Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 18 Después de saber
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20: 18 | Después de saber 20: 18 | Después de saber Mónica llegó sin hacer preguntas.
Ámbar la vio cruzar la calle desde la vereda de enfrente, con ese paso decidido que siempre había tenido, como si el mundo no pudiera permitirse que ella dudara.
Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y una cartera grande, de esas donde siempre parecía haber de todo: papeles, caramelos, pañuelos, soluciones.
Cuando sus miradas se encontraron, Mónica no sonrió.
Tampoco frunció el ceño.
Simplemente abrió los brazos.
Ámbar no dijo nada.
Caminó los últimos pasos y se dejó abrazar.
No fue un abrazo corto ni educado.
Fue de esos que sostienen.
Mónica apoyó el mentón sobre su cabeza y la apretó con una firmeza tranquila, sin apuro, sin miedo a romperla.
───Estoy aquí ───dijo, apenas.
Eso fue suficiente.
Se sentaron en un bar pequeño, casi vacío, a media cuadra.
Mónica pidió dos tés sin consultar.
Ámbar no protestó.
Tenía la garganta cerrada y el estómago revuelto; la idea de café le resultaba imposible.
Durante unos minutos no hablaron.
Mónica revolvía el azúcar aunque no había pedido azúcar.
Ámbar miraba la mesa, siguiendo con el dedo una marca vieja en la madera.
───Ya sé quién es ───dijo Ámbar de pronto.
Mónica levantó la vista, atenta.
───Mi papá ───aclaró───.
Sé su nombre.
Sé que está vivo.
Sé dónde vive.
La frase salió toda junta, como si necesitara sacarla del cuerpo de una sola vez.
Mónica no reaccionó con sorpresa exagerada.
No dijo “¿cómo?”.
No dijo “¿cuándo?”.
Solo asintió despacio.
───¿Y cómo te deja eso?
───preguntó.
Ámbar soltó una risa breve, sin humor.
───No sé ───respondió───.
Ese es el problema.
No sé dónde ponerlo.
El mozo dejó los tés sobre la mesa.
El vapor subía lento.
Ámbar no los tocó.
───Se llama Fernando Vilz ───continuó───.
Vive en un country.
Tiene familia.
Hijos.
Una vida armada.
Pronunciar el nombre en voz alta le resultó extraño, como si estuviera hablando de alguien que no terminaba de existir del todo.
───Para él, yo morí cuando tenía un mes ───agregó.
Mónica apretó los labios.
No por incomodidad.
Por respeto.
───Sylvana me contó todo ───dijo Ámbar───.
Todo de verdad.
No fue abandono.
Fue… violencia.
De clase.
De poder.
De miedo.
Respiró hondo.
───Y ahora tengo esta información adentro ───se tocó el pecho─── como un objeto que no sé si abrir, esconder o tirar por la ventana.
Mónica se inclinó un poco hacia adelante.
───La verdad no obliga a nada ───dijo con calma—.
Solo te devuelve la elección.
Ámbar levantó la mirada.
───Eso es lo que más miedo me da ───admitió───.
Que ahora la decisión sea mía.
Se quedó en silencio un segundo.
Luego agregó: ───Toda mi vida pensé que no me habían elegido.
Y resulta que me eligieron… pero no los dejaron.
La voz se le quebró ahí.
No lloró.
Pero estuvo cerca.
───Eso duele distinto ───dijo Mónica───.
Porque no es vacío.
Es una historia arrancada.
Ámbar asintió.
───Siento bronca ───confesó───.
Por Sharon.
Porque murió sin saber nada de esto.
Porque vivió creyendo que yo era su única madre… y lo fue, pero no de la forma completa que merecía.
───Sharon fue tu madre ───dijo Mónica, firme───.
Con lo que supo y con lo que no.
Eso no se borra.
Ámbar cerró los ojos.
───Y con Sylvana… ───continuó─── no sé qué hacer.
No la odio.
Pero tampoco puedo abrazarla como si nada.
Me dio la verdad, y se lo agradezco.
Pero también me dejó.
Mónica tomó su mano.
───Ambas cosas pueden convivir ───dijo───.
El amor y la herida.
No tienes que resolverlo hoy.
Ámbar suspiró.
───Y él… ───dijo, casi en un susurro───.
No sé si quiero conocerlo.
No sé si quiero romperle la vida.
No sé si quiero ser un secreto más.
Mónica la miró fijo.
───No sos responsable de la mentira que otros sostuvieron ───dijo───.
Pero tampoco estás obligada a corregirla si no quieres.
Ámbar sintió que algo se acomodaba apenas.
───¿Sabés qué es lo peor?
───preguntó───.
Que una parte de mí sigue buscando permiso.
Como si alguien tuviera que decirme que tengo derecho a existir.
Mónica apretó su mano con más fuerza.
───Ámbar ───dijo───, tú no necesitas permiso para existir.
Lo único que necesitas ahora es tiempo.
Y cuidado.
Ámbar asintió despacio.
Se llevó la taza a los labios, dio un sorbo mínimo.
El té le revolvió un poco el estómago, pero lo toleró.
───Gracias ───dijo───.
Por venir sin preguntar.
Mónica sonrió apenas.
───Siempre voy a venir ───respondió───.
Incluso cuando no sepa qué decir.
Se quedaron ahí un rato más.
Sin soluciones.
Sin planes.
Pero con algo importante: la verdad ya no estaba sola dentro de Ámbar.
Ahora había sido dicha.
Compartida.
Sostenida.
Y por primera vez desde que salió del departamento de Sylvana, el peso se sentía un poco menos insoportable.
El departamento estaba en silencio cuando Ámbar cerró la puerta.
No prendió las luces de inmediato.
Dejó la cartera en el piso, apoyada contra la pared, y se quedó quieta unos segundos, con la mano todavía en el picaporte.
El aire le resultó pesado, espeso, como si le costara entrar en los pulmones.
Avanzó despacio hacia la cocina.
Cada paso era más lento que el anterior.
El estómago volvió a retorcerse, una náusea profunda, densa, que no subía ni bajaba, solo se quedaba ahí, ocupándolo todo.
Se apoyó en la mesada con ambas manos, inclinando la cabeza.
El cuerpo le tembló sin aviso.
───No ahora… ───murmuró, sin saber bien a quién.
Abrió la heladera por inercia.
La cerró enseguida.
El olor le dio vueltas en la cabeza.
Tragó saliva.
El cansancio le cayó encima de golpe, como si alguien hubiera apagado una luz interna.
Le dolían los hombros, la espalda, las piernas.
Todo pesaba.
Caminó hasta el sillón y se dejó caer sentada.
La tela le rozó la piel y ese contacto mínimo le resultó demasiado.
Se abrazó el torso, protegiéndose, como si su propio cuerpo fuera un lugar frágil.
La verdad estaba ahí.
Entera.
Completa.
Y aun así, dolía.
No era el shock.
Eso ya había pasado.
Era lo que venía después.
El eco.
La confirmación de que entender no alivia.
De que saber no cierra.
Sintió los ojos arder.
Parpadeó fuerte, como si pudiera contenerlo.
No quería llorar.
No ahora.
No, otra vez.
Pero el cuerpo no negocia.
La náusea regresó, más fuerte.
Se inclinó hacia adelante, respirando rápido, la frente apoyada en las manos.
El corazón le latía en los oídos.
La piel le resultaba demasiado sensible, como si todo estuviera amplificado.
Se levantó para ir al baño, pero a mitad de camino las piernas le fallaron.
Cayó de rodillas al piso.
El golpe fue seco, pero no le importó.
Apoyó las manos en el suelo frío y ahí, sin más resistencia, se quebró.
El llanto salió crudo, desordenado.
No silencioso.
No elegante.
Un llanto que le sacudía el pecho, que le doblaba la espalda, que le pedía aire entre espasmos.
Lloraba por la nena que fue.
Por la madre que perdió.
Por la verdad que llegó tarde.
Por la que es ahora, sosteniendo demasiado.
───Duele… ───susurró, con la cara empapada───.
Igual duele.
Se quedó así, de rodillas, encorvada, el pelo cayéndole sobre el rostro, el cuerpo agotado rindiéndose al piso.
Entonces, sin que ella lo oyera, la puerta se abrió.
Simón dejó las llaves en silencio.
La vio en el suelo y no preguntó.
No corrió.
Caminó despacio, como si cualquier ruido pudiera romper algo.
Se arrodilló detrás de ella y la abrazó.
No por delante.
No invadiéndola.
Desde atrás.
Rodeándola con los brazos, apoyando el pecho en su espalda, sosteniéndola entera.
Su respiración se acomodó a la de ella.
Firme.
Presente.
Ámbar no dijo nada.
No pudo.
Solo se dejó caer un poco más contra él.
El llanto continuó, pero ya no estaba sola.
Simón no habló.
No intentó calmarla.
No le pidió que explicara.
Simplemente la sostuvo, dejándole el espacio para que llorara todo lo que necesitara.
Y en ese abrazo silencioso, el cuerpo de Ámbar, por primera vez en todo el día, aflojó apenas.
No sanó.
No entendió.
Pero fue sostenido.
Y eso, por ahora, alcanzaba.
La noche había caído sin que se dieran cuenta.
El departamento estaba en penumbra, apenas iluminado por una lámpara del living.
Ámbar estaba sentada en el sillón, las piernas recogidas, una manta liviana sobre los hombros.
Tenía los ojos hinchados, el rostro cansado, pero la respiración ya no estaba rota.
Simón estaba a su lado, inclinado un poco hacia ella, escuchando.
Ella ya le había contado todo.
Lo del nombre.
Lo de la mentira.
Lo de la familia poderosa.
Lo de ese hombre que creyó que su hija había muerto.
Simón no la interrumpió en ningún momento.
No pidió detalles innecesarios.
No cuestionó nada.
Cuando Ámbar terminó, el silencio quedó suspendido entre los dos, tranquilo, sin urgencia.
───Es demasiado para una sola persona ───dijo él al fin, con la voz baja───.
Y más para alguien que nunca pidió nada de esto.
Ámbar apoyó la cabeza contra el respaldo.
───Siento que me reescribieron la vida sin avisarme.
───No ───respondió Simón, con suavidad───.
Tu vida sigue siendo tuya.
Esto no borra nada de lo que eres.
Solo explica cosas que no entendías.
Ella lo miró.
───¿Y si cambia todo?
───Puede cambiar ───admitió───.
Pero no porque vayas a buscarlo, sino porque ya cambió desde el momento en que supiste la verdad.
Ámbar bajó la mirada a sus manos.
───Tengo miedo.
───Es lógico.
───No quiero ir a reclamar nada ───dijo rápido───.
No quiero confrontar.
No quiero entrar a una casa que no es mía ni romper una familia que no conozco.
Simón asintió.
───Entonces no hagas eso.
───Pero… ───tragó saliva─── tampoco puedo seguir como si no existiera.
Él se quedó pensativo un segundo.
───Buscar no siempre significa irrumpir ───dijo───.
A veces es solo mirar de lejos.
Saber.
Ponerle un rostro a una historia que te contaron a medias.
Ámbar levantó la vista.
───¿Vos decís que está bien?
───No hay una forma correcta ───respondió───.
Hay la forma de que te permita respirar mejor.
El silencio volvió a acomodarse.
Ámbar cerró los ojos unos segundos.
El cuerpo seguía cansado, sensible, pero la cabeza estaba más clara.
───No quiero que me vea como una amenaza ───dijo───.
Ni como un problema.
───Entonces no vayas como eso ───dijo Simón───.
Andá como lo que sos: una hija que necesita entender de dónde viene.
Ámbar respiró hondo.
Pensó en Sylvana.
En la mentira.
En ese hombre que vivía en uno de los countrys más privados de Buenos Aires, ajeno a todo.
───No voy a decirle quién soy ───dijo finalmente───.
No al principio.
Simón la miró, atento.
───Solo quiero verlo ───continuó───.
Saber cómo es.
Escucharlo hablar.
Confirmar que existe.
Una pausa.
───Conocerlo ───susurró.
Simón tomó su mano.
───Entonces hazlo ───dijo───.
Cuando estés lista.
A tu manera.
Ámbar apretó sus dedos.
No sonrió, pero algo en su expresión se acomodó.
No era paz.
Era decisión.
Miró hacia la ventana, hacia las luces lejanas de la ciudad.
───Fernando Vilz ───repitió en voz baja.
No como un reproche.
No como una acusación.
Como un nombre que, por primera vez, le pertenecía un poco.
Y en ese pensamiento silencioso, se cerró no con una respuesta, sino con un paso interno, irreversible.
Ámbar había decidido buscar a su padre.
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