámbar y la miró, buscándole los ojos.

───Dime si quieres que pare ───susurró.

Ámbar negó apenas con la cabeza.

───No pares ───respondió───.

Quédate.

El beso volvió, más profundo ahora, pero igual de contenido.

No hubo torpeza ni ansiedad.

Solo cuerpos reconociéndose desde otro lugar.

Desde la pérdida.

Desde el amor que ya había sobrevivido a demasiadas cosas como para necesitar demostrarse nada.

La ropa fue quedando atrás sin dramatismo, sin rituales innecesarios.

Cada gesto fue acompañado por una pausa, por una mirada, por una confirmación silenciosa de que ambos estaban ahí por la misma razón.

Cuando Simón la recostó sobre la cama, lo hizo con una delicadeza casi reverente.

Ámbar lo miró desde abajo, vulnerable y presente al mismo tiempo.

───Te amo ───dijo, sin adornos.

Simón se inclinó sobre ella y apoyó la frente en la suya.

───Yo también ───respondió───.

Siempre.

Lo que siguió no fue un acto impulsivo ni una distracción del dolor.

Fue una forma de estar juntos.

De sentirse vivos.

De sostenerse desde el cuerpo cuando la mente ya no podía más.

Se movieron despacio, atentos el uno al otro.

Ámbar cerró los ojos en algunos momentos, no para escapar, sino para quedarse.

Para sentir.

Para dejar que el duelo conviviera con el placer sin culpa.

Simón la sostuvo como había hecho todo el día: presente, firme, cuidadoso.

Y Ámbar se aferró a él como si en ese contacto pudiera recordar que el amor no se había ido con Sharon.

Que seguía ahí.

Diferente.

Pero intacto.

Cuando todo terminó, no hubo palabras inmediatas.

Simón se recostó a su lado y la atrajo contra su pecho.

Ámbar apoyó la cabeza sobre él, escuchando su respiración, su corazón.

Se quedaron así, en silencio, mientras el cuerpo recuperaba su calma.

───Gracias ───murmuró ella, después de un rato.

───¿Por qué?

───preguntó él, sin moverse.

───Por quedarte ───respondió───.

Incluso en esto.

Incluso ahora.

Simón besó su cabello.

───No hay un lugar en el que no quiera estar contigo.

Ámbar cerró los ojos.

El dolor seguía ahí.

La ausencia también.

Pero por primera vez desde la muerte de Sharon Benson, su cuerpo no estaba vacío.

Estaba acompañado.

Y sin saberlo todavía, algo nuevo acababa de empezar a crecer en medio de ese amor que, incluso roto, seguía eligiendo quedarse.

Cuando amaneció, la luz entró suave por la ventana.

Ámbar abrió los ojos despacio.

Por un segundo no supo dónde estaba.

Después, recordó todo.

Sharon.

El funeral.

El dolor.

Pero también sintió algo más.

El brazo de Simón rodeándola.

Su respiración pareja.

El calor compartido.

No estaba bien.

Pero tampoco estaba sola.

Giró apenas la cabeza y apoyó la frente contra su pecho.

Cerró los ojos otra vez.

Había preguntas que todavía no podía responder.

Sobre Sylvana.

Sobre su origen.

Sobre quién iba a ser sin Sharon.

Pero por primera vez desde la muerte de su madre, Ámbar entendió algo con claridad: No tenía que atravesarlo todo hoy.

No tenía que saberlo todo ya.

Había duelo.

Había amor.

Y, sin saberlo aún, había vida abriéndose camino en silencio.

Y por ahora, eso era suficiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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