Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 El silencio se hizo presente nuevamente.
Fueron treinta segundos largos y agonizantes, en los que Alexander analizaba las palabras de Elena como si buscara una cláusula de escape o como si pensara que valía la pena debatirlas.
“¿Entonces es eso?” dijo él, rodando los ojos con fastidio.
“¿Vas a volver con esa charla de familia e hijos de nuevo?
Elena, por Dios… nosotros somos una familia… Tú y yo.
No necesitamos un niño llenando nuestra bolsa, llorando y ensuciando todo.
Y menos ahora, cuando por fin estoy en mi mejor momento.” “¡Alexander, yo quiero un hijo!” insistió ella, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir.
“Quiero una familia, tengo veinticinco años, Alexander.
Esta casa inmensa está vacía y desde que tengo memoria soñé con ser madre… Es un sueño que con el tiempo no ha hecho nada más que crecer, y tú intentas matarlo día a día.” “¡Pues no lo es para mí!” cortó él, tajante.
“¡Muchas mujeres hoy en día no tienen hijos y viven muy bien con eso!
Tú eres profesional Elena, eres inteligente.
¡También eres capaz!
No necesitas validarte pariendo un hijo.” “¿Qué…?” Elena retrocedió, horrorizada.
“Tú… ¿cómo puedes ser tan insensible?
¿Cómo puedes torcer mis deseos para que parezcan una debilidad?” Una sola lágrima escurrió por su ojo izquierdo, caliente y pesada.
La limpió con rabia, negándose a darle el gusto de verla llorar.
Alexander bufó, harto de la conversación circular.
“No quiero hablar más de eso, Elena….
no quiero hablar nunca más de eso.
Ya está decidido.
No vamos a tener mocosos arruinando nuestro estilo de vida.” Sin esperar respuesta, caminó a pasos rápidos hacia el baño y cerró la puerta con un golpe seco.
El sonido del pestillo al cerrarse fue el punto final de la discusión.
“¡Cobarde!” gritó Elena a la puerta cerrada.
“(y cornudo)” una parte mas oscura de ella pensó.
La pelirrubia se tiró en la cama, sintiendo que su garganta comenzaba a arder.
“(Duele, mierda, cómo duele.)” pensó.
“(¿Cuándo se habían perdido el uno al otro?
¿O es que nunca se tuvieron realmente?)” Un sollozo alto escapó de sus labios, pero ella se prohibió inmediatamente continuar.
“No, no, no.” se dijo a sí misma en voz alta, levantándose de la cama con una determinación repentina.
“No voy a llorar más por él.
Estoy harta.” Oyó la ducha encenderse al otro lado de la puerta.
Alexander iba a lavarse, a quitarse la incomodidad de la discusión, y luego saldría esperando que ella estuviera dormida o calmada.
Elena miró el reloj digital en la mesita de noche… 23:12 Si tenía suerte y era rápida, tal vez… Negó con la cabeza.
¿Qué diablos estaba pensando?
Estaba pensando en una locura.
Estaba pensando en ojos negros y tatuajes.
Una completa estupidez.
*** Diez minutos después, Elena estaba frente al espejo del tocador.
Deslizó el lápiz labial color rojo intenso sobre sus labios carnosos para luego mirarse críticamente.
El maquillaje ocultaba las ojeras y el rastro de tristeza.
Se sentía bonita.
“(Linda.)” una voz parecida a la de Sele diría en su mente.
Una pequeña sonrisa involuntaria curvó sus labios al pensar en la chica.
En el poco tiempo que llevaban involucradas (si es que así se podía llamar a esa mezcla de amistad y tensión sexual), Elena había intentado poner límites.
Había hablado con ella después de aquella primera noche, estableciendo una relación de amistad medio complicada.
Pero Sara, con su descaro habitual, se saltaba las barreras constantemente jugando en los bordes, elevando la autoestima de Elena de una manera que su esposo nunca había hecho.
Alexander le compraba perlas.
Sele le regalaba miradas que la hacían sentirse la mujer más deseada del planeta.
Elena se alisó la ropa.
Había elegido algo casual, pero con intención: una camiseta corta blanca que dejaba ver una franja de piel en su abdomen, y unos pantalones ajustados del mismo color con cortes estratégicos en la parte delantera.
También se soltó el cabello, dejando que los mechones castaños cayeran salvajes sobre sus hombros.
“¿Dónde piensas que vas?” La voz la sobresaltó.
Elena casi soltó un grito y se giró rápidamente.
Alexander estaba parado en la puerta del baño, con una toalla envuelta en la cintura y el cabello mojado goteando.
Había que admitirlo… Alexander tenía un cuerpo espectacular, esculpido en el gimnasio de la empresa.
Era objetivamente un hombre atractivo.
“(Era una verdadera pena)” pensó Elena con cinismo, que consiguiera ser un completo idiota cada vez que abría la boca.
Elena rodó los ojos, recuperando la compostura.
“Voy a salir con Alicia.” mintió con un descaro que la sorprendió.
Mientras le sostuvo la mirada fijamente.
“Ella me llamó mientras tomabas tu baño de diva.” “Espera un minuto…” Alexander miró el reloj.
“¿Sabes qué hora es?” “Sí, lo sé.
¿Algún problema con eso?” Elena se cruzó de brazos, desafiante.
“¿Desde cuándo volviste a salir con Alicia?” Él la miró, procesando la información, y luego su expresión cambió a una de incredulidad.
“Espera… ¿te la pasas saliendo con ella por las madrugadas cuando estoy fuera trabajando?” Elena abrió y cerró la boca.
¿Realmente era tan egocéntrico?
“(¿Ese idiota no oyó todo lo que dije sobre estar encerrada y sola en casa?)” pensó Elena, furiosa.
“Primero: Alicia es mi amiga y yo salgo cuando quiera con ella” enumero dando un paso adelante.
“Segundo: no, no salgo con ella desde hace un buen tiempo.
¡Y no es como si te debiera ninguna respuesta por eso, ya que tú solo vives fuera de esta maldita casa!” “¡Carajo!” fruño entrete dientes Alexander.
“¿Otra vez con la mierda de mi trabajo?
¿Cuántas veces voy a tener que explicarte esto?” Elevó su tono de voz, haciendo que retumbara en las paredes de la habitación.
Pero esta vez, Elena no retrocedió.
“Cuidado con ese tono, Alexander.” advirtió ella, con una voz gélida y baja.
El mencionado tragó en seco.
Algo en la mirada de su esposa le hizo dudar.
Por lo que negó con la cabeza, frustrado, y caminó hasta el armario para sacar su ropa interior.
“¿Qué te hace pensar que te dejaré ir?” preguntó él con un tono irónico, dándole la espalda.
“¿Y qué te hace pensar que me importa si me dejas o no?” soltó ella con veneno, tomando su bolso.
Él soltó una risa sin humor y se giró, con los puños cerrados a los costados.
Sus ojos se encontraron y Elena percibió la furia posesiva en él.
Alexander siempre había sido celoso; al principio de su relación, había logrado aislarla de sus amigos del colegio con la excusa de que “ellos no eran buenos para su futuro”.
Enamorada, ella había hecho caso.
Pero la Elena enamorada y sumisa se había quedado en el pasado.
“Okey, como desees, vete” dijo él finalmente, con desdén, como si le estuviera haciendo un favor.
“¡Solo me avisas cuando decidas parar con todo ese drama innecesario!” “(¿Drama?)” pensó Elena, sintiendo que la sangre le subía a la cabeza.
“(¿Enserió piensa que estoy haciendo simple drama por querer ser feliz?)” “¡Ve a disfrutar tu noche de chicas y déjame dormir en paz, Elena!” la cortó él, apagando la luz principal y metiéndose en la cama, dándole la espalda.
Elena se quedó un momento en la oscuridad, mirando la silueta de su marido bajo las sábanas.
Ella tuvo ganas de gritar.
Tuvo ganas de despertarlo y restregarle en la cara lo bien que iba a pasarlo con su amante, mientras él se quedaba allí, durmiendo como un idiota…
Pero se contuvo.
No valía la pena gastar más tiempo en él.
“(Idiota.)” pensó.
“(Malo en la cama y, si tengo suerte esta noche, nuevamente cornudo.)” Salió de la habitación y bajó las escaleras casi corriendo.
Ahora mismo solo tenía un objetivo: ver a Sele.
Quería ahogar sus penas en alcohol, quería sentir esa adoración en los ojos negros de la chica.
Y si llegaba a pasar algo… bueno, volvería a culpar de nuevo al alcohol… O a Alexander… o mejor a ambos.
Porque Sara Eleonor, con toda su juventud y su caos, era la única que sabía cómo llevarla a la locura.
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