Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 19 Lo que existe
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21: 19 | Lo que existe 21: 19 | Lo que existe Ámbar pasó horas frente a la computadora sin escribir una sola palabra.
No era falta de información.
Era exceso.
Había encontrado todo lo que necesitaba saber… y un poco más.
Fernando Vilz no era un nombre perdido en un archivo viejo.
Era un empresario reconocido.
Dueño de una firma importante vinculada a desarrollos inmobiliarios y fondos de inversión.
Aparecía en notas económicas, en fotos de inauguraciones, en eventos donde todo era vidrio, trajes caros y sonrisas medidas.
Un hombre real.
Presente.
Intacto.
Ámbar miró una foto en particular.
Fernando de perfil, hablando con alguien fuera de cuadro.
El gesto serio, concentrado.
La mandíbula firme.
Los ojos claros.
No había parecido familiar.
Y al mismo tiempo… algo le incomodó el pecho.
Cerró la notebook.
Fue hasta el escritorio del living y sacó una hoja en blanco.
Tomó una lapicera.
La apoyó.
La levantó.
La volvió a apoyar.
No era una carta de reclamo.
Tampoco de presentación.
Mucho menos de reproche.
Era otra cosa.
Escribió: Fernando: No sé cómo empezar esto sin romper algo.
No busco nada de vos.
Ni explicaciones, ni lugar, ni respuestas.
Solo necesitaba saber si existías como algo más que una historia inconclusa.
Se detuvo.
Tachó la última línea.
Volvió a escribir.
No te escribo para entrar en tu vida.
Te escribo para salir de la mía con menos preguntas.
Tragó saliva.
Si alguna vez dudaste… si alguna vez sentiste un vacío sin nombre… no fue imaginación.
Hubo una vida que empezó antes de que te dijeran que había terminado.
No fue un error.
No fue un descuido.
Fue amor en un lugar donde el amor no tenía permiso.
No te escribo para pedirte que mires atrás.
Ni para ocupar un espacio que no me corresponde.
No quiero romper nada de lo que construiste.
Solo necesitaba que, por una vez, alguien supiera que yo existí desde el principio.Que fui deseada.
Que fui sostenida, aunque haya sido poco tiempo.
Que no fui una ausencia voluntaria.No espero respuesta.
Ni explicación.
Ni reparación.
A veces, saber la verdad no cambia el pasado, pero ordena el presente.
Hoy puedo seguir adelante sabiendo que no nací del silencio, sino del miedo de otros.
Y que, aun así, llegué hasta acá.
No te debo nada.
No me debes nada.
Esta carta no es un puente.
Es un cierre.
Ámbar, la hija de Sylvana.
Guardo la carta y salió dispuesta a buscar a Fernando.
Buscar a su papá.
El edificio de la empresa Vilz era sobrio, elegante, de esos que no buscan llamar la atención porque no lo necesitan.
Mármol claro, vidrio, recepción amplia.
Ámbar entró con el corazón firme, pero el cuerpo extraño.
Sentía una presión suave en el pecho, una especie de alerta constante.
La secretaria levantó la vista y sonrió con profesionalidad.
───Buen día.
¿En qué puedo ayudarte?
Ámbar respiró hondo.
───Quería saber si el señor Vilz se encuentra disponible.
───¿Tiene cita?
───No ───respondió───.
No… es una consulta personal.
La mujer dudó un segundo.
───Déjeme ver.
Antes de que pudiera girar hacia la computadora, una voz masculina sonó detrás.
───¿Pasa algo?
Ámbar se dio la vuelta.
Y ahí estaba.
Fernando Vilz no era una foto.
No era un nombre.
No era una historia.
Era un hombre de pie, a pocos metros de ella.
El tiempo se detuvo apenas un segundo.
No lo suficiente como para ser evidente.
Pero lo suficiente como para doler.
Fernando la miró fijo.
No con desconfianza.
Con algo más parecido a un desconcierto profundo.
───Disculpe… ───dijo───.
¿Nos conocemos?
La pregunta cayó limpia.
Directa.
Sin saber que era imposible responderla.
Ámbar sintió el impulso de decir la verdad.
Como un reflejo.
Como una ola.
Pero no lo hizo.
───No ───respondió, firme───.
Creo que no.
Fernando frunció apenas el ceño.
───Es extraño ───admitió───.
Juraría que… Se detuvo.
Negó con la cabeza.
───Disculpe ───agregó─── ¿En qué puedo ayudarla?
Ámbar sostuvo su mirada.
Lo suficiente.
No más.
───Busco información ───dijo───.
Sobre la empresa.
Estoy evaluando… posibilidades.
La mentira salió suave, casi elegante.
No grandilocuente.
Creíble.
Fernando asintió despacio, aún observándola con atención.
───Claro ───respondió───.
Podemos hablar un momento, si quiere.
Hizo un gesto a la secretaria.
───Déjenos la sala chica libre.
La mujer asintió y volvió a su pantalla.
Caminaron unos pasos juntos.
Ámbar sentía cada latido en los oídos.
No era nervios.
Era reconocimiento corporal.
Algo antiguo.
Inexplicable.
Como si el cuerpo supiera antes que la cabeza.
Entraron a una sala vidriada.
Fernando indicó una silla.
───Por favor.
Se sentaron frente a frente.
La mesa los separaba.
Un límite justo.
───Disculpe si fui imprudente antes ───dijo él───.
Es solo que… me resultó familiar.
Ámbar sonrió apenas.
───Pasa seguido ───respondió───.
Supongo que todos nos parecemos un poco.
Fernando soltó una risa breve, casi aliviada.
───Supongo que sí.
Hubo un silencio cómodo.
No incómodo.
Curioso.
───¿A qué se dedica?
───preguntó él.
───Trabajo en el Jam and Roller ───respondió.
Los ojos de Fernando se iluminaron con algo cercano al orgullo, sin saber por qué.
───¿En serio?
───dijo───.
Mi hija ama patinar.
Ámbar sintió un pequeño vuelco en el pecho.
───¿Sí?
───Sí ───respondió───.
Vive con los patines puestos.
Siempre habla de una chica… ¿cómo se llama?
───chasqueó los dedos─── Ámbar Smith.
El nombre cayó en la sala como una pieza exacta.
Ámbar sostuvo la respiración.
───Dice que quiere ser como ella ───continuó Fernando───.
“La reina de la pista”, creo que la llama.
Ámbar bajó la mirada, apenas.
───Es muy dulce de su parte.
Fernando sonrió con una ternura inesperada.
───¿Le molesta si la llamo?
───preguntó de pronto───.
Está en la oficina de al lado.
Se va a volver loca si se entera.
Ámbar dudó solo un segundo.
───No ───dijo───.
Está bien.
Fernando abrió la puerta y asomó la cabeza.
───Cielo, vení un segundo.
El sonido de unos pasos rápidos precedió a una voz entusiasmada.
───¿Qué pasa, pa?
La chica entró casi corriendo.
Tendría unos doce o trece años.
Pelo recogido, mochila colgada, brillo inmediato en los ojos.
Miró a Ámbar.
Se quedó quieta.
───No… ───susurró───.
¿Sos…?
Ámbar sonrió.
Esta vez, de verdad.
───Hola.
La chica dio un pequeño salto.
───¡Sos Ámbar Smith!
───dijo───.
¡Te juro que te reconozco en cualquier lado!
Fernando abrió los ojos, sorprendido.
───¿En serio?
───¡Sí!
───respondió ella───.
Pa, es increíble.
Yo quiero ser como ella.
Patinar así.
Ganar competencias.
Todo.
Ámbar sintió algo romperse y acomodarse al mismo tiempo.
───¿Me firmás una foto?
───preguntó la chica, sacando el celular───.
Nadie me va a creer.
Ámbar asintió.
Se levantó despacio.
Se acercó.
───Claro.
Se sacaron la foto.
La chica la abrazó sin pedir permiso.
Ámbar se dejó.
Por un segundo largo.
Demasiado largo.
Fernando las miró.
Había algo en su expresión que no sabía nombrar.
───Gracias ───dijo él, cuando la chica salió casi flotando de la sala───.
No sabes lo feliz que la hiciste.
Ámbar volvió a su asiento.
Sintió la carta en el bolsillo.
El papel contra la piel.
───Gracias a usted ───respondió───.
Tiene una hija maravillosa.
Fernando sonrió.
───Eso dicen.
Hubo una pausa.
───Si necesita algo más sobre la empresa… ───empezó.
Ámbar negó con la cabeza.
───No ───dijo───.
Ya encontré lo que buscaba.
Se levantó.
Él también.
───Fue un gusto conocerla ───dijo Fernando───.
De verdad.
Ámbar lo miró una última vez.
───Lo mismo.
Ámbar salió de la sala y caminó hacia la recepción.
Cada paso era más liviano que el anterior.
No porque todo estuviera resuelto, sino porque algo, por fin, había dejado de doler como herida abierta.
Al llegar a la puerta giratoria, se detuvo.
Metió la mano en el bolsillo del abrigo y tocó el papel doblado.
La carta.
La sintió ahí, tibia contra la piel, como si todavía tuviera voz.
Durante un segundo (apenas uno) imaginó sacarla.
Dejarla en el mostrador.
Decir su nombre.
Romper el silencio.
Pensó en Fernando.
En la chica que acababa de abrazarla.
En una vida que ya estaba armada sin ella.
Cerró los ojos.
No.
No hacía falta.
La verdad ya no era un peso escondido.
Ahora era algo que le pertenecía.
Sabía que existía.
Sabía que había sido amado.
Sabía que no había sido un error ni un abandono vacío.
Y eso… era suficiente.
Retiró la mano del bolsillo sin sacar la carta.
La acomodó mejor, más al fondo, como quien guarda algo que ya cumplió su función.
Empujó la puerta y salió a la calle.
El ruido de la ciudad la recibió de golpe, pero no la desordenó.
El sol le dio en la cara y, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ganas de escapar.
Fernando Vilz existía.
Tenía un rostro.
Una voz.
Una hija que soñaba con patinar.
Y Ámbar, finalmente, podía seguir.
No necesitaba decir nada más.
No necesitaba ser reconocida.
Su alma estaba en paz.
Porque conocer la cara de su padre había sido suficiente.
El departamento estaba en penumbra cuando Ámbar cerró la puerta.
No prendió la luz enseguida.
Dejó la cartera sobre la silla y se quedó quieta, apoyada contra la pared, respirando lento, como si recién ahora su cuerpo entendiera que ya estaba a salvo.
Simón apareció desde la habitación.
───¿Volviste bien?
───preguntó, con esa calma que siempre la encontraba.
Ámbar asintió.
Caminó hasta él y, sin decir nada, lo abrazó.
Apoyó la frente en su pecho.
El llanto llegó ahí, de golpe, sin aviso previo.
No fue un llanto desesperado.
Fue uno mezclado.
Tristeza y alivio.
Pérdida y cierre.
───Lo vi… ───dijo entre lágrimas─── Simón, lo vi.
Él la rodeó con los brazos, sin apurarla.
───¿Y?
───Existe ───respondió, con una risa quebrada───.
Es real.
Tiene una voz.
Una forma de mirar.
No es un fantasma.
Se separó apenas para mirarlo.
───No le dije nada ───agregó───.
No dejé la carta.
No hacía falta.
Simón asintió despacio.
───¿Y cómo te sentís?
Ámbar tardó en responder.
Se sentaron en el sillón.
Ella se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
───En paz… ───dijo finalmente─── Y triste.
Las dos cosas a la vez.
Apoyó la cabeza en su hombro.
───Tiene una hija ───continuó───.
Una nena.
Me reconoció.
Me pidió una foto.
Me dijo que ama patinar… que quiere ser como yo.
La voz se le quebró otra vez.
───Tengo una hermana, Simón.
Él cerró los ojos un segundo, como si entendiera la magnitud de eso.
───Debe haber sido fuerte.
───Lo fue ───asintió───.
Me dolió no poder decir nada.
Pero también… ───respiró hondo─── también me hizo bien saber que está bien.
Que tiene su vida.
Que no necesita saber quién soy para que yo exista.
Simón besó su cabeza.
───Cerraste algo muy grande hoy.
───Sí ───susurró───.
Por primera vez… siento que mi pasado no me persigue.
El silencio se acomodó entre ellos.
Ámbar se incorporó apenas, como si quisiera decir algo más, pero el cuerpo la traicionó.
La cabeza le dio vueltas.
El mundo se inclinó.
───Simón… ───alcanzó a decir─── me siento rara… No terminó la frase.
Las piernas le fallaron y cayó hacia adelante.
Simón reaccionó al instante.
La sostuvo antes de que golpeara el suelo, la acomodó con cuidado, llamándola por su nombre.
───Ámbar… amor… mirame… Ella no respondió.
La respiración estaba ahí, pero su cuerpo había dicho basta.
Simón, con las manos temblorosas pero la mente clara, buscó el celular y marcó.
───Hola ───dijo apenas atendieron───.
Necesito una ambulancia.
Miró a Ámbar, tendida entre sus brazos, tan frágil y tan fuerte a la vez.
Había cerrado su pasado.
Había encontrado la verdad.
Y ahora, sin saberlo, su cuerpo comenzaba a anunciar que algo nuevo estaba por empezar.
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