Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 03 La forma de no estar sola
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5: 03 | La forma de no estar sola 5: 03 | La forma de no estar sola Ámbar se quedó un rato más en el jardín después de que Mónica se fue.
No lloraba ya.
Tenía los ojos secos, la garganta tirante, como si el cuerpo hubiera gastado todas las lágrimas disponibles.
El banco de hierro estaba frío en la espalda.
El jardín seguía impecable, ajeno, como si no registrara lo que acababa de pasar ahí.
Pensó en Sharon.
En lo dicho y no dicho.
Pensó, sobre todo, en esa frase que Mónica había dejado flotando sin imponerla: Cuando estés lista, buscá.
No sabía qué significaba exactamente.
Solo sabía que algo había empezado a moverse y que no tenía cómo volver a acomodarlo en su lugar anterior.
Se levantó despacio y entró a la casa; el interior de la mansión Benson estaba en silencio.
No un silencio tenso, sino uno raro, deshabitado.
La ausencia de Alfredo se sentía en detalles mínimos: ningún comentario desde el sillón, ninguna indicación innecesaria, ninguna presencia marcando territorio.
Ámbar caminó sin rumbo fijo hasta detenerse.
Se sentó un momento, con las manos entrelazadas, respirando hondo.
Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer después.
───Ámbar.
La voz la sacó de sus pensamientos.
Luna estaba con Matteo a su lado.
No la habían estado buscando.
Simplemente la habían encontrado.
───Perdón ───dijo Luna───.
No queríamos asustarte.
───No me asustan ───respondió Ámbar───.
Estaba…
nada.
Pensando.
Matteo asintió, respetuoso.
───Te vemos cansada ───dijo───.
Si querés estar sola, lo entendemos.
Ámbar negó.
───No.
Gracias.
Hubo un pequeño silencio.
No incómodo.
Honesto.
Luna miró alrededor, como si recién entonces tomara conciencia plena del espacio.
───¿Sabés qué me sucede?
───dijo───.
La casa está hermosa…
pero se siente enorme sin nuestro abuelo.
Ámbar la miró.
───Sí ───respondió───.
Yo también lo siento así.
Luna dudó un segundo.
───Con Matteo pensamos…
───se interrumpió, buscó las palabras───.
Íbamos a comer algo liviano.
Nada formal.
Y…
no sé.
Tal vez estaría bien hacerlo juntos.
Para que no se sienta tan vacío todo.
Matteo sonrió apenas.
───Sin discursos ───aclaró───.
Sin solemnidad.
Ámbar los observó.
La naturalidad.
El cuidado.
La invitación sin obligación.
───Me parece bien ───dijo al fin───.
Gracias.
Luna sonrió, aliviada.
───Buenísimo.
Prepararé algo entonces para los tres.
Cuando se quedó sola, Ámbar sacó el celular del bolso.
Marcó un nombre que conocía de memoria.
───¿Hola?
───respondió Simón enseguida.
───Soy yo ───dijo ella───.
Estoy bien.
───¿Segura?
───Sí.
Cansada…
pero bien.
Hubo una pausa mínima.
───Luna me invitó a almorzar acá ───continuó───.
Con Matteo.
Para no dejar la mansión tan sola.
Simón sonrió del otro lado, ella lo supo sin verlo.
───Me parece perfecto ───dijo───.
Me avisás después cómo estás y qué sucedió con Sharon, ¿sí?
───Sí.
───Te pienso ───agregó él, suave.
───Yo también, amor.
Cortó.
Ámbar respiró hondo.
No tenía todas las respuestas.
Ni siquiera tenía claras las preguntas.
Pero ya no estaba completamente sola en el silencio.
Y, por ahora, eso alcanzaba.
El almuerzo fue sencillo, casi improvisado.
Una ensalada tibia, pan recién cortado, agua con rodajas de limón.
Nada que pretendiera ocupar el lugar de los almuerzos largos de Alfredo (con comentarios innecesarios y silencios densos).
Esto era otra cosa.
Más liviano.
Más frágil también.
───Simón hoy está cubriéndome en el Roller ───comentó Ámbar mientras acomodaba el plato───.
Le dejé todo armado para que no se le complique.
Luna sonrió.
───Siempre es así de compañero, ¿no?
───Siempre ───respondió Ámbar, sin dudar───.
Incluso cuando yo me nublo, él me ayuda.
Matteo asintió, masticando despacio.
───Eso no es tan común ───dijo───.
Menos cuando las cosas se ponen difíciles.
Comieron unos segundos en silencio.
No incómodo.
Natural.
───¿Y vos?
───preguntó Luna───.
¿Cómo estás hoy?
Ámbar apoyó el tenedor.
Dudó apenas.
No había pensado decirlo en voz alta…
pero ya estaba ahí.
───Fui a ver a Sharon esta mañana.
Luna levantó la vista de inmediato.
Matteo también.
───¿De verdad?
───dijo ella, suave───.
No sabía que irías.
───No se lo conté a nadie ───aclaró Ámbar───.
Fue…
espontáneo.
Hubo un silencio breve, expectante.
───¿Y cómo la encontraste?
───preguntó Matteo, con cuidado.
Ámbar exhaló despacio.
───Mal ───dijo───.
Muy mal.
Confundida.
Mezclando tiempos, nombres…
───hizo una pausa───.
Diciendo cosas que duelen…
aunque sepas que no vienen desde un lugar sano.
Luna bajó la mirada un segundo.
───Debe ser durísimo para ti.
───Lo es ───admitió Ámbar───.
Porque la amo.
Y porque sé quién fue…
pero ya no siempre es ella.
Juntó las manos sobre la mesa.
───Por eso…
───levantó la vista hacia Luna─── quería preguntarte algo.
Luna la miró, atenta.
───¿Alguna vez pensaste en visitarla?
Matteo se quedó quieto.
Luna tardó un segundo en responder.
───Sí ───dijo al fin───.
Lo pensé.
Ámbar sostuvo la respiración.
───Pero no lo hice ───continuó Luna───.
Y no es por falta de cariño.
───Lo sé ───dijo Ámbar rápido.
───Es que…
───Luna buscó las palabras───.
Sharon siempre fue una figura difícil para mí.
Incluso antes de que enfermara.
Y verla así…
no sé si me haría bien.
Ni a ella.
Ámbar asintió, comprendiendo.
───A veces la distancia también es una forma de cuidado ───agregó Matteo.
───Exacto ───dijo Luna───.
Prefiero recordarla como fue.
No exponerme a algo que no sabría cómo manejar.
Ámbar bajó la mirada.
───Entiendo ───murmuró───.
Solo quería saberlo.
Luna estiró la mano sobre la mesa y tocó la de ella.
───Que tú estés ahí ya es mucho, Ámbar.
De verdad.
El almuerzo terminó sin más palabras pesadas.
Recogieron los platos.
El gesto simple de compartir había cumplido su función.
Cuando Ámbar tomó el bolso para irse, el ruido de unos pasos se escuchó.
───¿Ya te vas?
Mónica apareció en la entrada, con las llaves en la mano.
───Sí ───respondió Ámbar───.
Iba a tomar un taxi.
Mónica negó.
───Ni hablar.
Te llevo yo.
Ámbar dudó apenas.
───¿Estás segura?
───Sí ───dijo Mónica───.
Además…
me viene bien salir.
Ámbar aceptó con una pequeña sonrisa agradecida.
El Jam & Roller empezaba a vaciarse de a poco.
La música seguía sonando, pero más baja, como cansada.
Las ruedas ya no chillaban tanto contra la pista y el aire tenía ese olor a final de jornada: café viejo, desinfectante y algo dulce que nadie supo identificar nunca.
Simón terminó de cerrar la caja y estiró los brazos.
───Listo ───dijo───.
Sobrevivimos.
───No cantes victoria ───respondió Jazmín desde el mostrador───.
Falta que revises el depósito.
Simón la miró.
───Eso no estaba en el contrato emocional.
───Está en el contrato real ───aclaró Emilia, guardando unos papeles con precisión quirúrgica───.
Página tres.
Letra chica.
───¿Vos lees la letra chica?
───preguntó Jazmín, horrorizada.
───Siempre ───respondió Emilia───.
En México, si no la lees, te estafan.
───Ah…
───Jazmín asintió, convencida───.
Acá también, pero con más chamuyo.
Simón rió mientras iba hacia el depósito y volvió a los pocos segundos.
───Todo en orden.
Ningún patín rebelde, ninguna invasión alienígena.
───Gracias por cubrir a Ámbar hoy ───dijo Jazmín, bajando un poco el tono───.
Se notaba que lo necesitaba.
Simón asintió.
───Sí.
Fue un día largo.
Emilia lo observó un segundo.
───Ella va a estar bien ───dijo, directa───.
Pero hiciste lo correcto quedándote.
Simón sonrió, sincero.
───Gracias.
Se puso la campera y tomó las llaves.
───Bueno…
me voy.
Nos vemos mañana.
───Andá ───dijo Jazmín───.
Y avisale que el Jam & Roller sigue en pie.
Milagrosamente.
───Gracias, equipo del caos ───respondió él, levantando la mano.
Cuando Simón salió, el silencio quedó suspendido un instante.
Jazmín empezó a limpiar el mostrador con movimientos exagerados.
───Qué día, ¿no?
───Normal ───respondió Emilia───.
Solo un poco más emocional de lo habitual.
───Ajá ───Jazmín la miró de reojo───.
Vos decís eso como si no existieran los sentimientos.
───Existen ───corrigió Emilia───.
Solo no los dejo tirados por ahí.
Jazmín resopló.
───Yo sí.
Después me tropiezo.
Emilia sonrió apenas y se acercó para ayudarla a acomodar unas tazas.
En un movimiento torpe, Jazmín chocó su codo con una de ellas.
───Uy, perdón.
───Tranquila ───dijo Emilia, agarrando la taza antes de que cayera───.
Ya te tengo medida.
───¿Cómo?
───Reflejos impredecibles ───explicó───.
Requieren atención constante.
Jazmín se quedó mirándola, confundida.
───¿Eso fue un insulto?
───No ───respondió Emilia───.
Fue una observación…
útil.
Jazmín ladeó la cabeza.
───Ah.
Bueno.
Gracias…
¿supongo?
Emilia dejó la taza en su lugar y se limpió las manos con una servilleta.
───Cuando quieras, te enseño a cerrar bien la cafetera ───dijo───.
Así no intenta matarte.
───¿Eso implica pasar tiempo juntas?
───Implica supervivencia ───respondió Emilia───.
Pero podemos fingir que es convivencia.
Jazmín sonrió, medio nerviosa.
───Me caes…
rara.
───Tú también ───dijo Emilia───.
Pero no es algo malo.
Jazmín la miró un segundo más de lo normal.
───Ok…
entonces mañana sobrevivimos otra vez.
───Mañana ───asintió Emilia.
Apagaron las luces.
El Jam & Roller quedó en penumbra, quieto por unas horas.
Y aunque ninguna lo dijo, las dos se fueron con la sensación de que algo, muy despacio, estaba empezando a acomodarse mejor que la cafetera.
Mónica estacionó frente al edificio y apagó el motor.
───Llegamos ───dijo, girándose apenas hacia ella.
Ámbar asintió.
───Gracias por traerme.
Mónica la observó un segundo más, como midiendo algo que no se decía.
───Cualquier cosa ───dijo───, me llamás.
No importa la hora.
Ámbar sonrió, cansada, pero sincera.
───Gracias.
De verdad.
Mónica le apretó la mano una vez, breve, firme.
───Descansá.
Ámbar bajó del auto y cerró la puerta con cuidado.
Vio cómo el vehículo se alejaba antes de entrar al edificio, como si necesitara asegurarse de que el mundo seguía funcionando.
El departamento estaba en silencio cuando cerró la puerta detrás de sí.
Un silencio distinto al de la mansión.
Más pequeño.
Más suyo.
Dejó el bolso sobre una silla, se quitó el abrigo y caminó directo al baño.
No encendió la luz del living.
No prendió música.
No tenía energía para nada que no fuera automático.
Abrió la ducha.
El agua caliente cayó sobre su cuerpo apenas entró, y fue ahí (recién ahí) cuando todo se soltó.
Apoyó la frente contra la pared y dejó que el llanto saliera sin cuidado.
Lloró por Sharon.
Por su voz quebrada.
Por sus palabras filosas, injustas, delirantes.
Por ese deterioro que avanzaba sin pedir permiso.
Lloró por Sylvana.
Por no saber nada.
Por ese nombre que existía pero no tenía forma.
Por una madre biológica convertida en pregunta.
Lloró por el cansancio de ser siempre la que entiende.
El agua mezclaba las lágrimas, pero no las borraba.
Entonces sintió unas manos.
Primero leves.
Casi preguntando.
Deslizándose por sus brazos, por su espalda, sin apuro.
Ámbar no se sobresaltó.
No hizo falta.
Cuando levantó el rostro, Simón estaba ahí.
Mojado, desnudo, mirándola con esa calma que siempre la encontraba cuando ella ya no podía sostenerse sola.
No dijo nada.
Le secó la cara con los pulgares y la besó despacio, con una ternura que no pedía nada.
Un beso que no buscaba distraerla del dolor, sino acompañarla dentro de él.
Ámbar se quebró más fuerte entonces, pero no cayó.
Simón la rodeó, apoyando la frente contra la suya, sosteniéndola como si el mundo no pudiera atravesarlos ahí.
───Estoy aquí ───murmuró───.
Todo el tiempo que necesites.
Ámbar lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
El agua seguía cayendo, constante, envolviéndolos.
No hablaron más.
Se quedaron así, bajo la ducha, compartiendo el peso del día, dejando que el agua hiciera lo suyo.
Y por primera vez desde la mañana, Ámbar no sintió que tenía que ser fuerte.
Solo acompañada.
La noche había caído hacía rato, pero en la habitación de Sharon no había oscuridad verdadera.
La luz del velador seguía encendida, demasiado blanca, demasiado directa.
Sharon estaba sentada en la cama, con las manos apoyadas sobre las sábanas, rígida, como si no se permitiera recostarse del todo.
El silencio no era silencio.
───Siempre igual…
───murmuró.
La voz no venía de ningún lado concreto.
O venía de todos.
Una mezcla de recuerdos, reproches y ecos que no pedían permiso.
───Siempre fallando…
Sharon cerró los ojos con fuerza.
───Callate ───susurró───.
Ya basta.
Pero la imagen apareció igual.
Alfredo, de pie.
Recto.
Impecable.
Mirándola con esa expresión que nunca cambiaba: decepción sin gritos, autoridad sin abrazos.
───Nunca alcanzaste ───dijo la voz───.
Nunca fuiste suficiente.
Sharon apretó los dientes.
───¡Vos me hiciste así!
───espetó, de repente, al aire───.
Vos querías perfección, pero te enamorabas del brillo de otros.
El rostro de Lili se coló entre los recuerdos.
Riendo.
Desordenada.
Artista.
Libre.
───A ella sí la mirabas…
───dijo Sharon, con amargura─── A mí me medías.
Se llevó una mano al pecho, respirando con dificultad.
───Todo es tu culpa, papá.
Todo.
El silencio volvió, pero no trajo calma.
Trajo otra cosa.
Ámbar.
La vio de pie frente a ella, como había estado esa mañana.
Los ojos firmes.
El dolor contenido.
Esa forma tan suya de no gritar, pero decirlo todo igual.
Sharon sintió un pinchazo seco en el estómago.
───No quise…
───murmuró───.
No quise decirte eso.
Se pasó una mano por la cara, temblorosa.
───Sos mi hija ───dijo en voz baja───.
Yo te elegí.
La culpa le pesó como una piedra.
───Te lastimé…
───admitió─── Y lo sé.
Cerró los ojos un segundo más.
Cuando los abrió, la imagen había cambiado.
Ámbar ya no estaba sola.
Estaba con Sol.
───No…
───susurró Sharon, alarmada───.
No con ella.
La figura de Luna (Sol) se superpuso con la de Lili, sin esfuerzo, sin lógica.
La misma luz.
El mismo talento.
La misma facilidad para ocupar un lugar que Sharon nunca había podido sostener sin romperse.
───Es igual ───dijo, con la voz cargada de miedo───.
Igual que ella.
Negó con la cabeza, angustiada.
───Te va a destruir, Ámbar…
───murmuró───.
Aunque ahora te abrace.
Aunque diga que te quiere.
La imagen se desarmó en fragmentos.
───Así empieza siempre ───continuó───.
Primero el brillo.
Después el desplazamiento.
Después…
el olvido.
Sharon se encogió sobre sí misma.
───Yo quise protegerte ───dijo, entre lágrimas───.
Aunque no supiera cómo.
El velador parpadeó apenas.
Sharon dio un respiro.
───No quería quedarme sola ───susurró───.
No otra vez.
Miró hacia la puerta, como esperando que alguien entrara.
Nadie lo hizo.
La habitación siguió igual.
Demasiado quieta.
Demasiado llena de voces.
Sharon se recostó al fin, de costado, abrazándose a sí misma.
───Perdoname…
───murmuró, sin saber si hablaba con Ámbar, con Alfredo o con la hermana que nunca dejó de perder───.
Perdoname.
La luz quedó encendida.
Y mientras la noche avanzaba afuera, adentro, la mente de Sharon seguía girando, atrapada entre culpas, celos y un amor que ya no sabía cómo cuidar sin lastimar.
Ámbar estaba envuelta en la bata, sentada sobre la cama, con las piernas recogidas y la espalda apoyada en el pecho desnudo de Simón.
Él la rodeaba con los brazos, lentamente, como si el mundo afuera no existiera.
El vapor de la ducha todavía flotaba en el aire.
El llanto había pasado.
El temblor también.
Quedaba ese cansancio tibio que llega después de derrumbarse sin miedo.
───Ya me contaste todo ───dijo Simón en voz baja, casi un susurro───.
Y no fue poco.
Ámbar asintió, sin hablar.
Tenía la mejilla apoyada contra su piel, escuchando el ritmo tranquilo de su respiración.
Simón le besó el cuello, despacio, sin apuro.
No era un beso que pidiera nada.
Era un gesto de cuidado.
Después apoyó el mentón sobre su cabeza y pasó los dedos por su pelo húmedo, desenredándolo con paciencia.
───Sos increíble ───murmuró───.
Aunque hoy no lo veas.
Ámbar cerró los ojos.
───Hoy me sentí rota ───admitió───.
Como si todo lo que creía firme se hubiera movido de lugar.
Simón la giró apenas para poder mirarla.
Le sostuvo el rostro con una mano, obligándola a levantar la vista.
───Rota no ───corrigió───.
Sensible, humana y cansada.
Pero entera.
Le dio un beso suave, corto, apenas apoyado.
───Mi reina ───agregó, con una sonrisa mínima───.
Incluso cuando el mundo se pone oscuro.
Ámbar tragó saliva.
Sus ojos brillaban, no por lágrimas nuevas, sino por esa tristeza que no se va del todo, pero ya no ahoga.
───Simón…
───dijo─── A veces pienso que sin vos…
no habría sol en mi vida.
Él no respondió de inmediato.
La abrazó más fuerte, como si quisiera guardarla ahí.
───Entonces quédate tranquila ───dijo al fin───.
Porque yo no me voy a ir.
Apoyó la frente contra la de ella.
───Voy a estar cuando tengas fuerza.
Y cuando no.
Cuando el pasado duela.
Cuando el presente pese.
Siempre.
Ámbar lo miró fijo, con una intensidad serena.
───Sin vos, mi mundo no tendría sentido ───dijo───.
No tendría dónde apoyarse.
Simón sonrió, con esa mezcla de ternura y certeza que solo él tenía con ella.
───Tu mundo eres tú ───respondió───.
Yo solo estoy aquí para sostenerlo cuando haga falta.
Ámbar se acomodó otra vez contra su pecho.
Él la cubrió mejor con la bata y siguió acariciándole el pelo, lento, constante.
No necesitaban decir más.
Afuera, la noche seguía avanzando.
El pasado seguía esperando respuestas.
Sharon seguía siendo una herida abierta.
Pero ahí, entre los dos, había algo firme.
Y Ámbar supo, sin dudas, que mientras Simón estuviera a su lado, nunca volvería a sentirse completamente sola.
Porque él no era solo su amor.
Era su hogar.
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