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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 19

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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 *** La oficina de la licenciada María tenía ese olor característico a lavanda y libros viejos que se suponía debía inducir calma, pero que, a Elena, en ese momento, solo le provocaba incomodidad.

La pelirrubia se movió incómoda en el sillón de cuero beige, cruzando y descruzando las piernas cada cierto tiempo, mientras el sonido del reloj de pared parecía marcar el ritmo de su ansiedad.

“Confieso que estoy muy sorprendida con tu presencia, Elena… Tiene un buen tiempo que no apareces por aquí.” Dijo María, ajustándose las gafas de montura fina y ofreciéndole una sonrisa suave.

Elena suspiró, alisándose la falda de tubo gris que llevaba.

María no era solo su terapeuta; era una vieja amiga de la universidad.

Se habían conocido en los pasillos de la facultad, cuando Elena estudiaba Biología y María Psicología, y su relación había oscilado entre la camaradería y la necesidad profesional a lo largo de los años donde la Day pudo mantener la relación al ser mutuamente beneficiosa.

María por los contactos y Elena por las sesiones junto a consejos junto a uno que otro consejo que normalmente la primera no daba.

“Para con eso, María.

Nos conocemos hace años… y sabes que solo vengo cuando siento que el techo se me va a caer encima.” respondió Elena, intentando sonar ligera, aunque su voz la traicionó temblando un poco.

“Lo sé.

Y por tu cara, diría que el techo ya se ha derrumbado.” María dejó de lado las formalidades, tomó su bloc de notas y una pluma, y se inclinó hacia adelante.

“Pareces nerviosa.

¿Quieres decirme qué pasó?” Elena miró por la ventana.

Era una tarde de lunes gris y monótona.

Normalmente, después de sus clases, iría a casa, se prepararía un té, dormiría una siesta para recuperar fuerzas y luego se arreglaría para dar sus clases nocturnas virtuales si es que su lección se extendiera o sus estudiantes realmente la necesitaran.

“Yo…

lo que quería eran algunos consejos.

Sabes, conversar contigo…

como viejas amigas, ¿correcto?” preguntó la pelirrubia, buscando una salida fácil.

No quería ser la paciente rota sino ser la amiga que se desahoga.

María arqueó una ceja, acostumbrada perfectamente a las tácticas evasivas de Elena.

“Claro, Elena.

Como amigas… te escucho.” Elena respiró hondo.

Recordando levemente lo que había hecho que empezara a venir a terapia años atrás junto a cosas que la mantuvieron como una visitante.

Primero habían sido sus padres.

Su madre, Militas, una abogada de 54 años con la empatía de un tiburón, que siempre había despreciado la elección de Elena de ser “una simple maestra” en lugar de seguir sus pasos en las leyes.

La misma amaba a Alexander; para ella, ese matrimonio era el único éxito real de su hija.

Luego estaba su padre, y los dos años de infierno cuidándolo durante su cáncer de próstata, durmiendo en hospitales, cambiando sondas, mientras su hermana menor brillaba por su ausencia.

Y su marido estaba demasiado ocupado construyendo un imperio.

Como para tener tiempo para ellos o siquiera hacer el intento.

Esa carga emocional casi la había destruido entonces.

Pero lo de ahora…

lo de ahora se sentía diferente…

más importante… y más peligroso.

“Es mi marido.” soltó Elena finalmente, mirando sus manos entrelazadas.

“como ya sabes no nos estamos entendiendo.

Él está lejos…

física y mentalmente.” María asintió lentamente, garabateando algo en su libreta.

“Okey…

¿Quieres decirme dónde empezó todo esto?

Porque la última vez que te vi, parecías resignada a su ritmo de trabajo.” “Bueno, hace un año y medio decidí que ya era hora de tener un hijo.” comenzó Elena, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba.

“¿Sabes cuándo el reloj biológico comienza a gritar?

Parecía que todo el mundo a mi alrededor estaba embarazado.

Solo veía bebés por la calle.” Elena hizo una pausa, recordando la pelea.

“Recuerdo que le planteé el tema y Alexander hizo un escándalo.

Me dijo que su nuevo cargo no le permitía darse el lujo de tener un hijo.

Y que si tuviéramos un hijo iríamos a complicarnos.” La doctora abrió un poco los ojos, sorprendida por la virulencia.

“¿Complicarnos?” repitió María jugando con un bolígrafo pasándolo por sus dedos.

Elena soltó una risa amarga.

“Nunca fuimos pobres, María.

Incluso en nuestro peor momento, si se le puede llamar así a esa etapa de nuestra vida pues teníamos una condición normal, estábamos bien.

Pero como hoy vivimos con lujos gracias a su empleo…

respondió así.

Me sentí tan humillada…

tan avergonzada por mi propio marido… Así que desistí temporalmente.” “Comprendo lo que dices, pero Elena… tienes que comprender que el matrimonio involucra un proyecto de vida en común.” dijo María con suavidad.

“Y eso implica que fuera de tener o no tener hijos.

Es una cuestión seria.

Si él dejó claro que no quiere…” “¡Ese es el problema!” interrumpió Elena.

“Volví a intentar hablar con él hace tres semanas, la noche que lo ascendieron pensando que, con el puesto asegurado, estaría más abierto.

Pero fue peor.

Me cortó antes de que terminara, peleamos, y desde entonces…

solo hay silencio y viajes… incluso más que antes.” Elena se levantó y empezó a caminar por el pequeño consultorio, incapaz de quedarse quieta.

“Alexander solo piensa en él, en su empresa, en su éxito.

Me siento tan sola, María…

Y mi deseo de ser madre está siendo pisoteado como si fuera un capricho infantil…

no hay intimidad ni un nosotros.” María la observó en silencio durante un minuto, dejando que las palabras de Elena flotaran en el aire.

“Es una situación complicada, Elena.

No es solo una crisis pasajera.

Siendo muy sincera, y hablando como tu amiga ahora, tienes tres alternativas.” Elena se detuvo y la miró, esperando una solución mágica.

Que sirviera tanto para su esposo como para… otra cosa.

“Uno: Pasas toda la vida frustrada y aceptas el hecho de que no vas a ser madre con él.

Dos: Te separas y buscas a alguien que comparta tus sueños.

O tres…” María dejó la frase en el aire, y Elena sintió un escalofrío.

“¿Tres?” preguntó Elena.

“Tres: Aceptas que el matrimonio está roto e intentas arreglarlo sabiendo que puede que no tenga arreglo.

Pero tengo que hacerte una pregunta, Elena.

Una pregunta personal y difícil.” “Dime.” Elena volvió a sentarse, sintiéndose agotada.

María se quitó las gafas y la miró directamente a los ojos, con una intensidad que hizo que Elena quisiera esconderse bajo la alfombra.

“¿Crees que esa aversión repentina a ser padre, esos viajes constantes, esa falta de deseo sexual hacia ti y ese uso obsesivo del preservativo incluso después de tantos años…

tienen que ver con otra persona?” El silencio en la habitación fue ensordecedor.

“¿Cómo dices?” preguntó Elena, con la voz ahogada.

“¿Ha pasado por tu cabeza la posibilidad de todo sea debido a una infidelidad por parte de él?” preguntó María sin rodeos.

Elena abrió la boca para negar.

Para decir que Alexander era un adicto al trabajo, un egocéntrico, un idiota insensible, pero no tan idiota como para serle nuevamente infiel.

Pero entonces, las piezas del rompecabezas empezaron a moverse en su mente.

Las noches fuera.

El teléfono siempre bloqueado.

La falta de interés en su cuerpo.

La clara adveración a los hijos.

Y la ironía suprema: ella, Elena, estaba allí sentada sintiéndose culpable por acostarse con su alumna, mientras su marido, el santo empresario, podría estar haciendo exactamente lo mismo desde ya hace mucho tiempo.

“No…

no lo sé.” susurró Elena, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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