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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 1

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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 *** La maleta se cerró con un sonido seco, un sonido al que la pareja estaba acostumbrada.

Fue el único ruido que rompió el silencio sepulcral de la habitación principal, un espacio decorado con un minimalismo tan pulcro que parecía de catálogo, carente de cualquier calor a pesar del claro costo económico que representaban cada uno.

Elena observó la escena desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho en un abrazo defensivo.

Llevaba una bata de seda color crema que se ceñía a su cintura, resaltando una figura esbelta que, a sus veinticinco años, debería estar vibrando de energía, pero que en ese momento solo se veía fatigada.

Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando un rostro de facciones delicadas, ahora tensas por la frustración.

“¿Es necesario que te vayas hoy?” preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Con su voz saliendo más frágil de lo que le hubiera gustado.

Alexander ni siquiera levantó la vista.

Continuaba revisando los bolsillos de su chaqueta de traje, asegurándose de tener el pasaporte y el teléfono.

Era un hombre atractivo a su manera fría y calculadora; alto, de cabello rubio igual que su esposa, perfectamente peinada hacia atrás y una postura rígida que gritaba negocios incluso cuando estaba relajado.

Pero hacía meses que Elena no veía al hombre con el que se había casado; solo veía a un ejecutivo autómata que tenía visión de túnel.

“Elena, por favor.

No empieces” replicó el, con ese tono condescendiente que reservaba para cuando ella se ponía demasiado emocional para su gusto.

“Sabes que la fusión en Tokio es vital.

Si no estoy allí para firmar, todo se va al diablo.” “Siempre hay una fusión, Alex… O una adquisición… O una crisis en la sucursal.” Elena dio un paso dentro de la habitación, sintiendo cómo la alfombra de felpa se hundía bajo sus pies descalzos.

“Lo que nunca hay es tiempo para nosotros.

Hablamos de esto la semana pasada e incluso prometiste que bajarías el ritmo… además… creo que ya va siendo hora de intentar formar una familia.” Alexander se detuvo en seco para luego girarse lentamente sobre sus talones, y la mirada que le dedicó a su esposa fue tan gélida que Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

“Mira, Elena.” suspiró él, pasando una mano por su rostro con exasperación visible.

“Estoy hasta el cuello de trabajo.

¿Crees que tengo espacio en mi cabeza para pañales?

¿Crees que quiero llegar a casa después de un vuelo de catorce horas para escuchar a un niño llorando en mi oído por atención?” “Pero… siempre dijimos que…” balbuceó sintiendo el claro rechazo como una bofetada.

“Tú dijiste… Tú fuiste quien soñaste” la interrumpió él, tomando el mango de su maleta.

“No insistas más con eso…

Seamos realistas de una vez: yo no quiero hijos contigo.

Ni contigo, ni con nadie.

Mi legado es la empresa, no un mocoso malcriado.” Elena retrocedió, chocando levemente contra el marco de la puerta.

Sus ojos azules, habitualmente brillantes y curiosos, se llenaron de lágrimas de pura incredulidad.

No era solo el rechazo; era el desprecio en su voz.

Sino el rechazo de cinco años de matrimonio, de cenas de negocios donde ella sonreía y hacía el papel de esposa trofeo, de noches esperándolo despierta, reducidos a eso… un estorbo para su carrera.

Alexander pasó por su lado sin siquiera intentar besarla.

El aroma de su costosa colonia llenó el pasillo, un olor que antes a Elena le parecía embriagador, pero ahora le resultaba asfixiante.

“Vuelvo en dos semanas… Trata de ocuparte en algo, búscate un hobby o sal con esas amigas tuyas.

Estás demasiado obsesionada con que llenar esta casa.” Y con el sonido de la puerta principal cerrándose, el silencio volvió a caer sobre Elena.

Un silencio pesado, denso, que parecía burlarse de ella.

“Malditos viajes…” susurró a la nada dejándose caer sentada en la cama matrimonial, esa estructura inmensa donde, paradójicamente, se sentía más sola que en cualquier otro lugar a pesar de la comodidad.

Acarició la sábana fría del lado de Alexander.

Mientras pensaba, tenía veinticinco años.

Era joven.

Tenía salud.

Era profesora de biología en una preparatoria prestigiosa.

Y, sin embargo, se sentía como si su vida hubiera terminado antes de empezar realmente.

Ella soñaba con ruido.

Soñaba con desorden, pisando juguetes en el suelo mientras perseguía al alborotador o alborotadora responsable de dicho desorden, tal vez un perro ladrando en el jardín, con vida.

Pero su realidad era esa casa perfecta, limpia y vacía.

*** Suspirando Elena se levantó de su lugar y caminó hacia el espejo de cuerpo entero del vestidor del guardarropa.

Se miró críticamente.

La mujer que le devolvía la mirada tenía los ojos un poco rojos, pero bajo la tristeza había algo más.

Había una belleza que se estaba marchitando por falta de luz.

Recordó las palabras de Alexander: “¿Desde cuándo tu vida se puso tan monótona?”.

Bueno, técnicamente no lo había dicho él, pero su falta de deseo lo gritaba.

Hacía cinco meses que no la tocaba.

Cinco meses sin sentirse deseada, sin una caricia que no fuera protocolaria, sin un orgasmo que le recordara que su cuerpo estaba vivo y no era solo un mueble más de la casa.

Él era un banano, como le gustaba pensar en sus momentos de rabia, un hombre que había sublimado su libido en hojas de cálculo.

El pensamiento se le hizo insoportable mientras más lo pensaba.

Con las paredes blancas pareciendo cerrarse sobre ella tras cada respiración.

“A la mierda” maldijo entre dientes, sorprendiéndose incluso a sí misma.

Se limpió las lágrimas que no terminaron de salir de sus ojos con el dorso de la mano con un gesto furioso.

No se iba a quedar allí llorando como la viuda de un hombre vivo.

Necesitaba aire.

Necesitaba ruido.

Necesitaba recordar que existía un mundo fuera de la órbita de Alexander Eis.

Envalentonada y no queriendo que esa motivación se perdiera, se quitó la bata que llevaba para luego comenzar a vestirse lo más rápido posible eligiendo un vestido que llevaba meses guardado al fondo del armario, una prenda de color azul noche que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel y dejaba al descubierto sus hombros y una cantidad generosa de piernas.

Cuando se miró al espejo de nuevo pareció ver a una versión extraña de sí misma.

“¿Por qué no?” se desafió a su reflejo.

“Él dijo que saliera… palabras más o palabras menos.” Divertida por hasta donde llegaban sus pensamientos Elena agarró las llaves del coche y salió, dejando atrás la perfección asfixiante de su dormitorio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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