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Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 21 Un lugar seguro
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23: 21 | Un lugar seguro 23: 21 | Un lugar seguro La luz de la mañana entraba distinta por la ventana del hospital.

No más blanca ni más intensa.

Más honesta.

Ámbar abrió los ojos sin sobresaltos.

No hubo mareo.

No hubo náusea inmediata.

Solo un cansancio profundo, pero estable.

Respiró hondo.

El pitido del monitor seguía ahí, pero ya no sonaba como una advertencia.

Era regular.

Predecible.

Giró la cabeza.

Simón dormía en la silla, inclinado hacia adelante, con la cabeza apoyada en el borde de la cama.

Tenía una mano extendida sobre el colchón, apenas tocándola, como si incluso dormido necesitara saber que ella estaba.

Ámbar sonrió apenas.

Movió los dedos con cuidado.

El contacto fue suficiente.

Simón abrió los ojos de golpe.

───¿Ámbar?

───dijo, incorporándose de inmediato───.

¿Cómo te sientes?

───Mejor ───respondió ella, con voz baja pero firme───.

Cansada…

pero mejor.

Él soltó el aire que parecía haber contenido toda la noche.

Se inclinó y la besó en la frente, lento, agradecido.

───No sabes lo que es escucharte decir eso.

La puerta se abrió y entró la médica con la carpeta bajo el brazo.

Esta vez su expresión era distinta.

Menos alerta.

Más tranquila.

───Buen día ───saludó───.

¿Cómo estamos hoy?

───Despierta ───respondió Ámbar.

La médica sonrió.

───Eso ya es una muy buena señal.

Revisó el monitor, tomó su presión, anotó algo.

───La respuesta al suero fue buena ───explicó───.

La presión se estabilizó durante la noche y no hubo nuevos episodios de pérdida de conciencia.

Simón se acercó un poco más.

───¿Entonces…?

───Entonces vamos a sacarla de terapia intensiva hoy ───confirmó───.

Pasará a una habitación común para seguir en observación, pero el cuadro agudo ya está controlado.

Ámbar cerró los ojos un segundo.

No por miedo.

Por alivio.

───Gracias ───dijo.

La médica asintió y, antes de salir, agregó: ───Una cosa más.

A partir de ahora, descanso real.

Alimentación ordenada.

Y nada de exigirse más de lo que el cuerpo puede dar.

Miró a Simón con intención.

───Y apoyo.

───Todo ───respondió él sin dudar───.

Lo que haga falta.

Cuando quedaron solos, Simón se sentó a su lado y le acomodó la almohada.

───Te dije que tu cuerpo solo estaba pidiendo una pausa ───murmuró.

Ámbar lo miró.

───No supe escucharme.

───Ahora sí ───dijo él.

Hubo un silencio cómodo.

No pesado.

Distinto al de la noche anterior.

Ámbar llevó una mano al abdomen, casi sin pensarlo.

El gesto fue pequeño, inconsciente.

Simón lo vio.

───Todavía me cuesta creerlo ───admitió él, en voz baja───.

Anoche pensé que te perdía…

y ahora…

Se interrumpió.

No necesitó terminar la frase.

───Yo también tengo miedo ───confesó Ámbar───.

Pero no se siente como antes.

No es vacío.

Es…

responsabilidad.

Simón apoyó su mano sobre la de ella, sin presionar.

───No estás sola en esto.

───Lo sé ───respondió ella───.

Y eso cambia todo.

Una enfermera entró con una bandeja pequeña: té, una tostada, una fruta cortada.

───Vamos de a poco ───dijo───.

Despacio.

Ámbar tomó la taza entre las manos.

El calor le recorrió los dedos.

Era un gesto mínimo, cotidiano, pero se sintió enorme.

Comió despacio.

Sin náuseas.

Sin mareo.

Simón la observaba como si cada bocado fuera una victoria.

───Mirá ───dijo ella, notándolo───.

No me mires así.

Él sonrió, con los ojos brillosos.

───Perdona ───respondió───.

Es que…

estás acá.

Ámbar respiró hondo.

Apoyó la espalda en la almohada.

Cerró los ojos un instante.

Su cuerpo seguía cansado.

Pero ya no estaba en guerra consigo mismo.

Había sobrevivido al colapso.

Había sido cuidada.

Y, por primera vez en mucho tiempo, estaba mejorando sin culpa.

Afuera, la mañana seguía avanzando.

Y con ella, algo en Ámbar también.

El hospital tenía ese movimiento constante que nunca terminaba de calmar.

Gente entrando, saliendo, voces bajas, pasos apurados.

Emilia estaba sentada en uno de los bancos de la entrada principal, con el celular entre las manos desde hacía rato, sin mirar realmente la pantalla.

Jazmín caminaba de un lado al otro con un café en la mano que ya se había enfriado.

Tenía el ceño fruncido, los hombros tensos, el cuerpo en alerta permanente.

───¿Te dijo algo más?

───preguntó Jazmín, deteniéndose frente a ella.

Emilia negó con la cabeza.

───Solo que se desmayó y que la llevaron a terapia intensiva ───respondió───.

Simón no quiso entrar en detalles…

y lo entiendo.

Jazmín suspiró fuerte y volvió a sentarse a su lado.

───Ámbar no se desmaya así porque sí ───dijo───.

Ella siempre tira para adelante.

Aunque esté hecha bolsa.

Emilia asintió despacio.

───Eso es lo que me preocupa ───admitió───.

Cuando alguien así se cae…

es porque ya venía cargando demasiado.

Se quedaron en silencio unos segundos, mirando la puerta automática que se abría y cerraba sin parar.

───Me siento inútil ───dijo Jazmín de pronto───.

Estoy acá, pero no puedo hacer nada.

Emilia giró apenas el cuerpo hacia ella.

La miró de verdad.

No como amiga.

Como alguien que empezaba a leer lo que no se decía.

───Estás aquí ───respondió───.

Eso no es poco.

Jazmín esbozó una sonrisa mínima.

───En Argentina decimos eso para consolar ───comentó───.

No siempre lo creemos.

Emilia soltó una risa suave.

───En México también ───dijo───.

Cambian las palabras, no el miedo.

Jazmín la observó un segundo más de lo habitual.

───Gracias por venir ───dijo───.

Por quedarte conmigo acá.

Emilia bajó la mirada un instante.

───Ámbar es importante para mí ───respondió───.

Y tú también.

Jazmín parpadeó.

No esperaba eso tan directo.

───Yo…

───empezó, pero se frenó.

Emilia inclinó un poco la cabeza hacia ella, sin invadir.

───Decilo ───pidió, suave.

Jazmín respiró hondo.

───Me cuesta mostrarme preocupada ───admitió───.

Siempre hago chistes, me muevo, hablo…

pero ahora tengo miedo de verdad.

Emilia apoyó su mano sobre la de Jazmín, sin dramatismo.

Un gesto simple.

Presente.

───No tienes que ser fuerte todo el tiempo ───dijo───.

No con nosotras.

Jazmín no retiró la mano.

Al contrario, entrelazó los dedos con los de ella casi sin darse cuenta.

Cuando lo notó, no la soltó.

───¿Te puedo decir algo?

───preguntó Jazmín, en voz baja.

───Claro.

───Cuando Simón me llamó…

───confesó─── pensé que me iba a desarmar.

Y la primera persona en la que pensé fuiste vos.

Emilia la miró, sorprendida y conmovida a la vez.

───Eso dice mucho ───respondió.

───¿De mí o de vos?

───preguntó Jazmín, intentando alivianar.

───De las dos ───dijo Emilia, sin esquivarle la mirada.

El sonido lejano de una ambulancia cruzó el aire.

Jazmín apretó un poco más la mano de Emilia.

───Odio este lugar ───murmuró.

───Yo también ───respondió Emilia───.

Pero me gusta no estar sola acá.

Jazmín sonrió, apenas.

───Sos peligrosa, mexicana ───dijo───.

Decís esas cosas como si nada.

Emilia se encogió de hombros.

───Es que cuando algo importa, se dice ───contestó───.

Vivir lejos de casa me enseñó eso.

Jazmín bajó la mirada, emocionada.

Cuando volvió a mirarla: ───Cuando Ámbar salga de esta…

───dijo───.

Tenemos que decirle que pare un poco.

Que se deje cuidar.

Emilia asintió.

───Y que no está sola.

Se quedaron así, hombro con hombro, manos entrelazadas, compartiendo el miedo sin exagerarlo.

Afuera del hospital, mientras Ámbar peleaba por recuperar el equilibrio, algo entre ellas dos empezaba a afirmarse.

No como una promesa.

Como un lugar seguro.

La habitación estaba en silencio otra vez.

No el silencio tenso de la terapia intensiva, sino uno más amable, de esos que se parecen al descanso.

Ámbar dormía.

No profundamente, pero con una calma nueva.

La respiración era regular, el rostro ya no estaba tan pálido.

El cuerpo, por fin, parecía haber bajado la guardia.

Simón estaba sentado a su lado, como desde hacía horas.

La silla incómoda, la espalda tensa, los ojos cansados.

Pero no se movía.

No quería perderse nada.

Ni siquiera ese instante quieto.

Apoyó los codos en las rodillas y miró a Ámbar con atención.

Sin idealizarla.

Sin pensar en lo fuerte que siempre había sido.

La miró así, humana.

Vulnerable.

Real.

Deslizó la mano con cuidado hasta el borde de la sábana.

Dudó un segundo.

Como si pidiera permiso.

Después, apoyó la palma sobre el vientre de Ámbar.

Fue un gesto torpe.

Inseguro.

Reverente.

───Hola…

───susurró, casi sin sonido.

Se sintió ridículo al principio.

Como si estuviera hablando solo.

Pero no retiró la mano.

───No sé si me escuchás ───continuó───.

O si todavía eres muy pequeño…

o pequeña.

Sonrió apenas.

Los ojos se le llenaron otra vez.

───No estaba preparado ───admitió───.

Nada de esto estaba en mis planes.

Yo pensaba que ya había aprendido a sobrevivir…

no a cuidar.

Miró a Ámbar.

───Tu mamá es increíble ───dijo en voz baja───.

Incluso cuando no se da cuenta.

Incluso cuando se rompe.

Tragó saliva.

───Y yo…

───respiró hondo─── yo prometo aprender.

No ser perfecto.

Pero quedarme.

Siempre.

Apoyó la frente contra la cama, sin tocarla.

───No te voy a mentir ───susurró───.

Tengo miedo.

Mucho.

De fallar, de no estar a la altura…

de no saber protegerlos.

La mano le tembló apenas.

───Pero si algo aprendí estos días…

es que el amor no se planea.

Se elige.

Todos los días.

Se quedó en silencio.

El monitor seguía marcando su ritmo tranquilo.

Nada extraordinario.

Y aun así, todo había cambiado.

Simón levantó la cabeza cuando Ámbar se movió.

Ella abrió los ojos despacio.

Parpadeó.

Tardó un segundo en enfocarlo.

───¿Estás hablando solo?

───murmuró, con la voz dormida.

Simón sonrió, sorprendido.

Retiró la mano apenas, pero Ámbar la atrapó.

───No ───dijo él───.

Estaba…

saludando.

Ella entendió enseguida.

No preguntó.

No hizo bromas.

Llevó su mano hasta la de él y la volvió a apoyar sobre su abdomen.

───No estás solo ───dijo, suave───.

Ninguno de los dos.

Simón cerró los ojos un instante.

Una lágrima se le escapó sin permiso.

───Gracias ───respondió───.

Por quedarte.

Ámbar sonrió cansada.

───Vos te quedaste primero.

Ámbar sostuvo esa sonrisa apenas un segundo más.

Después, se quebró.

Primero fue un temblor en el mentón.

Una respiración que se le desacomodó sin aviso.

Los ojos se le llenaron de golpe, como si todo lo que había contenido hasta ese momento hubiera encontrado permiso.

───Simón…

───susurró.

La voz no le alcanzó.

Las lágrimas empezaron a caer sin cuidado, calientes, abundantes.

No eran silenciosas.

Eran profundas.

Le salían del pecho.

Simón se alarmó al instante.

───Ey, mi reina…

───dijo, acercándose───.

¿Te duele algo?

¿Llamo a la enfermera?

Ámbar negó con la cabeza, llorando más fuerte.

Levantó apenas el torso, lo suficiente para poder mirarlo bien.

Y cuando lo miró…

terminó de romperse.

───No ───sollozó───.

Es que…

te vi.

Simón frunció el ceño, sin entender.

───Te vi acá ───continuó ella, con la voz hecha agua───.

Hablándole…

cuidándonos…

quedándote.

Lloraba sin pudor.

El cuerpo le temblaba entero.

───Yo estuve tan perdida ───dijo───.

Tanto tiempo.

Tan oscura.

Y vos…

vos me encontraste incluso cuando yo no sabía ni buscarme.

Simón sintió el golpe directo al pecho.

Se inclinó hacia ella, apoyando una mano en su mejilla mojada.

───Ámbar…

───No ───lo interrumpió, con urgencia───.

Déjame decirlo.

Tomó su rostro con ambas manos, torpe por los cables, pero firme.

───Yo te amo demasiado ───confesó───.

Demasiado como para explicarlo bien.

Lloré por miedo, por cansancio, por todo…

pero ahora lloro porque sos lo mejor que me pasó en la vida.

Las lágrimas caían sin freno.

───Porque siempre estás ───siguió───.

Cuando no puedo, cuando me caigo, cuando me odio…

vos estás.

Y me quedé viva por vos, Simón.

De verdad.

Él ya estaba llorando también.

Sin intentar esconderlo.

───Y míranos…

───Ámbar llevó una mano al vientre, la de él encima───.

Vamos a ser padres.

Juntos.

Y yo tengo miedo, sí…

pero con vos no me siento sola.

Nunca.

Simón se inclinó y apoyó la frente contra la de ella, temblando.

───Sos el amor de mi vida ───dijo Ámbar, rota y luminosa a la vez───.

Y sé que vamos a ser buenos padres.

Porque este amor…

no lastima.

Sostiene.

Simón la besó.

Primero en la frente.

Después, en los ojos llenos de lágrimas.

Después en la boca, con cuidado, como si cada beso fuera una promesa silenciosa.

La abrazó despacio, fuerte, dejando que Ámbar llorara contra su pecho todo lo que había callado durante años.

───Estoy aquí ───le susurró, una y otra vez───.

Siempre.

Para vos.

Para los dos.

Ámbar se aferró a él como si fuera hogar.

Y por primera vez en mucho tiempo, lloró sin miedo a caer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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