Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 26
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
26: Capítulo 26 26: Capítulo 26 “¿Por qué nunca me dijiste eso?” preguntó Elena a Christina, con un tono de reproche.
“Tú tienes acceso a los expedientes.” “Es confidencial.” respondió Christina suavemente.
“Pero…
espera.
¿Cómo lo descubriste tú ayer?” Christina frunció el ceño, procesando la información.
“Sele está suspendida desde el miércoles… No ha ido a la escuela.
¿Tienes contacto con ella fuera del colegio?” Elena sintió que el suelo se abría.
Mierda.
Mierda.
“¿Dije ayer?” Elena forzó una risa nerviosa.
“Me refería a…
bueno, me enteré por los rumores en la sala de profesores.
Ya saben cómo vuelan las noticias.” “Tú dijiste que lo descubriste ayer.” insistió Alicia, entrecerrando los ojos.
“¡Hablé mal, Alicia!
¡Por Dios!” exclamó Elena, bufando.
“Chris, por favor.
¿No podemos hacer nada?
¿Una reducción de pena?” Christina suspiró, negando con la cabeza.
“Lo siento, Day.
Es irrelevante lo que pase en su casa para justificar una agresión física en los pasillos.
No puedo hacer excepciones.” La llegada de los platos principales salvó a Elena de tener que seguir mintiendo.
Comió su ensalada sin saborearla, asintiendo mecánicamente a la conversación que sus amigas retomaron para aligerar el ambiente.
“¡Ah, Day!” exclamó Alicia de repente, con la boca llena de pasta.
“¡Casi lo olvido!…
¡Necesito invitarte a conocer a mi novia!” Elena casi se atragantó con una hoja de lechuga.
“¿Tienes novia?” preguntó, genuinamente sorprendida.
“¿Desde cuándo?” “Idiota.” Alicia rodó los ojos.
“Desde hace un mes, la vas a adorar.
En cuanto tenga tiempo libre, voy a presentarlas.” “¿En qué trabaja?” preguntó Elena.
“Ah…
Ella hace varias cosas.” Alicia se encogió de hombros, con una sonrisa orgullosa.
“Es DJ y también trabaja en un bar como camarera.
Es…
diferente.
Tiene un rollo muy libre.
Te gustará.” Elena sonrió.
“Me alegro por ti, Ali.
De verdad… nunca pensé que te establecerías en algún momento… estoy orgullosa de ti.” “Es que como eres un poco celosa y, además, tu nueva chica es de la noche…” comenzó Christina, burlona.
“¿Por qué adoran juntarse contra mí?” se quejó Alicia.
El almuerzo terminó con una charla de uno que otro comentario y algunas bromas, pero Elena se sentía pesada.
Al despedirse en el estacionamiento, Alicia la agarró del brazo un momento.
“Piensa en lo que dije, Day” susurró Alicia, poniéndose seria.
“Sobre Alexander.
No te conformes con las sobras.
Tú mereces el banquete completo.” Elena asintió, incapaz de hablar, y se subió a su coche.
Mientras conducía de vuelta a casa, con la cabeza palpitando, pensó en la ironía.
Alicia tenía razón… Ella merecía el banquete… lo estaba teniendo.
Solo que el banquete probablemente le costaría su carrera.
*** Elena salió del baño envuelta en una toalla blanca y esponjosa, dejando un rastro de vapor y olor del baño después de darse una ducha.
Se sentía un poco mejor.
El agua caliente había relajado la tensión de sus hombros, aunque su mente seguía corriendo a mil por hora.
Mañana era su cumpleaños.
Veintiséis años.
La pelirrubia se miró al espejo, secándose el agua del cabello.
A pesar del estrés, Alicia tenía razón: se veía bien.
Sus ojos brillaban y su piel tenía un tono saludable.
El teléfono de la casa comenzó a sonar en la planta baja, rompiendo el silencio.
Elena frunció el ceño.
¿Quién llamaba al fijo a estas horas?
Se saco la toalla secándose lo mejor que pudo en poco tiempo y se puso una de sus batas para luego bajar las escaleras, siguiendo el sonido insistente.
“¿Hola?” contestó, tomando el auricular inalámbrico en la cocina.
“¿Elena?” La voz de Alexander sonó lejana, y un poco rasposa.
“¿Alexander?” Elena se sorprendió.
“Llamé a tu celular tres veces hoy.
¿Por qué no atiendes?” “Estaba en reuniones, Elena.
No puedo estar pegado a él.” respondió, con ese tono de impaciencia que siempre usaba cuando ella demandaba atención.
“Ah…
¿Por qué me llamas a estas horas?” preguntó, mirando el reloj de la cocina.
“Yo quería desearte buenas noches…
y hablar contigo.” Elena sintió un nudo en el estómago.
Conocía ese tono.
Era el tono de gestión de crisis.
“Bien, dime la verdad, Alexander.” dijo ella, apoyándose contra la encimera, sintiendo el frío del mármol en su espalda.
“¿Qué pasa?” “Mira…
no te enfades conmigo, ¿de acuerdo?
No fue culpa mía” empezó él, y Elena cerró los ojos, preparándose para el impacto.
“Los accionistas de Sao Paulo…
se complicó la negociación.
Fueron tercos.” “¿Y?” “No voy a ser capaz de volver mañana.” soltó él.
“Y mucho menos el sábado.
Lo siento mucho, mi amor.” El silencio que siguió fue absoluto.
Elena escuchó su propia respiración, entrecortada y dolorosa.
No era sorpresa.
En el fondo, lo sabía.
Pero escucharlo confirmaba que ella ocupaba el último lugar en la lista de prioridades de Alexander Eis.
“Lo prometiste, Alexander…” su voz sonó débil, patética.
“Lo sé, pero como he dicho, no es como si tuviera la culpa, Elena.
Son negocios.” “¡No quiero saber!” gritó Elena de repente, sintiendo una furia estallar en su pecho.
“¡Es mi cumpleaños!
¡Tú prometiste volver a casa!” “¡Elena!
Negocios son negocios.
No puedo simplemente cancelarlos por una fiesta de cumpleaños.
Madura.” “¡JODER!” Elena apretó el teléfono con tanta fuerza que el plástico crujió.
“¡Estoy harta de ti!
¡Estoy harta de tu manía de poner todo, absolutamente todo, antes que a mí!
¡Esa maldita empresa es tu verdadera esposa!” “Esto es ridículo.” dijo Alexander con frialdad.
“No puedes estar enojada por esto.
Pensé que ya estábamos bien, que entendías mi posición como presidente.” Elena se rio.
Una risa seca, sin humor, que sonó aterradora en la cocina vacía.
“¡ERES UN COBARDE, ALEXANDER!” chilló.
“¿Eso es todo lo que querías decirme?
¿Estás con miedito de quedar mal con papá nuevamente?” “¡CÁLLATE, ELENA!” bramó él.
“¡Tú no sabes nada de lo que se necesita para mantener este estilo de vida!” “¡VETE A LA MIERDA!” gritó ella.
“¡No me mandes callar, imbécil!” “Yo…” Elena no le dejó terminar, simplemente lanzó el teléfono contra la pared opuesta.
El aparato estalló en pedazos de plástico y baterías que se esparcieron por el suelo de la cocina.
El silencio volvió, pero ahora era un silencio roto.
Elena sintió una lágrima gruesa y caliente bajar por su mejilla.
Luego otra y otra.
Para luego terminar deslizándose por la encimera hasta quedar sentada en el suelo frío, abrazando sus rodillas, llorando no por Alexander, sino por ella misma.
Por los años perdidos.
Por la soledad de esa casa inmensa.
Lloró durante horas, o eso pareció.
Cuando finalmente, se levantó.
Sus ojos estaban hinchados, pero su mirada estaba vacía.
Caminó hacia la bodega que Alexander mantenía impecable y sacó una botella de vino tinto.
Ni siquiera miró la etiqueta; probablemente costaba una fortuna.
Mejor.
Se fue al sofá de la sala, abrió la botella y bebió directamente del pico.
El vino manchó sus labios y un poco bajó quemando, un consuelo líquido y oscuro.
Bebió para olvidar que mañana cumpliría años sola.
Bebió para olvidar que era una esposa trofeo abandonada.
Y mientras la botella bajaba de la mitad, Elena empezó a reírse.
Se reía de lo patético que era todo.
De tener veinticinco años y haberse entregado a una relación con un hombre que en su mayoría se encuentra ausente.
Su celular, tirado en el cojín de al lado, empezó a vibrar.
Elena lo miró con los ojos borrosos.
¿Será ella?
Lo agarró con torpeza, casi dejándolo caer.
Número desconocido.
O tal vez era Alexander desde otro número.
“Si no eres ella, no me interesas.” balbuceó Elena, y lanzó el celular al otro extremo del sofá.
Y siguió bebiendo.
El mundo empezaba a girar de una forma agradable.
De repente, unos golpes fuertes resonaron en la puerta principal.
Elena frunció el ceño.
¿Quién demonios era?
Se levantó tambaleándose, sujetándose de los muebles para no caer.
La bata se le había abierto un poco, pero ya no le importaba.
Cuando llegó a la puerta y quitó el cerrojo con dedos torpes.
La abrió de golpe.
El aire frío de la noche entró, trayendo consigo una figura vestida de cuero y mezclilla, con una mochila al hombro y una expresión de preocupación que se transformó en alivio al verla.
“¡Sele!” gritó Elena.
La pelirrubia no lo pensó.
Se lanzó a sus brazos, colgándose de su cuello como si fuera un salvavidas en medio del océano.
El impacto casi hizo que la pelinegra perdiera el equilibrio, pero la joven la sostuvo con fuerza.
“Mi niña de ojos negros…” murmuró Elena contra su cuello, aspirando su aroma, sin saber muy bien lo que decía, solo sabiendo que ya no estaba sola.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com