Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 23
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23: Capítulo 23 23: Capítulo 23 La puerta de la oficina se abrió con un gemido de las bisagras que sonó casi como una protesta.
Elena no encendió la luz; la claridad de la tarde que se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo eran más que suficientes, bañando la estancia en una penumbra dorada y polvorienta.
El despacho de Alexander era un monumento a su ego.
Todo allí gritaba dinero y control: las estanterías de libros que probablemente nunca había leído, la alfombra persa que amortiguaba los pasos y, presidiendo el lugar como un trono, el inmenso escritorio de caoba maciza, impecable y brillante, donde no se permitía ni una mota de polvo fuera de lugar.
Era un santuario estéril.
Un lugar donde Elena rara vez entraba ya que nunca se sentía bienvenida.
Hasta hoy.
Cuando Sele entró cargando a Elena con una facilidad pasmosa, como si la profesora no pesara más que una pluma, aunque sus pasos eran un poco torpes debido a la urgencia y a los besos que Elena seguía plantando en su cuello, marcando su piel con mordiscos posesivos.
“Aquí…” jadeó la pelirrubia contra la garganta de la joven, señalando el escritorio.
“Ponme ahí.
Encima de sus malditos papeles.” Sele soltó una risa ronca, vibrante, que Elena sintió en su propio pecho.
“Tus deseos son órdenes, profesora.” Con cuidado, Sele depositó a Elena sobre el borde del escritorio.
El movimiento desordenó una pila de informes financieros perfectamente alineados, que se deslizaron y cayeron al suelo en una cascada de papel.
La cual a ninguna le importó.
De hecho, el sonido de los documentos de Alexander golpeando la alfombra fue música para sus oídos.
Sele se colocó entre las piernas de Elena, encajando sus caderas contra las de la profesora.
El contacto fue eléctrico.
A través de la tela, Elena pudo sentir la dureza de Sele, esa reacción innegable que siempre la dejaba sin aliento.
Pero Sele no se apresuró.
Se detuvo un momento, apoyando las manos a ambos lados de Elena, sobre la madera fría del escritorio, atrapándola.
Sus ojos recorrieron el despacho, asimilando el lujo, el olor a cuero caro y tabaco rancio, para luego volver a centrarse en la mujer semidesnuda frente a ella.
“Bonito despacho.” murmuró Sele con sarcasmo.
“Huele a aburrimiento y a dinero viejo.” “Huele a él.” corrigió Elena con desdén, pasando las manos por los hombros de Sele, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camiseta.
“Haz que huela a nosotras…
Por favor.” Sele sonrió.
Una sonrisa que hizo que el corazón de Elena se saltara un latido.
De manera casi obsesiva, las manos de Elena bajaron hasta el cinturón de Sele.
Sus dedos, torpes por la ansiedad, lucharon con la hebilla hasta que lograron soltarla.
Abrió el botón y bajó la cremallera, empujando los pantalones de la joven y sus bóxers hacia abajo hasta que quedaron atrapados en sus rodillas, liberando su miembro semi-erguido.
La visión de Sele expuesta en aquel entorno tan formal era un contraste visual impactante, uno exquisito.
Sele agarró el cabello de Elena y tiró de su cabeza hacia atrás con firmeza, obligándola a mirarla a los ojos.
Las pupilas de la joven estaban tan dilatadas que el negro parecía haberse tragado el poco color que quedaba.
“Dime una cosa, Elena.” preguntó Sele, con la voz baja y peligrosa.
“¿Él te satisfacía todo este tiempo?
¿Te ha cogido alguna vez como solo yo sé hacértelo?” La pregunta quedó flotando en el aire, cargada de celos y de una necesidad de confirmación.
Sele necesitaba saber que no era un reemplazo, sino la única opción real.
Elena sintió la respiración caliente de Sele golpeando su rostro.
Podría haber mentido para proteger lo que quedaba del orgullo de su marido ausente, pero en ese momento, la verdad era lo único que importaba.
“No…” confesó Elena, sacudiendo la cabeza, con la voz rota.
“no lo he hecho con él desde que nosotras nos vimos la última vez… tampoco es capaz.
Nunca lo ha sido, Sele.
Ni en sus mejores días.” La confesión provoco que la sonrisa de Sele se ensanchara, triunfante.
“Entonces deja que te recuerde lo que te has estado perdiendo estas semanas.” gruñó Sele.
La joven bajó la cabeza y atacó el cuello de Elena, chupando la piel sensible con una intensidad que dejaría marca.
La mayor echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, sintiendo cómo el poder que tenía sobre ella la embriagaba.
Era nuevo para ella: tener a alguien que se arriesgara así, que perdiera el control por ella.
Sele bajó las manos hasta la espalda de Elena, buscando el cierre de su sujetador de encaje negro.
Con un movimiento experto, lo soltó, y la prenda se deslizó por los brazos de la profesora hasta caer al suelo, uniéndose al desorden de papeles.
Los pechos de Elena quedaron libres, sus pezones endurecidos por el aire fresco y la excitación.
Sele soltó un gruñido de apreciación.
Pero no perdió tiempo en solo verlos; sus manos subieron para ahuecarlos, jugando con los pezones rígidos, pellizcándolos suavemente mientras su boca seguía devorando la piel del escote.
“Necesito comerte…” jadeó Sele contra su piel.
“Pero quiero tanto chuparte primero…
Te he echado tanto de menos, joder.” Sele se dejó caer de rodillas frente al escritorio.
El corazón de Elena se disparó.
La imagen de Sele arrodillada a sus pies, en el despacho del presidente de la compañía, era una imagen que la mareaba.
Sele levantó la falda tubo de Elena, amontonando la tela en su cintura.
Sin pedir permiso, enganchó los pulgares en la ropa interior de la profesora y la bajó de un tirón.
La pelinegra separó las piernas de la pelirrubia y se hundió directamente en su centro, lamiendo con avidez, capturando toda la lubricación que ya escurría de la profesora.
“Mha” Elena gimió, agarrándose al borde del escritorio para no caerse hacia atrás.
Sus dedos se clavaron en la madera pulida, probablemente dejando marcas que Alexander encontraría después.
Sele se alejó un momento de la entrada para centrarse en el clítoris hinchado.
Lo rodeó con la lengua, trazando círculos rápidos y precisos, torturándola con una técnica que conocía a la perfección.
“¡Ah, Dios!” Elena cerró los ojos, temblando.
Se sentía al borde del precipicio.
Casi se cayó del escritorio, pero Sele la sujetó firmemente por los muslos, manteniéndola en su lugar.
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