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Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 04 Donde el pasado ocupa espacio
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6: 04 | Donde el pasado ocupa espacio 6: 04 | Donde el pasado ocupa espacio Ámbar despertó antes de que sonara el despertador.

No fue por un ruido.

Fue por esa sensación extraña de haber dormido, pero no haber descansado del todo.

El cuerpo estaba más liviano que la noche anterior, sí, pero la cabeza seguía en movimiento.

Se quedó quieta unos segundos, mirando el techo, escuchando la respiración tranquila de Simón a su lado.

Había algo profundamente reconfortante en ese sonido.

Una certeza simple: no estaba sola.

Aun así, la frase volvió, sin pedir permiso.

Cuando estés lista, busca.

No sabía por qué ahora.

No sabía qué significaba exactamente.

Solo sabía que no se iba.

Se giró despacio para no despertarlo y apoyó un codo sobre la almohada.

Miró el rostro de Simón con una mezcla de gratitud y culpa: él había sido su refugio, sostén, hogar…

y aun así, había cosas que no podía dejar en sus manos.

Había preguntas que solo podía hacerse sola.

Cerró los ojos un instante.

No quería respuestas todavía.

Pero por primera vez, aceptó que quería empezar a preguntar.

Ámbar llegó al Jam & Roller cuando todavía no había nadie.

El cartel seguía apagado y el eco de sus pasos sonaba más fuerte de lo normal.

Entró, dejó el bolso y se ató el pelo frente al espejo.

La imagen le devolvió un rostro sereno, eficiente.

Nadie hubiera adivinado lo que había detrás.

Encendió las luces.

La pista brilló.

Revisó el inventario, el horario del personal, las reservas del día.

Todo estaba donde debía estar.

El Jam & Roller era un lugar que respondía.

No como las personas.

No como la memoria.

Sylvana se despertó con el ruido del colectivo pasando demasiado cerca de la ventana.

El departamento era chico.

Prestado.

No estaba desordenado, pero tampoco tenía marcas propias.

Vivía ahí desde hacía meses y aún no había colgado un cuadro.

Se sentó en la cama y se quedó quieta un momento, escuchando su propia respiración.

Otro día más.

En la cocina, preparó café fuerte y lo tomó de pie, mirando por la ventana.

La ciudad no le debía nada.

Ella tampoco.

Tenía un bolso listo junto a la puerta.

Ropa cómoda.

Zapatillas gastadas.

Antes de salir, se miró en el espejo del pasillo.

El reflejo le devolvió una mujer cansada, pero firme.

Con algo no resuelto en los ojos.

───Hoy no ───se dijo en voz baja───.

Hoy no pienso en eso.

Cerró la puerta.

Ámbar revisaba la planilla de turnos cuando Rosales apareció por la oficina, con el saco colgado del brazo.

───Ah ───dijo, como quien se acuerda de algo───.

Hoy empieza la nueva mujer de limpieza.

Ámbar levantó la vista.

───¿Hoy?

───Sí…

Viene recomendada.

Sylvana…

───miró el papel─── Sylvana es su nombre.

El nombre volvió a golpear, seco.

Ámbar parpadeó una vez.

───¿Sylvana?

───repitió, sin saber por qué.

───Ajá ───respondió Rosales, ya distraído───.

Turno mañana.

No te va a molestar.

Ámbar asintió.

───Está bien.

Rosales se fue.

El ruido de una máquina limpiadora empezó a escucharse desde el fondo del local.

Ámbar cerró la planilla con más fuerza de la necesaria.

No significa nada, se dijo.

Pero otra vez, el cuerpo no obedeció.

Sylvana entró al Roller.

El olor era el mismo.

Madera encerada.

Café recalentado.

Metal.

Se detuvo apenas al cruzar la puerta.

No había gritos.

No escenas.

No dramatismo.

Solo palabras dichas con una calma que después le había dolido más que cualquier rechazo.

Soy tu mamá.

Tragó saliva.

───Ya pasó ───se dijo en voz baja───.

Ya está dicho.

Pero el cuerpo no entendía de tiempos verbales.

Empujó el carro de limpieza y empezó por los bordes de la pista, como antes.

Como si nada hubiera cambiado.

Como si no hubiera dejado parte de su vida en ese mismo suelo.

Ámbar anotaba tareas cuando escuchó el ruido familiar del carro de limpieza.

No levantó la vista de inmediato.

Ese sonido…

No era nuevo.

Pero algo en el ritmo la incomodó.

No, se dijo.

No empieces.

Siguió escribiendo.

Había decidido algo esa mañana: No pensar en Sylvana en el trabajo.

El Jam & Roller era suyo.

Su lugar.

Su equilibrio.

No iba a dejar que esa verdad se le metiera también ahí.

El lugar estaba vivo.

La pista vibraba con el roce constante de las ruedas contra el piso.

Música, risas, vasos apoyándose sobre la barra.

Todo seguía su ritmo habitual.

Ámbar lo controlaba todo desde la cafetería.

Hasta que la vio.

Sylvana estaba limpiando una mesa cerca del lateral.

Movimientos tranquilos, precisos.

No había nervios en ella.

Conocía el lugar.

Siempre lo había conocido.

Ámbar no se sorprendió.

Pero igual le dolió.

Se acercó sin apuro.

No había nada que descubrir.

Solo algo que enfrentar.

───Sylvana ───dijo.

Ella levantó la mirada de inmediato.

───Ámbar.

No hubo sonrisa.

Tampoco reproche.

Solo una tensión fina, contenida.

───Rosales te contrató ───dijo Ámbar, directa.

───Sí.

───¿Él sabe quién sos?

───No.

Nadie.

Solo vos.

Ámbar asintió levemente.

Eso no cambiaba demasiado las cosas, pero ordenaba el escenario.

───Este es mi lugar ───aclaró───.

Mi trabajo.

───Lo sé ───respondió Sylvana───.

No vine a interferir.

Vine a trabajar.

Y…

a respetar la distancia que necesites.

Ámbar la miró fijo.

No había enojo en sus ojos.

Tampoco perdón.

───Saber quién sos no hace que sea más fácil verte ───dijo───.

Pero tampoco voy a echarte.

Sylvana tragó saliva.

───Eso ya es más de lo que merezco.

El ruido del Roller siguió su curso.

Nadie escuchaba.

Nadie imaginaba el peso de esa charla breve.

───Terminá tu turno ───dijo Ámbar───.

Después veremos cómo seguimos.

No era una invitación.

Tampoco un cierre.

Sylvana asintió y volvió a su tarea.

Ámbar regresó a la barra.

Todo seguía funcionando.

Pero el Jam & Roller ya no era solo su refugio.

El pasado había vuelto a ocupar espacio.

Y esta vez, no había lugar para fingir que no existía.

Ámbar volvió a la barra con los movimientos justos.

Mecánicos.

Preparó un café que no recordó haber cobrado.

Ordenó una bandeja que ya estaba ordenada.

Por fuera, todo normal.

Por dentro, no.

───Te digo que no es lo mismo ───decía Jazmín, apoyada contra la barra───.

El patín blanco resbala distinto.

Es psicológico, pero pasa.

───No, Jazmín ───respondió Emilia, seca, con acento marcado───.

Resbala igual.

Lo que pasa es que tú te caes.

───¡No me caigo!

Me deslizo mal.

───Eso se llama caerse.

Jazmín frunció el ceño.

───¿Ves?

Por eso la gente no te cuenta cosas.

Emilia tomó un sorbo de su café y miró de reojo a Ámbar.

Tardó dos segundos más de lo normal en hablar.

───Ey…

───dijo───.

Jefa.

Ámbar levantó la vista.

───¿Sí?

───Estás poniendo azúcar en un cappuccino sin espuma.

Ámbar miró la taza.

Parpadeó.

Retiró la cuchara.

───Perdón.

Jazmín se giró de golpe.

───Uh, no.

No, no, no.

Esto es grave.

───¿Qué?

───preguntó Ámbar, confundida.

───Cuando tú te equivocas en café, el universo está mal alineado.

Emilia cruzó los brazos.

───Además, tienes cara de “estoy bien” cuando claramente no lo estás.

Ámbar soltó una exhalación lenta.

Apoyó ambas manos sobre la barra.

───No estoy mal ───dijo, sin convicción.

───Ajá ───respondieron las dos al mismo tiempo.

Jazmín se inclinó hacia ella.

───¿Es Simón?

¿Te peleaste?

Porque si fue él, yo….

───No ───interrumpió Ámbar───.

Simón está bien.

Emilia ladeó la cabeza.

───Entonces es algo serio.

Ámbar esbozó una sonrisa mínima que no llegó a los ojos.

───Solo…

cosas del pasado ───dijo───.

Cosas que vuelven.

Jazmín frunció el ceño, genuinamente preocupada.

───Odio cuando el pasado vuelve sin avisar.

Nunca trae factura, pero siempre cobra.

Emilia la miró.

───Eso fue sorprendentemente profundo para ti.

───Gracias ───respondió Jazmín, orgullosa───.

Crecí.

Ámbar soltó una risa breve, casi involuntaria.

No le arregló nada, pero le aflojó el pecho.

───Estoy bien ───repitió───.

De verdad.

Emilia no insistió.

Solo dijo: ───Okey.

Pero si te desarmas, avisa.

Para cubrirte.

Jazmín asintió con fuerza.

───Sí.

Yo hago cafés feos, pero abrazo bien.

Ámbar las miró.

Y por un segundo, el nudo aflojó un poco más.

El Jam & Roller siguió girando.

La música, la pista, la gente.

Y aunque por dentro Ámbar todavía estaba quebrada, no estaba sola en ese turno.

Sylvana se había refugiado en el pasillo lateral.

No llegaba la música de la pista, apenas un eco apagado.

El olor a café se mezclaba con el de los productos de limpieza.

Estaba sentada en una silla plegable, encorvada sobre sí misma, con las manos cubriéndole el rostro.

Lloraba en silencio.

No con dramatismo.

Con culpa.

Sabía que ese encuentro iba a pasar.

Lo había sabido desde el primer día que aceptó el trabajo.

Ámbar era la encargada del Roller.

No había forma de esquivarla para siempre.

Y aun así, cuando la tuvo delante, cuando vio esos ojos (los mismos), no estuvo preparada.

───No era así como tenía que ser…

───murmuró, apenas audible───.

No así.

───¿No así cómo?

La voz llegó desde atrás.

Firme.

Controlada.

Sylvana se sobresaltó y giró la cabeza.

Simón estaba de pie a pocos pasos.

No invadía su espacio, pero tampoco se retiraba.

La miraba con una seriedad que no necesitaba levantar el tono.

───Perdón…

───atinó a decir ella, limpiándose las lágrimas───.

Yo no…

───¿Qué hace usted aquí?

───preguntó él, directo───.

¿Ahora aparece?

Sylvana tragó saliva.

───Yo solo…

necesitaba verla.

Simón apretó la mandíbula.

───No ───Negó despacio───.

Usted sabía que iba a verla.

Esto no fue casualidad.

Ella bajó la mirada.

───Sí.

El silencio pesó.

───¿Dónde estuvo?

───continuó Simón───.

¿Todos estos años?

¿Dónde estuvo cuando ella crecía sin respuestas?

¿Cuándo se preguntaba quién era, de dónde venía?

Sylvana cerró los ojos.

───Sobreviviendo ───dijo───.

Como pude.

───Ella también ───respondió él───.

Y sin usted.

Sylvana levantó la vista, herida.

───No crea que no lo sé.

No pasa un día…

───No me hable de días ───la interrumpió Simón, con una dureza contenida───.

Ámbar sufre todos los días.

Por Sharon.

Por su pasado; por lo que no le dijeron.

Por lo que le escondieron.

Hizo una pausa.

───Y ahora aparece usted.

De un día para el otro.

En su trabajo.

En su lugar seguro.

Sylvana se llevó una mano al pecho.

───No quise hacerle daño.

───Pero lo hizo.

La frase cayó limpia.

Sin enojo.

Sin gritos.

Eso la volvió peor.

───Yo soy su madre…

───dijo ella, quebrada.

Simón sostuvo su mirada.

───No ───negó───.

Usted es una parte de su historia.

Nada más.

Respiró hondo.

───Y si vuelve a abrir heridas sin pensar en lo que ella necesita, voy a estar ahí.

Siempre.

Sylvana lo miró con lágrimas nuevas.

───La amas…

───Con toda mi alma ───respondió él───.

Y eso incluye protegerla, incluso de usted, si hace falta.

El ruido de la pista se filtró un poco más fuerte.

Risas.

Música.

Vida.

Sylvana asintió, derrotada.

───No sabía cómo volver ───susurró───.

Pero tampoco sabía cómo seguir sin intentarlo.

Simón dio un paso atrás.

───Entonces aprenda algo ───dijo───.

Ámbar no necesita que usted aparezca.

Necesita que se quede.

Y que no vuelva a desaparecer.

Sylvana se quedó sola otra vez.

Llorando.

Pero esta vez, entendiendo.

Simón dio media vuelta para irse.

Y entonces la vio.

Ámbar estaba apoyada contra la pared del pasillo, a unos metros.

No había interrumpido.

No había hecho ruido.

Había llegado en silencio…

y se había quedado.

Simón se detuvo en seco.

───Ámbar…

───dijo, con un hilo de voz.

Ella lo miraba fijo.

Los ojos abiertos, brillantes.

No de llanto inmediato, sino de algo más profundo.

Más lleno.

Había escuchado todo.

Cada palabra.

Cada límite.

Cada verdad dicha en su nombre.

Sylvana también la vio y se quedó inmóvil.

No se acercó.

No se justificó.

No pudo.

Ámbar no la miró.

Caminó directo hacia Simón.

Sin decir nada, se apoyó en su pecho y lo abrazó con fuerza, como si recién ahí el cuerpo le permitiera aflojar.

Simón la rodeó de inmediato, sin preguntar, sin dudar.

───Gracias…

───murmuró ella───.

No sabía cómo decirlo.

Pero vos…

vos lo dijiste por mí.

Simón apoyó la mejilla sobre su cabeza.

───Siempre, mi reina ───respondió───.

No tienes que cargar sola con lo que duele.

Ámbar levantó el rostro y lo miró como si lo viera por primera vez…

y al mismo tiempo como si lo conociera de toda la vida.

───Sin vos ───dijo, bajito───, yo no sabría quién soy.

Simón no respondió con palabras.

La besó en la frente.

Un gesto simple.

Definitivo.

Detrás de ellos, Sylvana observó la escena sin intervenir.

Con lágrimas.

Con culpa.

Y con una certeza que ya no podía negar: Ámbar no estaba sola.

Nunca más.

Y en ese abrazo, en medio del Jam & Roller que seguía girando, Ámbar entendió algo con una claridad nueva y luminosa: Simón no solo la amaba.

La elegía todos los días.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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