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Amor en la primera nevada - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 CAPÍTULO III Palabras que no fueron promesas
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3: CAPÍTULO III: Palabras que no fueron promesas 3: CAPÍTULO III: Palabras que no fueron promesas LUNA VOGEL Pasé una noche cargada de pensamientos, apenas cerraba los ojos y veía la cara de Adrián cerca a la mía.

Mi primer beso llegó como este invierno frío sin que nadie me avisara.

Mi alarma sonó y ni siquiera había podido dormir una sola hora.

Quería ir a la escuela para verlo, me emocionaba saber que él estaba ahí, pero también estaba esa sensación de miedo a verle a la cara.

— Hija, apúrate.

Te voy a pasar dejando un poco más temprano.

Hoy regresaré tarde, así que te dejo listo algo para que lo calientes en el microondas.

— Está bien, mamá.

Llegué media hora antes al colegio, en todo momento mi corazón parecía desbocarse cada vez que un estudiante entraba al aula.

Adrián llegó y fue directo a mi asiento.

Me extendió un papel doblado.

Me sonrió, no dijo nada y se fue a su asiento, unos compañeros se acercaron a él a platicar.

Tomé el papel y lo puse en la bolsa de mi falda.

Me levanté y fui al baño, aseguré bien la puerta y abrí aquel papel con mucha ansiedad.

“Para la niña más linda del salón, Luna Vogel.

Anoche no pude dejar de pensar en ti, ese beso aunque no fue el mejor, acepto ser muy inexperto, fue para mí el mejor recuerdo que tendré en mi vida.

Puedo decir que te amo, sí, te amo desde el primer día que te vi.

De tu eterno enamorado A.

V.

K.” Apreté ese papel contra mi pecho y una euforia despertó en mi corazón.

Guardé otra vez la carta en mi bolsillo y fui de regreso al aula.

Entré sin dirigir la mirada a nadie, no quería llamar la atención de nadie, menos de Alicia.

Sonó el timbre y tras el, llegó la maestra de Química.

— Buenos días, jóvenes.

5 minutos para que se reúnan con su pareja.

Pónganse de acuerdo, recuerden que se entrega y presenta el experimento.

Adrián se dirigió con su asiento hasta donde estaba.

Se puso a la par.

Sin una sola palabra, él escurrió su mano por debajo de la paleta de la silla y tomó mi mano.

Nuestro momento llegó, expusimos y todo fue genial, tenía el don de facilidad de palabras, realmente era un genio.

Yo estaba extasiada con él.

Adrián, mi primer amor.

Mi recreo lo pasé sola, tenía la esperanza de que él me buscará.

Tenía un poco de dolor de cabeza, el no dormir estaba pasando factura.

Me dirigí a dirección.

— Hola, director Frederick.

Me podría ayudar, tengo dolor de cabeza y no traje analgésico.

— Señorita Vogel, puede ir a enfermería.

Está en el segundo pabellón, la última oficina.

— Gracias profe.

Llegué a enfermería.

Ahí estaba una señora con una bata.

— Buenos días, doctora, tengo dolor de cabeza.

Necesito un analgésico.

— Ven, pasa.

¿Desayunaste?

— Sí.

No pude dormir bien anoche.

Realmente no dormí nada.

— ¿Sufres de insomnio?

— No, solo que — recordé el beso con Adrián — no pude dormir.

Soy nueva en está ciudad y aún no me acostumbro a mi cuarto y a este clima.

— Entiendo.

Te daré un analgésico y puedes descansar un rato.

Yo voy a justificar la ausencia en la clase que estés.

Me tomé el medicamento y me dirigí a una de las camas y cerré la cortina.

Sentí la almohada tan cómoda qué dormirme fue fácil.

ADRIÁN VON KELLER Empezó la clase matemática y Luna no estaba, solamente su mochila.

Llegó la doctora y le extendió un papel al maestro.

¿Será que Luna se sintió mal?

— suspiré.

Terminaron las clases y era hora de salida, Luna no regresaba.

Todos se habían ido a excepción de Alicia.

— Nos vamos juntos, mi madre me llamó y está en tu casa, nos esperan para almorzar.

— Puedes adelantarte.

Necesito hablar con el señor Frederick algo muy importante.

— Vamos.

— No, es algo privado y delicado— Alicia frunció el entrecejo.

— Está bien.

Me voy, le diré que te quedaste con el señor Frederick para algo importante.

Te veo en tu casa.

— Sí.

Mi madre seguramente llamara al director.

¿Qué puedo inventar?

Necesito saber como está Luna.

Me aseguré que todos mis Compañeros se hubieran ido, tomé la mochila de Luna y me dirigí a dirección.

— Buena tardes, director.

Mi compañera de clases, Luna, dejó la mochila en el aula y no estuvo en clase después del recreo, ¿Le pasó algo?

— Hazme el favor de llevarle la mochila, está en enfermería.

— Señor Frederick, necesitaba preguntarle algo importante, sobre los horarios de examen.

— Joven, Adrián.

Aún falta mucho tiempo.

Usted no debe preocuparse por eso.

— Voy a ir a dejar la mochila a enfermería y me retiro.

Caminé rápido a enfermería.

No estaba la doctora, seguramente ella estaba en el área del comedor.

Entré y abrí las cortinas suavemente, para asegurarme que era Luna la que estuviese ahí.

Ella estaba ahí, dormida.

Cerré las cortinas tratando de no despertarla.

Ella es una chica linda, sus pestañas son naturalmente largas y rizadas, sus labios bien bonitos, parecen de color de fresa.

Ver sus labios me puso un poco inquieto.

Toqué sus labios con mi dedo pulgar, ella abrió sus ojos, me dirigió unos segundo la mirada y luego los volvió a cerrar.

Me acerqué a ella y la besé con esa suavidad apenas rozando mis labios a los de ella.

Mi corazón hecho un lío, parecía que era un carro en una curva a punto de estrellarse.

Pasé mi mano por su cabello, acariciándolo un poco.

—¿Estás bien?

— le pregunté.

— Sí, solo era dolor de cabeza.

— Me gustaría besarte otra vez — mordí mi labio inferior.

Aunque mis besos aún no eran de un profesional, eran los más sinceros y me gustaba aprender con sus labios, que igual que yo, también eran inexpertos.

— Yo también quiero — ella suspiró.

Ella se sentó en la cama y yo me senté a un lado, puse mi mano por detrás de su cabeza y la besé un poco más profundo, con un mejor control de mis labios.

Terminé poniendo mi frente en su frente, podía sentir su calidez, su reciprocidad, en este pequeño espacio, nuestros corazones eran un solo palpitar.

— Te amo, Luna — eso era lo que sentía en ese momento.

Mi celular vibró.

Era mi mamá.

— Me tengo que ir, mi mamá está llamando.

Puedes darme tu número de contacto.

Me gustaría escribirte más tarde.

Ella sacó de su mochila el celular para que yo escribiera mi número.

Ella llamó y así guardé su número.

Le di su mochila.

Y me despedí con un beso y una sonrisa.

Salí de enfermería.

Mi chófer me esperaba.

Devolví la llamada a mi mamá.

Alicia ya estaba en mi casa.

Que realidad más agobiante con Alicia.

En un momento ese sentimiento de tranquilidad, de amor se convirtió en una punzada dolorosa en mi corazón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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