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Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 02 Lo que no se dijo
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4: 02 | Lo que no se dijo 4: 02 | Lo que no se dijo Ámbar estaba medio despierta cuando sintió el olor.

No abrió los ojos de inmediato.

Se quedó quieta reconociendo ese aroma tibio a café recién hecho.

───Buen día, mi reina ───susurró Simón, muy cerca.

Ella sonrió antes de hablar.

───¿Qué hora es?

───La suficiente como para despertarte con desayuno ───respondió él, apoyando la bandeja que también tenía un pan tostado───.

Y como para robarte un beso.

Se inclinó y la besó despacio, sin apuro, con esa confianza que nace cuando ya no hay que preguntar nada.

Un beso robado y bastante largo.

Parecía que él quería seguir junto a sus labios.

───Eso fue hermoso ───murmuró Ámbar───.

Así cualquiera se levanta.

Simón rio bajo y volvió a besarla, esta vez en la mejilla y después en la frente.

───Café con leche y tostadas.

Nada especial, pero hecho con amor.

Ella se incorporó un poco, apoyándose contra las almohadas.

Simón se sentó al borde de la cama y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja con un gesto distraído, íntimo.

───Gracias ───dijo ella───.

De verdad.

───Hoy te cubro en el Jam & Roller ───agregó él, como quien dice algo simple───.

No quiero que llegues tarde a tu visita con Sharon.

Ámbar bajó la mirada un segundo.

───Simón…

───Ey ───la interrumpió con suavidad───.

No se discute.

Vos hoy vas con Sharon.

Yo me quedo en el Roller.

Se inclinó para besarle el hombro desnudo, lento, dejando el gesto apoyado un segundo más de lo necesario.

───Además, me gusta verte salir sabiendo que estás cuidando a alguien.

Ámbar le acarició la nuca, acercándolo otra vez.

───Sos demasiado bueno conmigo.

───No ───corrigió él, apoyando la frente contra la suya───.

Soy bueno porque te amo.

Ella cerró los ojos, respirando hondo, y lo abrazó fuerte.

Simón la rodeó sin dudar, acomodándola contra su pecho como si ese fuera su lugar natural.

───A veces pienso en París ───confesó ella, con la voz baja───.

En lo distinto que habría sido todo.

Simón le besó el cabello.

───Y aun así elegiste quedarte.

───No quería estar sola.

Ni empezar de cero lejos de acá…

lejos de vos.

───Seguís estudiando.

A distancia, pero seguís.

No estamos viviendo del aire.

Ámbar rió.

───Menos mal.

Simón volvió a besarla, esta vez con más calma, como si el mundo pudiera esperar.

───Te espero a la vuelta.

Y esta noche, te mimo yo.

Ella lo miró, con esa sonrisa que solo le regalaba a él.

───Promesa peligrosa.

───Promesa firme ───respondió, robándole un último beso antes de levantarse.

Ámbar se quedó un segundo más en la cama, viéndolo alejarse por el pasillo.

Pensó que el día iba a ser difícil.

Sharon la esperaba y el pasado no descansaba.

Pero también pensó que había brazos que la sostenían.

Y eso hacía toda la diferencia.

Ámbar cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera hacer ruido aunque ya estuviera despierta del todo.

En el pasillo, el eco de sus pasos le devolvió una sensación conocida: esa mezcla de decisión y temblor que siempre aparecía antes de lo importante.

Simón la acompañó hasta la puerta.

No dijeron mucho.

No hacía falta.

Él la besó una vez más, esta vez como apoyo.

───Estoy a un mensaje de distancia ───le recordó.

Ámbar asintió.

───Y yo a una excusa para volver temprano ───respondió, intentando sonreír.

Simón la miró un segundo más, como si quisiera memorizarla así, entera.

───Todo va a estar bien.

Ella no respondió.

Solo apoyó la frente en su pecho un instante más…

y después se fue.

En la calle, el aire estaba fresco.

El ruido de la ciudad la envolvió de golpe: autos, voces, pasos ajenos.

Todo seguía igual.

Demasiado igual.

Mientras caminaba, pensó en Alfredo.

En cómo siempre decía que algunas visitas no se eligen, pero se deben hacer.

En cómo le había tomado la mano la última vez que se vieron, con una fuerza que no coincidía con su cuerpo cansado.

Pensó en Sharon.

En su voz.

En esos silencios suyos.

En las veces que había dicho mi hija sin dudar, incluso cuando la cabeza empezaba a fallarle.

Ámbar apretó los dedos dentro del abrigo.

No sabía qué iba a encontrar al llegar.

Tampoco qué iba a recordar Sharon, ni qué iba a remover en ella.

Ámbar se detuvo frente al edificio un segundo antes de entrar.

La fachada era neutra, prolija, casi amable.

Como si intentara disimular todo lo que se acumulaba adentro.

Respiró hondo y empujó la puerta.

El olor fue lo primero.

Desinfectante, café viejo y algo más difícil de nombrar.

Un olor a espera.

En recepción, una mujer levantó la vista.

───¿A quién venís a ver?

───A Sharon Benson ───respondió Ámbar, con una seguridad que no sentía del todo.

La mujer tecleó algo.

───Habitación 214.

Podés pasar.

Está despierta.

Como si eso fuera un estado frágil.

Como si pudiera cambiar en cualquier momento.

El pasillo era largo y silencioso.

Las luces blancas no dejaban sombras donde esconderse.

Cada paso le pesaba más que el anterior.

Ámbar apretó la correa del bolso con fuerza, como si eso pudiera anclarla.

Pensó en darse vuelta.

En postergarlo un día más.

Pensó en Simón, en su abrazo de la mañana.

En el “estoy a un mensaje de distancia”.

Siguió caminando.

Frente a la puerta 214, dudó.

Levantó la mano para tocar y la bajó.

Repitió el gesto.

La tercera vez, golpeó apenas, casi simbólico.

───¿Sharon?

───dijo, desde afuera───.

Soy yo.

No hubo respuesta inmediata.

Ámbar apoyó la frente contra la puerta cerrada.

Sintió el frío de la madera atravesarle la piel.

───Soy Ámbar ───repitió, más bajo───.

Vine a verte.

Desde adentro, una voz llegó lenta, quebrada, como si viniera de muy lejos.

───Pasá…

Ámbar giró el picaporte.

La habitación estaba en penumbra.

Las cortinas corridas, la luz artificial encendida incluso de día.

Sharon estaba sentada en la cama, con la espalda encorvada y las manos quietas sobre las sábanas, como si esperaran algo que no llegaba.

Ámbar dio un paso adentro.

Después, otro.

───Hola, Sharon.

Sharon levantó el rostro despacio.

Sus ojos, perdidos en un punto impreciso, parecieron buscarla sin encontrarla del todo.

───¿Llegaste?

───preguntó───.

Pensé que…

───se quedó en silencio───.

Pensé que venías más tarde.

Ámbar tragó saliva.

───Llegué ───repitió───.

Estoy acá.

Sharon sonrió apenas.

Una sonrisa cansada, frágil.

───Siempre llegás.

Aunque a veces no te vea.

Ámbar se acercó a la cama.

Le tomó la mano con cuidado, como si fuera de vidrio.

───No me voy ───dijo───.

No hoy.

Sharon apretó sus dedos con una fuerza inesperada.

───Menos mal ───susurró───.

Hoy…

hoy es un día difícil.

Hubo un silencio espeso.

───¿Sabés qué día es?

───preguntó Sharon, de pronto.

Ámbar negó despacio.

───El día en que entendí que nunca iba a ser suficiente para él.

───¿Alfredo?

Sharon soltó una risa seca.

───Claro que Alfredo.

Siempre él.

El hombre correcto, el padre ejemplar ───cerró los ojos───.

El que nunca me miró como miraba a Lili.

Ámbar sintió un nudo en el pecho.

───Yo era la responsable ───continuó Sharon───.

La de las notas altas y la de los títulos universitarios.

La que no fallaba ───hizo una pausa───.

Pero la preferida era Lili.

───¿Por qué?

───preguntó Ámbar.

───Porque ella era la artista ───respondió Sharon, como si eso lo explicara todo───.

Porque brillaba sin esfuerzo.

Porque tenía talento.

Sharon abrió los ojos y la miró por primera vez con claridad.

───Como Luna.

Ámbar se tensó.

───Sol ───corrigió, casi por reflejo.

───Sol, Luna…

───Sharon hizo un gesto vago───.

Da lo mismo.

Ella es el talento y vos sos la cabeza ───apretó la mano de Ámbar───.

Igual que yo y mi hermana.

Ámbar retiró la mano despacio.

───No somos iguales.

Sharon frunció el ceño.

───Claro que sí.

A vos te pasó lo mismo.

───No ───dijo Ámbar, con la voz firme───.

No me pasó lo mismo.

El silencio volvió a caer.

Ámbar apretó los puños.

───¿Y vos?

───preguntó, con la voz más tensa───.

¿Por qué conmigo siempre fuiste fría?

Sharon no respondió de inmediato.

───Yo te quise ───dijo al fin───.

A mi manera.

───No ───la interrumpió Ámbar───.

Vos me criaste, sí.

Pero nunca me abrazaste sin rigidez.

Nunca me miraste sin medir.

Siempre sentí que tenía que agradecerte algo.

Sharon cerró los ojos.

───Porque debías hacerlo.

Ámbar quedó inmóvil.

───¿Cómo?

───Porque alguien más te trajo al mundo ───dijo Sharon, dura───.

Y yo me quedé con las consecuencias.

El aire se cortó.

───Sylvana te dio la vida ───continuó───.

Yo te di todo lo demás.

Eso no es poco.

Ámbar sintió que algo se rompía por dentro.

───¿Eso pensás de mí?

───susurró───.

¿Qué soy una deuda?

───No ───dijo Sharon, pero sin convicción───.

Sos…

una elección.

Ámbar negó con la cabeza.

───Siempre fui la que tenía que entender ───dijo───.

La que no podía fallar.

La que no podía brillar demasiado.

Sharon respiró con dificultad.

───Porque si brillabas, yo desaparecía ───admitió───.

Y eso también es culpa de ellos.

───¿De quiénes?

Sharon levantó la voz por primera vez.

───De Alfredo y Bernie.

De Lili ───Escupió los nombres───.

De todos los que te dijeron que eras demasiado fría, demasiado ambiciosa, demasiado poco artista.

Ámbar se detuvo apenas un segundo.

Ella no había conocido a Lili ni a Bernie.

Pero no tuvo fuerzas para corregirla.

No ahora.

───No puedo con esto ───dijo, con la voz quebrada.

Se dio vuelta y caminó hacia la puerta.

───Ámbar, esperá ───rogó Sharon───.

No te vayas.

Sharon entraba en crisis.

───¡No fue tu culpa!

───gritó Sharon, desesperada───.

¡Fue de ellos!

¡De Lili!

¡De Alfredo!

¡De Bernie!

Ámbar salió al pasillo.

───¡No te vayas como ella!

───alcanzó a gritar Sharon───.

¡No me dejes sola!

La puerta se cerró.

Ámbar caminó rápido.

Después, casi corrió.

Sabía que Sharon seguía hablando detrás de esa puerta.

Mezclando nombres, tiempos y culpas.

Simón empujó la puerta del Jam & Roller con el hombro, cargando una bolsa de medialunas bajo el brazo y el celular vibrándole en el bolsillo.

───Buen día al templo del caos ───murmuró.

───¡Ey!

───gritó Jazmín desde atrás del mostrador───.

Respeta el lugar sagrado.

───¿Sagrado?

───Simón dejó la bolsa sobre la barra───.

La última vez encontré un patín arriba de la cafetera.

───Era decorativo ───respondió Emilia, sentada en una mesa, revisando papeles───.

Arte contemporáneo.

Simón la miró y negó con la cabeza.

───En México a eso le decimos falta de supervisión adulta.

Emilia levantó la vista, interesada.

───Ah, sí.

Allá decimos es martes.

Jazmín frunció el ceño.

───¿De qué están hablando?

───Códigos culturales ───respondió Emilia, muy seria───.

No estás lista.

Simón sonrió de costado.

───Todavía.

───Para ───dijo Jazmín───.

¿Ustedes dos se están entendiendo?

───Lamentablemente, sí ───dijo Simón───.

Es como cuando dos personas saben que el picante no se mide, se siente.

───Exacto ───asintió Emilia───.

Si no pica, no sirve.

Jazmín los miró, desconcertada.

───Yo no entiendo nada, pero esto huele a alianza peligrosa.

Simón dejó la bolsa sobre la barra.

───Ámbar me dejó a cargo ───dijo, acomodándose───.

Así que si todo explota, no es culpa mía.

───¿La fue a visitar a Sharon?

───preguntó Jazmín, bajando un poco el tono.

Simón asintió.

───Sí.

Emilia apoyó los codos en la mesa.

───Bueno ───dijo───.

Entonces hoy trabajamos bien, rápido y sin dramas…

o sea, como siempre, pero fingiendo.

───Gracias por el apoyo emocional ───ironizó Simón.

───Para eso estamos ───respondió Jazmín───.

Yo hago chistes malos y Emilia te juzga en silencio.

───No es silencio ───corrigió Emilia───.

Es desaprobación elegante.

───Muy latina de tu parte ───dijo Simón.

───Muy mexicana de la tuya ───devolvió ella, sin levantar la mirada.

Jazmín los señaló.

───Esto.

Esto es lo que digo.

¿Cuándo pasó?

───No pasó ───dijo Emilia───.

Simplemente coincidimos en el sarcasmo.

───Y en la supervivencia ───agregó Simón.

Simón se apoyó un segundo en la barra y se pasó una mano por la cara.

───A veces me olvido de respirar ───admitió.

───Eso es porque convivís con Ámbar ───dijo Jazmín───.

Una experiencia intensa.

───O porque la amas ───dijo Emilia, sin mirarlo───.

Eso también cansa.

Simón sonrió, sincero.

───Un poco de las dos.

Jazmín los miró otra vez, entrecerrando los ojos.

───Ok.

No sé qué está pasando acá, pero lo voy a observar con pochoclos.

Emilia se levantó y fue hasta la cafetera.

───Café ───dijo, sirviéndole una taza───.

En México esto cuenta como contención emocional, ¿no?

───Sí ───respondió Simón───.

Si está caliente y sin preguntas, es amor.

Jazmín suspiró.

───Me rindo.

El local empezó a llenarse de ruido: ruedas sobre la pista, música baja, risas.

La vida seguía girando, incluso cuando por dentro todo estaba en pausa.

Simón miró el celular.

Ningún mensaje nuevo.

Lo guardó.

───Está bien ───dijo en voz baja───.

Estoy aquí.

Y por ahora, eso alcanzaba.

Emilia estaba de espaldas, peleando con la cafetera.

───Te juro que esta cosa me odia ───murmuró.

───No ───dijo Jazmín, acercándose───.

Te está probando.

───Bueno, ya perdí.

La máquina hizo un ruido extraño y el café empezó a chorrear para cualquier lado.

Emilia dio un paso atrás, resignada.

───Listo.

Ya me rindo.

Jazmín se inclinó rápido, apagó la cafetera y tomó un trapo del mostrador.

───Esperá ───dijo───.

Así no.

Le limpió las manos sin pensarlo demasiado, con cuidado, como si fuera lo más natural del mundo.

Emilia se quedó quieta, sorprendida.

───Gracias ───dijo, más bajo de lo habitual.

Jazmín levantó la vista.

───Nada ───respondió───.

No me gusta que te quemes.

Hubo un segundo extraño.

Breve.

No incómodo, pero distinto.

Emilia sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.

───Eso sonó…

───empezó.

───Práctico ───la cortó Jazmín rápido───.

Son reflejos.

Emilia sonrió apenas.

───Claro.

Reflejos.

Jazmín volvió al mostrador, algo colorada.

Emilia se quedó mirando sus manos limpias un segundo más, como si todavía sintiera el contacto.

Desde lejos, Simón las observó sin decir nada.

Solo arqueó una ceja.

El café siguió saliendo mal.

Pero algo, sin que ninguna lo nombrara, había quedado funcionando mejor.

El jardín de la mansión Benson estaba quieto.

Demasiado prolijo y verde.

Como si el dolor no tuviera permiso para entrar ahí.

Ámbar estaba sentada en uno de los bancos de hierro, con el cuerpo encorvado y las manos apretadas sobre el regazo.

Las lágrimas le caían sin ruido, pesadas, acumuladas.

No lloraba con rabia.

Lloraba con cansancio.

Amaba a Sharon.

Siempre la había amado.

Incluso ahora.

Sabía que estaba enferma.

Que su mente se perdía.

Que decía cosas que no siempre eran justas.

Pero eso no hacía que dolieran menos.

Sacó el celular del bolso.

Lo sostuvo un segundo largo.

El nombre de Simón brilló en la pantalla.

Estoy a un mensaje de distancia.

Inspiró hondo.

No llamó.

No, todavía.

───Ámbar…

La voz la tomó por sorpresa.

Levantó la cabeza rápido, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Mónica estaba a pocos pasos, con el gesto preocupado, sin cartera, sin apuro.

Como si hubiera sentido que algo no estaba bien.

───¿Qué sucedió?

───preguntó, acercándose───.

¿Por qué estás llorando así?

Ámbar intentó hablar, pero no pudo.

Negó con la cabeza.

Mónica no insistió.

Se sentó a su lado y, sin pedir permiso, la rodeó con un brazo firme, cálido.

Un abrazo distinto.

De esos que no aprietan, pero sostienen.

───Sharon ───logró decir Ámbar al fin───.

Hoy…

fue mucho.

Mónica suspiró despacio.

───Lo imaginé.

───Yo sé que no está bien ───continuó Ámbar, con la voz quebrada───.

Lo sé.

Pero dijo cosas…

cosas que no puedo sacarme de la cabeza.

───Las palabras duelen más cuando vienen de quien amamos ───dijo Mónica───.

Incluso cuando no están dichas desde la razón.

Ámbar bajó la mirada.

───A veces siento que nunca fui suficiente ───confesó───.

Que siempre tuve que entender, adaptarme, agradecer.

Como si hubiera algo que me faltara…

o algo que no termino de saber.

Mónica la miró con atención.

No con lástima.

Con algo más profundo.

───¿Nunca te preguntaste por qué eres tan dura contigo misma?

Ámbar levantó la vista.

───¿Cómo…?

───Eres inteligente, fuerte, responsable ───enumeró───.

Pero siempre estás midiendo tu lugar.

Como si en cualquier momento alguien pudiera decirte “no perteneces aquí”.

Ámbar tragó saliva.

───A veces siento eso ───admitió───.

Como si hubiera piezas que no encajan del todo.

Mónica apoyó una mano sobre la de ella.

───Porque hay historias que, cuando no se dicen, se filtran igual ───dijo con suavidad───.

En silencios, con culpas que no son nuestras y en preguntas que nadie nos dejó hacer.

Ámbar frunció el ceño.

───¿Qué querés decir?

Mónica dudó un segundo.

Apenas.

Lo justo.

───Que quizá ya es hora de que empieces a hacerlas.

El viento movió las hojas del jardín.

Ámbar sintió un escalofrío.

───¿Preguntas sobre qué?

Mónica sostuvo su mirada.

───Sobre ti.

Sobre tu origen.

Sobre lo que se decidió por ti cuando eras muy niña.

Ámbar se quedó inmóvil.

───Yo nunca quise remover eso ───dijo───.

Sharon me dio todo.

───Y eso no se discute ───respondió Mónica───.

Pero agradecer no significa renunciar a saber quién eres.

Ámbar sintió que algo se acomodaba…

y al mismo tiempo se desarmaba.

───Tengo miedo ───susurró───.

De encontrar algo que no me guste.

O de romper lo poco que queda.

Mónica sonrió apenas.

───La verdad no rompe lo que es real ───dijo───.

Solo lo que estaba sostenido por silencios.

Ámbar cerró los ojos.

Pensó en Sharon.

En Simón.

En ese vacío que empezaba a tener forma.

Cuando volvió a mirar, Mónica seguía ahí.

───No tienes que hacerlo hoy ───añadió───.

Ni sola.

Pero cuando estés lista…

buscá.

No para culpar.

Para entender mejor.

Ámbar asintió despacio.

───Gracias ───dijo───.

De verdad.

Mónica le apretó la mano.

───Siempre estoy para ti, Ámbar.

Ámbar miró otra vez el celular.

Esta vez sí, escribió.

Estoy bien.

Después te llamo.

Guardó el teléfono.

El jardín seguía igual.

Pero algo, muy adentro, acababa de moverse.

Y por primera vez, Ámbar sintió que el pasado no solo dolía.

También llamaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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