Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 05 Cuando la calma no alcanza
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7: 05 | Cuando la calma no alcanza 7: 05 | Cuando la calma no alcanza La tarde caía sobre el Jam & Roller con esa luz tibia que no decide si quedarse o irse.
Las luces del interior ya estaban encendidas, reflejándose en la pista como si alguien hubiese esparcido un brillo cansado pero constante.
El lugar seguía vivo: risas, ruedas girando, el sonido del café molido detrás de la barra.
Nada estaba mal.
Y, sin embargo, algo no terminaba de acomodarse.
Ámbar revisaba una planilla apoyada en el mostrador, lapicera en mano, marcando horarios y turnos con una concentración que no era del todo real.
Desde el reencuentro con Sylvana, todo parecía seguir su curso normal…
salvo ella.
Estaba ahí, cumpliendo su rol de encargada, dando indicaciones, controlando que la pista no se saturara, pero por dentro caminaba con una pregunta que todavía no se animaba a formular.
───Che, Ámbar ───dijo Jazmín, apareciendo de golpe a su lado───, ¿vos sabías que en México dicen popote y no sorbete?
Ámbar parpadeó, como si tardara un segundo de más en volver.
───¿Qué?
───Eso ───insistió Jazmín, señalando a Emilia con el dedo───.
Recién me corrigió.
Otra vez.
Emilia, apoyada contra la barra con los brazos cruzados, ni se inmutó.
───No te corregí.
Te informé ───dijo, seca───.
Son cosas distintas.
───¡Es un tubo!
───protestó Jazmín───.
Sirve para chupar bebidas.
No puede tener tantas identidades.
───Dile eso a la Real Academia…
o a un mexicano ───respondió Emilia, levantando apenas una ceja.
Jazmín la miró, ofendida por medio segundo.
Después, frunció el ceño.
───Igual lo dijiste con cara de que yo soy medio bruta.
───No ───contestó Emilia───.
Eso es percepción tuya.
───¡Viste!
───Jazmín se giró hacia Ámbar buscando apoyo───.
Fría, directa y mexicana.
───Orgullosamente ───cerró Emilia, sin poder evitar una sonrisa mínima que solo apareció cuando Jazmín ya estaba mirando hacia otro lado.
Ámbar las observó en silencio.
No sonrió enseguida.
Tardó.
Pero cuando lo hizo, fue sincero.
Había algo en esa dinámica que la tranquilizaba, como si ese caos pequeño y cotidiano le recordara que el mundo seguía girando incluso cuando una no sabía bien quién era.
───Chicas ───dijo al fin───, mientras no se peleen arriba de la pista, pueden discutir sobre tubos todo lo que quieran.
───¿Ves?
───dijo Jazmín, señalando a Emilia───.
Ella me entiende.
───No dije eso ───aclaró Ámbar, y por primera vez en la tarde, su voz sonó un poco más liviana.
Emilia la miró con atención.
No como quien escucha una frase, sino como quien registra un estado.
Algo en los hombros de Ámbar, en la forma en que sostenía la lapicera, no estaba del todo bien.
Jazmín siguió hablando, como siempre, pero Emilia se quedó ahí, en silencio, guardándose esa observación para después.
La música subió un poco el volumen.
En la pista, un grupo practicaba pasos de freestyle torpes pero entusiastas.
El Jam & Roller respiraba normalidad.
Ámbar levantó la vista un segundo más de lo necesario.
Y pensó, sin decirlo, que tal vez ese era el problema: todo seguía igual…
pero ella no.
Apoyó la lapicera sobre el mostrador y se dio permiso para respirar.
Solo un segundo.
No más.
Podía ver la pista completa: ruedas girando, cuerpos cayendo y levantándose, risas que no preguntaban nada.
Sylvana también había estado ahí, pensó, sin querer.
No en ese momento.
Pero había estado.
Y ahora volvía.
Como una puerta mal cerrada.
Sacudió la cabeza, como si pudiera ordenar los pensamientos a fuerza de gesto, y se giró justo cuando Jazmín aparecía otra vez, ahora con el celular en la mano y cara de conspiración.
───Che…
───dijo en voz baja─── ¿Vos creés que una puede estar confundida sin que eso signifique algo?
Ámbar arqueó apenas una ceja.
───Depende ───respondió───.
¿Confundida con qué?
Jazmín abrió la boca…
y la cerró.
Miró hacia donde Emilia acomodaba unas bandejas con Rosales; seria, eficiente, concentrada.
───Nada ───dijo rápido───.
Olvidate.
───Jazmín ───la frenó Ámbar, suave───.
Si es importante, no es nada.
Jazmín tragó saliva.
Pero antes de poder responder, Emilia se acercó.
───Rosales pregunta si mañana podés cubrir el turno de la mañana nuevamente ───le dijo a Ámbar───.
Dice que confía en vos para todo el mes en ese turno.
Ámbar asintió.
───Decile que sí.
Emilia sostuvo la mirada un segundo más.
Demasiado largo para ser casual.
───¿Estás bien?
───preguntó, directa.
Ámbar sonrió, automática.
───Sí.
Emilia no insistió.
Pero Jazmín sí la miró raro.
───Vos no sabés mentir ───le dijo a Ámbar───.
O sea…
sabés, pero mal.
Ámbar soltó una risa breve, agradecida.
───Gracias por la delicadeza.
Jazmín se alejó unos pasos, volvió a mirar su celular y empezó a escribir con velocidad.
───Delfi, necesito decirte algo y no quiero que te rías.
───Bueno, sí, podés reírte, pero no tanto.
Del otro lado, la respuesta no tardó.
───Eso jamás pasó.
Contá.
Jazmín mordió el labio.
───Creo que me gusta alguien.
───Y creo que es una chica.
───Y creo que me da pánico.
Desde la pista, Emilia levantó la vista sin saber por qué.
Jazmín la estaba mirando.
Y por primera vez, no apartó la mirada.
El Jam & Roller siguió girando, como siempre.
Pero algo (en Ámbar, en Jazmín, en Emilia) ya estaba empezando a moverse de verdad.
La noche no se veía.
Se sentía.
Sharon estaba sentada en la cama, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas.
El pasillo estaba en silencio, interrumpido apenas por el sonido lejano de una televisión en otra habitación y el murmullo de una enfermera pasando lista.
El mundo de Sharon era eso ahora: sonidos, temperaturas, recuerdos.
───Otra vez ───dijo la voz, cerca───.
Siempre volvés al mismo lugar.
Sharon tensó los hombros.
───No ───respondió, firme───.
No hoy.
La voz no necesitaba ojos para existir.
───La lastimaste.
El aire pareció volverse más espeso.
Sharon apretó los dedos contra la tela de la colcha.
───No quise ───susurró───.
Yo la amo.
La risa llegó despacio.
Sin burla.
Con verdad.
───Eso nunca alcanzó.
El nombre apareció sin ser dicho.
Ámbar.
Sharon pudo sentirla como si estuviera ahí: la forma en que respiraba cuando estaba molesta, el silencio que usaba como defensa.
El tono firme, tan distinto al de Lili…
y tan parecido al mismo tiempo.
───Es fuerte ───murmuró Sharon───.
Más de lo que yo fui.
El recuerdo de Alfredo se filtró entonces.
No como imagen, sino como presencia.
Como peso.
───Siempre elegiste mal ───dijo la voz───.
Primero a él.
Después al miedo.
Sharon llevó una mano al pecho.
El corazón le latía desordenado.
───Hice lo que pude ───dijo, con un hilo de voz───.
Nadie me enseñó a cuidar sin controlar.
El silencio del centro era distinto al de una casa.
Más clínico.
Más definitivo.
Desde el pasillo llegó el sonido de una puerta cerrándose.
Un carrito metálico avanzando.
Pasos.
Sharon se sintió pequeña.
───Ella ya no te necesita ───insistió la voz───.
Tiene a Simón.
Tiene su vida.
Eso dolió más que cualquier reproche.
───Eso está bien ───respondió Sharon, forzándose a creerlo───.
Tiene derecho.
La voz no respondió de inmediato.
───¿Y vos?
───preguntó entonces───.
¿Qué sos cuando no sos imprescindible?
Sharon tragó saliva.
No tuvo respuesta.
Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre las rodillas, cubriéndose el rostro con las manos.
───No sé amar sin miedo ───admitió, quebrada───.
Las luces del pasillo se apagaron parcialmente.
No porque Sharon lo viera, sino porque el sonido cambió.
El centro entraba en su modo nocturno.
La oscuridad no estaba afuera.
Estaba adentro.
Y mientras el edificio se aquietaba, Sharon entendió algo con una claridad que le dolió más que la ceguera: No había fantasmas más crueles que los que uno crea cuando ama mal.
El Jam & Roller estaba en su punto exacto de ruido.
Música de fondo, el golpeteo de tazas, risas cruzadas.
Ese caos organizado que Ámbar conocía de memoria.
Jazmín estaba sentada sobre el borde de la barra, con un patín puesto y el otro colgándole del pie, peleándose con los cordones.
───Te juro que este patín me odia ───dijo───.
Siempre se ajusta distinto.
Emilia, apoyada del otro lado, la miró sin apuro.
───No te odia ───respondió───.
Te conoce.
───¿Cómo que me conoce?
───Sabe que no sabes atarte los cordones.
───¡Sí sé!
Emilia alzó una ceja.
───Ajá.
Jazmín resopló y siguió forcejeando.
───Odio que tengas razón tan seguido.
───Yo no ───respondió Emilia, tomando el cordón y ajustándolo con un solo movimiento───.
Es una de mis mejores cualidades.
Jazmín la miró.
───¿Ser arrogante?
───Ser eficiente.
Jazmín se quedó un segundo de más observándole las manos.
Después carraspeó.
───Gracias…
───dijo, bajando la voz───.
Emilia se encogió de hombros, pero no se apartó enseguida.
Ámbar las observó desde la máquina de café.
No sonrió del todo, pero algo en el pecho se le aflojó.
Ese tipo de escenas pequeñas le devolvían la sensación de normalidad.
Más tarde, cuando ya era hora de cerrar, Ámbar se encontró con Mónica sentada en una mesa del fondo.
───¿Desde cuándo estás ahí?
───preguntó Ámbar, acercándose.
───Desde que te he visto con ese rostro ───respondió Mónica───.
No me mientas, te conozco.
Y ya algo Simón me comentó…
Ámbar se sentó frente a ella.
Dudó un segundo.
Después habló.
───Volvió el pasado.
Mónica no se sorprendió.
───Los pasados vuelven cuando una ya se siente más fuerte ───dijo───.
No antes.
Ámbar bajó la mirada.
───No sé si me siento fuerte.
Tenía tiempo sin verla…
Mónica estiró la mano y cubrió la suya.
───Estás de pie.
Eso ya es mucho más que antes.
Ámbar respiró hondo.
───Tengo miedo de lo que voy a escuchar cuando pregunte.
Mónica asintió.
───Eso también es crecer ───dijo───.
Preguntar, aunque duela.
Hubo un silencio cómodo.
───No estás sola ───agregó───.
Nunca lo estuviste del todo.
Ámbar levantó la vista.
Y por primera vez en días, lo creyó.
Mónica la observó en silencio unos segundos más.
No hacía falta insistir.
Ámbar ya había dicho lo suficiente.
───Ven ───dijo de pronto.
Ámbar frunció apenas el ceño, confundida, pero se levantó igual.
Mónica la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho.
No fue un abrazo dramático.
Fue firme.
Sostenido.
De esos que no piden explicación.
Ámbar apoyó la frente en su hombro.
Cerró los ojos.
───No tienes que poder con todo ───murmuró Mónica, con voz baja───.
Nadie puede.
Y no te hace más débil pedir ayuda.
No tienes solo a Simón.
Ámbar tragó saliva.
───A veces siento que estoy siempre aguantando ───admitió───.
Como si no pudiera soltar nunca.
Mónica le acarició el pelo, despacio.
───Aguantaste mucho tiempo sola ───dijo───.
Ahora aprendé a descansar en otros.
Eso también es madurar.
Ámbar se separó apenas.
La miró con los ojos brillantes.
───Gracias ───dijo───.
Por estar.
───Siempre ───respondió Mónica, sin dudar───.
Para hablar, para llorar o para quedarnos en silencio.
Lo que necesites.
En ese momento, Simón apareció desde el fondo del local.
Traía la campera colgada del hombro y la mirada buscándola a ella, como si la hubiera sentido antes de verla.
───¿Nos vamos?
───preguntó, suave.
Ámbar asintió.
───Sí.
Simón se acercó y apoyó una mano en su espalda, protector, sin invadir.
Mónica los miró a los dos y sonrió con algo parecido a alivio.
───Cuídala ───le dijo a Simón, más como afirmación que como pedido.
───Siempre ───respondió él.
Ámbar tomó la mano de Simón.
Antes de irse, volvió a mirar a Mónica.
───Te llamo ───prometió.
───No hace falta prometer ───respondió ella───.
Yo sé.
Caminaron hacia la salida.
Afuera, la noche los esperaba.
Y por primera vez en mucho tiempo, Ámbar no sintió miedo de irse a casa.
───¿Pensaste que iba a desaparecer?
───dijo la voz.
Sharon se quedó rígida en la cama.
No necesitaba verla para saberlo.
───No…
───susurró───.
No vos.
Lili rió.
Una risa suave.
Casi dulce.
La misma que había tenido siempre.
───El fuego no borra nada, Sharon ───continuó───.
Solo deja lo que ya estaba.
El olor apareció primero.
Humo, madera quemada y tela ardiendo.
La mansión Benson volvió entera a su cabeza.
───Fue un accidente…
───dijo Sharon, con desesperación───.
Yo no quise…
───Mentís ───respondió Lili───.
Como siempre.
La imagen se impuso: llamas trepando por las escaleras, gritos ahogados, el calor volviéndose insoportable.
───Nos dejaste ahí ───dijo la voz, ahora más cerca───.
A Bernie y a mí.
───¡No!
───gritó Sharon───.
Yo tenía miedo.
No sabía qué hacer.
───Siempre supiste qué hacer cuando se trataba de vos.
La respiración de Sharon se volvió errática.
Se llevó las manos a la cabeza.
───Cállate…
───rogó───.
Por favor.
Pero las voces no se detuvieron.
Se multiplicaron.
───¿Así cuidás a los tuyos?
───dijo Alfredo, severo───.
Nunca estuviste a la altura.
───Tía…
───susurró Sol, su sobrina───.
¿Por qué nunca me quisiste?
───Yo estuve ───dijo Rey───.
Siempre.
Y vos me empujaste afuera de tu vida.
───Jamás te habría amado ───escupió Bernie───.
Y si alguna vez te tuve cariño…
lo perdí cuando elegiste quedarte con todo lo mío.
Sharon se levantó de golpe.
───¡Basta!
───gritó al vacío.
El primer golpe fue seco.
Su frente contra la pared.
El dolor la devolvió al cuerpo, pero no a la calma.
───Esto es tu culpa ───dijo la voz de Ámbar───.
Todo este silencio.
Todo este daño.
───No…
───sollozó Sharon───.
Yo la elegí.
Yo la cuidé…
Otro golpe.
La pared ya no era lisa.
───La rechazaste ───dijo Bernie───.
Como rechazaste a Sol.
───¡No me mires así!
───gritó Sharon, golpeando otra vez───.
¡No me miren!
La sangre empezó a deslizarse, tibia, marcando la pared que ella no podía ver.
Los golpes se volvieron más torpes.
Más desesperados.
───Perdoname…
───murmuró───.
Perdónenme todos…
El cuerpo ya no respondió.
Sharon cayó de rodillas y luego de costado, sin fuerza, sin aire, sin voces.
Solo silencio.
Un silencio espeso.
───¿Sharon?
La puerta se abrió de golpe.
───¡Auxilio!
───gritó la enfermera al ver la escena───.
¡Necesito ayuda acá, ya!
Pasos apurados.
Voces reales.
Manos que intentaban sostenerla.
Pero Sharon ya no estaba ahí.
Había caído, una vez más, en la oscuridad que ella misma había encendido años atrás.
El departamento estaba en silencio, pero no en ese silencio pesado que Ámbar había conocido antes.
Era otro.
Más tibio.
Más vivo.
La mesa estaba puesta de manera simple.
Dos platos.
Una botella de agua.
La comida humeando todavía.
Nada elaborado, pero hecho juntos.
Ámbar estaba sentada frente a Simón, con una pierna doblada sobre la silla, el pelo suelto y una remera larga que claramente no era suya.
Él la miraba mientras cortaba la comida, como si ese gesto mínimo ya fuera suficiente para tranquilizarlo.
───Estos días fueron…
───Ámbar buscó la palabra───.
Intensos.
Simón esbozó una sonrisa cansada.
───Es una forma elegante de decir “agotadores”.
Ella soltó una risa breve.
───Sí.
Eso.
Comieron un par de bocados en silencio.
No incómodo.
Necesario.
───Lo de hoy en el Roller…
───continuó Ámbar─── no pensé que iba a doler así.
Simón apoyó los cubiertos.
───¿Por verla?
───Por todo ───respondió ella───.
Porque no es una desconocida.
Porque tampoco es solo una empleada.
Porque es…
───tragó saliva─── mi mamá biológica.
La palabra todavía le pesaba en la boca.
───Y la voy a ver todos los días ───agregó───.
No puedo esquivarla.
Simón la miró con atención plena.
───¿Y qué sientes que deberías hacer?
Ámbar negó con la cabeza.
───No lo sé.
Parte de mí quiere que me cuente todo.
Que me diga quién fue mi padre.
Por qué ese apellido.
Por qué me dejó.
Y otra parte…
───bajó la mirada─── quiere que se mantenga lejos.
Porque cada vez que aparece, algo se rompe.
Simón estiró la mano sobre la mesa y tomó la suya.
───No tienes que decidir ahora ───dijo───.
Ni hacerlo perfecto.
Ella levantó la vista.
───¿Y si me equivoco?
Él sonrió.
───Entonces me tienes a mí para equivocarte tranquila.
Ámbar soltó el aire, como si recién ahí pudiera respirar del todo.
───Siempre decís lo correcto.
───Mentira ───respondió Simón───.
Pero digo lo que siento.
Se levantó, rodeó la mesa y se sentó junto a ella.
Ámbar se dejó caer contra su pecho sin resistirse.
Simón la abrazó por la cintura y apoyó la barbilla sobre su cabeza.
───Además ───agregó───, estás olvidando algo importante, mi reina.
───¿Qué?
───Que eres muy fácil de distraer.
Antes de que pudiera preguntar, él empezó a hacerle cosquillas en el costado.
Ámbar dio un pequeño grito y se retorció, riéndose.
───¡Amor!
───protestó─── ¡No seas tramposo!
───Demasiado tarde.
Ella terminó riendo contra su pecho, sin fuerzas.
Él aprovechó para besarle el cuello, despacio, suave, como si marcara un territorio seguro.
───Gracias ───murmuró Ámbar───.
Por amarme.
───Siempre ───respondió él, sin dudar.
El celular vibró sobre la mesa.
Ámbar frunció el ceño.
───¿Quién llama a esta hora?
Se incorporó apenas y miró la pantalla.
El número no estaba agendado.
───¿Hola?
Simón sintió cómo su cuerpo se tensaba de golpe.
───Sí…
soy yo.
Silencio.
Largo.
───¿Cómo que terapia intensiva?
───preguntó Ámbar, con la voz bajando de golpe.
Simón se sentó derecho.
───¿Autolesionarse?
───repitió ella, pálida─── ¿Está…
viva?
Otro silencio.
───Sí…
sí, entiendo.
Cortó.
Se quedó mirando el teléfono unos segundos, como si no terminara de procesar.
───Es Sharon ───dijo al fin───.
Está en terapia intensiva.
Se lastimó.
Mucho.
Simón la rodeó de inmediato, sosteniéndola antes de que el impacto terminara de caer.
Ámbar cerró los ojos.
El día había sido largo y todavía no había terminado.
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