Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 3

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Ámbar y los restos del brillo
  4. Capítulo 3 - 3 01 Donde empiezan las despedidas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

3: 01 | Donde empiezan las despedidas 3: 01 | Donde empiezan las despedidas La mansión Benson estaba en silencio, pero no era un silencio incómodo.

Era ese tipo de calma que solo aparece cuando una casa empieza a despedirse de quienes la habitaron.

Ámbar bajó la última valija por la escalera con cuidado.

No porque pesara demasiado, sino porque cada escalón parecía pedirle que se detuviera un segundo más.

Después de todo, ella había vivido toda su vida allí.

Alfredo estaba sentado en el sillón del living, con las manos apoyadas sobre el bastón.

La miraba con ternura, con esa atención tranquila que siempre la desarmaba.

───¿Así que ya está?

───preguntó Alfredo───.

¿Te vas a ir de verdad?

Ámbar sonrió, aunque no del todo.

Daba un gran paso en su vida y, a la vez, sentía que dejaba atrás muchas cosas.

Incluso las malas.

───Sí ───respondió───, pero no me iré lejos.

Dejó la valija cerca de la puerta y se sentó frente a él.

───Estoy feliz, abuelo.

Con Simón estoy muy bien.

Aparte, él me cuida, me entiende y es mi lugar seguro en el mundo.

Alfredo sonrió.

───Lo sé, Ámbar.

Siempre lo supe.

Ese chico te ama y cuida con locura.

Siempre que te mira, sus ojos brillan.

Ella bajó la mirada.

───Pero igual tengo miedo ───confesó, algo triste───.

No de él.

Tengo miedo de mí y de no saber quién seré cuando ya no viva aquí.

Esta casa es mi vida.

Alfredo inclinó un poco la cabeza.

───El miedo no es una señal de error.

Es una señal de que vas a avanzar en tu vida.

Y sí, el miedo es lo más normal del mundo.

Toda tu vida viviste acá; es normal que te aterre lo desconocido.

Ámbar levantó los ojos.

───Abuelo, ¿y si me equivoco?

Él la miró fijamente.

───Entonces aprenderás algo.

Y luego seguirás adelante.

El error también es vivir.

Se acomodó en el sillón y bajó su tono de voz.

───No siempre se empieza donde se cree.

A veces, en la vida, se empieza mucho antes y en decisiones que otros tomaron por uno.

Ámbar lo miro sin comprender lo que decía.

───¿Cómo?

Alfredo la miró con ternura, sin saber que acababa de tocar una fibra invisible.

───Nada.

Solo que no todo lo que somos nace cuando creemos.

Hay partes nuestras que vienen de lejos, aunque no sepamos de dónde.

Ella sintió un leve escalofrío, sin entender por qué.

───Ámbar, Simón te va a cuidar ───continuó hablando Alfredo───.

Pero acuérdate de algo: no te pierdas a vos misma intentando encajar en ninguna historia.

Ni siquiera en una feliz.

Ámbar se levantó y lo abrazó con fuerza.

───Gracias, abuelo.

Alfredo cerró los ojos un instante y le acarició el pelo.

───Ve Ámbar, ve ───dijo───.

El futuro no espera, pero tampoco se lleva lo que importa.

Ve a buscar tu felicidad.

Cuando ella cruzó la puerta, no sabía que esa sería la última vez que escucharía la voz de su abuelo.

Ni que esas palabras, dichas sin intención, iban a volver a ella cuando el pasado finalmente se hiciera presente en su vida.

El vestido negro seguía colgado.

Ámbar lo miró durante unos segundos que parecieron demasiado largos.

La tela era simple y discreta.

No tenía recuerdos asociados a usar uno antes.

Sintió el nudo en su garganta antes de que las lágrimas aparecieran.

Simón estaba detrás de ella.

No dijo nada al principio.

Solo se acercó despacio y apoyó las manos en su cintura, como si temiera romper algo frágil.

───Amor, lo lamento mucho.

───No pensé que iba a ser así de rápido ───dijo en voz baja───.

Nunca se está preparada para la muerte, ¿no?

Una lágrima cayó sin permiso en su rostro.

Ella odiaba eso; odiaba llorar e intentaba no mostrar sus lágrimas.

Simón besó su frente y rápidamente la consoló.

───Mi reina.

No tienes que ser fuerte ahora.

Tú también tienes derecho a llorar.

Ella cerró los ojos al escuchar ese apodo que solo él usaba cuando todo parecía negro.

───Se supone que ya estaba todo acomodado en mi vida ───su voz estaba quebrada───.

Me fui de la mansión, armamos de a poco nuestra vida y de repente él se muere.

Simón apoyó su frente contra la de ella.

───La vida no pregunta si estamos listos.

Solo actúa sin aviso.

Pero tú tienes que saber que nunca te dejaré sola.

La abrazó con fuerza, dejándole espacio para llorar.

Ámbar se aferró a él.

No se quería soltar.

───Era mi abuelo ───lamentaba───.

Me despedí sin saber que era una despedida.

Podría decirle que lo amaba.

Podía haber sido una mejor nieta.

Él le volvió a besar la frente.

───Y fuiste una excelente nieta.

El señor Alfredo se fue sabiendo eso, amor.

Ella respiró hondo, intentando calmarse.

───Tengo miedo de romperme en el funeral.

Sabes que odio que me vean débil.

Miedo de verlos a todos y no saber cómo ocultar mis lágrimas.

Miedo de no contenerme junto a Luna.

───Entonces te enfocas en mí ───dijo Simón sin dudar───.

Yo voy a estar a tu lado todo el tiempo.

Conmigo no debes temer nada, ¿sí?

Ámbar sonrió apenas.

───Gracias por elegirme.

Simón sonrió con algo de tristeza.

───Siempre te elijo.

Incluso en los días tristes.

Le secó las lágrimas con el pulgar.

───Ámbar, vamos juntos.

Como siempre, juntos.

Ámbar volvió a mirar el vestido negro.

Esta vez, no estaba sola.

Y eso hacía toda la diferencia.

El cementerio estaba cubierto por un cielo gris, de esos que no amenazan lluvia, pero tampoco permiten olvidar dónde se está.

Después de todo, ningún cementerio tiene color.

Ámbar caminó de la mano de Simón entre las lápidas.

El aire era frío e inmóvil.

Como si incluso el día supiera que no era momento de ser colorido.

El ataúd de Alfredo ya estaba allí.

───Murió durmiendo ───comentaba alguien───.

Es una linda muerte para tener ochenta y ocho años.

El consuelo era ese.

Alfredo simplemente no había despertado.

Como el gran soñador que siempre fue, la vida, Dios o el destino habían decidido que su camino terrenal acababa soñando.

Como todo soñador, desea morir.

Luna estaba de pie junto a Matteo.

Vestía de negro, con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

No había en ella rastro de la chica luminosa que solía ser; era una nieta rota que acababa de perder a su abuelo.

Ámbar la vio quebrarse incluso antes de acercarse a abrazarla.

Miguel y Mónica Valente estaban unos pasos más atrás, tomados de la mano.

Mónica sostenía un pañuelo blanco entre los dedos, con los ojos fijos en el ataúd, como si aún esperara que Alfredo se levantara de ahí.

Miguel, en cambio, miraba al suelo, serio, callado, cargando una tristeza silenciosa.

Alfredo, además de ser el abuelo de su hija, era su amigo.

Rey estaba allí.

Permanecía apartado, con las manos cruzadas.

No hablaba y su presencia era casi incómoda, pero real.

Él había querido mucho al señor Alfredo.

Elena estaba sentada en uno de los bancos, con un abrigo oscuro y un sombrero sencillo.

Ella sostenía una pequeña bolsa de tela entre las manos.

Dentro de ella había una taza envuelta en papel.

La misma taza que usaba cada tarde para tomar el té su íntimo amigo.

Ella no lloraba.

Solo tenía los ojos húmedos, porque la tristeza en ella era serena, como si se despidiera de un amigo que había tenido una buena vida y se había ido en un sueño.

Ámbar estaba junto a Luna.

Eran dos nietas despidiéndose de su abuelo.

Luna, nuevamente, rompió en llanto.

───No estaba lista.

Pensé que todavía tenía mucho más tiempo para compartir con él.

Ámbar cerró los ojos, ocultando sus lágrimas.

───Nadie pensaba que se iría de un día para otro.

Pero él te quiso hasta el último día.

Eso nunca se va.

Su cariño para vos siempre quedará vivo.

Matteo apoyó una mano en la espalda de Luna, en silencio, respetando ese abrazo que parecía sostenerla en pie.

El sacerdote habló de una vida larga, una muerte tranquila y una despedida ideal.

Dijo que Alfredo ya descansaba en paz.

Ámbar no pensó en la paz.

Solo pensó en las tardes en la mansión junto a él, en las conversaciones sin apuro que tenían y en los consejos que ya no volverían.

El ataúd descendió lentamente.

Alfredo sería enterrado junto a su esposa, el amor de su vida, la madre de Sharon y Lili.

Cuando todo terminó, el silencio en el cementerio fue más fuerte que cualquier rezo.

Ámbar miró el lugar donde ya no estaba su abuelo.

Y entendió que ese vestido negro que llevaba no era solo para despedirlo.

Era para empezar a perder.

Se apartó unos pasos.

No fue una huida, sino que necesitaba algo de aire.

El murmullo de las voces, los abrazos contenidos, las manos que se estrechaban con palabras repetidas (lo siento, era un gran hombre, descansá en paz) empezaron a mezclarse en un fondo difuso.

Ella necesitaba aire.

Se detuvo cerca de un árbol, lo suficientemente lejos como para no ser vista, pero lo suficientemente cerca como para no desaparecer.

Desde allí vio a Luna aferrada a Matteo.

También vio a Miguel y Mónica hablando y observó a Rey, que estaba incómodo; como si nunca hubiera aprendido del todo qué hacer frente a la muerte.

Ella bajó la mirada.

Pensó en su abuelo.

En su voz tranquila y en la manera en que siempre parecía saber cuándo hablar y cuándo no.

───Ámbar.

La voz la sacó de sus pensamientos.

Alzó la vista y la vio a Elena.

Ella no sonreía, pero tampoco parecía triste.

Llevaba una tristeza distinta, de esas que se llevan con dignidad.

───Perdón…

No quería interrumpirte.

Solo quería saludarte y darte el pésame, Ámbar.

Ámbar aceptó y dio un pequeño paso hacia ella.

───Gracias por haber venido ───respondió, con una sonrisa sincera───.

Alfredo la quería mucho.

Elena dejó escapar una risa triste.

───Y yo a él.

Todas esas tardes de té compartidas ───negó con la cabeza───.

¿Quién diría que se vuelven recuerdos tan rápido?

Hubo un silencio breve.

Fue cómodo y necesario.

───¿Sabés?

───continuó Elena───.

En las últimas semanas él hablaba mucho de vos.

Ámbar levantó la mirada; estaba sorprendida.

───¿De mí?

Elena sonrió.

───Decía que eras una gran mujer.

Que lo estabas siendo de a poco y que lo ibas a ser todavía más.

Hablaba de tu futuro con un orgullo que no intentaba disimular.

Ámbar sintió un frío en su cuerpo.

No esperaba escuchar esas palabras.

───Él siempre veía cosas que uno no veía de sí mismo ───murmuró Ámbar.

───Eso decía de vos.

Que tenías una fortaleza distinta y que habías pasado por mucho.

Y aun así seguías de pie.

Alfredo admiraba eso de ti.

Elena dudó un segundo antes de seguir, pero decidió que era lo correcto seguir hablando.

───Luna era y es su nieta de sangre.

La que sonreía y sigue sonriendo igual que Lili.

Eso lo decía siempre.

Pero vos, Ámbar, vos eras su otro orgullo.

Ámbar no respondió de inmediato.

Solo tragó saliva y de repente, sus ojos se humedecieron, pero no dejó caer las lágrimas.

No ahora.

───Gracias, Elena ───dijo───.

De verdad que tus palabras me hacen bien.

Elena apoyó su mano sobre su hombro.

───Él estaría tranquilo sabiendo que lo escuchaste.

Cuando Elena se alejó, Ámbar volvió a quedarse sola.

Pero ya no era el mismo silencio.

Había algo distinto.

Incluso en la despedida, Alfredo había encontrado la manera de decirle lo que nunca necesitó decirle en vida.

Ámbar respiró hondo.

Se quedó mirando el suelo cuando sintió unos pasos conocidos acercarse.

No necesitó girarse para saber quién era.

Lo conocía perfectamente.

Simón se colocó detrás de ella con cuidado.

Apoyó una mano en su cintura y, sin apuro, inclinó el rostro para besarle el cuello con mucha suavidad.

Ella cerró los ojos.

───Mi reina ───siempre la trataba con esa dulzura───.

Cuando quieras, nos vamos.

Ella apoyó la frente contra su pecho, dejando escapar por fin un par de lágrimas que ya no intentó contener.

Simón la rodeó con sus brazos.

Porque algunas despedidas duelen, pero no se atraviesan solas.

Y Ámbar no lo estaba.

El departamento estaba en silencio cuando llegaron.

Era un silencio distinto al del cementerio.

Era más pequeño, más real.

El tipo de lugar donde cada objeto había sido elegido por ellos dos.

El sillón gris junto a la ventana, la taza de Ámbar siempre mal apoyada sobre la mesa y las zapatillas de Simón abandonadas en el pasillo.

Vivían juntos.

No como una aventura, sino como una decisión estable.

Ámbar dejó su abrigo sobre la silla y se quedó unos segundos de pie, como si el cuerpo recién ahora entendiera que el día había terminado.

El teléfono sonó en su mano.

───¿Delfi?

Del otro lado, estaba su amiga.

───Amiga, lo siento tanto ───lamentaba Delfina───.

Incluso lamento la distancia entre ambas.

No sabes cómo me hubiera gustado estar allí acompañándote.

Ámbar se sentó despacio en el sillón.

───Gracias, Delfi ───murmuró, cansada───.

Fue triste, pero se fue durmiendo.

Eso ayuda a no sentir tanta tristeza.

Delfina suspiró.

───Alfredo era un gran hombre.

Y estoy segura de que a vos te adoraba.

Ella hizo una pausa breve.

───Ahora estoy en París, pero si en algún momento necesitás hablar, llorar, gritar o simplemente quedarte callada, llámame.

A cualquier hora, ¿sí?

Ámbar cerró los ojos.

───Gracias, Delfi.

Te quiero mucho.

Se despidieron sin dramatismo, como hacen las amigas que ya no necesitan explicarse demasiado.

Cuando cortó, Simón estaba apoyado contra el marco de la cocina, observándola en silencio.

Se acercó sin decir nada y le ofreció un mate que había preparado.

───Está lavado ───advirtió, con una media sonrisa───.

Pero vale la pena.

Ámbar sonrió.

───Gracias.

Se quedaron unos segundos así, compartiendo ese mate en silencio.

───Estaba pensando en Sharon ───dijo ella, rompiendo el silencio───.

En cómo va a ser su vida ahora.

Después de todo, no pudo reconciliarse con su padre.

Y ahora él ya no esta más.

Me preocupa más su salud mental, que su ceguera.

───La ceguera no es solo no ver ───dijo Simón───.

Es vivir con recuerdos que a veces pesan más de lo que deberían.

Ámbar bajó la mirada.

Tocaba levemente su cabello.

───Ya se pierde en ellos, cada vez más.

A veces habla del incendio como si acabara de pasar.

De cuánto extraña a Lili y Bernie ───ella tragó saliva───.

Alfredo era su último familiar.

Simón se sentó frente a ella.

───Luna sigue siendo su último lazo de sangre.

Eso no es poco.

───Solo que ella aún no la visita y es como si no existiera ───respondió Ámbar, aunque rápidamente cambió de idea───.

Pero yo también soy su hija.

Aunque no compartamos sangre, también soy lo último que tiene.

Él la miró con ternura.

───Eso es lo que importa, mi reina ───dijo, con ese tono suave que arrastraba siempre algo de su tierra───.

La sangre no siempre define familia.

Vos sos su hija y sos su última luz.

Ámbar apoyó la cabeza en su hombro.

───Me da miedo que ella se apague aún más.

Que se quede sola en esa oscuridad.

Simón le besó el pelo con cuidado.

───Sharon no está sola.

No mientras estemos nosotros.

Ni tú, ni yo vamos a dejarla caer.

Te lo prometo, ¿va?

Ámbar cerró los ojos, como un gesto de gracias a Simón.

Él solo acariciaba su cabello una y otra vez.

Porque aunque el pasado empezaba a reclamar su lugar, el presente todavía tenía brazos donde apoyarse.

La habitación del centro donde vivía Sharon estaba en una penumbra permanente.

No porque fuera de noche, sino porque Sharon ya no distinguía esa diferencia.

Las cortinas estaban siempre corridas y el aire olía a desinfectante y a algo viejo, como recuerdos que nadie ventila.

Sentada al borde de la cama, Sharon hablaba.

───No fue así ───murmuró, con la cabeza levemente inclinada hacia la pared───.

Yo les dije que me esperaran.

Silencio.

Sus manos buscaban algo inexistente sobre las sábanas, como si tantearan un rostro que ya no estaba ahí.

───Lili ───susurró───.

No me mires así.

Vos sabés que no fue mi intención.

La pared no respondió.

Pero Sharon siguió hablando con ella.

───Bernie siempre decía que exageraba.

Que el fuego era solo miedo mío.

¿Te acordás?

───sonrió, una sonrisa rota───.

Yo también quise creerle.

Su respiración se volvió irregular.

───Después todo fue ruido.

Gritos, calor, ese olor…

───Se llevó una mano al pecho───.

Y yo parada ahí.

Mirando cómo se quemaba.

Siempre mirando cómo ardía su cuerpo.

Giró el rostro hacia otro punto vacío de la habitación.

Allí veía una figura observándola.

───Papá, vos sí me escuchabas cuando era solo una niña ───rápidamente cambio de pensamiento───.

Pero cuando crecí, dejaste de hacerlo.

Solo recibí críticas de ti.

Hizo una pausa larga y volvió a cambiar de pensamiento ───Pese a todo, ¿por qué te fuiste sin avisar?

Sus dedos temblaron.

Intentaba llorar sin éxito ───¿Ya estás con Mamá?

¿Ella te dijo que la extraño todos los días?

¿Qué a veces no puedo respirar de tanto arrepentimiento?

El silencio volvió a envolverla.

Sharon inclinó la cabeza, agotada.

───No me vengas a buscar todavía ───pidió───.

Todavía no.

Una lágrima le recorrió la mejilla ciega.

───Déjame quedarme un poco más.

Tengo que cuidar lo que queda.

Tengo que cuidar a Ámbar.

Se quedó quieta.

Como si escuchara pasos que solo existían en su memoria.

Como si la muerte estuviera sentada frente a ella, esperándola.

Y por primera vez en mucho tiempo, Sharon no la desafiaba.

Solo le pedía tiempo a la muerte.

Jazmín estaba parada frente a la puerta del edificio con los brazos cruzados y una bolsa de facturas aplastada contra su pecho.

───Bueno ───dijo, mirando el timbre como si fuera un enemigo───.

Plan A: Entramos, la abrazamos fuerte y no decimos ninguna boludez.

Emilia levantó una ceja.

───¿Tú?

───preguntó───.

Imposible.

───Che, Emilia ───se quejó Jazmín───.

Estoy sensible.

Hoy soy una persona madura, empática y…

───Y mentirosa ───la interrumpió Emilia, sin mirarla.

Jazmín suspiró exageradamente.

───Ok, Plan B.

Decimos algo lindo.

Y si se me escapa una palabra de mierda, vos me pegás un codazo.

───No.

Si decís una burrada, te dejo sola con la culpa.

───Qué amiga hermosa sos.

Emilia respiró hondo y bajó un poco la voz.

───Escúchame ───dijo, ya más seria───.

Ámbar no necesita que le arreglemos la vida.

Necesita saber que estamos.

Solo eso.

Jazmín asintió, por una vez sin chiste.

Y preguntó.

───¿Y si ella llora?

───La dejamos llorar.

───¿Y si yo lloro?

───Te aguantás.

No sos la protagonista hoy.

Jazmín apretó los labios, conteniendo una risa nerviosa.

───Okey ───tocó el timbre───.

Vamos a salvar el día de Ámbar o arruinarlo un poco menos.

La puerta se abrió.

Simón apareció del otro lado con esa sonrisa cansada que se aprende a usar en los días difíciles.

───Hola, chicas.

Pasen.

Jazmín entró primera y Emilia la siguió, más tranquila.

Ámbar estaba sentada en el sillón, con los ojos hinchados.

Jazmín no dijo nada.

Simplemente corrió y la abrazó.

Un abrazo fuerte y algo torpe.

Pero necesario.

───La puta madre, Ámbar.

Te juro que si el mundo fuera justo, hoy estaríamos comiendo helado y hablando mal de gente.

No lamentando pérdidas.

Ámbar soltó una risa ahogada entre lágrimas.

Emilia se acercó después y la tomó del rostro con ambas manos.

───Ey, mírame.

Ámbar levantó la vista.

───No estás rota.

Solo estás triste y eso no se arregla rápido, ni bonito.

Jazmín se separó un poco.

───Pero igual ───agregó───, si querés llorar, gritarnos o mandar todo al carajo; estamos aquí para eso.

───Sí ───asintió Emilia───.

Pero nada de guardártelo todo, ¿eh?

Porque eso después explota y es un desmadre.

Jazmín la miró.

───¿”Desmadre”?

¿En serio?

───Jazmín, soy mexicana.

Hablo así.

Ámbar se secó las lágrimas.

───Gracias a ambas por estar ───dijo, con la voz quebrada───.

De verdad.

Jazmín la miró seria por apenas dos segundos.

───Bueno, listo.

Momento emotivo terminado.

Ahora decime: ¿comiste algo o estás sobreviviendo a base de tristeza y mate?

Emilia suspiró.

───Ves.

Por esto no la dejé hablar primero y aun asi la jode.

Pero Ámbar ya estaba sonriendo.

Y por segunda vez en todo el día, no se sentía sola.

───Bueno ───dijo Jazmín, mirando alrededor del departamento como si evaluara una escena del crimen───.

No está mal.

Es chiquito, sí.

Pero acogedor.

Muy “Ámbar en modo adulta responsable”, ¿no?

Ámbar soltó una sonrisa.

Emilia, en cambio, le dio un codazo de inmediato.

───Jazmín, no es momento de evaluar metros cuadrados.

───Ey, estoy animándola ───se defendió───.

¿O preferís que me ponga profunda?

Porque puedo, pero aviso; no soy buena llorando en silencio.

Eso bastó para que Ámbar riera nuevamente de manera breve y sincera.

Era una risa cansada, pero real.

Jazmín se acercó y la rodeó con los brazos.

───Te juro que si pudiera cambiar cosas del mundo, empezaría por esta ───lamentó───.

No se debería morir la gente buena, ¿sabes?

Es injusto.

Y encima Alfredo, que era un viejo bueno.

La vida es una estafa emocional.

───Era muy bueno con ella ───dijo Emilia, más seria, mirando a Ámbar───.

Se notaba.

Ámbar bajó la mirada.

───Siempre me hacía sentir suficiente.

Incluso cuando yo no lo era.

Emilia no dijo nada.

Solo se sentó a su lado, apoyando el hombro contra el suyo.

Jazmín, fiel a su estilo, decidió no dejar que el ambiente se hundiera demasiado.

───Además, Alfredo estaría ofendido si nos ve a todas con cara de funeral perpetuo.

El tipo se fue durmiendo.

Eso es clase y estilo.

Yo quiero morir así; sin drama y sin avisar.

───No digas tonterías ───la retó Emilia, aunque sonreía.

───¿Tonterías?

Eso fue una reflexión filosófica.

Las tres se quedaron un rato más así.

Charlando de cosas mínimas, anécdotas viejas y cualquier cosa que no fuera la palabra muerte, aunque flotara igual, inevitablemente.

Cuando Jazmín y Emilia se fueron, el departamento volvió a quedar en silencio.

Uno más profundo.

Ámbar se metió en la cama sin prender la luz.

Se acostó de costado, mirando la pared, con el cuerpo cansado y la cabeza despierta.

El día entero le pesaba en el cuerpo.

Pensaba en Alfredo.

En su voz y en la forma en que siempre parecía saber qué decir, incluso cuando no decía nada.

Una lágrima le cayó en silencio ante ese recuerdo.

Ella sintió el colchón hundirse a su espalda.

Simón se acomodó despacio, como si temiera romper algo frágil.

Le pasó un brazo por la cintura y acercó su cuerpo al de ella.

───Mi reina, mi sol.

No tienes que ser fuerte ahora.

Puedes permitirte llorar.

Ámbar cerró los ojos.

Otra lágrima se escapó.

───Me duele ───admitió───.

Y me siento ridícula por sentirme así.

Era mi abuelo y se fue durmiendo.

Una hermosa muerte tuvo, pero….

───Era tu abuelo ───la interrumpió Simón, con suavidad───.

El que estuvo presente en estos años.

El que te amó y te demostró su cariño.

Por supuesto que su ausencia te duele.

Ella se dio vuelta para mirarlo.

Sus ojos estaban rojos, hinchados, vulnerables de una forma que pocas veces se permitía.

───Tengo miedo por Sharon y todo lo demás.

Simón le limpió las lágrimas.

───Amor ───dijo, con ese acento que se le marcaba más cuando hablaba desde el corazón───.

El miedo no significa que estés yendo mal.

Significa que estás avanzando.

Ella se apoyó en su pecho.

───Alfredo decía algo parecido.

Él sonrió.

───Entonces era un hombre mucho más sabio de lo que era.

Se quedaron en silencio unos segundos.

Simón la abrazó más fuerte.

───Yo sé que hoy fue duro, pero quiero que sepas algo.

Tú no estás sola.

No ahora, ni mañana.

No cuando empiecen las preguntas raras ni cuando el pasado quiera volver a tocar la puerta por medio de Sharon.

Ella tomó aire.

───Te amo ───dijo, casi como un pensamiento en voz alta.

───Y yo a vos, reina ───respondió él, besándola───.

Te amo con todo lo bueno y todo lo malo.

Ella se acomodó mejor entre sus brazos.

El mundo seguía siendo incierto y el pasado seguía incompleto.

Pero, por esa noche, había algo firme donde apoyarse.

Y a veces, eso era suficiente.

Simón la sostuvo unos segundos más.

El silencio volvió a acomodarse entre los dos.

Ámbar respiró hondo, como si juntara valor.

───Mañana voy a verla.

Simón no preguntó a quién.

Ya sabía la respuesta.

───¿A Sharon?

Ella asintió, sin levantar la mirada.

Simón le acarició la espalda con lentitud.

───Va a salir todo bien, mi reina.

Ámbar sonrió con tristeza y Simón la besó con ternura.

───Descansá.

Mañana va a ser otro día.

Ámbar cerró los ojos, aferrándose a él.

Mañana volvería a visitar a Sharon.

Y con ella, los recuerdos que nadie logró enterrar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo