Amor en la primera nevada - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 CAPÍTULO VIII El invierno de Luna
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8: CAPÍTULO VIII: El invierno de Luna 8: CAPÍTULO VIII: El invierno de Luna LUNA VOGEL Y en aquel invierno, nuestro amor quedó sepultado bajo la nieve de Zúrich.
La vida continúa estes bien o estés mal.
Tocaba regresar a la escuela después de aquella suspensión que para mi fue la más injusta.
Esa mañana me alisté para ir a clases, Alicia no me dejaba tranquila con sus miradas, con sus comentarios despectivos e insultantes.
Mis compañeros me habían aplicado la ley del hielo, ni uno solo me dirigía la palabra, cuando tocaba trabajar en grupo, me tocaba hacerlo sola, y para mi, creo que eso está bien.
Los chismes comenzaron a esparcirse como pan caliente, todo gracias a Alicia.
Dos semanas habían pasado desde que Adrián se había ido de la escuela al seminario, me dolía el corazón, dolía respirar, y aparentar antes todos que no pasaba nada.
En recreo como siempre, en lugar de salir solo me quedaba agachada en mi pupitre.
Sentía algo helado en mi cuello, me levanté de inmediato, era agua.
Alicia me había echado agua encima.
— Por tu bien te pido que te transfieras.
NO ERES DE ESTE LUGAR.
Zorra regalada.
— Me estás hartando.
¿Cuál es tu dolor?
¿Que Adrián no te haya mirado ni una sola vez?
Ella me dio una cachetada que me reventó el labio.
Me tiré una carcajada en su cara.
— Ya entiendo, mientras él me miraba, tú lo veías a él y Adrián jamás te quiso.
Alicia, me das lástimas.
— Eres una corriente, sinvergüenza y cínica.
Moví la cabeza y salí del aula.
Me fui a encerrar al baño.
Ahí no soporté más, me quebré.
La realidad es que Adrián me mintió, nunca pudo decirme la verdad.
Golpearon la puerta del baño.
— Luna, ¿Estás ahí?
— la voz de la maestra de Química.
Abrí la puerta.
— Acompáñame a la dirección.
Limpié mis lágrimas.
Me sentía los ojos hinchados y mi nariz constipada.
Solo la seguí sin decir nada, con la mirada hacia el piso.
Todos me veían con desprecio.
Llegando a dirección, estaba Alicia y una señora muy elegante y el director.
— Entra señorita Vogel — el tono de voz del director era molesto — he llamado a tu mamá y ella viene en camino.
Mordí mi labio inferior con fuerza y aquellas lágrimas que me había tragado en el camino del baño a dirección, empezaron a salir, podía sentir su calor, eran lágrimas que me quemaban.
La señora me miraba de pies a cabeza.
Alicia tenía una sonrisa en sus labios.
— Soy la madre de Adrián — la señora se presentó.
Fruncí el entrecejo no de enojada sino de preocupación — y también soy la principal benefactora de este colegio.
Mi mundo se terminó de caer en pedazos y esta vez no había quien me ayudara a recogerlos.
— He solicitado a nuestro señor director tu cambio de espacio.
Gente como tú no debería estar en estos espacios de gente rica y educada.
Alicia es como mi hija, y aunque ahorita mi hijo Adrián, esté confundido, tengo la certeza que pronto aclarara su mente.
Las palabras no me salían.
— He preparado tu hoja de traslado, que se lo daré a tu tutor — el director habló.
—¿Me están expulsando?
— repliqué.
— No, es un cambio de espacio.
— Yo no he hecho nada.
— Mi madrina ya lo sabe todo — Alicia habló con malicia.
Mi madre llegó.
La madre de Adrián, miró con desprecio a mi mamá.
Salió junto con Alicia de la dirección.
El director le entregó mi hoja de traslado a mi madre.
Mi madre pidió una justificación de porque el colegio tomaba esa decisión.
No hubo respuesta.
Fui a traer mi mochila, me sentía humillada.
De regreso a casa, un silencio que acompañaba el frío de aquella ciudad, fue el adorno perfecto.
Llegamos a casa.
Mi madre se sentó en el sofá y me clavó esa mirada qué realmente estaba molesta conmigo.
— Habla.
No voy a tolerar más.
Primero suspendida y ahora expulsada.
Me quedé de pie.
No podía decirle a mi madre que le había fallado como hija, que jugué a ser adulta un momento y que ahora había sido dejada por el chico que supuestamente me amaba, que sin ser novia de él, en menos de un mes, había sentido una conexión con él y me había entregado y ahora él se ordena como sacerdote.
— Yo sabía que esto iba a pasar, madre.
Ellos son otro nivel, tienen dinero y yo aunque no me metía con nadie, no encajo en ese lugar.
— ¿Qué le arrebastaste a esa chica?
Mi madre recordó mis palabras de aquella vez.
— Su espacio.
— ¿Qué quieres hacer?
— Quiero regresar a mi colegio de antes.
— Sabes muy bien, que eso es imposible.
Mañana vamos a buscar un colegio normal para ti.
Ve a tu cuarto.
Reflexiona.
Si tienes algo que decirme, por favor dilo.
No te puedo ayudar si no me hablas.
Me retiré a mi cuarto.
Me acosté.
Lloré.
Mi cuerpo empezó a tiritar.
Aquella sensación de vacío apagaba mi luz y en aquel invierno entendí que el amor no siempre salva; a veces, solo deja cicatrices que duelen con el frío.
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