Amor en la primera nevada - Capítulo 10
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10: CAPÍTULO X: Destino 10: CAPÍTULO X: Destino LUNA VOGEL Ojalá el tiempo pasara tan rápido como la llama de este amor que me consume hasta los huesos.
Muy pronto conseguí colegio.
Sentir otra vez esa sensación de ser el bicho raro me aterra a un poco.
Lo único que deseaba era terminar mi bachillerato y pronto ir a alguna universidad fuera del país.
Necesitaba salir de este lugar, quería abrir mis alas con fuerzas y volar a un lugar lejos.
Así pasó un mes, dos meses, tres meses.
Había bajado mucho peso, siendo honesto me sentía en un estado depresivo, no pude conectar con nadie del aula y mi estadía en este colegio iba a ser muy solitario.
Mientras hacíamos educación física en el gimnasio del colegio, un pelotazo con fuerza pegó en mi estómago, caí al piso de rodilla.
Dolía tanto que sentía que mis intestinos se habían reventado.
Traté de reincorporarme lo más rápido, porque no quería ser la chica llorona o que montaba teatrito por todo.
— ¿Estás bien?
— preguntó mi compañero de clase, Rafael.
— Sí, no te preocupes — Mentí.
Fui al baño a revisarme, porque sentí como si mi menstruación bajó.
Tenía un poco en mi ropa interior.
No puse mucha atención y fui a enfermería a buscar una toalla sanitaria.
Una ventisca se aproximaba y yo no me daba cuenta de su intensidad.
Las clases terminaron, mi madre no me recogía, pasaba más tiempo en el trabajo y mis horas con ella eran muy pocas.
Entiendo que el trabajo de ella es el único sustento de las dos y ella trabaja horas extras porque venían los gastos de universidad muy pronto.
Cuando llegué a casa, pasé directo a mi cama, pensando que el dolor pronto pasaría.
Empecé a tener fiebre.
El dolor se hizo insoportable, un cuchillo retorciéndose en mis entrañas.
Me encogí en posición fetal, gimiendo en el silencio del cuarto.
Hacía tres meses que no me venía la menstruación, pero en mi estado de negación, nunca había querido enfrentarlo.
Me arrastré hasta el baño, sintiendo que mi cuerpo se vaciaba.
Lo que vi allí me heló la sangre más que la nieve de Zúrich.
No era solo sangre; eran coágulos densos, algo más que un periodo.
Ahí, en la soledad del baño, entendí la magnitud del desastre.
Aquella primera y única vez con Adrián había tenido una consecuencia que yo llevaba en silencio.
Y ahora, se iba.
Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.
No había nadie para sostener mi mano, nadie para llamar.
Solo el sonido de mi llanto silencioso, ahogado por el miedo y la fiebre.
Limpié la sangre, temblando, borrando la evidencia de una vida que apenas había comenzado a formarse.
Me arrastré de vuelta a la cama, me envolví en las mantas y dejé que la fiebre hiciera su trabajo.
El dolor físico era horrible, pero el dolor del alma era devastador.
Lloré toda la tarde.
Lloré por Adrián, por sus mentiras, por este bebé que a duras penas logró estar en mi vientre unas cuantas semanas.
Me quedé envuelta en las cobijas, me sentía mal.
Cuando mi madre llegó, pasó al cuarto.
— Te he llamado varias veces y no me has contestado, pensé que no estabas en casa.
— Mamá, me siento mal — la fiebre me consumía — creo que me voy a resfriar — mentí, no podía decirle la verdad.
Mi madre tocó mi frente, y fue a buscar un termómetro y unos analgésicos (paracetamol).
— Si no mejoras, vamos a tener que ir al hospital.
— No mamá, esto es suficiente, ya mañana amanezco mejor.
— Te haré un caldo de pollo.
— Sí.
Por ningún motivo o circunstancias podía ir al hospital.
No quería que mi madre se decepcionara de mí, no quería ver sus ojos tristes por una estupidez donde no medí las consecuencias.
A la mañana siguiente, como si no hubiese pasado nada, me levanté y me alisté para ir a clase.
— Puedes quedarte por hoy, voy a justificar en el colegio.
Te he preparado un poco de guiso y un atol para que lo tomes.
Te dejo analgésico y unos antigripales para el dolor y la fiebre.
Ella me tocó la frente.
— Por lo visto ya no hay fiebre.
Es temporada de gripe.
— Gracias mamá.
Ella salió para su trabajo.
Y yo me regresé a la cama.
¿Qué hubiese hecho Adrián si supiera que estuve embarazada?
¿Por qué has decidido ser sacerdote?
Mi corazón y mi mente ya no soportaba con tanto.
Mi primer amor ha sido tan amargo como la hiel.
Decidí descargar mi dolor en una carta dirigida a Adrián, aunque nunca se la entregue porque no sé ni donde vive su familia ni donde este él.
Tomé un papel y lápiz.
Me senté a lado de la cama, y empecé a vaciar mi corazón en el.
¿Cómo poner un punto y final a esta historia que nunca fue?
Te fuiste dejándome herida, usada y con miedo de volver a enamorarme, te di mi corazón, mis ganas, mis deseos más profundos solo para que los pisotearas.
Hoy, más vacía, con una carga emocional que quedara en mi vientre, registrada para toda mi vida.
¿Qué hice mal, Adrián?
Mientras escribía mis lágrimas recorría mis mejillas.
Me levanté y fui a la cocina, tomé el encendedor y quemé la hoja que escondía mi primer amor.
Limpié la mesa de las cenizas qué había dejado aquel papel.
Prometí continuar con mi vida, así como Adrián continúa con la de él.
Hoy solo me daré una pausa, lo necesitaba.
Me obligué a comer bien.
Ya no me iba a saltar más las comidas.
Al terminar de comer me fui a la cama.
Traté de descansar.
Los días pasaban y cada vez nos acercábamos a las vacaciones de navidad.
Y el clima invernal era el adorno perfecto para esta temporada.
Un 24 de diciembre, decidí dar un pequeño paseo por el centro comercial y no sé si mis ojos me fallaron, pero me pareció ver a Adrián, pero mientras me acercaba, me di cuenta de que mi cerebro a veces juega conmigo.
Los meses restantes de bachillerato pasan en un borrón de estudios.
Mis dulces 18 llegaron de una manera más simple, más madura y más decidida.
— Quiero estudiar Economía fuera del país— le dije a mi madre quien insistía que estudiara Medicina en la universidad de la ciudad.
— ¿Estás segura?
Estarás sola.
No sé si pueda con el gasto.
— He solicitado una beca en Londres.
Solo quiero irme en paz y con tu apoyo.
Ya he decidido esto.
Mi madre enmudeció, pero al final al ver mi seguridad, no tuvo más que apoyar mi decisión.
A veces los cambios son buenos, el poner plumas a las alas a la fuerza nos impulsa a salir de la zona de confort.
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