Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 35
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35: Capítulo 35 35: Capítulo 35 El zumbido en los oídos de Elena no desapareció al subir al coche; simplemente pareció cambiar de frecuencia.
Dejando de ser el bajo agresivo de la música electrónica para convertirse en el ronroneo constante del motor y el sonido de los neumáticos sobre el asfalto húmedo de la madrugada.
Se dejó caer contra el respaldo del asiento trasero, sintiendo que sus músculos, tensos por horas de baile y adrenalina, se licuaban de golpe luego de su tiempo de calidad con cierta pelinegra.
Riendo ante el pensamiento apoyó su cabeza en el hombro de Sele, inhalando profundamente.
La chaqueta de cuero de la chica olía a humo, a la colonia del lugar del que acaban de salir y a esa esencia cítrica que era puramente suya.
“¿Sigues viva?” preguntó Sele en voz baja, pasando un brazo alrededor de sus hombros y atrayéndola más hacia sí.
“Apenas.” murmuró Elena, cerrando los ojos.
“Siento que mis pies ya no me pertenecen… Creo que los dejé en algún momento en la pista de baile… o en la terraza… apuesto todo por la terraza.” Sele soltó una risa suave que vibró contra el costado de Elena.
“Te lo advertí.
Seguirle el ritmo a Div es un deporte de riesgo.” “Valió la pena.” sentenció Elena, y lo decía en serio.
Desde el asiento delantero, Eugene conducía con una tranquilidad zen, tarareando bajito una canción de jazz que contrastaba cómicamente con la noche salvaje que acababan de vivir.
Isaac, en el asiento del copiloto, parecía haberse desmayado contra la ventanilla, con la boca ligeramente abierta roncando de vez en cuando.
Elena miraba las luces de las farolas pasar rítmicamente, creando patrones de luz y sombra dentro del vehículo.
Se sentía extrañamente en paz sin sentir rastro alguno de la amargura por la llamada de Alexander, ni de la ansiedad por su edad.
Solo había cansancio del bueno, del que te deja más satisfecha que exhausta.
Cuando el coche se detuvo frente a la casa de la pelirrubia, Isaac se despertó con un sobresalto.
“¿Ya llegamos?” preguntó, frotándose los ojos.
“Ya llegamos, bella durmiente.” respondió Sele, abriendo la puerta.
Elena bajó del coche, sintiendo el aire fresco de la noche en sus piernas desnudas mientras se tambaleaba ligeramente, el tequila todavía haciendo de las suyas en su equilibrio, pero la mano firme de Sele en su cintura la estabilizó al instante.
“Gracias por el viaje, chicos.” dijo Elena, inclinándose hacia la ventanilla del conductor.
“Y por…
bueno, por no dejarme beber sola.” “Fue un placer, Elena.” sonrió Eugene.
“Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarnos.” “Pero la próxima vez invita tú a los tragos, que mi cartera está llorando.” añadió Isaac, ganándose un golpe en la nuca por parte de Sele.
“Ignóralo.
Buenas noches, chicos.” Sele cerró la puerta del coche y dio dos golpes en el techo para indicarles que podían irse.
Vieron cómo las luces traseras del viejo sedán desaparecían al final de la calle, dejando tras de sí un silencio absoluto.
El barrio residencial estaba sumido en la quietud perfecta de las zonas acomodadas, donde ni un perro ladraba fuera de horario.
Elena y Sele se quedaron paradas en la acera un momento, bajo la luz amarillenta de la farola.
“Bueno…” dijo Sele, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.
“Misión cumplida…
Cumpleaños salvado supongo.” Elena la miró.
El maquillaje de Sele estaba un poco corrido, dándole un aspecto que le quedaba increíblemente bien.
Sus ojos negros, habitualmente duros, la miraban con una suavidad que hizo que el corazón de Elena se saltara un latido.
“Vamos adentro.” dijo Elena, dándose la vuelta y caminando hacia la entrada.
Llegar a la puerta fue la parte fácil.
Abrirla resultó ser un desafío de ingeniería avanzada.
Elena sacó el llavero de su bolso pequeño, pero sus dedos parecían haber perdido la coordinación fina.
Intentó meter la llave en la cerradura una vez.
Falló.
Lo intento dos veces más y el metal chocó contra la placa dorada con un tintineo molesto en cada intento.
“Maldita sea…” murmuró, frunciendo el ceño empezando a enojarse.
Sele, que estaba apoyada en el marco de la puerta observando la escena con diversión, dio un paso adelante.
“Déjame intentar a mí, Elena.” “¡No!
Yo puedo.” protestó la rubia, con esa terquedad infantil que le salía cuando bebía.
“Es mi casa.
Conozco mi puerta.” Sele levantó las manos en señal de rendición, reprimiendo una risa.
“Vale, vale.
Todo tuya.” Elena respiró hondo, cerró un ojo para enfocar mejor y, con un movimiento triunfal, logró que la llave entrara y girara.
El clic del mecanismo abriéndose sonó como música celestial.
“¡Sí!
¿Lo ves?” exclamó Elena, girándose hacia Sele con una sonrisa brillante y un pequeño grito de victoria.
“Sensacional.” susurró Sele, rodando los ojos con sarcasmo cariñoso.
Elena, ofendida por la falta de entusiasmo ante su logro, le dio un puñetazo fuerte en el hombro.
“¡Ay!” se quejó Sele, frotándose el brazo.
“Pero qué?…
tienes la mano pesada, profesora.” “¡Deja de ser insoportable!” gruñó Elena, cruzándose de brazos y haciendo un puchero exagerado.
Sele la miró.
Ese gesto, ese “pico gigante” en los labios de la rubia, era lo más adorable y tentador que había visto en toda la noche.
La arrogancia de Elena, mezclada con su vulnerabilidad, era una combinación letal.
Sin decir una palabra, Sele acortó la distancia entre ellas.
No la atacó con pasión devoradora como en el club.
Esta vez fue diferente.
Sele ahuecó el rostro de Elena con ambas manos y juntó sus labios en un beso tranquilo en un beso lento y cariñoso.
Elena suspiró contra su boca, sintiendo cómo la tensión y el enfado fingido se derretían.
Sus brazos rodearon la cintura de Sele automáticamente, buscando anclaje.
Cuando la lengua de Sele pidió paso, Elena cedió al instante, pero el baile de sus lenguas fue suave, un reconocimiento mutuo, una caricia húmeda y profunda.
La rubia relajó todo su cuerpo, dejando caer su peso sobre Sele.
Se sentía segura.
Se sentía en casa, y no porque estuviera en su puerta, sino porque estaba en esos brazos.
El beso terminó lentamente, con pequeños roces de labios, como si ninguna de las dos quisiera romper el contacto del todo.
Se quedaron con las frentes pegadas, respirando el mismo aire.
Elena sentía un zoológico entero de mariposas en el estómago.
Estaba borracha, sí, y un poco tonta, pero había una claridad cristalina en su mente sobre una sola cosa: no quería que esto terminara.
No quería entrar en esa casa grande y vacía viendo el regalo de Alexander en la mesa.
No quería que Sele se subiera a su moto y se fuera.
“Sele…
Yo…” comenzó Elena, y su voz casi se ahogó cuando los ojos negros de la chica se fijaron en los suyos con intensidad.
“Dime.” “Quiero que te quedes…” susurró Elena.
No era una orden, ni una proposición sexual.
Era una súplica.
Sele sonrió, y esa sonrisa iluminó la penumbra del porche mejor que cualquier luz.
“Y yo quiero quedarme, bonita.” respondió Sele, embriagada por el olor de Elena y por la confesión.
En ese momento, Sele supo que estaba perdida.
Si Elena le hubiera pedido que incendiara la ciudad, lo habría hecho.
Por lo que en comparación que le pidiera que se quedara, la respuesta siempre sería sí.
Elena sonrió, maravillada, como si acabara de recibir el mejor regalo del mundo.
Besó los labios de Sele una vez más, esta vez con un poco más de ferocidad, sellando el pacto.
“Ven.” dijo Elena, tirando de ella hacia el interior de la casa.
Sele empujó la puerta con el pie para cerrarla detrás de sí, dejando fuera la noche, el frío y el mundo real.
Caminaron hacia el salón con pasos torpes, abrazadas, tropezando un poco con sus propios pies, riendo por lo bajo.
La casa estaba en silencio, pero ya no se sentía vacía.
“Esa noche será un poco larga…” murmuró Sele para sí misma, mirando cómo Elena se quitaba los tacones en medio del pasillo y la miraba con esos ojos azules que prometían el cielo y el infierno a partes iguales.
Y Sele estaba dispuesta a recorrer cada minuto de esa noche, segundo a segundo sin importar en que terminara.
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