Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 18
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18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 *** El camino de regreso a la ciudad fue un estudio en contrastes.
Mientras el motor del sedán ronroneaba suavemente, el silencio dentro del habitáculo era denso, cargado de palabras no dichas.
Elena conducía con la vista fija en la calle, con las manos apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Llevaba las gafas de sol puestas, a pesar de que el día estaba nublado, usándolas como una barrera entre ella y el mundo.
Sele, en el asiento del copiloto, parecía mucho más relajada.
Observaba el paisaje pasar con una media sonrisa, tarareando una canción en voz baja.
De vez en cuando, giraba la cabeza para mirar a Elena, disfrutando de la tensión que irradiaba la mujer mayor.
“Puedes dejarme en la esquina de la panadería, dos cuadras antes de la escuela.” dijo Sele, rompiendo el silencio.
Elena asintió rígidamente.
“Sí.
Es lo mejor.
No…
no pueden vernos llegar juntas.” Sele soltó un suspiro, girando el cuerpo para mirarla mejor.
“Elena, relájate.
Nadie va a pensar nada raro porque le des un aventón a una alumna.
Eres la profesora buena onda, ¿recuerdas?” “No soy buena onda, Sara… Soy una mujer casada que acaba de pasar la noche en un motel de carretera con una estudiante de dieciocho años.” espetó Elena, la culpa finalmente encontrando una salida en forma de ira.
“Esto…
esto es una locura…
Es inmoral…
Es…” “¿Deliciosamente placentero?” completó Sele.
Elena frenó en el semáforo con un poco más de brusquedad de la necesaria y se giró hacia ella, quitándose las gafas de sol.
Sus ojos azules estaban rojos y brillantes, al borde de las lágrimas.
“Es un error, Sele.
Un error terrible.” La sonrisa de Sele desapareció.
Su expresión se endureció, volviéndose esa máscara de indiferencia que usaba para protegerse.
“Anoche no parecía un error cuando gritabas mi nombre.” dijo Sele con frialdad.
“Ni hace una hora.” “Por eso mismo debemos dejar de vernos…” Elena buscó una excusa, pensando en muchas, pero descartando la mayoría.
“No puede volver a pasar.
¿Me oyes?
No puede.
Tengo una vida, Sara.
Tengo un marido.
Y tú tienes una carrera por delante junto a tus conciertos.” Sele la miró en silencio durante un largo momento, escrutando su rostro.
Vio el miedo en los ojos de la pelirrubia.
Miedo a ser descubierta, sí, pero, sobre todo, miedo a lo que estaba sintiendo.
“Está bien.” dijo Sele finalmente, encogiéndose de hombros.
“Si eso es lo que quieres.” “Es lo que debo hacer.” corrigió Elena.
“(lo que quiero es otra muy diferente.)” Cuando el semáforo cambió a verde.
Elena condujo las últimas cuadras en un silencio sepulcral.
Cuando llegaron a la esquina indicada, detuvo el auto a un costado.
“Solo una cosa, Elena.” dijo sin mirarla.
“Puedes mentirte a ti misma, puedes mentirle a tu marido y puedes intentar mentirme a mí… Pero tu cuerpo no miente.
Y lo que pasó anoche…
eso no se borra con una ducha.” Sele salió del coche y cerró la puerta con un golpe seco.
Elena la vio alejarse por el espejo retrovisor, caminando con esa arrogancia natural, con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás ni una sola vez.
Elena esperó hasta que la figura de la chica desapareció al doblar la esquina.
Solo entonces se permitió soltar el aire que había estado conteniendo apoyando la frente contra el volante y cerrando los ojos.
“Se acabó.” se dijo a sí misma, intentando que sonara como una sentencia firme y no como una súplica.
“Se acabó.” *** Habían pasado dos semanas…
Diecisiete días, para ser exactos.
Elena había convertido su vida en una fortaleza de rutina.
Se levantaba temprano, preparaba el café, iba a la escuela, daba sus clases con una profesionalidad, evitaba mirar hacia el fondo del aula donde se sentaba Sele, y regresaba a casa para corregir tarea, trabajos o exámenes hasta que los ojos le ardían.
Había funcionado… Más o menos.
Sele había cumplido su parte del trato.
No se acercaba a su escritorio al final de la clase.
No hacía preguntas capciosas.
No la buscaba con la mirada.
Simplemente existía en la periferia de la vida de Elena, como una sombra constante.
Pensando en eso Elena, quien estaba en la cocina cortando verduras para una cena que probablemente comería sola, soltó una maldición entre dientes por un corte que se hiso por cortar con más fuerza de lo que pretendió.
“(Genial… lo que faltaba.)” Suspirando estuvo a punto de mojarse la pequeña herida con agua cuando escuchó el sonido de la puerta principal abrirse.
La pelirrubia se congeló completamente, agarrando el cuchillo con más fuerza.
“(Alexander no debía volver hasta dentro de dos días.)” muchas posibilidades comenzaron a aparecer en su mente, desde un ladrón hasta alguien borracho que se confundiera de casa y de algún modo entrara a la suya.
“¿Hola?” llamó una voz masculina familiar desde el recibidor sacaría del torbellino a la Day impidiendo que hiciera una locura.
Elena dejó el cuchillo que tenía sujeto, no queriendo tener nada a la mano por si decidía golpear al idiota de su esposo por darle un susto de muerte.
Y salió de la cocina, secándose las manos en un paño ignorando el leve escozor de su pequeño corte.
Alexander estaba en la sala, dejando su maleta de viaje en el suelo.
Pareciendo cansado, pero había algo diferente en él.
“Alex…” Elena miro sorprendida al mencionado intentando averiguar qué es lo nuevo que tenía.
“Pensé que volvías el miércoles.” “Adelanté el vuelo” dijo él, acercándose para darle un beso rápido en la mejilla.
“Tengo noticias… Grandes noticias.” “¿Ah, sí?” Elena intentó sonreír, pero la sonrisa se sintió incorrecta.
“¿Que ocurrió?” “Me han dado el puesto, Elena.” dijo Alexander, y sus ojos brillaron con un triunfo genuino.
“La presidencia… Es oficial.” Elena parpadeó.
Debería estar saltando de alegría.
Era lo que él había perseguido durante años.
“¡Eso es…
eso es maravilloso, Alex!” exclamó, forzando el entusiasmo.
“Felicidades.” “Vamos a celebrarlo” anunció él, quitándose la chaqueta.
“Vístete.
Quiero el mejor vino, la mejor comida…
Quiero que te pongas ese vestido negro que me gusta.” Elena asintió, sintiendo un nudo en el estómago.
“Claro.
Dame veinte minutos.” La pelirrubia subió las escaleras hacia el dormitorio.
Mientras se maquillaba frente al espejo, tratando de tapar las ojeras de semanas de insomnio que de alguna forma pasaron inadvertidas de su esposo, su mente viajó inevitablemente a otra noche, a otro bar, a otros ojos.
Estaba a punto de salir a celebrar el éxito de un hombre que no la trataba como le gustaría, mientras su cuerpo extrañaba las manos de una alumna a la que había jurado no volver a hablar buscando lo que realmente quería.
La cena fue perfecta en apariencia.
El sexo posterior, esa misma noche, fue un desastre que terminó en una discusión pasivo-agresiva sobre tener hijos y Alexander durmiendo dándole la espalda tapándose las orejas con una almohada.
Y fue ahí, en la oscuridad de su habitación, con el sonido de la respiración regular de su marido al lado, donde Elena se dio cuenta de lo perdida que estaba y de que seria imposible volver a atrás sin importar cuanto lo intentara.
La Day había aguantado dos semanas… Pero no sabía cuánto más podría resistir.
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