Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 39
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39: Capítulo 39 39: Capítulo 39 *** La mañana del próximo día trajo consigo una resaca emocional que Sele apenas lograba disimular con una dosis industrial de cafeína.
Estaba sentada en el banco de cemento habitual, con la mochila tirada a sus pies y dos vasos grandes de café humeante en las manos, observando el desfile de estudiantes que entraban como zombis a su propia ejecución diaria.
“Aquí tienes.” Sele extendió uno de los vasos cuando Verónica se dejó caer a su lado, luciendo como si hubiera peleado con su almohada y perdido.
“Sele, ¿ya te he dicho que eres una ángel caído del cielo?” gimió Verónica, tomando el café como si fuera el elixir de la vida eterna.
“Gracias.
Estoy muerta.” “Pareces acabada.” comentó Sele con una risa, dándole un sorbo a su propia bebida.
El líquido negro y amargo ayudaba a mantenerla despierta, pero no podía borrar el recuerdo de la voz de Elena en su oído la noche anterior.
“Vente para mí, Sele”.
Dios, casi se había venido solo de recordarlo en la ducha mientras se limpiaba a pesar de usar agua fría prácticamente helada.
“Gracias por la honestidad.” bufó su amiga.
“No dormí nada anoche.
Me quedé viendo una maratón de películas de terror y luego…
bueno, mi mente no ayudó mucho después.” “¿Miedo a los fantasmas?” bromeó Sele.
“Miedo al futuro… pero a los fantasmas también… un poco.” La conversación murió de golpe cuando el sonido de unos tacones resonó en el pasillo, cortando el murmullo general como un cuchillo caliente en mantequilla.
Sele levantó la vista y sintió que el aire se le quedaba atascado en la garganta.
Elena acababa de entrar.
Y no era la profesora cansada y triste de las últimas semanas.
Sino que era Elena, la Diosa codiciada tanto por estudiantes como por sus otros compañeros de trabajo.
La pelirrubia llevaba unos vaqueros blancos ajustados que abrazaban sus caderas de una forma que debería ser ilegal en una institución educativa, y una blusa de seda, también blanca, que resaltaba el bronceado ligero de su piel mientras caminaba con la cabeza alta, una sonrisa brillante y una energía que irradiaba poder.
“Buenos días, clase.” saludó Elena a un grupo de alumnos que pasaban, con una voz cantarina.
Sele tragó saliva.
Esa mujer había estado gimiendo su nombre por teléfono hacía menos de diez horas, confesándole sus fantasías más sucias, y ahora caminaba por allí como la dueña del lugar.
“¡Buenos días, profesora Day!” exclamó Leo, el capitán del equipo de fútbol, con esa sonrisa de chico bueno que usaba para intentar subir sus notas.
Sele rodó los ojos.
Leo babeaba por Elena.
Todo el mundo lo sabía pues era dolorosamente claro y el capitán no hacia esfuerzo alguno por ocultarlo.
Y aunque Sele ya no formaba parte de ese grupo tóxico de populares, verlo coquetear con su mujer le revolvía el estómago.
“Tranquila.” susurró Verónica, dándole un codazo.
“Vas a hacer que el vaso de cartón explote.” Sele aflojó el agarre en su café.
Tenía razón.
Tenía que controlarse.
Entraron en el aula de Biología y Sele se dirigió a su mesa del fondo, tratando de hacerse invisible.
Pero era imposible.
La presencia de Elena llenaba la habitación.
“Bien, abran sus libros en la página 168.” ordenó Elena, apoyándose en el borde de su escritorio.
Su mirada recorrió el aula, escaneando rostros hasta detenerse, inevitablemente, en el fondo.
Sele sintió el impacto de esos ojos azules.
Hubo un destello, una comunicación silenciosa que duró unos segundos, antes de que Elena volviera a su papel de profesora estricta.
“¿Eleonor?” La voz de Elena sonó autoritaria.
“Página 168.
¿No me oyó?” Sele parpadeó, volviendo a la realidad.
Buscó en su mochila.
Cuadernos, lápices…
Nada.
“Mierda…” susurró.
“¿Algún problema, señorita Eleonor?” preguntó Elena, arqueando una ceja perfecta.
“No…
Es que…” Sele se pasó una mano por el cabello, frustrada.
“Creo que he olvidado mi libro.” Unos cuantos alumnos se rieron.
Sele sintió el calor subir a sus mejillas.
Odiaba esto.
Odiaba parecer la alumna desastre, especialmente delante de Elena.
“¿Olvidó su libro?…
¿Así quieres aprobar mi asignatura, Sara?” Elena soltó una risa irónica que hizo que Sele quisiera besarla y estrangularla al mismo tiempo.
“Siéntese con alguien que tenga libro… Y la próxima vez, si olvida el material, no asista a mi clase.” “¡Sele!” gritó Amy desde un costado, levantando la mano como si estuviera en una subasta.
“¡Si quieres puedo sentarme contigo!
Yo tengo libro.” Sele vio cómo la mandíbula de Elena se tensaba.
La profesora odiaba a Amy pues sabía que la pelinegra se había acostado con ella una vez hacía tiempo, y la pelirrubia no pudo evitar sentir celos a pesar de no tener derecho a sentirlo.
“¡No!” cortó Elena rápidamente, fulminando a Amy con la mirada.
“Eleonor se sentará con…” Elena buscó una víctima.
“Con Lucy.
Señorita Issartel.” Lucy, la chica más estudiosa y reservada de la clase, que estaba sentada en primera fila, levantó la cabeza sorprendida.
“Hernández, muévase.” ordenó Elena al chico que estaba al lado de Lucy.
“Siéntese Sara.” Sele recogió sus cosas bajo la mirada burlona de Verónica.
“¿Es en serio?” susurró Verónica.
“¿Te va a poner con la niña más extraña del salón?
Esa mujer es una serpiente celosa.” “Cállate.” masculló Sele, caminando hacia el frente sentándose al lado de Lucy, quien la miró con una mezcla de fastidio y resignación.
Lucy odiaba a los populares, y para ella, Sele seguía siendo una de ellos, aunque ahora fuera una oveja negra.
Sele acercó su silla y miró el libro abierto de Lucy.
“Gracias.” murmuró Sele, intentando ser amable.
“Burra.” susurró Lucy sin mirarla.
Sele sonrió de lado.
“Gracias por el elogio.” Sele suspiró.
No tenía energía para explicarle a Lucy que ella ya no encajaba en ese mundo, que el mundo real la había masticado y escupido hacía tiempo.
Así que simplemente se encogió de hombros y fingió prestar atención a la explicación de Elena sobre genética.
Aunque, siendo honesta, Sele no escuchó ni una palabra sobre el ADN.
Solo podía mirar cómo la ropa de Elena se ajustaba a su cuerpo cuando caminaba, cómo gesticulaba con las manos, cómo se mordía el labio inferior cuando pensaba.
“Cabe decir que esto vale puntos en el final.” Elena sonrió antes de escuchar las quejas de la clase por lo que estaba por decir.
“Y yo haré los grupos… todos necesitan aprender a trabajar con personas con las que no tienen tanta intimidad.” Elena escribió los nombres en la pizarra.
“Pensé que estábamos en la escuela y no en la universidad.” se quejó Leo en voz alta, recostándose en su silla con arrogancia.
Elena se detuvo.
Se giró lentamente, con el marcador en la mano, y clavó su mirada en el chico.
El silencio en el aula se hizo pesado.
“Leo…” dijo Elena con suavidad, pero con un tono que helaba la sangre.
“¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer después de salir de aquí?” Leo borró su sonrisa y no respondió.
“Fue lo que imaginé.” continuó Elena, caminando hacia él.
“Allá afuera, en el mundo real, tu chaqueta de capitán no vale nada.
Si yo fuera tú, abriría los ojos antes de que sea demasiado tarde.
El mundo de príncipes y princesas se está acabando.
Y si no tienes un papá rico para sostenerte, va a ser un poco difícil con tus desastrosas notas.” Leo se encogió en su asiento, rojo de vergüenza.
Nadie se atrevió a decir nada.
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