Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 36
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36: Capítulo 36 36: Capítulo 36 El camino desde el recibidor hasta el dormitorio fue un rastro de ropa abandonada que ambas mujeres siguieron de memoria incluso sin ver del todo bien.
Una sandalia de tacón en el primer escalón, la otra en el descansillo.
La chaqueta de cuero de Sele quedó olvidada sobre la barandilla de la escalera, y el vestido de Elena, esa segunda piel que había atraído todas las miradas en el local, terminó hecho un charco de tela brillante en la alfombra del pasillo.
Todo olvidado cuando entraron en la habitación entre risas ahogadas y besos torpes, tropezando con la oscuridad hasta llegar a la cama.
“Espera…” murmuró Elena, separándose un segundo para encender la lámpara de la mesita de noche.
La luz dorada bañó la estancia, revelando la magnitud de su deseo.
Sele estaba allí, de pie junto a la cama, en ropa interior y con la camiseta de tirantes a rayas colgando de un hombro.
Tenía el maquillaje corrido, el pelo revuelto y una expresión de hambre pura que hizo que a Elena se le secara la boca.
“Te dije que te daría otro regalo al volver.” recordó Sele, con la voz ronca, acercándose a ella con paso depredador.
Elena se dejó caer sentada en el borde del colchón, mirando hacia arriba, completamente expuesta en su lencería de encaje.
“Lo estoy esperando.” desafió la profesora, abriendo las piernas ligeramente, invitándola.
Sele no se apresuró.
Como de costumbre se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de sus caderas.
Sus manos, grandes y cálidas, recorrieron los muslos de Elena, subiendo despacio, trazando mapas imaginarios sobre la piel sensible.
“En el club…” empezó Sele, rozando con los pulgares el borde de las bragas de Elena.
“…
casi me vuelvo loca.
Verte así, entregada, con toda esa gente alrededor…
fue lo más excitante que he vivido.
Pero aquí…” Sele levantó la vista, clavando sus ojos negros en los de Elena.
“Aquí eres solo mía… Sin público…
Sin música…
Solo tú y yo.” Elena sintió un escalofrío.
Sele tenía razón.
La exhibición en la discoteca había sido pura adrenalina, pero esto…
esto era intimidad.
Era la verdad desnuda.
“Hazme tuya, Sele.
Por favor.” Sele le quitó la última prenda que le quedaba con una delicadeza reverencial.
Luego, se inclinó y besó la cara interna de su muslo, un beso suave, casi casto, que contrastaba con la lujuria que flotaba en el aire.
“Túmbate.” ordenó suavemente.
Elena obedeció, recostándose sobre las sábanas de hilo egipcio.
Sele se tomó su tiempo.
Se deshizo de su propia ropa, revelando ese cuerpo que Elena tanto adoraba: la piel pálida, los tatuajes que contaban historias que aún no conocía del todo, y esa dualidad física que la hacía única.
Cuando Sele se colocó sobre ella, piel contra piel, Elena suspiró de alivio.
Se sentía completa.
“Mírame, Elena.” pidió Sele, sosteniendo su rostro entre las manos.
“No cierres los ojos.
Quiero ver cómo disfrutas.” Y Elena no los cerró.
Mantuvo la mirada fija en Sele mientras la joven entraba en ella, lenta y profundamente.
El sexo no fue frenético como en la cocina, ni sucio como en el club.
Fue una danza.
Fue una conversación sin palabras donde cada empuje decía “te quiero” y cada gemido respondía “no me dejes”.
Sele se movía rozando los puntos exactos, conociendo el cuerpo de Elena mejor que el suyo propio.
“Eres increíble…” gimió Elena, aferrándose a la espalda tatuada de Sele, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos.
“Dios, Sele…” “Dilo otra vez.” gruñó Sele, aumentando el ritmo, golpeando suavemente contra su entrada.
“Di mi nombre.
Que sepa esta casa de quién eres ahora.” “¡Sele!” gritó Elena, arqueando la espalda.
“¡Soy tuya!…
tu… y.” La confesión rompió las últimas barreras.
Sele la besó con desesperación, devorando sus gritos, y juntas se precipitaron hacia el orgasmo que llegó en oleadas largas y placenteras, dejando a Elena flotando en una nube de endorfinas, abrazada a la única persona que la hacía sentir real.
*** El sol de la mañana del domingo entraba sin piedad por las cortinas entreabiertas.
Elena se removió, sintiendo el peso reconfortante de un brazo sobre su cintura.
Sintiéndolo abrió los ojos y sonrió.
Sele seguía allí, durmiendo profundamente, con la cara enterrada en la almohada y un mechón de pelo negro cayéndole sobre la frente.
Parecía más joven así, dormida, sin la armadura de chica mala que solía llevar puesta.
Elena se giró con cuidado para no despertarla y se quedó observándola.
Recorrió con la mirada el perfil de su nariz, los labios entreabiertos, el tatuaje de la serpiente en su brazo.
Recordó la conversación de ayer en la cocina.
La historia de su padre, de la cirugía cancelada.
Le dolía el corazón al pensar en todo lo que esa chica había tenido que soportar sola.
Y, sin embargo, allí estaba: fuerte, talentosa, capaz de amar con una intensidad que asustaba.
El teléfono de Sele, que estaba en la mesita de noche del lado de Elena que probablemente había terminado siendo dejado allí en la confusión de la noche, vibró suavemente.
Elena no quería ser curiosa, pero la pantalla se iluminó y el mensaje fue imposible de ignorar.
De: Paul (The Void) “Manuel sigue preguntando.
Necesita una respuesta pronto, Sele.
Es una oportunidad de oro… Solo piénsalo ¿sí?
Solo tú.” Elena frunció el ceño.
“(¿Manuel?
¿Oportunidad de oro?
¿Solo tú?)” La curiosidad le picó, pero el respeto la frenó.
No iba a leer los mensajes de Sele ni invadir su privacidad… después de todo si nunca hiso eso en todo lo que lleva de relación con Alexander a pesar de sus idas y venidas mucho menos lo haría en contra de alguien como la Eleonor.
Sele se removió a su lado, soltando un gemido de protesta ante la luz del sol.
Abrió un ojo, desorientada, hasta que enfocó a Elena.
Una sonrisa perezosa se dibujó en su rostro.
“Buenos días, cumpleañera.” dijo con voz rasposa, estirándose como un gato.
“Buenos días, resaca.” respondió Elena, acariciándole la mejilla.
“¿Cómo te sientes?” “Como si me hubiera atropellado un camión lleno de tequila.” admitió Sele, riendo.
“Pero feliz… Muy feliz.” Sele se acercó y le dio un beso casto en los labios, luego apoyó la cabeza en el pecho de Elena, cerrando los ojos de nuevo disfrutando de la suavidad de uno de sus escondites preferidos.
“¿Sabes?” murmuró Sele contra su piel.
“Podría acostumbrarme a esto… Despertar contigo… Sin escondernos.” Elena sintió un nudo en la garganta.
Ella también podría acostumbrarse demasiado fácilmente a esto.
“Sele…” empezó Elena, dudando si preguntar.
“¿Mmm?” “Tu teléfono sonó.
Un mensaje de alguien llamado Paul.” Sele se tensó.
Fue un cambio sutil, casi imperceptible, pero Elena lo notó porque su cuerpo estaba pegado al de ella.
“Ah…” Sele se incorporó un poco, apoyándose en el codo, con una expresión repentinamente seria.
“¿Qué decía?” “No lo leí todo, solo la notificación en la pantalla.” se apresuró a aclarar Elena.
“Algo de un tal Manuel.
Y una oportunidad que decía solo tú.” Sele suspiró, pasándose la mano por el cabello.
La atmósfera relajada de la mañana se evaporó un poco.
“Es…
temas de la banda.
Del trabajo.” dijo Sele, evasiva, mirando hacia la ventana.
“Negocios.” “¿Problemas?” preguntó Elena, preocupada.
“No…
Bueno, sí… No lo sé.” Sele se volvió hacia ella y forzó una sonrisa.
“No hablemos de eso ahora.
No quiero arruinar la mañana.” Elena asintió, aunque la intuición le decía que había algo más.
Algo grande que Sele no le estaba contando.
Pero decidió no presionar.
No hoy.
“Está bien.” dijo Elena.
“Pero con una condición.” “¿Cuál?” “Que me ayudes a hacer desaparecer ese desayuno grasiento que prometió Alicia ayer y que nunca llegamos a comer…
Tengo un hambre voraz.” Sele rio, y la tensión se disipó.
“Trato hecho.
Pero primero…” Sele se inclinó sobre ella, con esa mirada traviesa volviendo a sus ojos.
“Creo que necesito un poco de energía para bajar las escaleras.” Elena rio y la abrazó, dejándose besar, dejándose llevar de nuevo por la marea de Sele.
Pero en el fondo de su mente, el nombre Manuel y la frase Solo tú quedaron flotando como una pequeña nube gris en su cielo perfectamente azul.
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