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Amor en la primera nevada - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 CAPÍTULO VI Punto y aparte
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6: CAPÍTULO VI: Punto y aparte 6: CAPÍTULO VI: Punto y aparte ADRIÁN VON KELLER A pesar de que nuestros corazones ardían con flama espesa, una ventisca se aproximaba.

A este punto me sentía totalmente enamorado de Luna.

Mis sentimientos ardían por este amor.

No me percaté de la hora.

Tenía un sin número de llamadas por parte de mi madre.

El chófer le había dicho que estaba en casa de una compañera de clases, ese día mi mundo se vino abajo.

Al llegar a la casa, estaban mis padres sentados esperando mi regreso.

El chófer fue relevado de su cargo, ese despido fue culpa mía.

Mi madre se acercó y me golpeó con furia la cara, dejándome su mano marcada en mi rostro.

No dije nada, se que lo merecía.

Expuse a Luna de la peor manera.

— Tu apellido no es para que lo andes poniendo por el suelo — mi madre había perdido la compostura — No importa si no quieres a Alicia, ella será tu prometida y punto.

La mirada de mi padre me daba miedo, aun así la sostuve, en ningún momento bajé mi mirada.

— Antes que arruines tu futuro, prefiero que te pudras en el seminario — mi padre tenía cero empatía y afectividad hacia mí.

— No me voy a comprometer con Alicia.

No quiero nada más de ustedes.

No me importa nada de hoy en adelante.

Me quiero podrir en el seminario y así liberarme de este infierno.

— Eres un mal agradecido — mi mamá lloraba — En este mismo instante haré tu traslado al Seminario Menor Archidiocesano de Milán.

— Perfecto.

— Como no quieres nada de nosotros, entrégame el celular y tu laptop.

Sentía mi mundo venirse abajo de un solo golpe.

Quería por lo menos despedirme de Luna, que por mi cobardía no le había dicho nada.

Entregué lo que me había pedido mi padre.

Ya antes había borrado el número de contacto de Luna y lo había bloqueado, y todas las conversaciones ya las había eliminado.

Subí a mi habitación, cerré con llave la puerta.

Me agaché, llevé mi cabeza a mis rodillas, mis ojos ya no soportaron más y empezaron a salir aquellas lágrimas que tenían prohibido salir.

Amar a Luna con locura, mi primer amor, mi primer beso, mi primera vez, nunca le pedí que fuera mi novia, éramos todo sin ser nada, muy al fondo, sabía que esto podía pasar.

No sé cuantas horas pasaron, sentía mis piernas entumidas y unos golpes en la puerta me hicieron darme cuenta de que era hora de levantarse.

Abrí la puerta.

Tras ella, estaba Alicia, tenía lágrimas en sus ojos.

Se tiró a abrazarme.

Mi madre detrás de ella.

— Tanto me odias que prefieres ser sacerdote.

Yo te he amado desde que éramos niños.

No puedes hacerme esto.

Yo he soñado con casarme contigo.

Adrián, todo esto es culpa de Luna.

— Luna no tiene culpa de nada.

Así que deja de meterla en esto.

Quiero ser sacerdote y eso es todo.

Mi madre dio la media vuelta, dejándome solo con Alicia.

— Quiero que te vayas.

No quiero verte más.

— No te entiendo, Adrián.

¿Qué le viste a esa mustia?

¿Tuviste sexo con ella?

No dije ni si ni no.

Todo era un de más.

Saqué a empujones a Alicia.

Volví a cerrar con llave.

Escuché el sollozo de Alicia tras la puerta.

Sé que ella está sufriendo también, puede ser que ella me ame, pero yo no siento nada por ella.

Realmente, la veo como una hermana.

Me duele perder toda una vida de juegos, compañía y amistad por un sentimiento unilateral, promovido por nuestras madres.

Mi noche fue larga.

Cuando amaneció, me alisté como siempre.

Pensaba que iba a ir una última vez a la escuela y ahí explicar todo a Luna.

Cuando intenté abrir la puerta, no pude, había sido enllavada por afuera.

Empecé a golpear la puerta para que alguien sé acercarse y me abriera.

— Suficiente, Adrián.

De aquí solo sales para el seminario.

Prepara tus cosas que salimos en una hora.

— Mamá, te lo suplico, solo por hoy, déjame ir a la escuela.

Hice mi único y último intento.

No habían palabras, solo un silencio.

Y fue donde entendí, que jamás tuve que acercarme a Luna.

20 horas duró el viaje hasta llegar al Seminario Menor Archidiocesano de Milán.

Cada 15 días podía viajar para visitar a mi familia o ellos llegar a verme.

Terminaría mis estudios de secundaria y luego podía estudiar filosofía.

Me sentía doblemente triste, entrar aquí era renunciar a todo, a mis deseos y necesidades.

Pero de cierta manera, era la mejor venganza para mis padres.

— ¿Estás seguro que quieres esto?

— Preguntó mi mamá.

— Sin duda alguna.

— Sé que te vas a arrepentir.

Tanto que tu padre ha trabajado para que le pagues de ésta forma.

Mi padre no vino a dejarme, ni siquiera se despidió.

Y así era lo mejor.

Mi madre se fue.

En el seminario con mi mundo destrozado y con un otoño muy marcado.

Así empezó mi vida entre muros y rezos, con un corazón que aún llevaba el nombre de Luna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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