Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 10
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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 *** Alexander respiraba jadeante cuando salió de dentro de Elena y se acostó a su lado, sacó el condón de sí y se levantó para arrojarlo a la basura del baño.
Elena suspiró, tirando de la gruesa cubierta hacia arriba de su cuerpo y acomodándose mejor sobre la cama, tanto tiempo que no tenían relaciones sexuales, realmente creyó que esta vez pudiera ser diferente.
Pero estaba completamente engañada.
Fue bastante frustrante.
Alexander no parecía el mismo hombre que sólo venía ignorándola y dándole disculpas mal dadas.
Cuando regresó esta mañana, él estaba feliz, muy enérgico, diciendo que por la noche tendría una sorpresa para Elena.
Y así como prometió, la llevó a cenar fuera y le dio un hermoso collar de perlas.
Maravilloso.
Alexander dijo también que había sido promovido, motivo de su felicidad, después de ser entrenado durante cinco años como miembro del Consejo de Administración, asumió la presidencia finalmente.
Elena estaba muy feliz por él, la cena fue genial, ambos disfrutaron la noche, echaron miradas cómplices, con él siempre robándole algunos besos.
Era como si todo estuviera encajando nuevamente, conversaron como una pareja de verdad, no como extraños que vivían juntos, pues era así que venía sucediendo en los últimos meses.
Ella sentía falta de aquello, de su marido dándole atención y mimándola.
Mientras ella se acostaba con su alumna… podría justificarse diciendo que ella ya había perdonado una noche de locura de su parte, pero aun así no le parecía justo.
Ella recuerda que cuando un día fue a buscarlo a su oficina, buscando sorprenderlo para avivar su relación en un raro momento de nostalgia… solo para encontrar a su esposo encima de su secretaria.
Recuerda muy bien lo fatal que se sintió y lo mucho que le costo perdonarlo… luego de múltiples concesiones y más garantías… lo que solo complico más su tensa relación cuando comenzaron los largos viajes por trabajos.
Teniendo eso en cuenta… realmente valía la pena contarle lo sucedido la noche anterior para quitar el brillo en los ojos de su marido, el cual la enamoro en primer lugar.
¿o podría ser egoísta y permanecer callada para que solo quedara como un recuerdo en su memoria?
Elena se decidió por lo último.
Sonriendo y decidiendo dar todo de si para compensar a su esposo por lo que hiso.
Pero entonces, ¿por qué, aun con todo lo que sucedió hoy, su marido no podía darle placer?
¿Era pedir mucho?
La pelirrubia sólo quería llegar a un orgasmo para poder engañarse creyendo que su matrimonio estaba a salvo ahora que ambos estaban a mano…
aunque uno no supiera que lo estaban.
“¿Elena?” la voz de Alexander la sacó de su ensimismamiento.
Ella parpadeó, volviendo al presente.
“Hm… ¿Sí?” respondió, su voz sonando extraña incluso para sí misma.
Alexander frunció el ceño, ese brillo de preocupación superficial que aprendió a interpretar apareciendo entre sus cejas.
“¿Sucedió algo?
Te noto… distante.” Elena sintió la tentación de gritar.
De decirle que sí, que sucedía todo… Pero se contuvo.
Intentó esconder un suspiro de frustración, pero salió como un bufido sin querer.
“No, yo…” empezó, buscando una excusa amable.
“No es nada, Alex… Solo estoy algo cansada por el vino.” Él no pareció convencido.
Se giró hacia ella, apoyándose en un codo, viéndola con detalle como si quisiera averiguar si mentía.
“Pareces frustrada.” insistió él, con un tono analítico, como si estuviera evaluando un informe defectuoso.
“Sé que ha pasado un tiempo.
Y sé que no lo hacemos a menudo, pero… no fue tan malo, ¿verdad?” La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y acusatoria.
“No, Alexander…” Elena se pasó una mano por el rostro, agotada.
“Yo… solo no… no conseguí llegar al orgasmo.
Eso es todo.” “Ah…” Alexander se dejó caer de espaldas de nuevo.
Hubo un minuto de silencio denso.
Donde la pelirrubia podía escuchar el tictac del reloj en la pared, marcando los segundos de una conversación que sabía que iba a terminar mal.
“¿Has pensado en buscar algún médico?” La pregunta fue tan repentina y absurda que Elena tardó unos segundos en procesarla.
Se incorporó de golpe, dejando que la sábana cayera hasta su cintura, exponiendo sus pechos, pero la indignación le impedía sentir pudor.
“¿Cómo?” preguntó, con los ojos muy abiertos.
“¿Por qué yo haría eso?” Alexander se encogió de hombros, mirando al techo como si la respuesta fuera obvia.
“Bueno, la última vez que tuvimos relaciones sexuales, hace meses, tú también tuviste dificultades.
Y hoy… bueno, yo hice mi parte.
Creo que ayudaría si te revisaras… Tal vez es hormonal.
O quizás sea por estrés.” La sangre de Elena hirvió.
“¡Alexander Eis!” exclamó, incrédula.
“¡Tú no puedes estar pensando, ni por un segundo, que la culpa es mía!” Él giró la cabeza, y sus ojos grises se endurecieron.
“Entonces, ¿es mi culpa?” preguntó, y Elena percibió el tono ácido, defensivo, que él usaba en las juntas directivas cuando alguien cuestionaba su autoridad.
“¡No he dicho que sea tu culpa, Alexander!
He dicho que…” “¿Qué quieres decir, eh?” la interrumpió él, alzando la voz.
“¿Que no puedo darte un orgasmo?…
¿Que soy incompetente?” A esa altura, él ya se había sentado en la cama, encarándola con una expresión irritada que borraba cualquier rastro de la felicidad de la cena.
Elena respiro pesadamente, tratando de conservar la calma y no decir algo de lo que llegara a arrepentirse, sintiendo que le dolía la cabeza.
Discutir no iba a arreglar nada.
Ella ya estaba frustrada desde hacía meses, y no era solo sexualmente.
Claro que el sexo con Alexander nunca había sido de fuegos artificiales; era correcto, funcional y lograba satisfacerla lo suficiente como para que ella lo calificara como bueno.
Él llegaba al orgasmo y ella… bueno, ella se las arreglaba.
Alexander había sido su primer novio, su única relación real.
Nunca había tenido con qué comparar, hasta que apareció Sele.
Y maldita sea, la comparación era devastadoramente clara.
“Mira, creo que tal vez no sea culpa solo de uno de nosotros.” intentó mediar Elena, respirando profundamente para calmarse.
“Alexander, escúchame.
Desde que empezaste con esos viajes, me acuesto en esta cama y me siento completamente sola… Y cuando vuelves, estás aquí físicamente, pero tu mente sigue en el trabajo… No tienes tiempo para dedicarme… Me he sentido demasiado frustrada este último tiempo…” La expresión de Alexander cambió ligeramente.
El enfado dio paso a una sorpresa genuina, como si nunca se le hubiera ocurrido pensar que su esposa se sintiera de ese modo.
“Amor, yo…” balbuceó él, pasando una mano por su cabello rubio.
“Yo no sabía que te sentías así.
Perdón.” Su expresión perdida hizo que el corazón de Elena se ablandara un poco.
Quizás, solo quizás, podía entenderlo y que ambos trataran de arreglar todo juntos.
“Pero yo quiero, y necesito que me entiendas.” continuó él, recuperando rápidamente su discurso.
“Estoy consiguiendo todo lo que siempre soñé para la empresa… Tú sabes que mi puesto exige paciencia y tiempo.
Soy el presidente ahora, Elena.
No voy a estar siempre disponible.
Es el precio del éxito.” Esa frase fue la gota que colmó el vaso.
“¿Siempre disponible?” Elena soltó una risa amarga.
“¡Tú nunca estás disponible!” Se levantó de la cama de un salto, ignorando su desnudez, caminando hacia el vestidor para buscar una bata.
Necesitaba cubrirse, necesitaba algo que apretar entre sus dedos mientras se iba en caso de necesitarlo.
“¿No te das cuenta?” pregunto desde la puerta del vestidor, volviéndose hacia él.
“Mira nuestro matrimonio.
Tengo que masturbarme sola para poder tener un orgasmo decente, mientras tú esperas que yo celebre tu éxito en la vida.
¿A cambio de qué?
¿De un collar de perlas?
¿De una cena cara?” La idea era tener una conversación tranquila, poner las cartas sobre la mesa, pero el tono de voz de él, esa arrogancia implícita, había detonado todo el tumulto de emociones que ella había estado reprimiendo.
“Elena, ¿cuál es tu problema?” Alexander se levantó también, poniéndose los boxers con movimientos bruscos.
“¿Estás haciendo drama porque no estamos follando constantemente?…
¿Porque no puedes tener un orgasmo una noche?…
¿Crees que eso es más importante que mi trabajo, que nuestro futuro económico?
¡Estás siendo una completa egoísta!” Elena apretó la mandíbula tan fuerte que le dolieron los dientes.
“¿Cómo puedo querer algo que nunca tuve?” respondió ella, con la voz temblando de rabia.
“¡Tú y yo nunca follamos constantemente, ni siquiera en los tiempos de la universidad, Alexander!” Soltó la verdad sin pensar.
Sus ojos azules estaban oscuros, quemados por la ira acumulada de años de mediocridad aceptada.
Alexander se quedó quieto.
Bajó la guardia por un momento, herido en su orgullo.
“¿Acaso escuchaste lo que te dije?” prosiguió Elena, dando un paso hacia él.
“¿O, mejor dicho, oíste algo de lo que hablé?
¡Solo quiero la mierda de mi matrimonio de vuelta, idiota!
¡Quiero dejar de sentirme sola en esta casa museo!
¡Quiero tener una familia de verdad!”
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