Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 24 Lo que empieza a moverse
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26: 24 | Lo que empieza a moverse 26: 24 | Lo que empieza a moverse Últimos cinco capítulos.
La mansión estaba en silencio.
No un silencio vacío, sino ese que se forma cuando una casa grande descansa.
Pasos lejanos de alguien en otro ala, el crujido suave de la madera, el viento rozando las ventanas altas como si pidiera permiso para entrar.
Ámbar se despertó antes de lo habitual.
No por ruido.
No por un sueño.
Por una incomodidad difícil de nombrar.
Se quedó unos segundos mirando el techo, respirando despacio, como si su propio cuerpo le hubiera cambiado las reglas durante la noche.
No dolía.
No era alarma.
Era…
distinto.
Se incorporó con cuidado.
El gesto fue automático, casi inconsciente, pero al apoyar los pies en el piso sintió ese cansancio extraño, nuevo, que no venía de haber hecho demasiado, sino de no haber hecho nada.
Caminó hasta el baño sin encender la luz principal.
La mansión todavía dormía.
Se apoyó en el mármol del lavamanos y se miró en el espejo.
No había panza.
No había señales visibles.
Nada que gritara: estás embarazada.
Y, sin embargo, lo estaba.
Se pasó una mano por el abdomen, apenas, como si temiera despertarlo.
El contacto fue más simbólico que real, pero le erizó la piel.
No sintió ternura inmediata.
Sintió responsabilidad.
Una enorme, silenciosa.
Giró la canilla y el olor del jabón le dio náuseas de golpe.
Frunció el ceño, sorprendida.
Cerró la canilla enseguida y respiró hondo, esperando a que pasara.
La sensación se fue tan rápido como había llegado, dejándola confundida, casi molesta.
───Genial…
───murmuró para sí.
Volvió al cuarto despacio.
Se sentó en la cama y apoyó la espalda en el respaldo, como si necesitara anclarse a algo firme.
La mansión Benson siempre había sido imponente, incluso cuando fue su hogar.
Ahora, en ese momento, se sentía demasiado grande para alguien que todavía no terminaba de entender lo que le estaba pasando.
El estómago le rugió.
Ámbar miró el reloj.
Demasiado temprano para desayunar.
Demasiado temprano para tener hambre así.
Aun así, se levantó y salió del cuarto.
La cocina estaba vacía.
Entró descalza, abrió la heladera y se quedó mirándola unos segundos, indecisa.
Nada le llamaba la atención.
Nada…
hasta que vio una manzana verde en el cajón.
La sacó y le dio un mordisco sin pensar.
El sabor ácido la despertó por completo.
Se apoyó contra la mesada mientras comía despacio, como si cada gesto tuviera que aprenderse de nuevo.
Comer ya no era automático.
Dormir tampoco.
Moverse, menos.
Terminó la manzana y suspiró.
───Mi cuerpo manda ahora ───pensó, sin enojo, pero con una incomodidad que no supo disimular.
Volvió a mirarse el abdomen, esta vez con más conciencia.
No había cambio visible, pero ella sí lo sentía.
En la energía.
En el ritmo.
En esa fragilidad inesperada que no combinaba con la mujer que siempre creyó ser.
No se sentía luminosa.
No se sentía plena.
Se sentía vulnerable.
Escuchó pasos suaves detrás de ella.
Simón apareció en la puerta, todavía con sueño, el pelo revuelto y una remera vieja.
La miró un segundo, evaluando, como si ya hubiera aprendido a leerla sin palabras.
───¿No duermes?
───preguntó en voz baja.
Ámbar negó con la cabeza.
───Me desperté.
Él se acercó sin invadir.
Abrió un armario, sacó un vaso, le sirvió agua y lo dejó frente a ella.
───Tomá.
Ámbar lo agarró y bebió despacio.
Simón apoyó una mano sobre la mesada, cerca de la suya, sin tocarla del todo.
───¿Todo bien?
Ella dudó apenas un segundo.
───No sé ───respondió, honesta───.
Mi cuerpo está…
raro.
Simón asintió, como si esa respuesta fuera suficiente.
───Debe estar acomodándose ───dijo───.
No tienes que entender todo hoy.
Ámbar lo miró.
La calma de él le resultó extrañamente reconfortante.
───Eso es lo que más me cuesta ───admitió───.
No entender.
Simón sonrió apenas.
───No estás sola para eso.
No hubo más palabras.
No hicieron falta.
Él se quedó ahí un momento más, acompañando el silencio.
Ámbar apoyó una mano sobre el vientre otra vez, sin darse cuenta.
Por primera vez desde que salió del hospital, no sintió miedo inmediato.
Solo la certeza de que algo estaba empezando a moverse dentro de ella.
Y no hablaba solo del embarazo.
La mañana avanzaba despacio en la mansión Benson.
No era temprano, pero tampoco había llegado el ritmo del mediodía.
La casa estaba en ese punto tibio donde todavía no se decide del todo si descansar o activarse.
Ámbar estaba sentada, con una taza entre las manos que ya se había enfriado.
No había desayunado mucho.
No por náuseas, sino por una inquietud más honda.
Miraba el jardín a través de la ventana como si buscara algo que no sabía nombrar.
Mónica entró sin hacer ruido.
Llevaba un repasador en el hombro, el gesto cotidiano de quien siempre está atenta a todos.
───¿No te sientes bien?
───preguntó, con cuidado.
Ámbar levantó la vista.
Dudó un segundo antes de responder.
───Sí…
───dijo───.
O eso creo.
Mónica dejó lo que traía y se sentó frente a ella, sin apurar nada.
───Cuando una dice “eso creo”, generalmente hay algo que pesa ───comentó.
Ámbar apretó los dedos alrededor de la taza.
───Tengo miedo ───admitió al fin───.
Mucho.
Mónica no se sorprendió.
No la interrumpió.
───No miedo al embarazo ───continuó Ámbar───.
Miedo a después.
A no saber qué hacer.
A fallar.
Tragó saliva.
───Nunca tuve una mamá como tal ───dijo, con la voz más baja───.
Tuve cuidado, sí.
Tuve presencia…
pero no ese lugar seguro al que volver.
Y ahora voy a ser yo la que tenga que ser eso para alguien.
Los ojos se le llenaron, pero todavía no lloró.
───No sé cómo se hace ───confesó───.
Y me aterra hacerle daño sin querer.
Mónica respiró hondo.
Se tomó un segundo antes de hablar.
───Nadie sabe cómo se hace ───dijo───.
El que dice que sí, miente o tuvo suerte.
Ámbar levantó la mirada, sorprendida.
Mónica apoyó las manos sobre la mesa.
───Yo quise ser madre durante mucho tiempo ───dijo, sin rodeos───.
Y no como idea romántica.
Como deseo real.
Ámbar se quedó quieta.
───Estuve embarazada varias veces ───continuó Mónica───.
Y las perdí.
La palabra cayó con peso.
Ámbar sintió un nudo en el pecho.
────No lo digo para entristecerte ───agregó Mónica enseguida───.
Lo digo porque es parte de mí.
Y porque durante años sentí que mi cuerpo me había fallado.
Bajó la mirada por un segundo.
───Cada pérdida era un duelo silencioso ───dijo───.
Uno que no siempre se permite llorar en voz alta.
Ámbar dejó la taza a un lado.
───Lo siento ───murmuró.
Mónica negó despacio.
───No.
No lo sientas.
Es mi historia.
Y también es la razón por la que puedo decirte esto.
La miró con ternura profunda.
───Adoptar a Luna me salvó ───confesó───.
No porque borrara lo otro, sino porque me enseñó que la maternidad no siempre empieza en el cuerpo.
Ámbar sintió que algo se le aflojaba por dentro.
───Pero…
───Mónica dudó apenas─── siempre va a haber una espina.
La de no haber parido.
La de no haber sentido una vida crecer dentro mío.
La voz se le quebró.
Por primera vez.
───Y aun así ───continuó───, soy su mamá.
Todos los días.
En cada decisión.
En cada miedo.
En cada amor.
Las lágrimas empezaron a caerle sin ruido.
Ámbar se levantó de la silla sin pensarlo y rodeó la mesa.
Se arrodilló frente a ella y la abrazó con cuidado.
───Yo tengo miedo de no saber amar bien ───sollozó Ámbar───.
Y vos tenés miedo de no haber podido hacerlo de la forma que soñabas.
Mónica la abrazó con fuerza, como si el cuerpo entendiera antes que las palabras.
───Y aun así ───dijo Mónica, llorando─── estamos aquí.
Intentándolo.
Ámbar apoyó la frente en su hombro.
───¿Y si no soy suficiente?
───preguntó, rota───.
¿Y si no alcanza con querer?
Mónica le sostuvo el rostro entre las manos, obligándola a mirarla.
───El miedo que tienes es la prueba de que te importa ───dijo───.
Y eso ya te hace una buena madre.
Ámbar cerró los ojos.
Las lágrimas le caían sin control.
───No tienes que saberlo todo ───continuó Mónica───.
Tienes que quedarte.
Escuchar.
Aprender.
Pedir ayuda cuando no puedas.
Le sonrió entre lágrimas.
───Eso también es maternar.
Ámbar respiró hondo.
Muy hondo.
───Gracias ───dijo───.
Por decirme esto.
Por no idealizar nada.
Mónica la abrazó otra vez.
───No estoy aquí para exigirte ───susurró───.
Estoy aquí para acompañarte.
Como pueda.
Cómo sé.
Se quedaron así un largo rato.
Dos mujeres unidas por dolores distintos, pero por el mismo deseo de cuidar.
Cuando se separaron, el ruido lejano de la casa anunciaba que el almuerzo se acercaba.
Ámbar se secó las lágrimas.
───Sigo teniendo miedo ───admitió───.
Pero ya no me siento sola.
Mónica sonrió.
───Eso es lo único imprescindible ───dijo───.
No estar sola.
Y por primera vez desde que supo que estaba embarazada, Ámbar sintió que ese miedo no la empujaba al vacío, sino hacia adelante.
El Jam & Roller estaba en pleno movimiento.
La música sonaba baja, lo justo para acompañar el murmullo constante de voces, ruedas sobre la pista, tazas apoyándose sobre mesas de madera.
Era uno de esos momentos en los que el lugar parecía respirar.
Jazmín estaba sentada en una de las mesas altas, con los patines apoyados a un costado y una sonrisa que no se le iba de la cara.
Emilia, frente a ella, la observaba divertida.
───Estás pesada ───dijo Emilia, riéndose───.
Hace media hora que sonríes sola.
Jazmín se encogió de hombros.
───Es que no puedo creerlo ───respondió───.
Ámbar…
mamá.
¿Vos lo procesaste?
Emilia negó despacio, todavía emocionada.
───No del todo ───admitió───.
Pero me dan ganas de llorar y reírme al mismo tiempo.
Jazmín apoyó los codos en la mesa.
───Vamos a ser tías ───dijo, bajando la voz───.
Tías, posta.
De esas que malcrían.
Emilia sonrió, enternecida.
───Ella va a ser una gran madre ───dijo───.
Aunque tenga miedo.
Jazmín asintió.
───Sí ───coincidió───.
Y Simón…
no lo viste cómo la mira.
Ese tipo ya es padre antes de que nazca.
Emilia tomó la taza entre las manos.
───Me gusta verla así ───dijo───.
Más suave.
Más ella.
Jazmín respiró hondo, llena de felicidad…
y se olvidó de medir el volumen.
───Encima está embarazada y ni siquiera se queja ───dijo, en voz alta───.
Yo estaría insoportable.
Emilia abrió los ojos de golpe.
───Jazmín…
───murmuró.
Demasiado tarde.
A pocos metros de ellas, cerca del mostrador, Sylvana había quedado quieta.
Tenía una carpeta bajo el brazo, los lentes colgándole de la mano.
No estaba escuchando la conversación.
No hasta esa frase.
Embarazada.
El mundo pareció bajar el volumen alrededor.
Sylvana frunció apenas el ceño, como si necesitara confirmar que había oído bien.
Miró en dirección a las dos jóvenes.
Jazmín seguía hablando, sin notar nada.
───O sea, Ámbar siempre fue intensa, pero ahora con una panza…
───continuó, riéndose.
Emilia la pateó suavemente por debajo de la mesa.
───Basta ───le susurró, tensa.
Jazmín se dio vuelta, confundida.
───¿Qué pasa?
Emilia no respondió.
Miraba hacia atrás.
Jazmín siguió su mirada…
y la sonrisa se le borró del rostro.
Sylvana ya no estaba en shock.
Estaba inmóvil.
Procesando.
No se acercó.
No preguntó.
No dijo nada.
Solo apretó la carpeta con más fuerza.
Embarazada.
La palabra le retumbaba en la cabeza.
No como alegría.
No todavía.
Como impacto.
Como algo que llegaba sin aviso y removía todo lo que creía ordenado.
Sylvana dio media vuelta y caminó hacia la salida del Jam & Roller.
Sus pasos fueron firmes, pero por dentro algo se había desacomodado para siempre.
Desde la mesa, Jazmín se llevó una mano a la boca.
───La cagué ───susurró.
Emilia cerró los ojos un segundo.
───Sí ───dijo───.
Pero ya pasó.
Ambas se quedaron en silencio, entendiendo que algo acababa de cambiar.
Afuera, el Jam & Roller seguía girando.
La música, las ruedas, las risas.
Pero una verdad acababa de salir a la luz.
Y ya no había forma de volver atrás.
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