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Amor Juvenil (R-18) - Capítulo 42

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42: Capítulo 42 42: Capítulo 42 *** Después de una ducha compartida, donde hubo más jabón y caricias que agua, bajaron a la sala.

Elena llevaba una de las camisetas de Sele, que le quedaba un poco grande y le daba un aire juvenil que a la joven que le encantaba.

Sele se había puesto unos pantalones de chándal de Alexander que Elena había sacado del fondo de un cajón una pequeña venganza personal.

El timbre sonó.

“¡Llegó!” exclamó Elena, corriendo a la puerta.

Volvió con varias bolsas de papel marrón que olían a gloria.

“Sushi.” anunció Elena triunfal, poniendo las bolsas sobre la mesa de centro.

“Tu favorito.

Rollos picantes, atún crujiente…

Pedí de todo.” Los ojos de Sele brillaron.

“Elena Day, eres la mejor mujer del mundo.” Sele se sentó en el suelo, frente a la mesa baja, y empezó a abrir los recipientes con entusiasmo infantil.

“No tienes idea de cuánto tiempo hace que no como sushi de verdad.” Elena se sentó a su lado, sirviendo un poco de salsa de soja.

“Te lo mereces.

Trabajas mucho.” Comieron entre risas y palillos, robándose piezas mutuamente.

Había una domesticidad en la escena que asustaba y fascinaba a Elena a partes iguales.

Era tan fácil.

Tan… natural.

Estar sentada en el suelo de su salón, comiendo con su alumna, riendo cuando Sele se metió un rollo entero en la boca y cerró los ojos, saboreándolo.

“Mmm…” gimió.

“Esto es el cielo.” Elena la observó, limpiándole una gota de salsa de la comisura del labio con el pulgar.

Sele aprovechó para besarle el dedo.

“Oye…” dijo Sele de repente, tragando.

“¿Qué pasaría si tu marido llegara en este preciso momento?” La pregunta flotó en el aire.

Elena miró alrededor: la ropa tirada en la cocina, ellas en pijama en el salón, la intimidad evidente.

“¿Si entrara ahora?” Elena miró a Sele, vestida con la ropa de él, sentada en su alfombra.

“No sé qué sucedería.” Sele arqueó una ceja.

“¿Te imaginas?

Viendo a su mujer con una chica que…

bueno, que tiene un paquete sorpresa entre las piernas mucho más grande que el suyo.” Elena soltó una risita nerviosa, tomando un sorbo de vino.

“Probablemente inventaría cualquier excusa y él se la creería.

Alexander ve lo que quiere ver.” “¿En serio?” Sele parecía incrédula.

“¿Entonces, si te pilla en cuatro mientras te follo, le dirías que estamos practicando clases de anatomía avanzada?” Elena estalló en carcajadas, casi atragantándose con un poco de vino.

“¡Eres terrible!” le dio un empujón.

“Pero sí…

probablemente le diría que es un método experimental de enseñanza.” Ambas rieron, pero bajo la risa había una tensión.

El peligro era real, y esa adrenalina era parte de lo que las mantenía unidas.

“¿Dónde está él ahora?” preguntó Sele, poniéndose seria.

“En la empresa.

Me llamó para decir que volvería tarde…

Otra vez.” Elena se encogió de hombros, indiferente.

“Mejor para nosotras.” “Qué idiota.” murmuró Sele, negando con la cabeza.

“Con razón merece el trofeo de ser el cornudo del año.” Terminaron la cena en un silencio cómodo.

Elena se recostó en el sofá y Sele se acomodó entre sus piernas, apoyando la espalda en el pecho de la profesora, mientras Elena le acariciaba el cabello corto.

“Estaba pensando…” Elena suavemente hace a un lado un mechón rebelde de su cabello.

“Se acerca el receso de primavera en la escuela.” “Mmm…

¿y?” Sele cerró los ojos, disfrutando de las caricias.

“Podríamos ir a la playa… solo nosotras dos.” Sele abrió los ojos y giró la cabeza para mirarla hacia arriba.

“¿A la playa?

¿Tú y yo?” “Sí.

Hay una casa de playa de mis padres a unas dos horas de aquí.

Está vacía en esta época… por lo que nadie nos vería, juzgaría ni molestaría.” “¿Follaríamos en la arena?” preguntó Sele con una sonrisa traviesa.

“con las olas golpeándonos de vez en cuando marcando el ritmo de mis embestidas.” “¡Sele!” Elena le tapó la boca con la mano, riendo.

“¡Solo piensas en eso!

Solo…

ir a la playa.

Caminar, nadar…

Estar juntas sin tener que mirar el reloj.” La expresión de Sele se suavizó.

La idea de tener a Elena para ella sola, lejos de la escuela, lejos de Alexander, lejos de su propio padre alcohólico…

sonaba como un sueño.

“Me gusta la playa.” admitió Sele.

“Me gusta el surf.

Solía ir mucho antes de…

bueno, ya sabes.” “Te puedo enseñar a ponerte bronceador.” susurró Elena en su oído, provocadora.

“¡Ah, Day!

Te gustaría…” Sele se dio la vuelta y la besó, un beso lento y prometedor.

Pero el reloj en la pared marcó las diez.

La realidad volvió a colarse en la burbuja.

“Tengo que irme.” dijo Sele a regañadientes, separándose.

“Mi padre…

no quiero que queme la casa si llego muy tarde.” Elena sintió el pinchazo de la decepción, pero asintió.

No podía retenerla… al menos no todavía.

“Te llevo.” ofreció Elena.

“Viniste en moto, pero está empezando a lloviznar.

Podemos dejar la moto aquí y la recoges mañana.” “No quiero irme…” murmuró Sele, abrazando a Elena por la cintura y enterrando la cara en su estómago.

“Yo tampoco quiero que te vayas.” confesó Elena, acariciándole la espalda.

“Si por mí fuera, cerraría esa puerta con llave y no la abriría nunca.” Se quedaron así un minuto más, aferrándose a la otra.

Hasta que finalmente, Sele suspiró y se levantó.

Se cambió de ropa en silencio, volviendo a ponerse su armadura de cuero y vaqueros.

El viaje en coche hasta la casa de Sele fue silencioso.

Elena conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Sele sobre la palanca de cambios.

Cuando llegaron frente a su destino, una construcción modesta con el césped un poco descuidado en el frente, el ambiente se volvió pesado.

“Bueno…” dijo Sele, soltando la mano de Elena lentamente.

“Bueno.” Elena repitió aguantando la tentación de extender su mano y capturar la mano de la pelinegra.

Sele abrió la puerta del coche, esperando.

Esperando que Elena le dijera “no te bajes”, o “vente a vivir conmigo”, o cualquier locura.

Pero Elena solo la miraba con esos ojos tristes y brillantes.

“Me voy.” dijo Sele.

“Adiós, Sele.” La joven bajó del coche y caminó hacia su puerta sin mirar atrás, con los hombros un poco caídos.

Elena la observó a través del cristal mojado por la llovizna.

Vio cómo entraba en esa casa oscura donde la esperaba un padre enfermo y una soledad diferente.

Elena apretó el volante hasta que le dolieron los nudillos.

Tenía unas ganas locas de salir del coche, correr tras ella y rescatarla.

Llevándosela y darle mucho amor en su cama.

Pero no lo hizo.

Arrancó el motor y se alejó, dejándola atrás, preguntándose cuánto tiempo más podrían seguir jugando a este juego antes de que alguien saliera herido de verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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