Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 20 Un latido más
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22: 20 | Un latido más 22: 20 | Un latido más El techo blanco se movía.
No giraba.
No caía.
Pero no estaba quieto.
Ámbar abrió los ojos apenas un segundo y volvió a cerrarlos.
El cuerpo no respondía como esperaba.
No dolía exactamente, pero tampoco era suyo.
Sentía los brazos pesados, las piernas lejanas, la garganta seca.
Un pitido constante marcaba algo que ella no podía entender.
───Ámbar…
amor…
¿me escuchás?
La voz llegó desde algún lugar a su derecha.
Con cuidado.
Como si temiera romperla.
Intentó responder.
No pudo.
Movió apenas los dedos.
───Está despertando ───dijo otra voz, más firme, profesional───.
Tranquilo.
Simón apareció en su campo visual cuando volvió a abrir los ojos.
Tenía el ceño fruncido, los ojos rojos, la mandíbula tensa.
Le sostenía la mano con fuerza, como si temiera que se le escapara.
───Estoy acá ───dijo, más para él que para ella───.
No te vayas, ¿sí?
Ámbar parpadeó.
Intentó sonreír.
No le salió.
───¿Dónde…?
───murmuró, apenas audible.
───En el hospital ───respondió Simón enseguida───.
Te desmayaste.
Pero ya estás acá.
Ya pasó.
No sabía si creerle.
El cuerpo seguía raro.
Como si no terminara de volver.
Una enfermera ajustó algo en el suero.
───No intentes hablar mucho todavía ───le indicó con suavidad───.
Necesitamos que descanses.
Ámbar asintió apenas.
Cerró los ojos.
El ruido de fondo seguía ahí: pasos, voces lejanas, el monitor marcando un ritmo que no sentía propio.
Todo era blanco.
Limpio.
Frío.
Simón no soltó su mano.
El tiempo pasó sin forma.
Minutos, tal vez.
O horas.
Ámbar despertaba y volvía a dormirse en intervalos breves.
Cada vez que abría los ojos, Simón seguía ahí.
A veces de pie, a veces sentado, siempre inclinado hacia ella, como si su cuerpo estuviera en alerta permanente.
───¿Te duele algo?
───preguntó en uno de esos despertares.
Ámbar negó con la cabeza.
───Me siento…
cansada ───susurró.
Simón tragó saliva.
───Los médicos dicen que fue un colapso ───explicó───.
Están haciendo estudios.
Todavía no saben bien qué pasó.
No le dijo no sabemos si estás bien.
Le dijo están estudiando.
Ella agradeció eso.
───Lo siento…
───dijo, casi sin voz.
Simón frunció el ceño.
───No pidas perdón ───respondió───.
No hiciste nada.
Ámbar cerró los ojos otra vez.
Las imágenes del día volvieron en fragmentos: el edificio, la sala vidriada, la chica abrazándola, la carta en el bolsillo.
Todo había sido demasiado.
Ahora lo entendía.
El cuerpo había escuchado lo que ella no quiso.
Horas después, el movimiento aumentó alrededor.
Un médico joven se presentó.
Revisó la ficha, miró los monitores, hizo algunas preguntas simples que Ámbar respondió con dificultad.
───¿Sabés en qué día estamos?
───Sí.
───¿Recordás qué pasó antes de desmayarte?
───Me sentí mareada.
El médico asintió.
───Vamos a seguir observándote ───dijo───.
Tu presión está baja y hubo un episodio de pérdida de conciencia más largo de lo habitual.
Nada para alarmarse todavía, pero necesitamos controlarte de cerca.
Simón levantó la mirada.
───¿Qué significa eso?
───Que no la vamos a mandar a casa por ahora ───respondió───.
Queremos descartar cualquier complicación.
La palabra complicación quedó flotando.
───¿Está grave?
───preguntó Simón, sin rodeos.
El médico lo miró con honestidad.
───Está estable ───aclaró───.
Pero su cuerpo está exhausto.
Vamos a pasarla a una unidad de cuidados intensivos para monitoreo.
Es preventivo.
Ámbar abrió los ojos.
───¿Intensivos…?
───susurró.
───Solo observación ───aclaró enseguida el médico───.
No te asustes.
Es para cuidarte mejor.
Simón apretó su mano.
───Estoy con vos ───le dijo───.
Todo el tiempo.
Ámbar asintió.
No tenía fuerzas para discutir.
Ni para preguntar más.
Una camilla apareció.
Desconectaron cables con cuidado.
El movimiento la mareó un poco.
Mientras la trasladaban, Ámbar miró a Simón.
───No te vayas ───dijo.
Él negó de inmediato.
───No me muevo.
La terapia intensiva era distinta.
Más silenciosa.
Más precisa.
Más vigilante.
La conectaron a nuevos monitores.
Ajustaron el suero.
Le tomaron más muestras de sangre.
Todo era rutina médica, pero para Ámbar cada gesto se sentía definitivo.
Simón quedó del otro lado del vidrio un momento, hablando con una enfermera.
Cuando volvió a entrar, tenía la cara pálida.
───Todo bien ───dijo rápido, antes de que ella preguntara───.
Me dejaron quedarme.
Se sentó a su lado.
Le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.
───Descansá ───le pidió───.
Yo me quedo.
Ámbar lo miró.
Quiso decirle tantas cosas.
Que había cerrado una parte de su vida.
Que estaba en paz.
Que tenía miedo.
Que se sentía rara desde hacía días.
Pero el cansancio ganó.
Cerró los ojos.
El monitor siguió marcando su ritmo.
Simón no soltó su mano.
Todavía no había respuestas.
Todavía no había diagnóstico.
Solo un cuerpo que había dicho basta.
Y algo muy profundo, que estaba por revelarse.
Ámbar no despertó de inmediato.
Su respiración era regular, pero superficial, como si el cuerpo estuviera descansando por obligación y no por elección.
Tenía el rostro pálido, sin maquillaje, sin defensas.
El cabello desordenado contra la almohada blanca.
Parecía más joven.
Más frágil.
Simón estaba sentado a su lado, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas.
No miraba el celular.
No miraba el reloj.
Miraba el monitor.
El pitido constante marcaba un ritmo que no le pertenecía, pero que ahora era lo único que lo mantenía anclado.
Había visto a Ámbar caer antes.
En la pista.
En la vida.
Siempre se levantaba.
Esto era distinto.
Esto no era una caída.
Era un apagón.
Pensó en los últimos días.
En su cansancio acumulado.
En las comidas que había salteado.
En las náuseas que ella minimizaba con una sonrisa.
En las veces que dijo “estoy bien” cuando claramente no lo estaba.
El cuerpo había hablado.
Ellos no escucharon.
La puerta se abrió con un sonido suave.
Una médica entró, revisó el suero, el monitor, los papeles colgados al pie de la cama.
Tenía un gesto sereno, profesional, pero atento.
───¿Es su pareja?
───preguntó.
Simón asintió de inmediato, como si esa palabra le diera permiso para estar ahí.
───Sí.
La médica bajó un poco la voz.
───Ingresó con un cuadro de hipotensión severa ───explico───.
Estaba muy deshidratada y con un nivel de agotamiento físico importante.
También tiene una anemia leve.
Simón tragó saliva.
───¿Está en peligro?
───Ahora está estable ───respondió───.
Pero fue necesario ingresarla en terapia para monitorear su respuesta.
El cuerpo dijo basta.
Simón pasó una mano por el rostro.
───Ella…
viene mal hace días ───dijo───.
Mareos.
Náuseas.
Cansancio extremo.
La médica levantó la vista.
───¿Hace cuánto?
───No sé…
una semana, tal vez más.
───¿Ha comido bien?
Simón negó con la cabeza.
───Casi nada.
───¿Dormía?
───Poco.
La médica tomó nota.
───¿Dolor abdominal?
Simón dudó.
───A veces se agarraba el estómago…
decía que no era nada.
La médica cerró la carpeta con cuidado.
───Vamos a hacer algunos estudios más ───dijo───.
Por precaución.
Simón asintió, aunque algo en su pecho se tensó.
Había una pregunta flotando que nadie estaba diciendo todavía.
La médica se retiró.
Unos minutos después, Ámbar se movió.
Primero fue un gesto mínimo.
Un parpadeo.
Luego, un leve quejido.
Simón se incorporó al instante.
───Amor…
───susurró───.
Estoy acá.
Ámbar abrió los ojos con dificultad.
La luz la molestó.
Frunció el ceño.
───¿Dónde…?
───murmuró.
───En el hospital ───respondió él, acercándose───.
Te desmayaste.
Todo está bien.
Ella intentó moverse y una náusea inmediata la obligó a quedarse quieta.
───Me siento…
rara ───dijo, con vergüenza───.
Débil.
Simón le tomó la mano.
───No tienes que ser fuerte ahora.
Ámbar cerró los ojos.
Una lágrima se le escapó por el costado, silenciosa.
───No quiero que me vean así…
───Yo sí ───dijo él, sin dudar───.
Siempre.
La puerta volvió a abrirse.
Entró la médica con otra profesional.
───Ámbar ───dijo con suavidad───.
Vamos a hacerte unos estudios más.
Análisis y una ecografía abdominal de rutina.
Ámbar abrió los ojos, confundida.
───¿Para qué?
───Para descartar cosas ───respondió───.
Nada de qué preocuparse.
Simón la miró.
Ella asintió despacio.
Cuando volvieron a quedar solos, Ámbar respiró hondo.
───Simón…
───Estoy acá.
───Siento que…
algo no está bien ───susurró───.
Como si mi cuerpo supiera algo que yo no.
Simón apretó su mano.
───Entonces vamos a escucharlo ───dijo───.
Juntos.
Ámbar cerró los ojos otra vez.
El cansancio la venció rápido.
Se quedó dormida, profunda, entregada.
Simón se quedó mirándola.
Había algo que todavía no sabían.
Algo que no dolía, pero que había empujado al cuerpo al límite.
Y estaba creciendo en silencio.
El silencio de la terapia intensiva era distinto al del resto del hospital.
No era ausencia de ruido.
Era contención.
Todo estaba medido para no perturbar a los cuerpos que luchaban sin moverse.
Ámbar despertó con la sensación de haber dormido demasiado y nada a la vez.
Parpadeó.
El techo blanco volvió a enfocarse de a poco.
El pitido constante seguía ahí.
Su cuerpo se sentía liviano, extraño, como si no le perteneciera del todo.
Giró apenas la cabeza.
Simón estaba ahí.
Sentado.
Inmóvil.
Con los ojos clavados en ella como si temiera que se desvaneciera otra vez.
───Ey…
───murmuró Ámbar.
Simón se levantó de golpe.
───Hola ───dijo, acercándose───.
Tranquila.
Estoy acá.
Ella intentó sonreír, pero el gesto le salió cansado.
───Me duele todo ───confesó.
───Lo sé.
Le acomodó el cabello con cuidado, como si pudiera romperla.
La puerta se abrió.
Entró la médica acompañada de una enfermera.
Traía una carpeta en la mano.
───Ámbar ───dijo con tono sereno───.
Ya tenemos los resultados.
Simón se tensó.
Ámbar también, aunque no lo mostró.
───El desmayo fue producto de un cuadro combinado ───continuó───.
Hipotensión, deshidratación, estrés emocional intenso y un desgaste físico acumulado.
Tu cuerpo estaba funcionando al límite.
Ámbar asintió despacio.
───Hay algo más ───agregó la médica.
Simón sintió que el aire se le comprimía en el pecho.
───En los estudios apareció una hormona elevada ───dijo───.
Por eso pedimos la ecografía.
Hizo una pausa.
No dramática.
Humana.
───Ámbar…
estás embarazada.
El mundo no se detuvo.
No explotó.
No se rompió.
Simplemente…
se reordenó.
Ámbar parpadeó.
Una vez.
Dos.
───¿Qué?
───susurró.
Simón abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
La médica sonrió apenas.
───Es un embarazo temprano ───explicó───.
Y quiero que sepas algo importante: no es lo que te trajo acá.
El embarazo está bien.
El bebé está bien.
Ámbar llevó una mano temblorosa al abdomen.
───¿De verdad…?
───De verdad ───afirmó───.
Lo que ocurrió fue que tu cuerpo, además de todo lo que venías cargando, empezó a exigir más de lo que estabas dándole.
Simón se pasó una mano por la cara.
Los ojos se le llenaron de lágrimas sin aviso.
───¿Puedo…?
───preguntó.
La médica asintió y salió con la enfermera, dejándolos solos.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo.
Ámbar respiraba rápido.
No por miedo.
Por impacto.
───Simón…
───dijo─── yo no…
No terminó la frase.
Simón se inclinó sobre ella de golpe, como si el cuerpo le hubiera dado permiso recién ahora.
Las lágrimas le caían sin control, silenciosas primero, después abiertas, torpes, humanas.
Tomó el rostro de Ámbar entre las manos con una delicadeza desesperada.
───Amor…
───susurró─── mi reina…
La besó.
En la frente.
En la sien.
En la mejilla.
Una y otra vez.
Como si necesitara comprobar que estaba ahí.
Viva.
Caliente.
Real.
Ámbar lo miró, desarmada.
Y entonces lloró.
No un llanto contenido.
No uno elegante.
Lloró como alguien que estuvo demasiado cerca de perderlo todo.
───Pensé que…
───dijo entre sollozos───.
Pensé que te dejaba solo.
Que me iba…
Simón negó con la cabeza una y otra vez, apoyando la frente contra la de ella.
───No ───repitió, quebrado───.
No.
No digas eso.
No me hagas imaginarlo otra vez.
La abrazó con cuidado, rodeándola sin tocar cables ni tubos, pero apretándola lo suficiente como para que lo sintiera entero.
Su cuerpo temblaba.
───Me asusté tanto ───confesó───.
Te vi caer…
te vi sin reaccionar…
y pensé que…
───se le rompió la voz─── pensé que esta vez no llegaba.
Ámbar subió las manos con esfuerzo y lo abrazó también.
Se aferró a su cuello, como si necesitara anclarse a él.
───Estoy acá ───susurró───.
Estoy acá, Simón.
Él lloró más fuerte.
No intentó esconderlo.
Dejó que saliera todo.
El miedo.
La tensión.
El amor acumulado.
───Y encima…
───dijo, entre lágrimas y risa rota─── encima esto…
Apoyó la mano sobre el vientre de Ámbar con cuidado reverencial, como si temiera lastimar algo invisible.
───Hay…
───tragó saliva─── hay algo nuestro ahí.
Ámbar cerró los ojos.
Las lágrimas seguían cayendo.
───No estaba preparada ───admitió───.
Nada de esto…
yo venía cerrando tanto dolor, Simón…
───Y aun así ───dijo él───, tu cuerpo eligió crear vida.
La besó de nuevo.
Esta vez en la boca.
Un beso lento, tembloroso, lleno de lágrimas compartidas.
No hubo apuro.
No hubo promesas.
Solo presencia.
───Te amo ───dijo él contra sus labios───.
Te amo tanto que duele.
Ámbar sollozó.
───Tengo miedo ───confesó───.
De no saber hacerlo bien.
De fallar.
Simón apoyó su frente en la de ella.
───Mírame ───pidió───.
Mírame.
Ámbar abrió los ojos.
───Vos ya sabés lo que es crecer sin verdad, sin cuidado ───continuó───.
Justamente por eso…
nunca podrías repetirlo.
Ella respiró hondo.
El pecho le temblaba.
───No quiero estar sola en esto ───dijo.
───No lo estás ───respondió él, firme───.
Nunca más.
Se quedaron así, abrazados, llorando los dos.
No de tristeza pura.
Sino de algo nuevo: alivio, amor, futuro.
Ámbar apoyó una mano sobre su abdomen otra vez.
───Hola…
───susurró, sin darse cuenta.
Simón la escuchó y volvió a llorar, esta vez sonriendo entre lágrimas.
Besó esa mano.
Después su muñeca.
Después su brazo.
───Gracias ───dijo, sin saber a quién exactamente.
El pitido de la máquina seguía constante.
Tranquilo.
Ámbar cerró los ojos, agotada, sostenida, amada.
Había sobrevivido a su pasado.
Había dicho adiós sin destruir.
Y ahora, en medio de tubos y lágrimas, la vida le pedía quedarse.
Esto se cerraba no con un final feliz.
Sino con algo más real.
Un amor que no soltaba.
Y una vida que empezaba a latir.
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