Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 29
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29: Capítulo 29 29: Capítulo 29 La mesa de la cocina, una superficie de mármol frío y vetas grises que Alexander había importado de Italia luego de verla en una casa de uno de sus colegas, nunca había sido utilizada para su verdadero propósito ya que fue comprada más bien para aparentar.
Estaba destinada a ser el centro de reuniones sociales, de copas de vino con amigos, de vida.
Pero en la casa de los Eis, solo servía para apoyar el correo no deseado y las llaves del coche cuando alguno de los dos estaba cansado o simplemente la dejaban ahí cuando se cambiaban de ropa y querían salir rápido.
Hasta hoy.
Hoy, la mesa de mármol se convirtió en algo más.
La ironía de que algo comprado para proyectar control y prestigio ahora se usara para sus contrarios no pasó desapercibido en lo más mínimo para Elena.
Sele levantó a Elena agarrándola por la cintura con una facilidad que hizo que la profesora soltara un grito ahogado, mezclado con una risa nerviosa.
La pelinegra la sentó sobre el borde, apartando de un manotazo el plato vacío decoración que había, que tintineó peligrosamente al caer, pero no se rompió.
“Feliz cumpleaños, Elena Day.” murmuró Sele.
Elena se estremeció.
No por el frío del mármol bajo sus muslos desnudos, sino por el calor que irradiaba el cuerpo de Sele, pegado al suyo.
La camiseta blanca de Alexander que Sele llevaba puesta era una ironía que a Elena le encantaba: su amante, usando la ropa de su marido.
“Cállate y dame mi regalo de una buena vez Sele.” pidió Elena, enlazando los dedos en la nuca de la nombrada y tirando de ella con todas sus fuerzas besándola.
El beso tuvo sabor a jarabe de chocolate y café, dulce y amargo a la vez que extrañamente se complementaban de alguna forma.
Sele respondió con hambre, inclinando la cabeza para profundizar el contacto, mientras sus manos viajaban por los muslos de Elena, subiendo por debajo de la bata de seda, buscando la piel suave de sus caderas sujetándola con fuerza cuando la encontró.
“Estás preciosa.” susurró Sele contra su boca, separándose apenas con un hilo de saliva uniendo sus bocas.
“Incluso con resaca y el pelo revuelto.
Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.” Elena sonrió, sintiendo que el rubor le subía a las mejillas.
“Eres una mentirosa encantadora.” “Soy muy sincera.” Sele se encogió de hombros para luego bajar una de sus manos y rozar la intimidad de Elena provocando que esta jadeara, arqueando la espalda.
“Y tú estás muy mojada.” “¿Y de quien será la culpa?” pregunto Elena a la defensiva, mordiéndose el labio.
“Tú y tu…
problema matutino.” Sele soltó una risa ronca y con su otra mano guio la mano de Elena hacia su propia entrepierna.
A través de la tela de sus bóxers.
“No es un problema” corrigió Sele al oído de Elena, mientras mordía suavemente el lóbulo de su oreja.
“Es una solución.” La pelirrubia no aguantó más.
Con manos impacientes, se deshizo del nudo de su bata, dejándola caer sobre la mesa, quedando completamente expuesta.
La luz de la mañana iluminaba su cuerpo, resaltando sus pechos que subían y bajaban con cada respiración agitada, su vientre plano, y su feminidad esperando.
Sele se tomó un segundo para admirarla.
Esa pausa, esa mirada de adoración absoluta, hizo que Elena se sintiera más deseada que en cualquier gala de lujo a la que Alexander la hubiera llevado.
“Quítatelo.” ordenó Elena, tirando de la camiseta que llevaba Sele.
“O te la arranco.” Sele se la quitó y la tiró al suelo.
Luego, con un movimiento rápido, se bajó los bóxers.
Cuando su miembro quedó libre, Elena no pudo evitar mirarlo de nuevo.
Era perfecto.
Después de la conversación que habían tenido, después de saber lo cerca que había estado de perder esa parte de sí misma por la crueldad de su padre, Elena lo veía con otros ojos.
No era solo una curiosidad o algo que desear; para la Day era un símbolo de la resistencia de Sele.
De su identidad.
Elena extendió la mano y lo envolvió, acariciando la piel suave.
Sele siseó, echando la cabeza hacia atrás.
“Elena…” “Shh…
déjame.” susurró la profesora.
Se inclinó hacia adelante y besó el pecho de Sele, justo sobre el corazón, donde los latidos golpeaban con fuerza.
Luego fue bajando, besando el esternón, el abdomen marcado, el ombligo…
Sele entendió su intención y sus dedos se enredaron en el cabello rubio de Elena.
“Day, no tienes que…” “Quiero.” cortó Elena, mirándola desde abajo con esos ojos azules que parecían contener el océano entero.
“Quiero todo de ti… cada parte.” Elena se inclinó y lo tomó en su boca.
Sele gimió, un sonido gutural que resonó en la cocina amplia.
Se agarró al borde de la encimera con una mano y con la otra sujetó la cabeza de Elena, no para forzarla, sino para anclarse a la realidad.
La sensación de la boca caliente y experta de la mayor, la succión rítmica, la lengua jugando con el…
era demasiado.
“¡Joder, Elena!” jadeó Sele, moviendo las caderas instintivamente.
Elena la saboreó, disfrutando del poder que tenía sobre ella.
Le encantaba escucharla perder el control, ver cómo esa fachada de chica dura se desmoronaba y dejaba ver puro deseo.
Pero no quería terminar así.
No hoy.
Hoy quería sentirla dentro.
Se separó lentamente, dejando un rastro de saliva brillante, y miró a Sele con una sonrisa lasciva.
“Ahora…
mételo.” pidió Elena, volviendo a recostarse sobre la encimera, abriendo las piernas e invitándola.
Sele no necesitó que se lo dijeran dos veces.
Se colocó entre los muslos de Elena, levantó una de sus piernas y la apoyó sobre su hombro, abriéndola aún más.
“Agárrate fuerte.” advirtió Sele.
Elena se sujetó a los hombros de la joven.
Cuando la pelinegra empujó hacia adelante, entrando en ella con una estocada lenta, profunda, que llenó a Elena por completo.
“¡Oh, Dios!” gritó Elena, echando la cabeza hacia atrás.
La sensación de plenitud era abrumadora.
Sele se detuvo un momento, dejando que Elena se acostumbrara al tamaño.
Se miraron.
Y en ese instante, conectadas de la forma más íntima posible, no había diferencia de edad, ni roles de profesora y alumna, ni maridos ausentes.
Solo eran dos mujeres que se necesitaban.
“Feliz cumpleaños, mi amor.” susurró Sele, y comenzó a moverse.
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