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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 3

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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 El barman depositó el whisky frente a Elena y el tequila frente a Sele, rompiendo momentáneamente el silencio abrupto donde una no sabía cómo reaccionar mientras la otra esperaba con interés que reaccionara.

Elena agarró su vaso como si fuera un salvavidas y le dio un trago largo, demasiado largo.

El líquido ámbar le quemó la garganta, haciéndola esforzarse por controlar su tos, pero agradeció el ardor.

Necesitaba algo fuerte en lo que concentrase.

“Otro whisky, por favor” pidió casi de inmediato, golpeando el vaso vacío contra la madera.

“Vaya…” Sele soltó una risa suave, girando su propio vaso de chupito entre sus dedos largos y decorados con anillos de plata.

“Nunca pensé que usted fuera del tipo que bebe así, profesora Day.

Siempre se ve tan… compuesta, tan prístina y perfecta.” Elena se giró hacia ella, tratando de recuperar algo de su autoridad, aunque sabía que, con ese vestido y un segundo whisky en camino, era una batalla destinada al fracaso.

“Sara, por favor.

Soy una mujer casada.” dijo Elena sin saber por qué lo dijo.

Quizás quería recordárselo a su alumna.

O quizás, y esto la aterrorizaba más, necesitaba recordárselo a ella misma.

Sele sonrió.

No fue una sonrisa amable de estudiante.

Fue una sonrisa de depredadora, curvando la comisura de sus labios y pasando la lengua lentamente por ellos, humedeciéndolos.

“Oh… estoy consciente de eso, profesora.” respondió Sele con suavidad, inclinando la cabeza.

“Pero todavía creo que señorita le queda mucho más adecuado.

O simplemente Elena.

Señora Eis suena demasiado… aburrido y soso para alguien con esas piernas.” “…” Elena se estremeció.

Sus manos temblaron levemente y tuvo que agarrar el segundo vaso que el barman acababa de servirle.

¿Realmente sucedió esa contracción entre sus piernas o era el alcohol haciendo efecto demasiado rápido?

“¿Es la primera vez que viene aquí?” preguntó Sele, cambiando el tono a uno más conversacional, aunque sus ojos no dejaban de devorar el rostro de Elena.

“Ahm… sí.

Sí” Elena tartamudeo un poco agradecida por el cambio de conversación.

“Solo… estaba de paso.

No pretendo quedarme mucho tiempo.” Dejó escapar un largo suspiro y miró hacia el frente, moviéndose incómoda en el taburete.

Sentía la presencia de Sele a su lado como un campo magnético.

La chica era alta, incluso sentada se notaba su estatura, y había una dualidad en ella que Elena siempre había notado en clase pero que ahora, bajo las luces tenues del bar, era ineludible.

Sele tenía rasgos finos, notablemente femeninos, pero sus rasgos, así como su energía, su forma de ocupar el espacio y esa voz ronca que usaba cuando tenía la clara intención de adueñarse de la conversación proyectaban una masculinidad sutil y atrayente.

Era un enigma andante que hacía que la mayor comprendiera porque era el centro de atención a donde fuera.

“Parece cansada, Elena” dijo Sele, dejando de lado el, profesora con una naturalidad pasmosa.

“¿Algo sucedió?

¿O es secreto de estado?” Elena miró su whisky.

El remolino del líquido dorado parecía más fácil de enfrentar que los ojos negros de la chica.

“Solo algunos dolores de cabeza que ando teniendo… mientras intento corregir algunas cosas.” mintió, llevándose la bebida a los labios siendo imitada por su acompañante quien bebió su tequila de un solo trago, sin hacer ni una mueca, y golpeó el vaso contra la barra con un sonido satisfactorio.

“¿Problemas en el paraíso?” bromeó la joven, arqueando una ceja.

Elena sintió una risa amarga burbujear en su garganta.

“No puedo decir que es un paraíso…” murmuró, bajando la guardia por primera vez esa noche, gracias al alcohol que empezaba a diluir sus filtros.

“Puesto que hace mucho dejó de serlo.

Si es que alguna vez lo fue.” Sele se giró completamente en su taburete, dándole toda su atención.

Ya no miraba su cuerpo con lujuria descarada; ahora la miraba con curiosidad, como si Elena fuera el misterio más interesante que había encontrado.

“Déjame adivinar” dijo Sele, apoyando el codo en la barra y descansando la barbilla en su mano.

“El marido… El famoso empresario.

¿No le ha dado un orgasmo decente en lo que va del año?” Elena se atragantó con su propia saliva.

Tosiendo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

“¡Sara!” exclamó una vez se recuperó lo justo como para no balbucear, pero no lo suficiente como para ocultar su cara ardiendo.

Sele se echó a reír abiertamente, lo que hizo que un par de cabezas se giraran hacia ellas.

“¿Qué?

¡Es una pregunta válida!” se defendió la chica, encogiéndose de hombros con inocencia fingida.

“Es, como mínimo, la obligación de todo marido.

Mantener a su mujer feliz… en todos los sentidos.

Y por tu cara de espanto, voy a asumir que tengo razón.” Elena debería haberlo negado, debería burlarse de lo dicho y defender a su pareja.

Pero la naturalidad con la que Sele hablaba era tan refrescante comparada con la frialdad estéril de Alexander que se encontró anclada al taburete.

“No tienes idea” susurró Elena, y antes de que pudiera detenerse, las compuertas se abrieron.

Quizás fue el whisky.

Quizás fue la soledad de meses acumulada.

O quizás fueron esos ojos negros que la miraban sin juzgarla.

Pero Elena empezó a hablar.

Habló de la casa vacía, de los viajes constantes, de la negativa a tener hijos, de sentirse como un mueble caro.

Sele se quedó en silencio mientras escuchaba mirándola a los ojos.

No interrumpía con consejos tontos ni frases hechas.

Solo escuchaba, asintiendo ocasionalmente.

Pasaron los minutos, quizás una hora.

Elena perdió la noción del tiempo.

Se sentía extrañamente ligera, como si al compartir la carga con esa desconocida-conocida, el peso se hubiera reducido a la mitad.

“Entonces” dijo Sele, aprovechando una pausa en la conversación, y sus labios se curvaron de nuevo en esa sonrisa seductora que hacía que el estómago de Elena diera vueltas.

“ya que el paraíso está en ruinas… ¿puedo ofrecerle una bebida más a la reina de los escombros?” Elena miró su vaso vacío.

Parpadeo y luego miró a Sele quedándose pensando unos momentos repasando los pros y contras.

“¿Por qué no?” respondió al final la mayor encogiéndose de hombros, sintiendo que acababa de cruzar una línea invisible de la que no habría retorno.

“Gracias, Sele.” Sele levantó la mano para llamar al barman, y en ese movimiento, la manga de su camiseta se deslizó un poco más, revelando un tatuaje de una serpiente que se enroscaba en su bíceps.

Elena se quedó mirando la tinta en la piel pálida y levemente rosada de la chica.

La pelinegra era, de hecho, encantadora.

Y, Elena estaba peligrosamente dispuesta a dejarse encantar… ¿después de todo es solo una salida casual entre conocidas no?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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