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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 28

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28: Capítulo 28 28: Capítulo 28 *** La luz del sol entraba por los ventanales de la cocina, rebotando cruelmente en las superficies de acero inoxidable y mármol blanco.

Elena bajó las escaleras con gafas de sol puestas, a pesar de estar dentro de casa.

Una costumbre y maña que desarrollo cuando el sol estaba muy fuerte para su gusto, pero no tenía ganas de cerrar las cortinas.

La pelirrubia sentía cabeza palpitaba con un ritmo sordo y constante, el precio inevitable de la botella de vino de la noche anterior.

Pero, extrañamente, no se sentía miserable.

Había un olor en el aire.

Un olor dulce, a vainilla y mantequilla caliente, que no pertenecía a su rutina habitual de café negro y silencio.

Al entrar en la cocina, la escena que encontró la hizo detenerse en seco.

Sele estaba allí, frente a la estufa de gas de seis hornillas.

Llevaba puestos solo sus bóxers azul marino y una camiseta blanca de Alexander que le quedaba un poco grande, cayéndole por un hombro y dejando ver sus tatuajes.

Estaba tarareando algo mientras volteaba un panqueque en el aire con una destreza sorprendente.

Elena se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos, permitiéndose un momento para admirar la vista.

Las piernas de Sele eran largas, tonificadas, y la forma en que se movía por la cocina ajena, con total naturalidad, hizo que el corazón de Elena se encogiera de una forma peligrosa.

“Buenos días.” Saludo Sele, sin girarse, como si supiera que estaba siendo observada.

“¿Resaca?” “Un poco.” admitió Elena, quitándose las gafas y dejándolas sobre la isla de la cocina.

“O mucha.

Siento que tengo una banda de rock tocando en mi cabeza.” Sele se rio apoyando la cadera en la encimera.

Tenía el cabello revuelto y una mancha de harina en la mejilla.

“Hice café.

Fuerte.

Y panqueques.” Señaló el plato apilado.

“Es lo único que sé hacer que no implica abrir una lata o apilar una cosa sobre la otra, así que no te acostumbres.” Elena se acercó, atraída por el olor y por la presencia magnética de la chica.

“Huelen increíble.

Gracias, Sele.” “Siéntate.

Te sirvo.” Elena se sentó en uno de los taburetes altos.

Mientras Sele le puso delante un plato con tres panqueques bañados en jarabe de chocolate y una taza de café humeante.

“Esto es…” Elena probó un bocado y cerró los ojos, gimiendo.

“Dios mío.

Esto revive a los muertos.” “Es el ingrediente secreto: amor y mucha azúcar” bromeó Sele, sirviéndose su propio café y sentándose frente a ella.

Comieron en un silencio cómodo durante unos minutos.

Pero había algo en el aire.

Elena notaba que la máscara de chica dura de Sele estaba un poco baja esa mañana.

Quizás era la luz del día, o la intimidad doméstica de desayunar juntas.

“¿Cómo está tu padre?” preguntó Elena de repente, recordando la conversación con Alicia.

La sonrisa de Sele vaciló.

Dejó la taza en la encimera y miró hacia el jardín a través de la ventana.

“Mejor.

Salió del coma etílico.” Se encogió de hombros, un gesto defensivo.

“Sigue siendo un imbécil, pero está vivo.” “Sele…” Elena estiró la mano y cubrió la de ella.

“Lo siento mucho.

De verdad… No tenía idea de que estabas pasando por todo esto sola.” Sele miró sus manos unidas.

Suspiró, un sonido cansado que parecía venir de muy adentro.

“No me gusta hablar de eso, Elena.

No quiero que me tengas lástima.” “No es lástima.” aseguró Elena con firmeza.

“Es…

interés.

Llevamos semanas acostándonos, Sele.

Conozco cada centímetro de tu cuerpo, sé cómo te gusta que te toquen, así como tú sabes cómo hacer lo mismo, pero siento que no sé nada de quién eres realmente.

Siento que…

somos dos extrañas que encajan solo en la cama.” Sele levantó la vista.

Sus ojos negros, habitualmente desafiantes, estaban vulnerables.

“¿Quieres saber?” preguntó Sele, con un tono de desafío suave.

“Bien.” Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo más.

“Mi vida cambió de un día para otro cuando tenía once años.

Mi padre…

él nunca aceptó mi condición.

Para él, tener una hija intersexual era una mancha.

Una vergüenza.

Vivía obsesionado con que yo fuera una niña normal.” Elena escuchaba, conteniendo la respiración.

“Cuando consiguió un mejor empleo, decidió que tenía la solución.

Dinero para arreglar el problema.” Sele soltó una risa amarga haciendo comillas con los dedos al mencionar lo último.

“Me llevó al médico para una cirugía.

Quería normalizarme.

Quitarme el pene y hacerme una vagina estética para que encajara en sus moldes.” Elena abrió los ojos.

La idea de una cirugía forzada en una niña le revolvió el estómago.

“¿Tu padre quería operarte?

¿A los once años?” “Sí.

Me obligó a ir a consultas semanales.

Me sentaban allí y me explicaban cómo sería mi nueva vida.” Sele apretó los labios.

“Pero yo…

yo me miraba al espejo y no me sentía mal, Elena.

Me sentía extraña, sí, pero no quería que me cambiaran nada.

No quería ser otra persona.” “¿Y qué pasó?” “El día antes de la cirugía, le dije a mi madre la verdad.

Le dije que tenía miedo…

Que no quería hacerlo.” La voz de Sele se quebró ligeramente.

“Ella…

ella fue increíble.

Me dijo que no tenía que hacerlo si no quería.

Que me amaba tal cual era y se enfrentó a mi padre.

Fue la primera y única vez que la vi gritarle.” Sele parpadeó rápido, alejando las lágrimas que amenazaban con salir.

“Mi padre se volvió loco.

Canceló la cirugía, sí, pero nunca me vio con buenos ojos.

Y cuando mi madre murió hace dos años…

bueno, se quedó solo con su alcohol y su odio hacia mí.

Me culpa, ¿sabes?

Cree que soy un castigo divino o algo así.” Elena se levantó del taburete y rodeó la isla de la cocina.

No dijo nada y simplemente abrazó a Sele, envolviéndola con sus brazos, apretándola contra su pecho.

Sele se tensó al principio, pero luego se derrumbó, dejando que la profesora la sostuviera.

“Eres muy fuerte, Sele.” murmuró Elena en su cabello.

“Eres increíblemente valiente.

No necesitas cambiar nada… Eres perfecta así.” “Gracias.” susurró Sele, con la voz ahogada.

Se quedaron así un largo rato, en el silencio de la cocina, compartiendo el peso de las cicatrices invisibles.

Elena acariciaba la espalda de Sele, sintiendo los huesos de sus omóplatos, dándose cuenta de lo joven y frágil que era en realidad bajo toda esa armadura de cuero y tatuajes.

Finalmente, Sele se separó un poco.

Tenía los ojos secos, pero brillantes.

Miró a Elena y, poco a poco, la tristeza en su mirada fue reemplazada por algo más familiar.

Algo más caliente.

Sele bajó la vista.

Elena siguió su mirada y vio el bulto inconfundible en los bóxers de la chica.

“Vaya…” dijo Elena, intentando aligerar el ambiente, secándose una lágrima propia.

“Parece que alguien se ha despertado del todo.” Sele se rio, un poco avergonzada, tapándose con la camiseta gigante.

“Lo siento.

Erección matutina.

Y tú…

bueno, tú estás aquí consolándome y oliendo a vainilla… y mi cuerpo es un traidor.” “¿Duele?” preguntó Elena, con una inocencia fingida, deslizando la mano hacia abajo, rozando la tela sobre la erección.

“Solo cuando está muy dura.” respondió Sele, conteniendo el aliento ante el toque.

“Alexander no tiene eso…” comentó Elena, con un deje de amargura y fascinación.

“Alexander es una broma.” susurró Sele, acercándose más.

“Estoy empezando a pensar lo mismo.” Elena sonrió, deslizando la lengua por sus propios labios.

“¿No dicen que el sexo matutino es bueno para la resaca?” Sele soltó una carcajada ronca y agarró a Elena por la cintura, tirando de ella hasta que sus cuerpos chocaron.

“Es el mejor remedio, profesora.

Y tú necesitas una dosis doble.” Sele la besó con hambre, con gratitud, con una posesividad.

Y Elena se dejó besar, sintiendo cómo la tristeza de la conversación se transformaba en combustible para el deseo.

“Vamos a la mesa.” sugirió Elena contra sus labios, empujándola hacia atrás.

“Quiero mi regalo de cumpleaños ahora mismo.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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