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Ámbar y los restos del brillo - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 06 El incendio que no término
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8: 06 | El incendio que no término 8: 06 | El incendio que no término El hospital tenía ese olor imposible de confundir.

Limpio, metálico, frío.

Como si todo lo humano quedara suspendido apenas se cruzaban esas puertas.

Ámbar estaba sentada en una de las sillas del pasillo, con la espalda recta, las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

No se había quitado el abrigo.

No podía.

Sentía que si aflojaba algo (una prenda, una postura, un pensamiento) se iba a desarmar.

Simón estaba a su lado.

No hablaba.

No preguntaba.

Simplemente estaba ahí, con su pierna tocando la de ella, como un ancla silenciosa.

Sharon seguía en quirófano.

───Traumatismo craneoencefálico severo ───había dicho el médico───.

Hemorragia subdural.

Edema cerebral.

Llegó a tiempo…

pero fue justo.

Las palabras todavía le rebotaban en la cabeza a Ámbar, como si no terminaran de acomodarse en un sentido real.

Sharon se había golpeado la cabeza contra la pared una y otra vez.

Hasta romperla.

Hasta romperse.

───Son muchas horas ───murmuró Ámbar, sin mirar a Simón───.

Ya tendrían que haber salido.

Simón apretó un poco más su mano.

───Estas cirugías son largas ───dijo con calma───.

Eso no significa que vaya mal.

Ámbar asintió, pero no respondió.

Tenía los ojos clavados en la puerta gris del quirófano, como si mirarla fijamente pudiera acelerar el tiempo.

Pasó una enfermera empujando una camilla vacía.

Después, un médico con el rostro cansado.

Más tarde, nada.

El reloj del pasillo marcaba minutos que parecían burlarse de ella.

Ámbar se levantó de golpe y empezó a caminar de un lado al otro.

───No puedo quedarme sentada ───dijo───.

No puedo.

Simón se levantó también, sin discutir.

La tomó suavemente de los hombros cuando pasó frente a él.

───Amor…

───murmuró───.

Respira conmigo.

Ella lo miró apenas.

Los ojos le brillaban, pero no lloraba.

Todavía no.

───Si se muere…

───empezó, y se detuvo───.

Si se muere así…

yo…

La voz se le quebró.

Simón la acercó a su pecho sin pensarlo.

Ámbar apoyó la frente contra él, cerrando los ojos con fuerza.

───No es tu culpa ───dijo él, firme───.

Nada de esto lo es.

───Pero soy lo último que vio ───susurró ella───.

Lo último que escuchó.

Simón le acarició la espalda, lento, constante.

───Fuiste lo último real ───corrigió───.

Y eso importa.

Ámbar respiró hondo.

El pecho le subía y bajaba de manera irregular.

───No sé si estoy enojada ───confesó───.

No sé si la entiendo.

No sé qué sentir.

───No tenés que decidirlo ahora ───respondió Simón───.

Ahora solo espera.

Volvieron a sentarse.

Esta vez Ámbar apoyó la cabeza en su hombro.

El pasillo seguía igual de largo, igual de blanco, igual de cruel.

Pasaron más horas.

Hasta que, finalmente, la puerta del quirófano se abrió.

Ámbar se puso de pie de inmediato.

El corazón le latía tan fuerte que creyó que se iba a marear.

El médico salió con el gorro en la mano.

El rostro cansado.

Serio.

Ámbar dio un paso al frente.

───¿Sharon Benson?

───preguntó él.

Ámbar asintió.

───Soy su hija.

El hombre la miró un segundo más de lo necesario.

Después habló.

───La cirugía fue larga y compleja ───dijo───.

Hubo sangrado interno importante.

Tuvimos que drenar la hemorragia y aliviar la presión en el cerebro.

Ámbar tragó saliva.

───¿Está…

viva?

───Sí ───respondió───.

Pero el estado es crítico.

Las próximas horas son determinantes.

Simón le tomó la mano.

───Está en terapia intensiva ───continuó el médico───.

Sedada.

Con respirador.

No podemos hablar de secuelas todavía.

Ámbar sintió que el mundo se le inclinaba apenas.

───¿Puedo verla?

───En unos minutos ───asintió───.

Solo un momento.

Cuando el médico se fue, Ámbar se quedó quieta.

Demasiado quieta.

───No pensé que iba a doler así ───dijo al fin.

Simón la abrazó con fuerza.

───Porque es tu mamá ───respondió───.

Aunque te haya lastimado.

Ámbar cerró los ojos.

Y mientras esperaba para entrar a verla, entendió algo que la atravesó como un rayo silencioso: el pasado no se estaba yendo.

Recién estaba empezando a pedir cuentas.

La mansión Benson estaba en silencio.

Ese silencio particular de las casas grandes, donde los sonidos no desaparecen, solo se estiran.

El tic lejano de un reloj antiguo.

El crujido leve de la madera al enfriarse.

La respiración acompasada de dos cuerpos dormidos.

Luna dormía de costado, con el rostro apenas hundido en la almohada.

Matteo estaba detrás de ella, un brazo rodeándole la cintura, protector incluso dormido.

El sueño llegó sin aviso.

Primero fue el olor.

Luego, el humo.

Como un recuerdo que no se termina de ir.

Luna estaba de pie en el hall principal de la mansión, pero no era como ahora.

Las paredes estaban ennegrecidas.

El aire vibraba, cargado.

Las luces no funcionaban.

Solo el resplandor anaranjado de algo que ardía en alguna parte.

───¿Hola…?

───llamó, pero su voz sonó lejana, como si no le perteneciera.

Entonces la vio.

Sharon estaba sentada en la escalera, descalza, con el vestido manchado.

El cabello suelto, enredado.

La cabeza baja.

───No deberías estar acá ───dijo Sharon, sin levantar la mirada.

Luna sintió un nudo inmediato en el pecho.

───¿Por qué me has llamado?

───preguntó───.

Si nunca quisiste hablar conmigo.

Sharon levantó la cabeza.

Los ojos estaban rojos.

No de fuego.

De culpa.

───Porque sos lo único que quedó ───respondió───.

Y yo lo arruiné.

El fuego empezó a crecer detrás de ellas.

Las llamas trepaban por las paredes como si el pasado se reescribiera una y otra vez.

───Mataste a mi mamá ───dijo Luna, con la voz temblorosa pero firme───.

Y a mi papá.

Sharon negó despacio.

───No quise…

───susurró───.

Pero tampoco hice nada para detenerlo.

Se puso de pie.

Caminó hacia ella.

Luna quiso retroceder, pero los pies no le respondieron.

───Nunca te pedí perdón ───dijo Sharon───.

Nunca te miré a los ojos.

───Nunca me quisiste ───respondió Luna.

Sharon estiró la mano, pero no llegó a tocarla.

───Te quise mal ───admitió───.

Te quise como su sombra.

Y eso también es una forma de abandono.

El humo empezó a cerrarse.

El calor se volvió insoportable.

───Yo me estoy quemando otra vez ───dijo Sharon, con desesperación───.

Y esta vez no sé si salgo.

Luna sintió que el aire le faltaba.

───No me meta en su culpa ───gritó───.

No me cargues lo que tú hiciste.

Sharon la miró por última vez.

───Ya estás cargando con eso ───dijo───.

Desde que sobreviviste.

El fuego avanzó de golpe.

Sharon empezó a desaparecer entre las llamas.

───¡Sharon!

───gritó Luna.

La imagen se quebró.

Luna se despertó sobresaltada, incorporándose de golpe, con el corazón desbocado y el aire atrapado en la garganta.

───¡No!

───exclamó.

Matteo se despertó al instante.

───Ey, ey…

───dijo, incorporándose también───.

Luna, ¿qué pasó?

¿qué soñaste?

Ella se llevó una mano al pecho.

Estaba transpirada.

Temblaba.

───Fue…

───tragó saliva───.

Fue Sharon.

Matteo frunció el ceño.

───¿Sharon?

Luna asintió, con los ojos clavados en la oscuridad del cuarto.

───La mansión estaba en llamas otra vez ───susurró───.

Y ella…

ella me hablaba.

Como si…

como si me estuviera pidiendo algo.

Matteo la abrazó con cuidado.

───Fue un sueño ───dijo───.

Nada más.

Pero Luna negó despacio.

───No ───respondió───.

Fue una despedida.

O una advertencia.

No lo sé.

Se quedaron en silencio.

La mansión seguía intacta.

Segura.

Quietamente viva.

Pero algo se había movido.

Y en algún lugar, sin saberlo todavía, Sharon Benson luchaba por seguir respirando.

La habitación de terapia intensiva era blanca.

Demasiado.

Blanca en las paredes, en las sábanas, en la luz fría que no dejaba lugar para sombras piadosas.

El sonido constante de los monitores marcaba un ritmo que no pertenecía a ningún cuerpo vivo del todo, sino a una frontera.

Ámbar se detuvo en la puerta.

Simón apoyó una mano en su espalda.

───Estoy aquí ───le dijo, sin apurarla.

Ámbar asintió, pero no entró de inmediato.

Miró el interior como quien observa un paisaje después de una catástrofe.

Sharon estaba ahí.

Vendajes rodeándole la cabeza.

Tubos.

Una máscara de oxígeno cubriéndole parte del rostro.

El pecho subía y bajaba con ayuda de una máquina.

Ya no había voz.

Ni delirios.

Ni control.

Solo fragilidad.

Ámbar dio un paso.

Luego otro.

Cada uno le pesó como si caminara contra una corriente invisible.

───Cinco minutos ───dijo la enfermera en voz baja───.

Nada más.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Simón se quedó cerca, pero no invadió.

Ámbar avanzó hasta el costado de la cama.

La miró.

Así.

Quietamente.

Sin filtros.

───No era así como tenía que ser…

───Susurró, y la frase se le rompió en la boca.

Las lágrimas llegaron sin permiso.

No dramáticas.

Silenciosas.

Pesadas.

───No así ───repitió.

Pensó en verla de pie.

Pensó en todas las palabras que había postergado, en las preguntas que todavía no había hecho.

Pensó en aquella última charla.

───Te odio por esto ───dijo en voz baja───.

Por lastimarte toda.

Por querer irte antes de que te pudiera ayudar a vivir.

Se llevó una mano al rostro.

El llanto le sacudió el cuerpo entero.

Simón se acercó entonces.

No para hablar.

No para corregir.

Solo la rodeó con los brazos desde atrás, apoyando la frente en su cabeza, sosteniéndola cuando las piernas dejaron de responderle del todo.

Ámbar se dejó caer contra él.

───Tengo miedo ───admitió, quebrada───.

No sé qué hacer con vos.

Nunca supe, mamá.

Simón no dijo nada.

Solo la sostuvo más fuerte.

Ámbar volvió a mirar a Sharon.

───No sé si puedo perdonarte por tu frialdad ───continuó───.

Pero tampoco quiero que te mueras así.

Sin saber que…

───tragó saliva─── te amo.

Después de todo, sos mi mamá.

Las máquinas siguieron marcando el tiempo.

Bip.

Bip.

Bip.

Cinco minutos eran nada.

───Se termina el tiempo ───avisó la enfermera, con cuidado.

Ámbar apoyó la mano con suavidad sobre la de Sharon.

Fría.

Inerte.

───Si me escuchás…

───susurró───.

Aguantá.

No te vayas todavía.

No me dejes sola, mamá.

No hubo respuesta.

Simón la ayudó a incorporarse.

Ámbar dio un último vistazo, como si quisiera grabarse esa imagen para siempre…

o borrarla.

Salieron.

La puerta se cerró con un sonido seco.

En el pasillo, Ámbar se quebró del todo.

El llanto ya no fue silencioso.

Fue profundo.

Corporal.

De esos que salen cuando el cuerpo entiende algo antes que la cabeza.

Simón la sostuvo sin preguntar, sin apurar, sin decir “ya pasó”.

Porque no había pasado nada.

Y, al mismo tiempo, todo acababa de cambiar.

Una hora después.

Ámbar estaba sentada junto a Simón, con la espalda apoyada contra la pared fría y las manos entrelazadas sobre el regazo.

No miraba el reloj.

Ya había dejado de hacerlo hacía rato.

El tiempo ahí no avanzaba: se estancaba.

El celular vibró de pronto sobre su muslo.

Ámbar bajó la vista.

Un mensaje.

Luna.

Lo abrió con el pulgar tembloroso.

───Ámbar…

soñé con Sharon.

───No sé por qué.

───Me desperté rara.

───¿Está todo bien?

Ámbar cerró los ojos.

No respondió enseguida.

No porque no quisiera, sino porque no encontraba una forma de hacerlo sin romper algo.

Guardó el teléfono con cuidado, como si también él pudiera lastimarse.

Simón la miró.

───¿Luna?

───preguntó, sin necesidad de explicación.

Ámbar asintió apenas.

Simón le tomó la mano.

No dijo nada.

No hizo falta.

Sharon no sabía dónde estaba.

O sí, pero de otra manera.

Estaba de pie frente a un espejo grande, antiguo, de marco gastado.

La habitación era cálida, iluminada por una luz suave que no venía de ninguna lámpara en particular.

Olía a jabón y a algo dulce, familiar.

Sentada sobre una banqueta, había una nena.

Pequeña.

Delgada.

Con las piernas colgando y balanceándose despacio, sin tocar el suelo.

El pelo rubio le caía por la espalda en mechones desordenados, todavía húmedos, como si acabara de bañarse.

Ámbar.

Pero no la Ámbar adulta.

Era una Ámbar niña.

Dulce.

Abierta.

Con esa sonrisa que todavía no conocía el peso del mundo.

───Madrina ───dijo la nena, mirándola a través del espejo───, ¿me estás haciendo trenzas?

Sharon bajó la vista hacia sus manos.

Manos firmes.

Seguras.

Estaban peinando con cuidado, separando mechones, sin tirar, sin apurar.

───Sí ───respondió Sharon, con una voz que no reconoció───.

Para que no se te enrede el pelo.

La nena sonrió más grande.

───Vos siempre me peinás mejor que nadie.

Sharon sintió algo extraño en el pecho.

No dolor.

Algo más suave.

Algo que había olvidado.

───Tenés que quedarte quieta ───le dijo, pero lo hizo con una paciencia infinita───.

Si no, no va a quedar linda.

───No importa si queda linda ───respondió Ámbar, encogiéndose de hombros───.

Me gusta cuando me tocas el pelo.

Sharon se quedó inmóvil un segundo.

En el espejo, vio su propio rostro.

No era duro.

No era frío.

No había tensión en sus ojos.

Estaba…

tranquila.

Amable.

Incluso feliz.

───Sos buena conmigo ───continuó la nena───.

Cuando estoy con vos no tengo miedo.

Sharon tragó saliva.

───No tenés que tener miedo ───dijo, casi en un susurro───.

Mientras yo esté acá, no.

La trenza avanzó despacio.

Cada movimiento era cuidado, casi reverente.

Como si peinar ese pelo rubio fuera una promesa silenciosa.

Ámbar levantó la mirada.

───¿Siempre vas a estar, madrina?

Sharon abrió la boca para responder.

Pero no salió ninguna palabra.

El espejo empezó a empañarse.

La imagen se volvió borrosa.

La habitación se desdibujó.

───Madrina…

───repitió la voz, ahora más lejana───.

¿Me soltás la mano?

Sharon despertó con un sobresalto.

El techo blanco del hospital.

El pitido constante de una máquina.

El cuerpo pesado, inmóvil.

Respiró con dificultad.

El sueño se desvanecía, pero una sensación permanecía.

La necesidad de tocar.

De sostener.

Movió los dedos de la mano derecha.

Apenas.

Un gesto mínimo, torpe.

Como si buscara algo que no estaba ahí…

o que sí.

───Ámbar…

───murmuró, sin voz.

Sus dedos siguieron moviéndose, lentos, insistentes.

Como si, aun inconsciente, supiera exactamente dónde debía estar esa mano.

A su lado, sentada en la silla, Ámbar adulta dormía con la cabeza apoyada cerca de la cama.

El pelo rubio caía sobre su hombro.

El rostro cansado, pero ahí.

Presente.

Sharon no podía verla.

Pero la sentía.

Y por primera vez en años, su mano dejó de buscar en el vacío.

Se movió apenas…

como si intentara tocarla.

Y así, con ese gesto incompleto, frágil, casi infantil, el capítulo se cerró.

Con Sharon intentando alcanzar a la niña que una vez amó.

Y con Ámbar, sin saberlo, quedándose.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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