Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 14
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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 El coche se detuvo con un leve chirrido de neumáticos sobre la grava del estacionamiento.
El silencio del exterior contrastaba con el zumbido eléctrico del letrero de neón que presidía la entrada de aquel lugar apartado de la carretera principal.
Las letras rojas y azules parpadeaban rítmicamente, proyectando sombras alargadas sobre el capó negro del auto.
Elena apagó el motor, pero sus manos permanecieron aferradas al volante durante unos segundos, como si necesitara anclarse a la realidad antes de dar el siguiente paso.
“Llegamos.” anunció, con la voz ligeramente temblorosa.
Sele miró por la ventanilla, observando las cortinas cerradas de las habitaciones contiguas y la discreción casi exagerada del lugar.
Era un motel de paso, de esos que no hacen preguntas mientras pagarás, diseñado para amantes furtivos y secretos inconfesables.
“Vaya…” murmuró Sele, desabrochándose el cinturón de seguridad y girándose para mirar a su profesora con una ceja arqueada y una sonrisa de medio lado.
“No sabía que conocías lugares así, profesora Day…
Tienes una caja de sorpresas escondida bajo esos conjuntos de marca.” Elena sintió que el rubor le subía a las mejillas, visible incluso bajo la tenue luz del habitáculo.
“No es lo que estás pensando.” se apresuró a decir, abriendo su puerta para escapar del escrutinio burlón de la joven.
“Vamos.” Caminaron hacia la habitación número 7, cuya llave Elena había sacado de la guantera con una familiaridad que contradecía sus palabras.
Al abrir la puerta, el olor a ambientador de vainilla barato y cera de velas las golpeó de frente.
La pelirrubia entró primero, encendiendo las luces con un clic.
La habitación no era lujosa, pero tenía una intencionalidad clara.
Una cama doble grande y cuadrada dominaba el centro del espacio, cubierta con una colcha de satén rojo que gritaba pecado.
En la esquina izquierda, un frigobar zumbaba suavemente cerca de la puerta del baño, y sobre una cómoda de madera oscura, una televisión antigua descansaba junto a una pequeña torre de DVDs con carátulas explícitas que no dejaban nada a la imaginación.
Pero lo que realmente definía el lugar eran los espejos.
Había uno enorme en el techo, justo sobre la cama, y otros estratégicamente colocados en las paredes.
Sele entró detrás de ella, cerrando la puerta con el pie y echando el cerrojo.
Se quedó parada en el centro de la habitación, girando sobre sí misma para asimilar el entorno.
“Velas, espejos en el techo, porno a la carta…” enumeró Sele, soltando una risa baja y ronca mientras se acercaba lentamente a Elena.
“Definitivamente todo destinado a una noche tranquila, ¿no?” Elena, que se había quitado los tacones dejándolos junto a la entrada, sintiéndose repentinamente vulnerable ahora que no tenía el volante entre las manos.
Se alisó la camiseta blanca nerviosamente.
“No frecuento estos lugares, tú sabes…” comenzó a explicar, gesticulando de forma vaga.
“Conozco este porque…
bueno, ciertas personas cercanas a mí hablan bien de él y pensé que sería…
privado.
Seguro… nunca imagine que estuviera tan… equipado.” Sele acortó la distancia entre ellas.
Su presencia llenó la habitación, eclipsando la decoración kitsch.
“Está bien, Elena.” la cortó Sele con suavidad levemente divertida.
Después de todo le resultaba un poco gracioso ver cómo su profesora, tan autoritaria en el aula, se desmoronaba en explicaciones innecesarias cuando se trataba de sexo.
“Realmente no estoy interesada en la reseña de TripAdvisor del lugar.” Elena tragó saliva al verla acercarse.
Sele tenía esa forma de caminar, depredadora y relajada a la vez, que hacía que las piernas se volvieran de gelatina.
“¿En qué estás interesada entonces?” preguntó la rubia, mordiéndose el labio inferior, un gesto inconsciente que era una invitación en sí mismo.
Sele se detuvo justo frente a ella.
No la tocó de inmediato, sino que dejó que la tensión creciera, que el aire entre ellas se cargara.
“Tú sabes lo que quiero.” dijo la ojinegra, y su voz bajó, convirtiéndose en un ronroneo peligroso.
“Ambas lo sabemos.
Y creo que ambas estamos más que cansadas con toda esta treta de la distancia que insististe en poner.” Sele levantó las manos y las volvió a poner en la cintura de Elena.
El calor de sus palmas atravesó la fina tela blanca de la camiseta, quemando la piel de la profesora.
“Pero no voy a aprovecharme.” continuó Sele, inclinándose para rozar su nariz contra el cuello de Elena, aspirando su perfume.
“Si quieres que me detenga y me vaya, solo dímelo ahora y me iré…
incluso caminaré hasta casa si hace falta.
Pero tienes que decirlo ahora.” Aquella voz ronca, susurrada directamente en su oído, hizo que el cuerpo de Elena se encendiera como una mecha despertando recuerdos viscerales.
Recuerdos de esas manos en su piel, de esa lengua experta, de los gemidos ahogados y de la sensación de plenitud que solo Sele le había dado.
Elena cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás, ofreciendo su garganta.
“…” Sele sonrió contra su piel tomando el silencio como confirmación.
“Buena chica.” Sin previo aviso, Sele enredó una mano en el cabello de Elena, tirando suavemente para exponer su rostro, y unió sus labios en un beso lleno de deseo y nostalgia mezclados en una danza húmeda y urgente.
Era el tipo de beso que desbordaba, que borraba el mundo.
Las manos de Elena, cobrando vida propia, deslizándose por el torso de Sele, colándose por debajo de su ropa, rascando ligeramente la espalda de la joven, sintiendo la tensión de los músculos bajo sus dedos mientras sus lenguas luchaban, se buscaban, se deslizaban una sobre la otra sin ninguna delicadeza, queriendo recuperar el tiempo perdido.
Sele chupó con devoción e intensidad el labio inferior de Elena, saboreándola como si fuera su última cena.
Apretó con más fuerza el cabello enroscado en su mano y la empujó hacia atrás, obligándola a caminar a ciegas hasta que la espalda de Elena chocó contra la pared más cercana.
El golpe seco contra el muro fue excitante.
Sele presionó todo su cuerpo contra el de la profesora, cadera contra cadera, muslo contra muslo, fusionándose hasta que ninguna sabía dónde comenzaba una y terminaba la otra.
Elena soltó un gemido ronco, un sonido gutural que murió en la boca de Sele, cuando la joven bajó los besos a su mandíbula, trazando una línea húmeda hasta llegar a ese punto sensible en el cuello, donde sus dientes apretaron sutilmente la piel, amenazando con dejar una marca.
“Sele…” gimió Elena.
La fricción era enloquecedora.
Elena ya sentía picos de excitación recorriendo su columna vertebral.
Su lubricación natural reaccionaba de forma violenta, humedeciendo su ropa interior en cuestión de segundos.
Era espeluznante y maravilloso la rapidez con la que el cuerpo de Sele la hacía reaccionar, como si estuviera biológicamente programada para responder solo a ella.
“Mira, Day…” susurró Sele, separándose para mirarla a los ojos, con las pupilas dilatadas por la lujuria.
“Mira cómo se pone duro por ti.” Sele forzó su pelvis hacia adelante, presionando su entrepierna contra el vientre bajo de Elena, la erección era inconfundible.
Dura, firme, insistente.
Elena gimió y sintió que ardía por dentro, abrumada por la sensación de poder y sumisión simultánea.
“S-Sele…” la voz de Elena era un hilo roto.
“Quiero…
quiero chupártelo.
P-Por favor.”
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