Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 16 La verdad que falta
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18: 16 | La verdad que falta 18: 16 | La verdad que falta El Jam & Roller todavía estaba medio a oscuras cuando Ámbar llegó.
Las luces del frente encendían de a poco, una por una, como si el lugar también necesitara desperezarse antes de empezar el día.
Dejó las llaves sobre el mostrador y respiró hondo.
Ese olor (mezcla de madera encerada, café recién molido y metal) siempre le había resultado familiar.
Durante años había sido un refugio.
Un lugar donde el ruido del mundo se diluía en música, ruedas y movimiento.
Esa mañana, en cambio, algo se le revolvió apenas cruzó la puerta.
Fue un mareo leve.
Breve.
Como si el piso hubiera cedido un segundo bajo sus pies.
Ámbar se quedó quieta, apoyando una mano en el borde del mostrador, disimulando el gesto incluso aunque no hubiera nadie mirándola.
───No empieces ───murmuró, más cansada que preocupada.
Cerró los ojos.
Contó hasta tres.
El mareo se fue, dejándole una sensación rara, imprecisa.
No dolor.
No alarma.
Algo más parecido a un desajuste.
Siguió y encendió las luces de la pista.
Revisó la caja.
Ordenó los casilleros.
Respondió un par de mensajes pendientes.
Todo en automático.
Todo correcto.
Todo como siempre.
Pero por dentro, no.
Desde la muerte de Sharon, el tiempo se había vuelto extraño.
No se detenía, pero tampoco avanzaba de la misma manera.
Los días seguían pasando, y ella seguía funcionando, pero algo en su interior parecía estar siempre medio segundo atrasado, como si la vida ocurriera un poco antes de que pudiera alcanzarla del todo.
Mientras acomodaba unas planillas, la imagen de Sharon apareció sin aviso.
No enferma.
No frágil.
Sharon joven.
Firme.
Con esa mirada dura que escondía una forma torpe de amar.
Sintió el golpe en el pecho.
No como una puñalada.
Más bien como una presión constante.
Dolía.
Y, al mismo tiempo, había algo más.
Un alivio que no se animaba a nombrar.
Sharon ya no sufría.
El pensamiento le generó culpa inmediata.
Ámbar apretó los labios y volvió a concentrarse en lo que tenía delante.
Como si el orden externo pudiera contener el caos interno.
Se movió hacia la barra para preparar café para el equipo que llegaría más tarde.
Apenas el aroma empezó a expandirse, el estómago volvió a cerrársele.
Esta vez fue más intenso.
Ámbar dejó la jarra sobre la máquina y respiró hondo por la boca.
Apoyó ambas manos en la mesada.
───Pará… ───susurró.
El mareo regresó, acompañado de una náusea breve, punzante.
No llegó a vomitar.
No llegó ni siquiera a sentirse realmente mal.
Pero fue suficiente como para obligarla a sentarse.
Se quedó ahí, con los codos apoyados, mirando la pista vacía.
No era la primera vez que le pasaba en los últimos días.
Cansancio extraño.
Sensaciones corporales nuevas.
Como si su propio cuerpo se hubiera vuelto un idioma que todavía no sabía traducir.
Pensó en decirle algo a Simón.
Pensó en minimizarlo.
Pensó, sobre todo, en postergarlo.
Siempre había sido buena en eso.
Cuando se levantó, lo hizo despacio.
El malestar había cedido, dejándole una inquietud silenciosa.
Se sirvió un vaso de agua en lugar de café y dio un sorbo pequeño.
Mientras bebía, su mirada se perdió en el reflejo del vidrio.
Se vio ahí, de pie, adulta, firme.
Encargada.
Responsable.
Con una vida armada.
Y, sin embargo, nunca se había sentido tan consciente de lo incompleto.
Sylvana.
El nombre apareció sin pedir permiso.
La charla del otro día había abierto algo que ya no podía fingir que no existía.
No había sido violenta.
No había sido explosiva.
Y quizás por eso había sido más perturbadora.
Sylvana no había intentado justificarse.
No había pedido perdón de forma desesperada.
Había hablado desde un lugar contenido, cargado de silencios.
Y eso, para Ámbar, había sido peor.
Porque la rabia se enfrenta.
La confusión, no.
Mientras revisaba el calendario de eventos del Roller, la idea se le formó con una claridad que la obligó a detenerse.
Ya no alcanzaba con fragmentos.
Ya no alcanzaba con medias verdades.
Ya no alcanzaba con saber solo lo que dolía menos.
Sharon estaba muerta.
La mujer que había sostenido su infancia, con errores y todo, ya no estaba para responder preguntas.
Y ese hecho, brutal e irreversible, dejaba un vacío que empezaba a llenarse con otras preguntas.
¿Quién era realmente?
¿De dónde venía?
¿Y la mitad de su historia que nadie le había contado?
El mareo volvió, apenas perceptible, como una advertencia suave.
Ámbar apoyó una mano sobre el mostrador y la otra, sin darse cuenta, sobre su abdomen.
El gesto fue inconsciente.
Instintivo.
Como si algo dentro suyo pidiera atención antes que explicación.
Respiró hondo.
───Basta de esquivar ───se dijo en voz baja.
No podía seguir avanzando con una parte de su vida en sombras.
No después de todo lo que había perdido.
No después de haber sobrevivido a la muerte de Sharon.
No después de haber prometido (en silencio) que no iba a huir más.
Escuchó el sonido de la puerta abrirse a lo lejos.
Alguien del equipo estaba llegando.
La vida seguía.
El Roller empezaba a llenarse de ruidos, de pasos, de voces.
Ámbar se enderezó.
Volvió a ponerse la máscara funcional que sabía usar tan bien.
Sonrió.
Saludó.
Dio indicaciones.
Pero algo había cambiado.
Mientras caminaba, tomó el celular del bolsillo y lo sostuvo un segundo, sin desbloquearlo.
Sabía exactamente a quién tenía que escribirle.
Sabía exactamente qué tenía que pedir.
No más rodeos.
No más silencios cómodos.
No más verdades a medias.
Esta vez, quería todo.
Y lo iba a encarar de frente.
La plaza estaba llena de ruido amable.
Chicos corriendo, una pareja discutiendo en voz baja, una señora dándole de comer a las palomas como si fuera un ritual sagrado.
El sol de la tarde caía oblicuo, tibio, sin apuro.
Jazmín estaba sentada en el borde de una de las fuentes, con un helado que ya empezaba a derretirse peligrosamente sobre su mano.
Emilia, a su lado, la miraba con una ceja apenas levantada.
───Se te está cayendo ───dijo, señalando el desastre inminente.
───¿Qué?
───Jazmín bajó la vista───.
¡Ay, no!
Pará, pará… Intentó acomodar el cucurucho, pero lo único que logró fue empeorar la situación.
Una gota blanca cayó directo sobre su zapatilla.
───Genial ───murmuró───.
Perfecto.
Hermoso día.
Emilia soltó una risa corta.
───Eres increíble.
───¿Increíble mal o increíble tierna?
───preguntó Jazmín, limpiándose la mano con una servilleta que claramente no iba a servir para nada.
Emilia la miró un segundo de más.
───Todavía no decido.
Jazmín se puso un poco colorada.
Fingió concentrarse en rescatar lo poco que quedaba del helado.
───Igual no entiendo por qué siempre me pasan estas cosas con vos al lado ───dijo───.
Cuando estoy sola, nunca hago papelones.
───Mentira ───respondió Emilia sin dudar───.
Pero conmigo te esforzás más.
───¡Eh!
───protestó Jazmín───.
Yo no me esfuerzo en hacer papelones.
───No ───dijo Emilia───.
Te esforzás en parecer normal.
Jazmín la miró, ofendida… y después se rio.
───Bueno, eso sí.
Se quedaron en silencio unos segundos.
No incómodo.
De esos silencios que aparecen cuando no hay urgencia por llenarlos.
Jazmín movía el pie nerviosa.
Emilia estaba recostada contra el respaldo del banco, con los brazos cruzados y la mirada perdida en algún punto impreciso de la plaza.
───Che ───dijo Jazmín de pronto───.
¿Vos creés que Ámbar está bien?
Emilia giró la cabeza hacia ella.
───No ───respondió───.
Pero tampoco creo que esté mal.
Jazmín frunció el ceño.
───¿Eso cómo es?
───Es ───explicó Emilia─── cuando alguien está funcionando, pero con una parte rota por dentro.
No se cae.
No explota.
Pero tampoco está entera.
Jazmín bajó la vista.
───Yo no sé qué decirle ───admitió───.
Cada vez que la veo, siento que cualquier cosa que diga va a ser una boludez gigante.
───No tienes que decirle nada ───respondió Emilia───.
A veces alcanza con estar.
Jazmín la miró de reojo.
───Vos decís eso porque se te da bien ───dijo───.
A mí, cuando me pongo nerviosa, hablo de más.
O me río.
O me tropiezo.
O todo junto.
───Eso también es estar ───contestó Emilia───.
A tu manera.
Jazmín sonrió sin querer.
Después se quedó mirándola.
───¿Por qué siempre me defendés?
───preguntó, en tono medio en broma, medio en serio.
Emilia dudó apenas.
───Porque eres fácil de defender ───dijo───.
Y porque si no lo hago yo, nadie más lo va a hacer como corresponde.
Jazmín sintió ese cosquilleo incómodo y agradable al mismo tiempo.
Como si algo le apretara el pecho desde adentro, pero sin doler.
───Sos muy intensa, ¿sabías?
───dijo, intentando disimular.
───Y tú eres muy obvia ───respondió Emilia.
───¿Obvia con qué?
Emilia la miró, ladeando la cabeza.
───Con todo.
Jazmín abrió la boca para responder… y no encontró nada que decir.
Cerró la boca.
Se rio nerviosa.
───Bueno, pero somos amigas ───dijo rápido, como si necesitara aclararlo.
Emilia sonrió apenas.
───Claro ───dijo───.
Amigas.
La palabra quedó suspendida entre ellas un segundo más de lo necesario.
Emilia se inclinó hacia adelante y le sacó el helado de la mano antes de que terminara de derretirse del todo.
───Dame eso antes de que te arruines la otra zapatilla.
───¡Ey!
───protestó Jazmín───.
Ese era mi helado.
───Era ───corrigió Emilia───.
Ahora es una amenaza sanitaria.
Le dio un mordisco sin pedir permiso.
Jazmín la miró, entre indignada y fascinada.
───¡Sos una ladrona!
───Y tú muy lenta ───respondió Emilia, encogiéndose de hombros.
Jazmín negó con la cabeza, sonriendo.
───Un día de estos me vas a matar de un infarto.
Emilia la miró de reojo.
───Tranquila ───dijo───.
Si pasa, te llevo al hospital.
───¿Vos?
───Yo.
Jazmín tragó saliva.
───Ah… bueno ───dijo───.
Entonces está bien.
Volvieron a quedarse en silencio.
Esta vez, más corto.
Más cargado.
La plaza seguía viva alrededor.
Pero entre ellas, algo distinto empezaba a tomar forma.
No tenía nombre.
No tenía urgencia.
No necesitaba definirse todavía.
Por ahora, alcanzaba con eso.
Con estar sentadas juntas.
Con reírse.
Con mirarse un segundo de más.
Como amigas.
O algo así.
Ámbar estaba detrás de la barra, revisando una planilla, cuando levantó la vista y lo vio.
Simón.
No entró llamando la atención.
Nunca lo hacía.
Caminó hacia ella con esa calma que parecía envolverlo todo, como si supiera exactamente cuándo acercarse y cuándo no interrumpir.
───Ey ───dijo, apoyándose del otro lado de la barra───.
Vine a ver cómo estabas.
Ámbar sonrió apenas.
───Funcionando ───respondió───.
Eso cuenta, ¿no?
Simón la observó con atención.
Demasiada para una respuesta tan simple.
───Contás tú ───dijo───.
Aunque sea a medias.
Ámbar estaba por contestar cuando algo la hizo tensarse.
No fue una sensación física esta vez.
Fue una presencia.
Giró la cabeza.
Sylvana estaba cerca de la pista, hablando con uno de los empleados.
No parecía nerviosa.
Tampoco relajada.
Era una mujer intentando ocupar un lugar que todavía no sabía bien si le correspondía.
Ámbar sintió ese tirón conocido en el pecho.
Ya no era rechazo.
Tampoco bronca.
Era otra cosa.
Una mezcla incómoda de expectativa y miedo.
Simón siguió su mirada.
───Está aquí ───dijo, sin necesidad de preguntar.
Ámbar asintió.
───Sí.
Se quedó en silencio unos segundos.
Luego respiró hondo.
───Simón… ───empezó.
Él la miró.
───¿Me cubrís un rato?
───preguntó───.
No sé cuánto voy a tardar.
Simón no dudó.
───Claro ───dijo───.
¿Quieres que me quede en la barra o en la pista?
Ámbar sonrió, agradecida.
───En la barra está bien.
No debería ser mucho tiempo.
Simón se inclinó un poco hacia ella.
───No te apures ───agregó───.
Yo me quedo el tiempo que haga falta.
Ese “yo me quedo” no era nuevo.
Pero seguía teniendo peso.
Ámbar asintió.
Salió de detrás de la barra y caminó hacia Sylvana con pasos firmes, aunque por dentro todo estuviera moviéndose.
───¿Tenés un minuto?
───preguntó.
Sylvana levantó la vista.
La sorpresa duró apenas un segundo.
───Sí ───respondió───.
Claro.
Se alejaron un poco del ruido.
No demasiado.
Ámbar no buscaba esconderse.
Buscaba claridad.
───Estuve pensando ───dijo Ámbar, sin rodeos───.
Mucho.
Sylvana asintió, atenta.
───Yo también ───dijo.
Ámbar sostuvo su mirada.
───No quiero seguir a medias ───continuó───.
No quiero versiones recortadas ni silencios “para protegerme”.
Sylvana apretó los labios, como si hubiera anticipado esa frase.
───Quiero saber todo ───dijo Ámbar───.
Tu verdad.
Mi origen.
Lo que pasó… y lo que no me dijeron.
Hizo una pausa breve.
Tragó saliva.
───Incluso quién es mi padre.
La palabra quedó flotando entre ellas.
Sylvana no habló enseguida.
Bajó la mirada.
Después volvió a levantarla.
───Eso no es algo que se pueda explicar en cinco minutos ───dijo con honestidad───.
Y no quiero hacerlo mal.
Ámbar asintió.
───No tengo apuro ───respondió───.
Pero sí tengo decisión.
Sylvana respiró hondo.
───¿Almorzamos juntas?
───preguntó de pronto───.
En mi departamento.
Tranquilas.
Sin gente alrededor.
Ámbar dudó apenas.
No por miedo.
Por la magnitud del gesto.
Miró hacia la barra.
Simón estaba ahí, hablando con un cliente, completamente integrado al lugar, sosteniendo sin invadir.
Volvió la mirada a Sylvana.
───Sí ───dijo───.
Me parece bien.
Sylvana pareció soltar el aire que llevaba contenido.
───Entonces vamos ───dijo───.
Cuando quieras.
Ámbar asintió.
Caminó de regreso a la barra.
───Me voy un rato ───le dijo a Simón───.
Gracias por cubrirme.
Simón la miró, serio, presente.
───Después hablamos ───dijo───.
Tranquila.
Ámbar le sostuvo la mirada un segundo más.
Después salió del Jam & Roller junto a Sylvana.
No sabía exactamente qué iba a escuchar.
No sabía cuánto iba a doler.
No sabía si le iba a gustar, la verdad.
Pero por primera vez, no estaba escapando.
El pasado la esperaba del otro lado de esa puerta.
Y Ámbar decidió atravesarla.
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